martes, 17 de marzo de 2015

VÍCTIMAS - Novela - Salvador Moret

Victimas
2013
En la calle se oían voces para que el asesino se pudriera en
la  cárcel,  porque  no  solamente  no  mostraba
arrepentimiento de sus crímenes sino que encima se
mofaba de las víctimas.
Salvador
Moret
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I
Los habitantes de la isla de San Juan de Oria, la isla al sur de Ponsauda, sabían que
antes de terminar el mes habría un atentado. Era el ritual macabro del que se valían los
independentistas como argumento para defender la libertad frente a la opresión del
estado.
Hacía muchos años que este grupo se dio a conocer con sus atentados sin que hasta
ahora hubieran logrado grandes cosas, aparte de tener amedrentada a la población y
haber dejado muchas viudas y muchos huérfanos con sus gestas por la liberación.
Las víctimas, que lentamente iban engrosando las listas, comprendieron que unidas
sería más fácil conseguir protección del estado. Mas el afán de protagonismo de unos y
la intransigencia de otros, incapaces de unir criterios, echaron por el suelo sus
esperanzas y pasaron a formar pequeños grupos.
La Asociación de Víctimas era uno de ellos, que nunca, ni en los mejores tiempos,
llegaron a ser más de veinticinco socios.
Aquella noche, Agustín San José salió de la reunión enfadado.
-  Esto es perder el tiempo – iba diciendo a Sara Díez.
-  Es la mayoría quien decide – objetó ésta un tanto extrañada – y me sorprende que
tú digas eso, siempre tan dispuesto a aceptar lo que se aprueba en mayoría.
-  Sí, tienes razón. Seguramente hoy tengo el día tonto – y Agustín San José no
mencionó que Carlos Gorbea, el amigo de ella, pensaba lo mismo que él.
Tras cruzar el puente se separaron.
Apenas Sara entró en casa, Carlos quiso saber las novedades.
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-  Lo de siempre. Solo Agustín ha dicho que deberíamos ser más contundentes y
pasar a la acción cuanto antes, pero nadie le ha secundado. Al final hemos
acordado presentar otra queja al gobierno, y hemos aplazado la manifestación
hasta que sepamos cómo se resuelve el caso Tomás Bolaño.
-  ¿Agustín, dices? Qué raro.
-  También me lo pareció a mí.
El tal Bolaño, un asesino encarcelado, estaba en vías de ser indultado por el
gobierno, y este posible fallo alborotaba la opinión de los ciudadanos. Éstos, acalorados,
discutían sobre el personaje, unos defendiéndole como un buen patriota, y otros
acusándole de perverso criminal.
Las víctimas temían que el gobierno, débil ante las exigencias de los asesinos y sus
defensores, le concediera la libertad con excusas poco convincentes.
En la calle se oían voces para que el asesino se pudriera en la cárcel, porque no
solamente no mostraba arrepentimiento de sus crímenes sino que encima se mofaba de
las víctimas.
Pero no eran muchos los que así se expresaban, porque el miedo, que se notaba en las
miradas torvas de la gente, comenzaba a perforar las conciencias, y cada vez eran menos
los que se atrevían a manifestarse en contra de los asesinos.
Y esa timidez de la gente desmoralizaba a Agustín San José. Él era partidario de
hacer frente a los asesinos con sus mismas armas, pero no sabía de nadie que le
secundara. Carlos Gorbea, tal vez, pero éste era un exaltado y no le merecía mucha
confianza.
Cuando llegó a casa se dejó caer en el sofá. No estaba de acuerdo con los que
conducían la organización. Él solía respetar otras opiniones, pero ahora tenía dudas de si
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eso era un acierto; la fama que había adquirido de ser un adaptado alteraba la realidad, y
además le disgustaba.
-  Agustín siempre está de acuerdo con la mayoría – era lo que opinaban de él casi
todos los del grupo, y como tal, pocos le tenían en cuenta.
Y ahora, decepcionado, decidió acabar con ese estado de cosas. De momento en las
reuniones sería un invitado de piedra. Sería su nueva estrategia. Y acto seguido
comenzó a modelar un plan que llevaría a cabo en el más estricto secreto.
Maru Vidal, secretaria y amiga de Sara Díez en “Manufacturas y Servicios”, empresa
de los padres de ésta, conocía la pertenencia de Sara y Carlos a la Unión de Víctimas,
pero ignoraba sus desencuentros con la organización.
-  Ya está bien de que nos pisoteen y se burlen de nuestro dolor – clamaba Carlos
en las reuniones – y os advierto, o hacemos algo que les pare los pies a esa
chusma o todavía sufriremos muchas más afrentas.
-  Hemos de tener paciencia y confiar en el gobierno – advertían los compañeros.
-  ¿Paciencia? ¿Más paciencia, después de los años que esperamos una muestra de
consuelo por parte del gobierno?
-  No es exactamente como dices, pero en cualquier caso, nosotros no queremos
ponernos al nivel de los asesinos.
Quien así hablaba era Juanjo Bernaola, presidente de la asociación, cuyos padres
fueron abatidos siendo él muy pequeño.
En vista de los nulos apoyos, Carlos Gorbea comenzó a distanciarse de la Unión de
Víctimas, y, desilusionado de sus compañeros dejó de asistir a las reuniones.
Cierto que habría podido afiliarse a otra de las varias organizaciones de víctimas
existentes, que las había en buen número, pero no quería repetir la aventura. Carlos
Gorbea nunca entendió por qué nadie de las diferentes organizaciones a las que
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perteneció anteriormente, le secundó en sus propuestas de defenderse de los que les
atacaban.
Años atrás, cuando los asesinos acabaron con la vida de sus padres y se afilió al
grupo Unidos Contra los Asesinos, ya tuvo los primeros enfrentamientos.
-  ¿Pero no os dais cuenta que no podemos quedarnos quietos esperando a que el
verdugo nos aseste el golpe?
-  Desafiar a los asesinos sería una locura – le respondió entonces un tal Ibarra –
porque llevaríamos las de perder y no tendríamos más el apoyo de las masas.
-  ¿Y qué apoyo es ese? – rio sarcástico el rebelde Carlos.
E inmediatamente dejó este grupo para unirse a otro que resultó ser igual o parecido
en sus resoluciones. Después ingresó en la Unión de Víctimas, y bien pronto tropezó
con la misma piedra.
Decepcionado, una vez más proyectó abandonar el grupo sin intención de afiliarse a
otro; no quería ilusionarse y tener otro desengaño que con toda seguridad le llevaría a
una depresión de caballo.
La eventualidad de que tal vez podría estar equivocado nunca pasó por su mente.
Pero ahí estaba Sara Díez con sus poderes de convicción, además de sus encantos
femeninos, para impedir que Carlos Gorbea tomara una decisión tan contundente.
Sí, ella le retenía, y la verdad es que no necesitaba insistir mucho. Era su figura, su
atractivo, lo que trastornaba el juicio del joven Carlos.
-  Piensa un poco y verás que necesitamos estar unidos – susurraba ella entre
caricias cuando él amenazaba darse de baja – En solitario nadie hubiera
alcanzado lo que tenemos.
-  A mí me parece que después de tantos años no es mucho lo logrado.
-  Menos tendríamos si no nos hubiéramos unido.
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-  Es posible, pero lo que yo defiendo es otra cosa. Creo que no es justo que no
hagamos nada y nos limitemos a esperar la ejecución como corderitos.
-  Lo que tú propones es una locura, ¿no lo comprendes? Habría muchas más
muertes si emprendiéramos ahora una guerra abierta con los asesinos.
-  Pero al menos moriríamos defendiéndonos.
-  No es esa la solución. Y buena prueba de ello es que nadie está por la labor.
-  Tampoco es cierto eso. Decías que el otro día Agustín se manifestó y defendió
esa conducta, luego ya no soy yo solo.
-  Seguro, pero ya ves el eco que obtuvo. ¿Por qué no te convences de que ese no es
el camino? Reconozco que me gusta una parte de tu discurso, cual es defendernos
de estos asesinos que nos tienen acobardados, pero, ¿cómo? Yo también le he
dado vueltas a esta cuestión, pero no encuentro solución. Y lo que descarto es
responder a los asesinos con sus mismas armas. En ningún caso.
-  ¡Pues ya me dirás cómo! A estos descerebrados con palabras no llegas ni a la
esquina. ¿Razonar? Eso es impensable, porque no razonan. ¿O es que no os
habéis dado cuenta todavía?
-  ¡Claro que sabemos que no razonan, por eso recurrimos al gobierno!
-  ¡Ay, el gobierno! No me hagas reír. ¿Te has sentido en alguna ocasión atendida
por el gobierno? ¿Has sentido calor o apoyo de algunos de sus miembros en las
horas tristes? Nunca jamás.
Sara Díez, que había ofrecido a Carlos un puesto en la empresa, sabía que no
conseguiría convencerle, pero con tal de que no abandonara la Unión de Víctimas, no le
importaba seguir escuchando sus sermones. Ya le conocía lo suficiente como para saber
que, impulsivo como era, gritaba, pero perdía la fuerza con el estallido.
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Lo cierto era que las víctimas se sentían olvidadas de los gobiernos, del local y del
nacional, y soportaban muy mal la discriminación, y les costaba entender cómo esos
insolentes de “Paz y Trabajo” se permitían amenazarles públicamente sin que las
autoridades lo impidieran.
“Paz y Trabajo”, el partido que defendía la independencia, se prodigaba con
frecuencia en los medios; Lorenzo Javier, Jacinto Colín y Francisco Muela, belicosos
como ellos solos, no se perdían una sola manifestación.
Pero no eran estos los que quitaban el sueño a Agustín San José. Era molesto
soportar sus constantes provocaciones, pero otros que nunca formaban en las algaradas
callejeras, muy ambiguos en sus discursos, eran los que verdaderamente le inquietaban.
Influyentes en la sociedad, entre los más populares se encontraban el obispo
Ambrosio, el fiscal general Segura Centelles, el deportista Marcos, el actor Lucero
Fuentes, y así una larga lista que abarcaba los más diversos estratos de la sociedad,
siempre dispuestos a justificar los actos vandálicos de los simpatizantes de “Paz y
Trabajo”, y a razonar los injustificables asesinatos.
En las dos últimas semanas, pendiente la excarcelación de Tomás Bolaño, las
revueltas se habían multiplicado, y exigían su libertad como rasgo de humanidad, eso
que según decía Agustín San José, ellos desconocían.
Las organizaciones de víctimas, por su parte, no sabían más que lloriquear para que
el gobierno no cediera, pero con tan poco empuje que nadie dudaba de que daban la
batalla por perdida.
En ese ambiente de incertidumbre, la reunión de la Unión de Víctimas, más
concurrida de lo habitual, se prometía acalorada.
-  Iré, pero no pienso abrir la boca – le había dicho Carlos a Sara Díez por la tarde
en la oficina.
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Abrió el debate Juanjo anunciando que había presentado al gobierno un pliego de
descargos para que no excarcelara a Tomás Bolaño. Hubo fuertes aplausos.
Y lo que siguió después fueron lamentos y suspiros, solo eso, sin rasgos ni
intenciones de tomar decisiones atrevidas. Y para Agustín como para Carlos, los dos
con el propósito de no hablar, aquello era demasiado, con la diferencia que el primero
crispó los puños y el otro, sin poder callar por más tiempo, pidió la palabra.
-  Parecemos una congregación de monjas, y así no llegamos a ninguna parte.
Opino que hemos de hacerles frente, e insisto en ello – decía esto y miraba
significativamente a Agustín – Vuestro discurso es el mismo de hace veinte años,
y parece mentira que no os hayáis dado cuenta de que no sirve para nada, porque,
¿qué hemos conseguido con vuestro sermón? Nada. Estamos igual. No, estamos
peor, porque el gobierno sigue sin hacernos caso y los asesinos ahora se pitorrean
en nuestras barbas. Y estoy seguro de que no soy el único que piensa así – y
diciendo esto miró una vez más a Agustín como esperando su aprobación.
Pero el aludido no se pronunció, y esto trastocó los planes de Carlos Gorbea.
Visiblemente decepcionado, éste le requirió directamente.
-  Agustín, tenía entendido que tú también eras de la opinión de iniciar una
ofensiva, ¿o estoy equivocado?
-  No, no estás equivocado. Es cierto que me pronuncié en ese sentido, pero solo
fue un desliz. Aparte que la regla es aceptar lo que opina la mayoría.
-  ¡La regla, la regla! – soltó Carlos fuera de sí – Somos unos cobardes, y así nos
toman; y si no cambiamos, lo más probable será que si no nos matan los asesinos
nos muramos de inanición.
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Agustín no respondió, en su lugar se levantaron todas las voces contra Carlos
Gorbea. Agustín San José asumió que desde ahora ya no sería alguien a quien no se le
tenía en cuenta, sino en quien no se podía confiar.
El discurso de Carlos Gorbea propició el enfado con Sara Díez.
-  Podías haber sido algo más prudente, ¿no? – lanzó ella al quedarse solos.
-  Ya estoy cansado de escuchar siempre las mismas palabras que no solucionan
nada. Me revienta, y créeme, es que no puedo callar y tengo que decirlo.
-  No me refería a lo que dijiste, que también, porque sabes que no estoy de acuerdo
y me habías prometido no exaltarte, sino a la referencia de Agustín.
-  No te entiendo.
-  ¡Coño, cómo que no me entiendes! Ahora todos pensarán que soy una chismosa,
que voy contando por ahí los pormenores de nuestras asambleas.
-  ¿Acaso no estaban presentes los demás; por qué tendrían que pensar que fuiste tú
quien me lo contó?
-  Porque todos saben de nuestra relación, ¿o es que no piensas?
-  ¿Y eso es malo?
-  Para ti seguro que no, pero a mí me ha cabreado.
-  Porque eres una… bien, no importa. No vamos a hacer una montaña de un grano
de arena.
-  ¡Claro! Y te quedas tan ancho. ¡Ya sé que a ti te deja frío lo que yo sienta!
-  No es cierto. A mí nada me deja frío, sino que a mí me jode que tú hagas una
escena de algo sin importancia, y en cambio no se te ocurre pensar en el ridículo
que he hecho yo delante de todos precisamente por ese Agustín, cuya palabra no
vale un carajo.
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Repitiendo acusaciones y argumentos sin que ninguno de los dos cediera en su
posición, se separaron enfadados y durante tres días no se dirigieron la palabra. Se
cruzaban constantemente en la oficina, pero a cara de perro, sin mirarse a los ojos.
Volvieron a encontrarse cuando saltó la noticia. Tomás Bolaño estaba en la calle.
Lo suponían, pero hasta que no se hizo público, quedaba la vaga esperanza de que el
gobierno no claudicara. Carlos Gorbea se creció ante sus compañeros, en primer lugar
ante su amiga Sara Díez.
-  ¿Entiendes ahora por qué estoy en contra de esa posición franciscana de la Unión
de Víctimas?
-  No te irrites, porque cesiones del gobierno las hubo siempre. Así que no pongas
el grito en el cielo que no es una cuestión nueva.
-  Mayor motivo para romper con la tradición.
Naturalmente no llegaron a ponerse de acuerdo. Como tampoco logró Carlos
convencer a nadie en la asamblea unos días más tarde.
Lo incomprensible era que cundiera el enfado contra el gobierno, y no obstante,
cuando él hablaba de salir de esa languidez, todos en tromba se le echaban encima.
A lo que no se opusieron fue a la manifestación que propuso Juanjo. Pero fue tan
escasa la asistencia que más pareció una reunión de cuatro amigos que otra cosa.
Todo lo contrario a los independentistas. ¡Qué de algaradas organizaban! A Tomás
Bolaño lo portaban en andas. Demostraciones por aquí; mítines por allá. Todos los
telediarios abrían las noticias con declaraciones de este personaje. Mientras que las
diversas organizaciones de víctimas solo mostraban resignación y desunión.
Todo eso para Carlos era desesperante. Y suponía que para otros muchos también,
por eso le indignaba que nadie lo diera a conocer.
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Los siempre comprensivos con los asesinos como el obispo Ambrosio, con su cínica
sonrisa, decía que había que perdonar a esos descarriados, que la voluntad de Dios es
perdonar y todos debíamos aceptar Su voluntad.
La prensa denunciaba el proceder de los inadaptados, es cierto, pero casi todos
concluían sus opiniones con coletillas de disculpa.
El viernes estaba anunciada la presencia de Tomás Bolaño en el hotel Gran Palace,
para disertar sobre sus experiencias en la cárcel, y el día anterior, los alrededores del
hotel se llenaron con fotografías del protagonista y banderas independentistas que se
habían sacado de la manga los de “Paz y Trabajo”.
Horas antes de la anunciada conferencia, arropados por una muchedumbre envuelta
en pancartas profiriendo consignas de libertad y autonomía, allí estaban abriendo la
marcha los tres incondicionales, Lorenzo-Javier, Jacinto Colín y Francisco Muela, y con
ellos, en puesto preferente, el provocador Tomás Bolaño.
De pronto, éste se desplomó. En un primer momento solo se percataron los del
entorno inmediato, que rápidamente se apresuraron a atenderle. Parecía un desmayo, tal
vez un infarto, pero cuando Lorenzo-Javier le sostuvo la cabeza para acomodarlo, en su
mano sintió un ligero calor mientras un líquido viscoso, rojo, discurría por su antebrazo
hasta el codo.
Los cánticos independentistas siguieron resonando durante unos instantes, y, al igual
que una onda expansiva, el silencio se propagó hasta, lentamente, adueñarse de toda la
calle. Pocos sabían con certeza qué había sucedido, y por un instante pareció que la vida
se detenía a las puertas del hotel mientras la incertidumbre prendía en la gente, hasta
que Lorenzo-Javier lanzó un grito desgarrador: ¡Asesinos!
Y el caos se apoderó de todos los presentes que, como pollos sin cabeza, iban de un
lado a otro sin rumbo fijo, con gestos de desesperación y gritos de impotencia.
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Acto seguido surgió la desconfianza, y con feroces expresiones se miraban unos a
otros intentando descubrir entre ellos al osado criminal.
El escándalo era inmenso y los que quedaban más alejados, desconocedores de lo
que en realidad había sucedido, desafiando a la cordura comenzaron a gritar consignas.
-  Han asesinado a Tomás – gritó alguien, y la voz corrió entre la muchedumbre.
Enloquecidos, gritaban y amenazaban, acusando al gobierno y a sus defensores de
ser los autores de este acto criminal. Y como si una voz misteriosa hubiera dado la
orden, todos en tromba se lanzaron a romper escaparates y coches estacionados en la
calle, donde los contenedores y su contenido esparcido por el suelo se mezclaban con
los cristales rotos.
En la isla, y aunque menos también en el continente, los siguientes días fueron de un
descontrol total, y en las tertulias de radio y televisión se multiplicaron las adivinanzas.
Era la primera vez que los asesinos recibían un golpe de tal calado, y, por inesperado, a
todos pilló con el paso cambiado. ¡Cuántos disparates y sandeces se dijeron en pocos
días! ¡Y cuántas muestras de hipocresía y cobardía se dieron a conocer!
El obispo Ambrosio, el primero en sobreponerse, olvidándose de la voluntad divina,
clamaba en sus homilías.
-  ¡Dios castigará a esos cobardes asesinos que no respetan la presencia en la calle
de un defensor de la patria!
El gobierno, desbordado, intentaba dar explicaciones, pero como eran pocos los que
le creían, con su impericia lo que conseguía era enfadar a unos y a otros.
Lo ocurrido, por insólito, resultó un acontecimiento impensable hasta ese momento.
Y si caótica era la situación en las instituciones del gobierno, peor era en los círculos
independentistas. Tantos años extorsionando y asesinando sin conocer respuestas del
mismo formato, los asesinos, soberbios, contaban que jamás nadie osaría violar esa
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norma. ¡Pero, Dios bendito! Ahora, estos chicos andaban como desmochados, lo que no
les impedía seguir profiriendo amenazas cada vez que se acercaba a ellos un micrófono.
Lorenzo-Javier y sus seguidores aparecían siempre con rostros encrespados. Nada
quedaba de aquella ironía y sonrisas de burla de pocos días antes. El cinismo y la
insolencia eran ahora sed de venganza.
Y también de miedo. Eso era al menos lo que opinaba Carlos Gorbea, más contento
que un niño con un caramelo.
-  ¿No notas tú en Lorenzo-Javier una sombra de pavor cuando sale en televisión? –
le decía con gozo a su amiga Sara.
-  No, yo no veo nada. ¿Acaso crees tú que esos pueden tener miedo de algo? Yo,
desde luego, no lo veo.
Anteriormente, nada más se supo la noticia, el primer pensamiento de Sara fue que el
asesino había sido Carlos, pero, enseguida recapacitó.
-  Qué estúpida – se dijo – si en el momento del atentado estábamos juntos.
La misma suspicacia surgió entre las víctimas, y a las pocas horas del suceso, las
llamadas de teléfono echaban humo queriendo saber qué tenía que ver Carlos Gorbea en
el asunto. Rápidamente se acordó una reunión para el día siguiente.
-  No queráis ahora colgarme a mí la autoría, que yo no sé nada del asunto – se
defendía Carlos – Es cierto que me alegro de lo sucedido, pero insisto, me ha
sorprendido tanto como a vosotros.
-  Pues, aquí no estamos tan convencidos – objetó Juanjo Bernaola – porque a
excepción de ti nadie más ha deseado esa guerra.
-  Podéis cantar misa si queréis, pero yo no tengo nada que ver. ¿Habéis pensado
que haya alguien por ahí, por supuesto no tan cobarde como nosotros, que haya
decidido hacer frente a los asesinos?
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-  Es posible, pero si has sido tú se sabrá – advirtió el incrédulo Juanjo – Y que
Dios nos pille confesados si tienes algo que ver, porque los asesinos no tardarán
en responder al golpe.
-  Lo harán de todos modos – respondió Carlos.
-  Sí, pero si un miembro de la Unión de Víctimas está involucrado en la muerte de
Tomás Bolaño, estaremos en el punto de mira para siempre.
-  ¿Y qué cambiaría? Parece que os venga de nuevas. ¿Acaso no somos una diana
constante para ellos?
-  No es cierto. Hace tiempo que no hay atentados.
-  Porque el gobierno les deja hacer – y con una sonrisa irónica, Carlos Gorbea
añadió – Me hace gracia cuando decís que están inactivos, cuando la realidad es
que nos humillan más que nunca.
Nadie le creía; lo confirmaban las voces que se levantaron en su contra.
El único que no hablaba era Agustín San José, y nadie reparaba en él, por eso nadie
advirtió una sonrisa enigmática en su semblante.
La policía caminaba a tientas, dando palos de ciego. Los periódicos exigían que se
esclareciera el asesinato cuanto antes, y los de “Paz y Trabajo”, los que pedían
autonomía, al contrario de cuando los asesinos eran los de su cuerda, también tenían
prisa por saber la verdad. Ellos, que nunca levantaron la voz para que la policía
esclareciera los asesinatos, ahora, furiosos, vociferaban y exigían rapidez en su trabajo.
¡Habrase visto cinismo mayor! – clamaba Carlos Gorbea indignado.
Ninguna de las fuentes habituales de la policía sabía orientarles. El caso Bolaño se
convirtió en un enigma que cada día rebotaba con mayor fuerza contra los políticos, y
éstos, igualmente desorientados, solo sabían descargar la responsabilidad en la policía.
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Ésta, al cabo de tres días pudo anunciar que el disparo partió, posiblemente, de un
edificio de la misma calle del Gran Palace.
Una semana más tarde, exactamente a la misma hora que moría Tomás Bolaño, los
asesinos cumplieron su amenaza. En un garaje público cerca de correos, explosionó un
artefacto de gran potencia causando la muerte de tres personas. Once más resultaron
heridas, cuatro de ellas muy graves.
Los familiares de estas víctimas, por voluntad del destino se veían de pronto ante un
panorama jamás imaginado. Su futuro quedaba incierto y buscando consuelo pronto
pasarían a engrosar las listas de alguna organización de víctimas.
-  Así de caro se pagan las teorías de Carlos Gorbea, quien al parecer no se atreve a
dar la cara – decía Juanjo Bernaola días después del atentado.
-  ¡Nos están matando desde hace muchos años! – interrumpió Sara Díez en tono
firme – por lo tanto no es nada nuevo. Y por favor, no involucres a Carlos que ya
ha dicho bien claro, y yo lo afirmo, que él no tiene nada que ver con esto.
-  Eso está por ver. Y, en cualquier caso, si no lo ha hecho él, es su manual, y
seguramente sabe quién lo ha hecho. Y si me apuras, hasta es posible que tenga
contactos con esos grupos extremistas.
-  Te estás pasando, Juanjo. Eres un insensato diciendo esas cosas. Y te digo más, si
estás tan seguro, despidámosle de la Unión de Víctimas, y asunto resuelto. Pero
te aseguro que a continuación me voy yo también.
-  Creo que los dos os estáis pasando – terció Maite Bernaola, hermana de Juanjo –
será mejor que os soseguéis y no saquéis los pies del tiesto.
Por la noche, de muy mal humor, Sara Díez le contaba a su amigo el desarrollo de la
asamblea.
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-  Estoy cansándome de ese Bernaola y de su estrategia equivocada – decía Carlos
más que enfurecido – Y ahora, el inepto pasa al terreno de ganar amigos
desconfiando de sus compañeros.
-  Bien, no te lo tomes así. Ellos siguen confiando en el gobierno y defienden sus
principios, y no es nuestro cometido enmendarlos.
-  ¡Cómo que no! Si están equivocados es nuestra obligación como mínimo
advertírselo. Y lo que siento es que tú todavía los apoyas.
-  No es cierto. Yo lo que no quiero es tentar a la bestia, porque no quiero morir,
aunque sea matando.
-  A mí tampoco me gusta morir. Pero menos me gusta esperar a que me maten sin
hacer nada. Y te aseguro que si tuvieras una alternativa o una respuesta
convincente, la aceptaría. Pero, lamentablemente no la tienes.
-  Porque no hay respuesta fuera de los cauces legales.
-  Esa es tu equivocación. Y la de los demás. Mira cómo terminó tu hermano por
ser moderado y querer dialogar. Dos tiros por la espalda. Esta gente quiere
imponerse y mandar solo ellos, eso es lo que quieren. Lo que me asombra es que
nadie quiera verlo.
-  No lo pintes tan negro, que si no hubiera sido por la muerte de Bolaño, el
gobierno ya había avanzado bastante. Pero esos locos, tan asesinos como los
independentistas, nos han llevado al peor de los escenarios posibles.
-  Perdona, pero tengo que reírme de tu inocencia.
-  No me cabrees, que yo no me río de tus genialidades, y mira que son desatinadas.
-  ¡Es que dices unas cosas! ¿Cómo se te ocurre pensar que el gobierno ha
avanzado? ¡Pero si los separatistas están más crecidos que nunca! ¿Cuándo se
consintieron las manifestaciones que se consienten ahora? Y la última atrocidad,
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ahora quieren imponer en la escuela el dialecto. Ese mismo dialecto que muy
pocos hablan y casi nadie conoce. Y lo quieren elevar a rango de lengua y como
asignatura preferente. Ya te digo, quieren imponernos sus locuras a todos los
demás, y nadie parece darse cuenta de ello. En mi opinión, los asesinos nunca se
sintieron tan fuertes como ahora, y todo gracias al gobierno, el mismo que tú
dices que ha avanzado tanto.
-  Mira, nos estamos enfadando y no era eso lo que yo quería. Otra vez no haré más
comentarios y así evitaremos caras largas.
-  Es cierto. Pero no nos ponemos de acuerdo porque no quieres ver la realidad.
Con ganas de rebatirle, Sara Díez optó por cambiar de tema.
-  ¿No te apetecería salir a cenar?
-  Sí, es una buena idea. Pero no quisiera ir a ese sitio que estuvimos la última vez,
¿cómo se llamaba? Ah, sí, “El Puerto”, que para llamarse así el pescado parecía
de almacén.
-  Abrieron no hace mucho y la verdad es que no han comenzado con buen pie.
Pero, podemos ir a… no, mejor a donde tú digas.
-  Oye, de repente te encuentro muy condescendiente. ¿Acaso tienes algo que
celebrar y yo no me he enterado?
Los dos rieron. No, Sara no tenía nada que celebrar, sino quería abordar una cuestión
un tanto delicada, y necesitaba el estado de ánimo adecuado.
Terminando el segundo plato, cuando el buen humor dominaba el ambiente, Sara,
poniendo seriedad en el tono, afrontó la cuestión.
-  Mis padres quieren dejar el negocio.
-  ¡Qué me dices! – exclamó Carlos – ¡Pero si va muy bien! No lo entiendo.
-  Están amenazados, y dicen que no lo soportan más.
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-  No sabía que estuvieran amenazados. ¿De qué se trata?
-  Hace tres meses recibieron una nota en la que les pedían veinticinco mil escudos,
que no pagaron. Al mes siguiente la exigencia era de cincuenta mil. Y la nota que
llegó hace quince días advierte de castigo ejemplar si no pagan cien mil.
-  Ahora comprendo – dijo Carlos Gorbea, y como pensando en voz alta, añadió –
Lo cierto es que quería preguntarte por tu padre porque últimamente le notaba
triste, como preocupado. Creo que hasta ha adelgazado.
Ya no sonaban las risas de momentos antes, y el decaimiento revoloteó sobre sus
cabezas. Después, con signos de rabia e impotencia, Carlos comenzó a jurar y maldecir
sin importarle quién pudiera oírle. Sara, temiendo que sus expresiones subidas de tono
atrajeran la atención de otros comensales, le cogió las manos y con un susurro, entre
caricias y palabras cariñosas consiguió calmarle.
Lo que no logró fue eliminar la tristeza, que era profunda. Poco después ella se
dispuso a abordar la segunda parte de su discurso.
-  ¿Crees que tu hermano podría ayudar a mis padres a deshacerse cuanto antes del
negocio? Por supuesto, esto ha de quedar en el mayor secreto.
Carlos Gorbea, más sorprendido todavía, dudaba.
-  No sé, supongo que sí – dijo tras un largo titubeo – pero sabes que apenas
mantenemos contacto, y ellos están en el continente. Y, ¿estás segura de que es el
deseo de tus padres?
-  Sí, sí, es lo que más desean en estos momentos. Fui yo quien lo propuso cuando
casi desesperados me contaron lo de las cartas. Les aconsejé desaparecer de la
noche a la mañana sin despedirse de nadie, y a lo mejor se van.
Carlos Gorbea no respondió, pero se le notaba tenso, como luchando por decir o
callar lo que pensaba. A él no le gustaba que en vez de hacer frente, la gente optara por
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marcharse. Los padres de Sara no eran los primeros, ni tampoco serían los últimos – su
hermano también se marchó mucho tiempo atrás – y con ganas de reprochárselo, por
respeto a ella prefirió callar.
Él, con su visión exaltada en cuanto a los terroristas, no entendía el proceder de las
víctimas, que respondían al chantaje unos pagando y otros cambiando de aires. Y
probablemente no lo aceptaba porque a sus padres, que no quisieron pagar ni marcharse
al continente, les costó su vida, y ahora, intransigente, olvidándose de su hermano,
exigía que todos debieran negarse a pagar y por supuesto no huir como cobardes.
Pero con Sara no quería entrar en discusión por este asunto, y desvió la atención
hacia otro punto que de repente le pareció una solución juiciosa.
-  Si ellos se van, podrías hacerte tú cargo del negocio.
-  Sí, y lo he discutido con mis padres, pero hay demasiados aspectos en contra;
temen que entonces sería a mí a quien harían chantaje. Y eso les preocupa.
-  Lo comprendo. Por eso mi teoría de hacerles frente, porque si no lo hacemos…
-  No empecemos. Dejemos eso y centrémonos en la cuestión. Habla con tu
hermano, y si encuentra alguna solución rápida, estupendo. Mis padres verán así
sus deseos cumplidos, y si no, tendremos que buscar otra solución.
-  Está bien, pero – y Carlos se quedó de pronto vacilante – estaba preguntándome,
¿están tus padres en condiciones de pagar esa cantidad? Lo digo porque el
negocio va bien, pero no somos una gran empresa que pueda desprenderse de ese
dinero tan fácilmente.
-  Sí, yo creo que sí. El motivo de negarse es otro. Comprenderás que pagar a unos
chantajistas que previamente asesinaron a mi hermano, es muy duro para mis
padres. Y aparte de eso, lo peor es que después pueden exigir cien mil más.
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-  Sí, lo entiendo. Y me alegro por esa firmeza de tus padres, lástima que deseen
abandonar la isla, con la necesidad que tenemos de gente como ellos.
Siguieron unos minutos de silencio. Sara se sintió halagada por las últimas palabras
de su amigo, a quien observaba con detenimiento. Le pareció que volvía a tener dudas.
-  Me estoy preguntando – dijo Carlos de pronto en tono reflexivo – ¿cómo saben
esos chantajistas quién dispone de una economía para hacer frente a sus
exigencias? Nunca me había planteado esta pregunta.
-  Ni yo – respondió ella, sorprendida – supongo que tendrán sus contactos.
Los dos se miraron y por sus gestos se adivinaba que pensaban lo mismo.
-  ¿Tiene tu padre plena confianza en sus empleados?
-  Supongo. No lo hemos comentado nunca, pero creo que sí. Además, yo nunca he
observado tiranteces entre los compañeros más allá de las normales en una
empresa de quince empleados.
*****
20
II
La reunión tenía lugar en la sala más lujosa del palacio arzobispal. Los asistentes ya
conocían el encanto del lugar de veces anteriores, pero aun así no podían evitar esa
sensación ciertamente embarazosa que transmiten los escenarios solemnes.
No eran muchos. Unas pocos personajes populares, que en esta ocasión, al contrario
que otras veces, se les notaba intranquilos, casi alarmados.
-  Hoy no está con nosotros Tomás Bolaño. Oremos por su alma – y tras un minuto
de silencio, el obispo Ambrosio añadió – De nuevo nos reunimos aquí porque
considero que el lugar es seguro, pero por prudencia será conveniente que en
próximas sesiones nos reunamos en un lugar más discreto. Toda cautela es poca.
El obispo empleaba un tono que, sin ser autoritario, no dejaba resquicio para que a
nadie se le ocurriera objetar sus decisiones.
Aclarada la cuestión y viendo el pavor en el semblante de los allí reunidos, el prelado
quiso infundir tranquilidad.
-  Estamos consultando quién ataca a nuestros amigos, y a no tardar sabremos algo
al respecto, así que mantengamos la calma y confiemos en nuestros apoyos, que
son muchos, ya lo sabéis. Pero – y al decir esto elevó el tono de voz – eso no nos
permite bajar la guardia. ¡Os lo advierto, hemos de estar en constante alerta y no
confiarnos! Los últimos sucesos nos lo aconsejan. Y para vuestra tranquilidad os
aseguro que los que nos quieren mal lo pagarán. Y muy caro.
-  Todo eso está muy bien, y por eso cumplimos las normas – comenzó a decir el
conocido atleta Marcos con un ligero tono de enfado – pero los que no cumplen
son los activistas, que con sus acciones indiscriminadas y sin advertirnos
previamente, nos ponen también a nosotros en peligro, y habrá que prohibirles
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que actúen a su antojo y capricho. Además, contamos que no haya más golpes a
nuestro grupo.
-  Tienes razón, Marcos, pero seamos humildes. Lo que ocurre es que, por duro que
resulte reconocerlo, estamos perdiendo el control. Pero no del todo, no os
alarméis – se apresuró el obispo a acallar los cuchicheos.
-  ¿Y cómo ha sido eso posible? – terció Lucero Fuentes, el famoso actor – ¿No les
estamos asistiendo y protegiendo precisamente para que sigan nuestras reglas?
-  Sí, así es – reconoció con humildad el obispo – pero últimamente llega gente del
continente que no sabe de reglas ni órdenes. Es gente inadaptada que hace mal
por gusto y no por una causa.
-  Pues, o aceptan nuestras reglas o les negamos el apoyo – sentenció el
comediante, que aun añadió – y basta de atentados indiscriminados.
Siguió un tenso silencio. Al obispo le bastó recorrer con la mirada los rostros de sus
contertulios para saber que no todos eran de la misma opinión, como se confirmó de
inmediato. La voz atiplada del enclenque Faustino Flores, de “Paz y Trabajo”, sacudió a
sus compañeros.
-  Os estáis saliendo de madre, y nada de lo que estoy escuchando me parece justo.
A los activistas les subvencionamos y les prestamos los apoyos para que hagan lo
que están haciendo. Así que nada de represiones contra ellos.
-  Con actos indiscriminados corremos peligro todos nosotros – exclamó Marcos.
-  No seas farsante. Los activistas saben dónde y cuándo deben golpear, ¿o es que a
las seis de la tarde nos van a pillar en un aparcamiento público?
-  Seguramente, no – terció Lucero Fuentes de nuevo en tono retador – pero actos
tan espectaculares no favorecen a nuestra causa. Aun peor, se vuelven contra
nosotros, porque las masas lo desaprueban.
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-  Eso es lo que menos nos debe importar. Lo que cuenta es que si alguien nos ataca
hemos de dejar bien claro quién es el más fuerte.
El cónclave estaba dividido, y el obispo Ambrosio, intuyendo las dificultades que
podrían emanar de ese cisma, decidió imponer su autoridad.
-  Enfrentados no encontraremos el medio de poner coto a los ataques contra
nuestro grupo. Así que propongo que dejemos de lado nuestras perspectivas
particulares y unidos busquemos una solución. Para ello recordemos nuestros
objetivos: desgaste del gobierno e intimidar al pueblo…
-  Con moderación – interrumpió el actor – porque los excesos…
-  ¡Fuentes, no me interrumpas y déjame terminar! – afeó el obispo al quisquilloso
comediante – como decía, hemos de incrementar acciones que aceleren el
desgaste del gobierno – y al decir esto miró a Sebastián Tena, director de “La
Gazeta” – y esto te incumbe a ti directamente Sebastián, porque desde un tiempo
a esta parte os habéis dormido en el periódico. Tenéis que ser más enérgicos, más
categóricos con las críticas, y magnificar el menor desliz del gobierno. Lo hacíais
muy bien tiempo atrás, pero os habéis acomodado, y eso es imperdonable.
El obispo, con su tono acusador había conseguido apabullar a los presentes, y el
aludido Sebastián Tena, herido en su sensibilidad, no se atrevía a levantar la mirada.
Juan y Feliciano, responsables del control de los agitadores, cuyos rostros estaban como
la cera, temían que el obispo aun no hubiera terminado con sus amonestaciones.
-  Y vosotros dos – siguió el obispo levantando su dedo amenazador – habéis
perdido los papeles, y los activistas van a su aire sin respeto a nuestro grupo. Y
eso es intolerable. Ya habéis escuchado las opiniones que se han vertido aquí. El
desmadre ha enfadado a todos, y hay que poner fin a esa anarquía. Para
comenzar, las acciones han de ser selectivas y previamente aprobadas por
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nosotros, como ha sido siempre. Y en cuanto a las masacres ninguna más si no
está ordenada por nosotros. Y vuestro cometido es hacérselo comprender a esos
estúpidos con serrín en la cabeza. Y tú – el obispo, más enfadado cada vez, se
dirigió ahora al fiscal general Segura Centelles – has de exigir a tus subordinados
que sean más enérgicos en sus posiciones frente al gobierno. Y más eficaces en la
solución del asesinato de Tomás Bolaño.
Tras las reprimendas, el obispo rápidamente cambió de registro y en un tono más
afable y a la vez un tanto lastimero, tuvo unas palabras de recuerdo para la víctima, que
aprovechó para pedir prudencia a los presentes.
El prelado barrió con la mirada los semblantes de sus invitados y sonrió. Estaba
contento por haber impuesto una vez más su voluntad.
Y para que sus huéspedes no se marcharan con un mal recuerdo, antes de abandonar
el palacio arzobispal, que lo hicieron por separado y a intervalos de varios minutos, el
clérigo todavía puso la guinda en el pastel.
-  Y ya sabéis, todos conocemos los objetivos de nuestro grupo, y también nuestro
cometido. Si cada uno de nosotros cumple con su trabajo, pronto veremos nuestro
sueño realizado.
Al quedar solo, el obispo respiró profundo. No simpatizaba con ninguno de ellos,
pero por su popularidad, consideraba que eran tipos importantes para sus planes.
*****
24
III
Los atentados siempre causaban profundo rechazo en la muchedumbre contra los
asesinos, pero pasados unos días, la gente se distanciaba del drama y retornaba a sus
ocupaciones habituales. Eran muchos años viviendo con la noticia de la muerte.
Pero ahora era diferente. El hecho de que los asesinos hubieran sido atacados alegró
a muchos, aunque por miedo no lo manifestaran, pero otros temían que fuera el inicio de
una guerra con más atentados indiscriminados. Y motivos tenían para temerlo, porque
los simpatizantes de los asesinos, zarandeados por el golpe asestado a Bolaño, se
crecieron en sus amenazas.
-  ¡Pagarán caro su atrevimiento estos intolerantes que se oponen a la
independencia! – gritaban en las manifestaciones.
Ante desconocidos, la gente procuraba no emitir opiniones, y en la Unión de
Víctimas, con la ausencia de Carlos Gorbea, nadie se pronunciaba a favor de ataques a
los asesinos. Esa aparente tranquilidad favorecía a Agustín San José, que le permitía
moverse con soltura sin levantar sospechas entre los posibles soplones.
En su opinión, la tendencia independentista era mucho más de lo que daban a
entender los cuatro alborotadores. Y mucho más también de lo que significaban los
criminales que asesinaban en nombre de la independencia. Él estaba convencido de que
los asesinos eran marionetas a las órdenes de los que aposentados en poltronas
respetables, movían los hilos cuyas terminales alcanzaban los rincones más
insospechados de la sociedad. Y por eso, porque existían fuerzas ocultas mayores de lo
que nadie podía imaginar, contaba que llegaría el día que los separatistas alcanzarían el
gobierno y con ello la independencia.
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Para Agustín, esos personajes que desde la sombra y bajo la bandera de la
independencia hostigaban a sus huestes para el alboroto callejero, solo eran ambiciosos
del poder, y temía el día que lo alcanzaran.
De la Unión de Víctimas tenía un concepto decepcionante. Gente que había sufrido
el zarpazo de la adversidad e intentaba superarlo buscando la unión, en el fondo carecía
del valor para hacer frente a la época que les había tocado vivir, y en su ingenuidad
confiaba en los políticos, precisamente en esos personajes que les repugna acudir a los
entierros de víctimas, y que tras las promesas de rigor, pomposas pero huecas de
sentimientos, rápidamente salen corriendo para nunca más volver a verles el pelo.
Así lo recordaba él cuando murieron sus padres y su hermana una mañana al poner el
coche en marcha. Los siguientes días fueron de plena condolencia, y no escuchó más
que promesas de apoyo. Dieciséis años tenía, suficientes para que la soledad y el olvido
que sobrevino posteriormente, le quedaran marcados a fuego en lo más profundo de su
conciencia.
Reconocía que en la Unión de Víctimas despuntaba algún que otro atrevido, como
ese Carlos Gorbea, con buenas intenciones, pero exaltado y falto de prudencia, talante
más que peligroso cuando se trata de hacer frente a los asesinos. Era como enfrentarse a
los tanques con una espada. Y además con megáfono. Y en cuanto a los hermanos
Bernaola no tenía la mejor opinión de ellos.
Tampoco entendía que sus compañeros no se hubieran percatado que se enfrentaban
a una organización opaca, y que no prestaran atención a esos personajes que se movían
en la ambigüedad, que jamás condenaban un atentado y se decían patriotas.
Ese fue el motivo de que Agustín dejara de asistir a la iglesia poco después de morir
su familia; descubrió que el párroco mostraba más comprensión por los asesinos en sus
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homilías dominicales que por sus padres. Las palabras que pronunció el tercer domingo
después del atentado, revolvieron sus tripas.
-  San José y su familia eran buenas personas – decía el cura – pero tercos. ¡Y muy
poco patriotas! ¿Qué les hubiera costado, con tanto dinero como poseían,
colaborar para la causa? Solo se les pedía unas migajas, pero la avaricia les
perdió. Lo querían todo para ellos, y se olvidaban que todos estamos obligados a
colaborar si queremos ser una nación libre y fuerte.
Después, el chico nunca más volvió a pisar la iglesia.
Tal vez por eso se alborotaba cuando oía hablar de perdonar a los que asesinan. Y
cuando oía a sus compañeros hablar de justicia, le sucedía algo parecido.
Él era poco comunicativo, aspecto que algunos interpretaban poco inteligente, pero
no le incomodaba. Él tenía su trayectoria trazada, y ésta aconsejaba ser más que
prudente, reservado.
Y es que Agustín San José no quería justicia, él quería venganza, y proclamarlo,
como hacía su compañero Carlos, sería estúpido y peligroso.
A pesar de los diez años transcurridos desde la tragedia, él seguía viviendo el
desamparo como el primer día, y en su alma, también como el primer día, todavía
anidaba el resentimiento.
Pero todo lo reservado que Agustín se daba en el entorno de la Unión de Víctimas, en
su vida privada no lo era tanto. Al menos Irene, su amiga, no sabía de silencios. Claro
que tampoco sabía mucho de las actividades que su amigo ejercía más allá de sus
frecuentes encuentros, porque en sus conversaciones procuraban hablar de ellos dos y
sus anhelos comunes, y eludían esos temas tan complejos de víctimas y terroristas.
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Irene sabía que Agustín viajaba bastante a menudo al continente por motivos de
trabajo, y que esos viajes duraban varios días. Eso era todo lo que conocía de su amigo.
Claro que, todavía no hacía un año que se conocían.
En cuanto a su situación de víctima, Agustín se lo explicó nada más conocerse,
cuando ella discretamente intentó abordar la cuestión.
-  Hablar de estas cosas me produce angustia – se defendió Agustín – No lo tomes a
mal, pero los pocos ratos que vayamos a estar juntos, ¿no será mejor hablar de
algo más alegre?
-  Tienes razón, y te prometo que en el futuro nunca más abriré yo este tema de
conversación. Pero me consume la pena y la curiosidad por igual, ¿cómo
conseguiste superar, no el dolor que ya sé que todavía te pesa, sino todo eso que
conlleva el día a día; esos pequeños detalles posteriores al atentado de los que
nunca se habla de cómo salen adelante las víctimas? Y por supuesto, siendo tan
joven, ¿cómo sostuviste el negocio de tu padre?
-  Te voy a contar algo que nunca he contado a nadie – respondió Agustín San José
pensativo – pero ya no hablaremos más de ello, ¿vale? Mi padre, pobre, como si
hubiera percibido lo que le tenía preparado el destino, me explicaba pormenores
y me tenía al corriente de referencias que yo apenas entendía, pero que llegado el
momento me sirvieron de mucho. Con todo, he de añadir que mientras yo seguía
estudiando, mis tíos, el hermano de mi padre y su mujer, principalmente su
mujer, fueron quienes me ayudaron, tanto en cariño como para que el despacho
de asesoramiento fiscal de mi padre no se viniera abajo. Fueron los únicos que
nunca se distanciaron y todavía hoy siguen apoyándome.
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No volvieron a hablar de este asunto. Ella sabía que su amigo era miembro de una de
las tantas asociaciones de víctimas, y a veces mencionaba detalles, como que él se
limitaba a escuchar, o lo aburridas que le parecían las asambleas. Nada más.
Pero en lo que Irene no callaba era en formalizar su relación.
-  ¿Por qué no quieres venir un día a casa a comer con mis padres? Así conocerías a
mi familia. Ellos tienen deseos de conocerte. Como les hablo tanto de ti, dicen
que todo eso que les cuento podrías contárselo tú.
-  ¿Y qué les cuentas tú de mí si apenas me conoces?
Agustín no mostraba desazón ante la insistencia de Irene. Él, con medias sonrisas
distraía sus respuestas, siempre ambiguas.
-  No es que no quiera conocer a tu familia. ¿Por qué tendría que negarme? No
tengo nada contra ellos, por lo tanto no quieras ver fantasmas donde no los hay.
Pero creo que después, nuestra amistad no sería lo mismo.
-  No te entiendo, ¿qué podría cambiar?
-  ¡Que qué podría cambiar! Muy fácil. Sería entrar en la espiral de los protocolos.
Eso que en la práctica se traduce en dar un paso tras otro camino del altar.
-  ¿Y qué tendría eso de malo?
-  Que nuestras conversaciones dejarían de ser despreocupadas y pasarían a ser
desvelo de cómo formar nuestro futuro.
-  ¿No serás tú quien está viendo fantasmas? No creo que una comida con mi
familia sea motivo para que a continuación ya tengamos que decidir el color de
las cortinas del dormitorio.
Irene hablaba siempre en tono cariñoso y sonriente, y rebatía las objeciones de
Agustín sin alterarse. Y con su insistencia, Irene no tardó en percibir destellos de
capitulación en los ojos de su amigo.
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-  Bueno – dijo ella con tenue tono de falsa resignación – si no te apetece, lo
dejamos estar. Tampoco pasa nada por no comer un día con mi familia.
-  No, no. Tampoco es eso. Yo no quiero ser un aguafiestas. Si quieres, podemos ir
un domingo y así los conozco. Pero, sin que se convierta en costumbre.
Víctor León era un hombre algo rudo, de unos cincuenta años, alto, corpulento y
parecía disfrutar de una salud de hierro. Su mujer, Mercedes Campos, era más bien
poquita cosa, de aspecto un tanto huraño. Irene hacía las presentaciones.
-  Y ésta es Libertad, mi hermana – concluyó.
-  Pero todos me llaman Líber – se apresuró a aclarar con una coqueta sonrisa.
-  Bonito nombre – valoró Agustín.
-  ¿Qué opinas tú del atentado que se perpetró tiempo atrás contra Tomás Bolaño? –
planteó Libertad de repente, causando la sorpresa de todos.
-  Pues, yo suelo opinar poco sobre esas cosas – se defendió Agustín.
Irene dirigió una mirada fulminante a su hermana, y su padre se apresuró a regañarla
al tiempo que se deshacía en disculpas ante Agustín.
-  No tiene importancia. Olvidémoslo – decía el chico deseando pasar a otro tema.
-  Perdona – insistió Libertad haciendo caso omiso de los reproches – pero como tú
eres una víctima, deduje que tendrías formada una opinión.
Su padre y su hermana no dejaban de pedir que callara de una vez. Pero, al parecer,
la chica quería darse a conocer.
-  Solamente pretendía hablar de aquello que supuse sería lo más importante para
una víctima, pero como dicen por ahí, las víctimas andan desorganizas y con
mucho miedo.
Volvieron a oírse críticas y recriminaciones; Agustín San José, observaba, e Irene,
muy enfadada no salía de su asombro ante el poco tacto de su hermana.
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-  Me dejas de piedra, Líber. No sabía yo que te interesara cómo actúan y piensan
las víctimas, y mucho menos que dieras una sentencia tan sesgada.
-  Solo digo lo que todos saben, que las víctimas son cobardes.
El padre, que intentaba poner paz y concordia en aquel cruce de ofensas, se veía
incapaz de hacerse escuchar.
Irene, sofocada por la vergüenza que le hacía pasar su hermana, decidió callar y no
enmarañar más la situación, pero el aborrecimiento que expresaba su cara parecía estar
diciendo que la venganza no tardaría en llegar.
El padre se sentía abochornado, y no sabía qué hacer para disculparse ante un
invitado que, prudente, se mantenía al margen de la discusión sin perder la sonrisa. La
madre parecía estar incómoda, indecisa de decir unas palabras en favor de Libertad.
-  Te pido que no lo tengas en cuenta – decía Víctor León un tanto turbado – pero
esto ha sido un comportamiento con el que no contábamos. Líber es un tanto
rebelde, pero desconocíamos que tuviera esa deshonrosa opinión de las víctimas.
-  No tenéis que preocuparos – respondió Agustín – Tal vez no le falte razón a
Líber. Y creo que todos aquellos que no han sentido en sus carnes el desgarrón
del atentado, es comprensible que vean a las víctimas con otros ojos.
-  No querrás decir que soy una ignorante, ¿verdad? – saltó Líber ofendida.
-  No, claro que no. Pero tampoco creo que las víctimas tengan más miedo que
cualquier otra persona cuyos familiares no hayan sido víctimas del terror.
-  Nunca se manifestó con tanto ardor contra las víctimas – se justificaba Víctor.
-  Líber simpatiza con los independentistas – apuntó Mercedes Campos – y como
nunca ha hablado con una víctima, tal vez haya sentido curiosidad.
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Agustín San José escuchaba y asentía. Su aspecto era sosegado, y eso tranquilizaba a
Irene, pero solo en parte, porque lo miraba e intentaba descubrir algún signo de posibles
desagravios posteriores para con ella.
El padre no dejaba de hablar, seguramente intentando pasar hoja.
-  Nosotros somos de esa generación del bienestar, pero el deterioro de los nuevos
tiempos ha propiciado que nuestros hijos crezcan sin apegos, sin objetivos en la
vida y prestos a seguir a quien más alto habla.
-  No solo eso – terció su mujer – lo más triste es que los jóvenes ahora, sin
expectativas de trabajo, sin futuro, desmoralizados…
-  Alto ahí, que no es como dices – rectificó su marido – Es cierto que en nuestro
tiempo era distinto, pero trabajo se encuentra si uno quiere.
-  Entonces, ¿cómo es que Líber ha cumplido veinticuatro años y todavía no ha
encontrado trabajo?
-  Es lo que digo – insistió Víctor León, un tanto alterado – Ella, si no trabaja es
porque no quiere. Mira tú cómo su hermana enseguida encontró trabajo. Lo que
pasa es que hay que esforzarse.
-  Eso no es justo, papá – saltó airada Libertad – porque, ya lo sabes, yo envío
currículos a diario.
-  Sí, pero tus exigencias están por encima de… bien, dejémoslo. El hecho es que el
gobierno, con la excusa de los problemas que acarrean los independentistas no se
ocupa de la juventud.
-  No te ofusques – atacó furibunda Mercedes contra su marido – aparte de que el
gobierno haga poco por la juventud, la niña tiene razón. Ella no deja de buscar.
A Agustín le llamó la atención que el matrimonio acusara al gobierno y a las
circunstancias de los males de la juventud, sin mencionar su función como padres.
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Durante la comida no cesaron acusaciones y justificaciones, e Irene, temerosa de que
Agustín pudiera sentirse molesto, se limitaba a afirmar o negar con monosílabos.
La sobremesa fue corta.
-  Yo, sintiéndolo mucho tengo que dejarles – dijo de pronto Agustín, lo que
provocó un susto a Irene por la inesperada decisión – Mañana salgo muy
temprano al continente y todavía he de preparar algunos detalles.
-  Qué pena que te vayas tan pronto, pero lo comprendemos, claro – lamentó Víctor
– No hemos tenido ni tiempo de hablar de tu trabajo y todo eso.
-  Bueno, en otra ocasión.
-  De acuerdo. A ver si es pronto.
Una vez en la calle, Agustín suspiró profundamente. Le acompañaba Irene, intrigada
y con sentimiento de culpabilidad.
-  Me equivoqué, me equivoqué, ya lo sé – dijo ésta con rabia, cuando se dirigían al
coche. Su inquietud era evidente – ¿Estás molesto? Tendrías motivos, ¿sabes?
Yo, te adelanto que sí lo estoy.
-  No tanto como podrías imaginar – respondió Agustín con una sonrisa – Pero lo
mejor sería dejar la página en blanco y seguir en la siguiente.
-  ¡Ay, cuánto te quiero! – y le dio un beso – Estaba preocupada, ¿sabes? Y mucho.
No sabes cómo te agradezco que no estés enfadado.
-  ¿Por qué habría de estar enfadado? Tu hermana tiene una opinión y, supongo, tú
tienes otra, ¿no es así?
-  ¿Sabes una cosa? – planteó Irene mientras hacía guiños cariñosos – hoy he
decidido que me voy de casa. ¿Qué te parece la idea?
-  No sé qué decir – respondió Agustín tras una larga reflexión. Y poniendo el
coche en marcha, con semblante sombrío, añadió – a mí me gustaría vivir con
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mis padres. Recuerdo que en casa teníamos mucha armonía. Pero yo era muy
joven entonces. Quiero decir, que desconozco qué sería ahora, con diez años más,
pronto once.
-  Es difícil vivir con los padres cuando te haces adulta – dijo Irene reflexiva – pero
comprendo tus pensamientos.
-  ¿Por qué quieres irte? ¿Tenéis desavenencias?
-  No; no tanto como se podría interpretar tras la escena de hoy. Pero ese no es el
motivo. O tal vez sí. La verdad es que venía pensándolo hace algún tiempo, y lo
he decidido esta tarde, cuando escuchaba a mi hermana, así, de repente.
Agustín percibió que Irene estaba molesta con su hermana, al contrario que con sus
padres, que al parecer encontraba normal su proceder.
Llegaron al apartamento de Agustín, y como si fuera por primera vez, Irene observó
con máximo interés el contenido de la casa, las dimensiones, la decoración. Y con los
ojos en blanco, sus pensamientos volaron.
-  Será maravilloso adornar el apartamento a mi gusto – dijo Irene y contenta
comenzó a dar vueltas siguiendo alegremente el ritmo de un vals imaginario.
-  O sea, que estás dispuesta a buscarte alojamiento propio.
-  Por supuesto.
Olvidados los patéticos trazos gruesos de la comida, los dos jóvenes, sin salir de
casa disfrutaron de una noche deliciosa.
El apartamento de Agustín constaba de tres estancias bastante amplias, además de
baño y cocina, e Irene soñaba con poseer algo similar.
Como Agustín no volvería hasta el próximo viernes, ella navegaría entre las páginas
de las inmobiliarias, y no descartaba visitar alguna que otra de los alrededores.
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El lunes por la tarde, cuando Sebastián Contreras se disponía a entrar en el cine con
su amiga, se les acercó un joven y a menos de un metro de distancia le disparó tres tiros.
El asesino se montó rápidamente en una motocicleta conducida por un compañero y, a
gran velocidad, se perdió en el tráfico de la ciudad.
El desánimo cundió una vez más en la policía por lo contradictorias que resultaron
las declaraciones de los presentes.
El joven que disparó no tendría aun veinte años – decían unos. Otros aseguraban que
los treinta ya los tendría cumplidos. Que era alto. Más bien de mediana estatura. ¿La
motocicleta? Negra, según unos. Colores vivos, según otros. Sobre la matrícula no hubo
discrepancias. Nadie se había fijado en ella.
En La Unión de Víctimas dominaba la angustia. Sebastián Contreras, aunque poco
activo, era miembro de la asociación y todos le conocían.
En la asamblea del día siguiente no hubo enfrentamientos. Carlos, que había acudido
contra su voluntad, escuchaba sin pestañear y Juanjo, con vanidad mal disimulada miró
de lado a su adversario y se adentró en su eterna teoría de exigencias al gobierno.
-  Mañana mismo haremos llegar al ministro del interior un manifiesto en el que se
refleje nuestros sentimientos heridos. Y una vez más insistiremos en más
protección ante los asesinos.
Carlos Gorbea, con los puños crispados rabiaba, pero se veía atrapado por haberse
comprometido a seguir el plan urdido por su amiga Sara.
Esta conducta de Carlos favoreció que algunos compañeros apuntaran que había
tomado miedo ante la amenaza de un despido inminente de la asociación. Otros decían
que era ella quien amenazaba con dejarle si no aceptaba las normas de la entidad.
Pero nada más lejos de la verdad. La pareja no tenía interés en desmentir ni a unos ni
a otros. Mejor eso que la realidad, que no era otra que los padres de Sara, para evitar a
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los soplones al servicio de los asesinos. Dejarían entrever su inactividad y se
abstendrían de hacer el menor comentario en contra de los asesinos.
Al principio, a Carlos Gorbea le sentó como un golpe en el estómago esta
claudicación. Se opuso rotundamente, pero por respeto a Sara acabó asumiendo que
para no arriesgar más la situación de su padre, lo mejor era aceptar su plan.
También propagarían el rumor de pérdidas cuantiosas en la empresa, con lo que
peligraba la continuidad del trabajo, o en su caso reducir la plantilla.
Los rumores no tardaron en tener una respuesta.
-  Oye, Carlos, ¿es cierto eso que dicen? – le interpeló Rubén, un compañero del
almacén.
-  ¿A qué te refieres?
-  Al cierre de la empresa.
-  No había oído decir nada – respondió Carlos extrañado, casi alarmado – Sabía
que la empresa tenía pérdidas, pero no pensaba que fuera tan grave.
-  Me extraña que la empresa no tenga beneficios, porque el negocio va bien.
-  Así parece, pero me inquietas con tu comentario. Confiemos que no terminemos
todos en el paro – y con signos de preocupación, Carlos se dio la vuelta.
Le costó hacer la pantomima, y aunque era pronto para alegrarse, su impresión fue
que la preocupación de Rubén no era tanto por la posible pérdida del empleo. Y así se lo
contó a Sara.
-  ¿Estás seguro? – tanteó ella un tanto desconfiada – Mira que tú eres muy lanzado.
Creo que es mejor esperar y observar otras reacciones.
-  De acuerdo, de acuerdo. Pero yo a quien voy a observar es a Rubén. Por cierto,
todavía no he dicho nada de la venta del negocio a mi hermano.
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-  No importa, esperemos a ver qué sucede con nuestro plan. A lo mejor tienes
razón y Rubén nos conduce a la solución.
Tras el asesinato de Sebastián Contreras reaparecieron los cansinos comunicados
condenando el atentado, y también las hipócritas voces exigiendo comprensión para los
defensores de la patria que solo desean la independencia.
La Unión de Víctimas anunció una manifestación, que al igual que en otras
ocasiones, tuvo una acogida más que mediocre. Y los de “Paz y Trabajo” siguieron su
cantinela de recordar al gobierno que prestara atención a la voz de la calle. Toda una
repetición de acontecimientos.
Lo mismo que su eminencia el obispo Ambrosio, quien se apresuró a publicar una
carta abierta en la que exigía la obligación que tiene todo buen cristiano de perdonar los
errores de sus semejantes. Y el actor Lucero Fuentes, en sus apariciones en la televisión,
alternaba su espectáculo con ironías contra los defensores del gobierno.
Los inadaptados, esos profesionales perturbadores del orden público, seguían a lo
suyo y, al atardecer, con mucho barullo, desfilaban por las calles armados con palos y
cadenas amenazando a los que se encontraba a su paso. Se dirigían al Gran Hotel y su
propósito era depositar una gran fotografía de Tomás Bolaño en el mismo lugar donde
fue abatido.
Al frente de todos ellos, los tres que nunca faltaban a la bufonada, Lorenzo, Jacinto y
Francisco, más provocadores que nunca. Los chicos estaban crecidos, no cabía duda.
Comenzaba a anochecer cuando llegaron a las puertas del Gran Hotel, y en medio de
una gran sentada, Francisco Muela, altavoz en mano, se dispuso a soltar la arenga de
costumbre, cuando de pronto, atónitos, todos vieron cómo su cuerpo se desplomaba
igual que un saco vacío.
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Nadie había visto ni oído nada, pero ya en el suelo, junto a la cabeza de Francisco
Muela comenzó a formarse un charco de sangre.
El revuelo que se organizó a continuación fue todo un espectáculo. Con el pánico en
el cuerpo, la gente miraba asustada en todas direcciones mientras corría a refugiarse sin
saber dónde. Por unos instantes, el cuerpo de Francisco quedó tendido en el suelo sin
que nadie se ocupara de él.
Y el obispo Ambrosio que siempre pedía indulgencia y comprensión para los
equivocados muchachos, bramaba ahora contra el gobierno intolerante.
No pocos criticaron tanto descaro, aunque los menos públicamente.
Como en otras ocasiones, tampoco faltaron los que se oponían a esa escalada de
muertes, temerosos de que se propagase una guerra sin cuartel.
Los atentados contra los independentistas, que nadie sabía de donde procedían,
acrecentaron el enfrentamiento entre la gente de la Unión de Víctimas. Juanjo Bernaola
llamó a Sara Díez.
-  Mira Sara, algunos compañeros me presionan para que despidamos a Carlos,
porque estiman que sus teorías rompen la unidad de la entidad.
-  Yo no lo creo, pero, ¿por qué me lo cuentas? ¿Acaso no te has percatado de que
Carlos hace tiempo que no entra en discusiones?
-  Pero todos conocen su pensamiento, y como sé que tú tienes sobrada influencia
sobre él, podrías hacerle recapacitar y apartarlo de ese desatino.
-  Te equivocas, Juanjo. Tú y los que te acompañan. Carlos, que no es cobarde, dice
lo que piensa, y esa libertad de pensamiento a ti te da miedo que cunda.
-  Yo esperaba de tu comprensión, pero veo que no. Y si Carlos no se retracta lo
despediremos en la próxima asamblea.
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-  Inténtalo y ya veremos. Además, ¿qué derechos te amparan? Porque parece como
si la organización fuera de tu propiedad, y no es así, no es tu propiedad.
No solo no se pusieron de acuerdo, sino que el enfado auguraba escasa posibilidad de
reconciliación.
Carlos no tardó en estar al corriente de la discusión y en uno de sus arrebatos, juró y
perjuró contra ese Juanjo de mierda, añadiendo que era un inútil que cada vez entendía
menos su función como presidente de la asociación.
-  Al pobre, pese a que va poco por la iglesia le cogió fuerte eso de poner la otra
mejilla. ¡Qué tipo más anticuado! Todavía no se ha dado cuenta que al mal hay
que tratarlo con mal, porque éste no entiende otra cosa. Y si no, es que te
aniquila, puede contigo. Además, ¿te has dado cuenta? Es un dictador. Quiere
hacer lo que le sale de las narices, y los demás tienen que seguirle, si no,
despedidos. ¡Qué tipo! Algún día le pediré que explique qué hace con el dinero
de la subvención, en qué se lo gasta y todo eso.
-  No te irrites y no digas esas cosas. Ya sabes que yo estoy en contra del ojo por
ojo. Pero, en fin, nosotros nos lo tomaremos con calma y seguiremos nuestro
plan. Y si ese chulo propone tu despido, por las buenas o por las malas le
haremos ver que no puede actuar a su gusto y capricho.
-  Sí, pero, ¿te apetece estar entre una gente que no desea tenerte de compañero? Y
por otra parte, esa táctica entorpece nuestro proyecto.
-  Tienes razón, tampoco a mí me gusta estar con gente que solo ve enemigos entre
sus filas. Y en cuanto a nuestro proyecto, es cierto que no nos favorece, pero,
créeme, me arde el estómago solo de pensar que ese Juanjo pueda salirse con la
suya. Y no estoy dispuesta a hacérselo fácil.
*****
39
IV
Irene León esperaba a su amigo Agustín San José en el aeropuerto. Era viernes casi
noche. Desde el domingo no lo había visto y andaba con grandes deseos de estrecharlo
entre sus brazos. ¡Qué de pensamientos cruzaban por su mente! Habían hablado por
teléfono, claro, pero no era lo mismo.
La semana no transcurrió según sus deseos, y sus ánimos no eran los más entusiastas.
Las dificultades para encontrar apartamento fueron más de las imaginadas.
Ahora, en la terminal del aeropuerto, impaciente y con el pensamiento puesto en su
amigo, su humor mejoraba mientras los inconvenientes dormitaban.
Estaba el otro asunto, es cierto, ese que desde hacía tres días llevaba de cabeza a la
muchedumbre y del que todos, alarmados, no dejaban de hablar de él. Pero ahora
tampoco era el momento de pensar en ello.
Llegados a casa, el encuentro fue arrebatador, como suele ser entre los jóvenes tras
más de tres días sin verse.
Después llegaron los comentarios.
-  ¿De qué se habla en el continente? – preguntó Irene, curiosa.
-  Puedes imaginar. La muerte de ese simpatizante de los terroristas. La gente se
asombra de que alguien les responda con sus mismas armas. Aunque el asombro
aquí es mucho mayor, claro. ¿Y a ti, cómo te ha ido en la búsqueda de
apartamento? ¿O ya has desistido?
-  No te rías, que es una cosa muy seria, y además me tiene de mal humor. No
pensaba yo que podía ser tan complicado encontrar apartamento. Oye, ¡y lo caros
que están los alquileres! Yo buscaba algo cerca de tu casa, pero esta zona es
carísima, así que tendré que apañármelas por otros barrios.
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-  Te voy a hacer una propuesta.
-  ¿Sí? A ver, a ver – respondió Irene entre irónica y curiosa.
-  Puedes quedarte algunos días en mi casa.
Tal vez porque no lo esperaba o quizás por la ambigüedad de la propuesta, Irene se
quedó sin saber qué decir. A ella le habría gustado escuchar algo más concreto, por eso
en su semblante aparecieron sombras de dudas.
-  Es una invitación – añadió Agustín – Tú te lo piensas, pero creo que podríamos
probar una vida en común.
Lo deseaba desde hacía tiempo, y como la noticia le pilló desprevenida, de pronto
sintió vértigo.
-  Estupendo. Me parece estupendo, pero, ¿me dejas un poco de tiempo para
pensármelo?
-  ¡Cómo no! Lo recapacitas y ya me dirás algo.
Qué extraño le parecía a Irene el comportamiento de su amigo. Siempre tan remiso al
compromiso y ahora, inesperadamente llega con la acogida en su casa, y por si fuera
poco, al abrigo de una vida en común. Aturdida, Irene no sabía qué pensar. Peor aún, la
propuesta le inquietaba, y aspectos que no sabía definir, le agitaban la conciencia.
Desconfiada, no se atrevía a aceptar la buena nueva, y se imaginaba lo que posiblemente
no existía.
Agustín no comprendía la actitud distante de Irene. Él, que había tenido que vencer
algunos prejuicios para tomar esta decisión, dudaba de si había sido un acierto.
Desde la muerte de su familia, los dos primeros años estuvo viviendo con sus tíos,
después se marchó al continente a estudiar y cuando regresó se buscó un apartamento.
Desde entonces hubo alguna aventura, sin que ninguna llegara más allá de los seis
meses. Eran aventuras que de antemano sabía que eran pasajeras. Y así comenzó
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también la relación con Irene, pero sus cualidades, entre ellas su talante y su coherencia,
propiciaron su predisposición a la convivencia.
El duende de la ilusión se había desvanecido, y tras una conversación lánguida y
desmotivada, pasadas las tres de la madrugada se durmieron.
Se levantaron casi a mediodía.
-  He tenido pesadillas – dijo Irene todavía medio dormida – seguramente por mis
inseguridades. Creo que anoche me comporté como una tonta.
-  Tal vez – convino Agustín con ironía, y añadió – ¿Quieres decir que ahora ya no
lo eres?
-  No te pases, ¿eh? Pero, sí, es cierto. Me pillaste desprevenida. Pero, dime una
cosa, ¿qué ha sucedido para ese cambio tan repentino?
-  Complacer tus deseos. Y no ha sido tan repentino como dices.
-  ¿Sabes una cosa? A veces no sé si hablas en serio o en broma.
-  Eso ya me lo has dicho otras veces, pero que haga uso del sentido del humor no
quiere decir que no hable en serio. Lo que quiero decir es que me gustaría que
vinieras a vivir conmigo, y lo digo en serio, aunque lo diga sonriéndome.
Y a ese juego de palabras siguieron los juegos de manos hasta más de las dos de la
tarde, y con la desbordante ilusión de una vida en común, parecía que para ellos ya no
existían las penas ni las desgracias. La vida les sonreía y lo demás no contaba.
Pero la felicidad es escasa y fugaz. Las noticias traían la desgracia y la desolación a
casa con imágenes dantescas de un nuevo golpe de los asesinos. La televisión mostraba
un autobús ardiendo con algunas personas atrapadas en el interior. En medio del mayor
caos, algunos corrían a socorrer a los heridos aun a riesgo de sus vidas. Otros,
aterrorizados y sin saber qué hacer, parecían estatuas de piedra.
El balance se saldaba con siete muertos y veinticinco heridos. Algunos muy graves.
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El atentado tuvo lugar a las diez de la mañana, a plena luz del día, cuando muchas
familias se animaban a pasar un fin de semana agradable y feliz.
Posteriormente la policía recibió algunos chivatazos anónimos, cuyas pistas sirvieron
para apresar a dos de los autores de la masacre.
Este rápido apresamiento de los culpables lo utilizaron las autoridades para airearlo
como un gran triunfo, pero muchos, decepcionados de veces anteriores, no se hacían
grandes cuentas. En pocos años estarían en la calle. Siempre y cuando llegaran a entrar
en la cárcel.
Para Agustín e Irene se acabó la alegría de las últimas horas. Desmoralizados, el
buen humor se tornó en rabia e impotencia.
Y a continuación, el mismo escenario de siempre: discursos fatuos. La gente,
comentaba con pesimismo que las declaraciones eran un teatro donde cada actor se
limita a interpretar su papel, exento de voluntad para cambiar nada.
Ante estos atentados indiscriminados afloraba la mezquindad de algunos individuos,
cuando se consolaban de que una vez más la desgracia no les había pillado.
-  ¿Te has fijado – planteó Agustín de repente – que nos hemos acostumbrado al
terror y nadie se pregunta los verdaderos motivos de esta guerra sin sentido?
Irene, que todavía seguía aterrorizada por las escenas del atentado, le miró extrañada.
No tenía muy claro el alcance de la pregunta, porque todo el mundo sabía que los
atentados eran perpetrados por los terroristas. Nada de guerra. Y eso fue lo que
respondió tímidamente.
-  Sí hay guerra – afirmó Agustín con ciertos tintes de tristeza en su voz – aunque
solo sean unos los que emplean las armas. Lo retorcido del caso es que actúan
amparándose en una cuestión política, cual es independizarse del estado asentado
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en el continente, un asunto tan antiguo que ya casi nadie tiene en cuenta, y que
esos que asesinan a sangre fría ni defienden ni creen.
Cuanto más hablaba Agustín, más sorprendida estaba Irene. A él nunca le gustó
hablar de estas cosas, y si alguna vez hacía algún comentario, siempre era breve, sin
aportar ninguna opinión. Pero esta vez era distinto, y eso a ella le planteaba conflictos.
-  Y si no creen en la independencia, ¿por qué siguen asesinando? No lo entiendo.
-  Porque han hecho de ello su vida. Asesinar para ellos es como para nosotros
desayunar por la mañana. No tienen idealismo, y si la gente lo cree es porque
poderes interesados lo divulgan.
-  Pero, perdona; es que sigo sin entenderlo. Cuando yo nací ya existía este desafío,
y según tengo entendido venía desde muchos años antes. Y después de tanto
tiempo, ¿no estarán luchando por una causa perdida?
-  Sí, es cierto, parece una incoherencia visto con sensatez, pero no es cuestión de
coherencia o sensatez. Esos personajes que se definen demócratas y alardean de
su simpatía con los independentistas no tienen prisa en alcanzar sus metas, en
parte porque han encontrado un modus vivendi envidiable, y además cuentan que
con su presión al gobierno, la fruta madurará y caerá por sí sola del árbol.
-  ¿Y todo eso, para qué? Quiero decir, y después, ¿qué?
-  ¿Después? ¡Ay, después! El después es mejor no imaginárnoslo.
-  Me das miedo con tus pronósticos.
-  Perdona, perdona, no es mi intención. La verdad es que a veces me pongo
demasiado trágico.
-  Sí, pero, ¿cómo puede empeorar más nuestra existencia?
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Agustín sonrió sarcástico. No quería seguir la conversación. Los aspectos que él
vislumbraba le entristecían, pero ante la insistencia de Irene intentó satisfacer su
curiosidad y se dispuso a contar cómo él veía el futuro.
-  Cuando el partido “Paz y Trabajo” alcance el poder lo primero que hará será
convertir la isla en un reducto de su propiedad. Abolirá las actuales leyes e
impondrá las suyas.
-  Eso no sucederá – le interrumpió Irene – ¿cómo puede convertirse un partido tan
insignificante en uno poderoso? Eso es imposible. Y además, ¿qué leyes podría
imponer si no necesitamos nuevas leyes?
Para Agustín la conversación se tornaba pueril.
El desconocimiento de la historia, junto a una juventud formada en lo insubstancial,
carente de exigencias y basada en la ley del mínimo esfuerzo, hacía que muchos
jóvenes, más allá de sus fiestas no se interesaran por mucho más y, en consecuencia, no
pudieran imaginar lo que es vivir bajo la bota de los déspotas.
Tras varias explicaciones, Agustín le aconsejó leer algún que otro libro de los que
reposaban en las estanterías.
-  ¿Y por qué tengo que leerlos, no me lo podrías explicar? – planteó Irene coqueta.
-  Porque te hará bien leerlos. Te enterarás de muchas cosas interesantes.
*****
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V
En la Unión de Víctimas el cisma estaba servido. Una asociación donde se supone
que la gente se reúne para encontrar el calor y el apoyo que la adversidad les ha
arrebatado, al parecer no era motivo suficiente para la concordia.
-  Y tras lo anteriormente expuesto, propongo que Carlos Gorbea quede apartado
del grupo en este mismo acto – concluyó Juanjo Bernaola tras un largo y cansino
discurso.
La respuesta fue un pobre aplauso.
El salón estaba repleto a rebosar. Todos los presentes llevaban el miedo escrito en
sus caras. Asistieron con la esperanza de encontrar palabras tranquilizadoras que
mitigaran sus miedos ante el desenfrenado acoso de los asesinos, pero lo que allí
encontraron fue la decepción. Rencillas internas. Enfrentamiento en lugar de unión.
Muchos de los afiliados se oponían a esos contragolpes que algún perturbado estaba
llevando a cabo. Temían seguir los pasos de Sebastián Contreras o hallarse en un
autobús incendiado, y en una toma de posición miserable para que los soplones tomaran
nota, proclamaban bien alto su alejamiento de las teorías de Carlos Gorbea.
Y aquellos que aun consideraban oportunos esos contragolpes, se lo callaban,
precisamente para que los chivatos no tomaran nota.
Cuando Juanjo Bernaola terminó su perorata, para sorpresa de todos, Agustín San
José pidió la palabra.
-  Parece que nos equivocamos de enemigo – comenzó a decir en tono sereno – y
creo que no deberíamos apartar a nadie del grupo. No somos tantos como para
desprendernos de un compañero como Carlos Gorbea, porque en definitiva es
también una víctima como nosotros, cuyas opiniones, aunque no estemos siempre
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de acuerdo, no estaría de más tenerlas en cuenta. Y quiero añadir que no creo que
sea el autor de los ataques a los asesinos, pero es que aunque lo fuera, no sería
motivo suficiente para expulsarlo.
A juzgar por el silencio tenso que flotó en el ambiente cuando Agustín terminó de
hablar, nadie esperaba oír una alocución sosegada. Fue solo un instante; acto seguido,
todos al mismo tiempo quisieron dar su opinión.
Sara Díez, haciendo caso omiso de los aplausos y silbidos que tronaban en la sala,
quiso hacerse oír, pero pocos la escucharon.
Juanjo Bernaola, micrófono en mano también lo intentaba, y le costó lo suyo reducir
el griterío hasta quedar en apagado murmullo.
-  Propongo que hagamos una votación hoy mismo y…
-  Los estatutos dicen que han de transcurrir quince días – interrumpió Sara Díez
desde las últimas filas, que obligó a girar la cabeza a todos los presentes.
De nuevo el bullicio y la confusión.
Agustín San José no se extrañó que sus palabras no se tomaran en cuenta. Lo
lamentaba, claro, pero comprendía que querer aportar sensatez cuando la gente anda
alterada es inútil, cuando no una temeridad. Lo que no quitaba que considerara más
acertado tener a Carlos Gorbea en la asociación que descontrolado fuera de ella.
La discusión seguía lanzando dardos en una y otra dirección, y ante el caos que se
había formado Agustín decidió abandonar la sala.
A la salida se le acercó Carlos Gorbea.
-  Oye, Agustín, gracias por haber defendido mi puesto en la organización. No lo
esperaba, y muchas gracias de nuevo.
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-  Ah, no tiene importancia. Simplemente creo que es mejor que permanezcas en el
grupo. Y en mi opinión, como nadie puede despedirte, no hagas caso y sigue
como hasta ahora.
Con tanto ruido a su alrededor salieron a la calle para seguir hablando.
-  Es lo que pienso hacer – respondió Carlos Gorbea – aunque en el fondo tengo
mis dudas.
-  ¿Qué clase de dudas?
-  Dudo de la gente. Y pienso que si quieren despedirme, mejor me voy y que quede
la fiesta en paz. No quiero que mi presencia sea motivo de discordia.
-  Sería un error, porque no creas que si te vas reinará la paz. Ya los conoces.
Encontrarán otros motivos para seguir enfrentados. Es la eterna ambición: estar
por encima de los demás… y esos Bernaola…
Agustín dejó la frase en el aire, pero sus gestos lo decían todo.
Por la noche, cuando terminó de contarle los pormenores de la asamblea a Irene, se
sorprendió al no recibir ningún comentario de ella; la miró extrañado.
-  Perdona – exclamó Irene – pero me han sorprendido tanto tus detalladas
explicaciones que me han dejado pensativa. Como siempre has sido tan reservado
en estos asuntos, de pronto no podía creer lo que escuchaba.
-  Te entiendo, pero las circunstancias son ahora otras, y puestos a convivir, será
conveniente compartir, ¿no te parece?
Claro que lo entendía, pero esos cambios que tanto se prodigaban últimamente, la
confundían y no sabía qué pensar.
Carlos Gorbea y Sara Díez abandonaban la asamblea discutiendo todavía con Juanjo
y Maite Bernaola. No gritaban, lo que no quería decir que en sus semblantes se
percibiera cordialidad.
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Una vez solos, Carlos siguió insistiendo en que lo más sensato sería abandonar la
organización.
-  ¡En ningún caso! Ellos no tienen ningún derecho a despedir a nadie, y eso lo
vamos a dejar claro, y cuando reconozcan que no pueden despedirte, entonces, si
nos parece, abandonaremos nosotros. Aunque, sinceramente, creo que no
deberíamos hacerlo. Solos, sin acceso a los acontecimientos, nos quedaríamos
aislados, mientras que si nos mantenemos en la organización, en las próximas
elecciones hasta podemos optar a la presidencia y desbancar a los Bernaola.
-  Ahora hablas con resentimiento. Sabes que nuestro propósito es precisamente lo
contrario.
-  Sí, tienes razón. Pero es que ese Juanjo me saca de quicio. Lo entiendes, ¿no?
-  Claro que lo entiendo, pero si nos proponemos una meta no podemos ir dando
bandazos. No queremos llamar la atención, pero aspiramos al protagonismo, y
eso no es coherente.
Fue un claro reproche que Sara no aceptó de buena gana, pero no dijo nada.
En realidad, su relación privada y laboral, difícil de separar, les creaba conflictos,
pero a Carlos, que él fuera empleado nunca le impidió decir lo que pensaba.
Al llegar al apartamento de Carlos, Sara, todavía disgustada, no quiso entrar.
-  Me voy a casa a ver a mis padres.
Carlos Gorbea, distraído, no respondió. No estaba enfadado con Sara, pero estaba
enfadado. Con el entorno, con la situación, consigo mismo. Estaba de mal humor.
Las contradicciones se le acumulaban de la forma más inadvertida y comenzó a
divagar. De pronto se le ocurrió que debía buscar a ese grupo que liquidaba asesinos. Él
también quería participar en la orgía. Se acordó del detalle de Agustín San José: qué
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tipo más raro – pensó. Acto seguido le vino en mente Rubén, su compañero de trabajo,
y maldijo a los soplones, y en ese instante decidió averiguar algo de su vida privada.
A la mañana siguiente, tras una noche de pesadillas, lo único que le preocupaba era
cómo estaría Sara. Se sentía mal, como casi siempre que pasaba la noche solo, y ahora,
las divagaciones del día anterior carecían de importancia.
En la oficina, cuando vio llegar a Sara, más alegre y sonriente de lo habitual, no le
cupo la menor duda de que su estado de ánimo era excelente. Enseguida quiso saber el
motivo de ese buen humor.
-  Mi padre ha recibido un anónimo…
-  ¡Otra vez! – se precipitó Carlos maldiciendo a los asesinos, sin reparar en la
contradicción del aspecto de Sara con sus palabras.
-  Tranquilízate y no te derrumbes tan pronto – le amonestó ella entre sonrisas – el
comunicado advierte que la deuda queda condonada siempre y cuando no se
cierre el negocio y no haya despidos.
La noticia era para alegrarse, pero en vez de eso, Carlos pensó en el ruin soplón.
-  Entonces, ya no tenemos dudas de que el topo es ese canalla de Rubén.
-  Eso parece, y es posible que así sea, pero no nos precipitemos, que pueden haber
otros. Lo que hemos de hacer ahora es ir con mucho tiento, no sea que descubran
la verdad.
-  ¿Qué piensan hacer ahora tus padres?
-  Están angustiados, porque no saben cómo interpretar esta nueva oferta de los
asesinos, que en realidad más que una oferta es una exigencia.
-  Yo en su lugar lo primero que haría sería despedir a Rubén.
-  No seas tan lanzado y recapacita. Lo último que debe hacer mi padre es
precisamente lo que dices. De todos modos, ahora es prematuro, piensa que la
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carta les llegó ayer. Esta noche volveré a casa y tendremos que pensar en una
estrategia. Y entre tanto, si se te ocurre algo lo comentamos. Pero algo sensato, y
no salidas de esas tuyas, raras y excéntricas que no conducen a nada.
El día transcurrió en la más aparente tranquilidad, pero cada vez que Carlos se
cruzaba con Rubén la sangre le hervía, y no se daba cuenta de las oscas miradas que le
dirigía al joven. Tuvo que ser Sara quien se lo advirtiera.
-  O te dominas o echarás todo a perder. Con esas miradas de hostilidad Rubén
acabará dándose cuenta de que sospechamos de él.
Refunfuñando, Carlos aguantó la reprimenda alegando que no le resultaba fácil
sonreír al canalla ese.
Al día siguiente Sara Díez llegaba con noticias poco gratas.
-  Mis padres siguen con la idea de abandonarlo todo y marcharse. Consideran que
los asesinos les ofrecen una relativa tranquilidad, pero, ¿hasta cuándo? Y además,
no están dispuestos a que los criminales les dirijan sus pasos.
Durante un largo rato Carlos se quedó pensativo mientras Sara, impaciente, esperaba
oír una opinión que no llegaba. Visiblemente alterada, estalló.
-  Ya sé que no te gusta la decisión, pero no olvides que son mis padres los que
están apostando por su existencia.
-  No te excites, que no es eso lo que pensaba. Me pregunto si tus padres lo han
considerado con detenimiento. Quiero decir, ¿piensan desaparecer de la noche a
la mañana sin tener en cuenta las consecuencias?
-  No hemos hablado de eso – respondió Sara pensativa.
-  ¿Y se han planteado qué sucederá contigo si ellos se van?
-  Ellos no querrán irse sin mí; eso es lo que han dicho en otras ocasiones, cuando
todo eran suposiciones, pero ahora ante la amenaza, no sé qué decidirán.
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Aquella noche Sara volvió a casa de sus padres, y en la soledad de su apartamento,
Carlos pensaba que él sí tenía la solución. Un tanto drástica, pero segura. ¿Qué se
habían creído estos sinvergüenzas, que todos tenían que bailar al ritmo de su música?
En ese aspecto sentía un ligero resentimiento hacia Sara. ¿Por qué no me escucha y
acepta mis teorías de guerra abierta contra los asesinos? – se quejaba.
A pesar de que Sara no lo reconocía, él estaba seguro de que los de “Paz y Trabajo”,
tenían miedo. No podían ocultarlo cuando aparecían en televisión, principalmente
Lorenzo y Jacinto, que ya no reían con la insolencia habitual de siempre. Y es que dos
cabecillas caídos en poco tiempo, lo que jamás pudieron imaginar, era demasiado.
Las noches que Sara Díez se iba a casa de sus padres, Carlos Gorbea se sentía
agobiado. La soledad le angustiaba, e invariablemente comenzaba a dar vueltas a
aquellas primeras horas cuando asesinaron a sus padres, con las mismas escenas
macabras ante sus ojos. Era una sensación de angustia que iba a más. Y en ciertos
momentos hasta sentía miedo de estar solo, una cuestión que, sin saber muy bien por
qué, nunca había hablado con Sara.
Esa noche, Carlos notaba que su estado de ansiedad era más acusado que en otras
ocasiones, con grandes dificultades para respirar y una constante sensación de ahogo.
A la mañana siguiente Sara, que llegaba a la oficina nada entusiasmada, más bien
triste, al ver a su amigo demacrado como si en una noche hubiera envejecido cinco
años, se alarmó.
-  ¿Qué te pasa? Tienes un aspecto preocupante.
-  No es nada. Solo que he pasado mala noche, pero me recuperaré enseguida.
-  Tu semblante es mucho más alarmante que eso. ¿Qué te ha sucedido? Cuéntame.
Me asusta verte así.
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-  Tranquilízate que no es para tanto. De momento dime si tus padres continúan con
la idea de marcharse o han cambiado de opinión.
-  Ya lo hablaremos esta noche en casa. Pero te puedo adelantar que están llenos de
dudas y no han decidido nada todavía. En cuanto a ti, si no te encuentras bien,
deberías irte a casa y descansar.
-  ¡Ay, eso es lo último que haría!
La jornada de trabajo se hizo larga y tediosa. Para ambos. Y por la noche, los dos
quisieron saciar cuanto antes la curiosidad que les mantuvo en vilo todo el día.
-  Cuéntame qué deciden tus padres con la empresa, contigo y con su marcha,
porque a lo mejor yo tengo una solución.
-  Conociéndote, seguramente la solución que propones es que se olviden de
marcharse. ¿Me equivoco?
-  Totalmente. Pero, dime. ¿Habéis llegado a alguna conclusión?
-  Mis padres me confesaron anoche que si no fuera por mí, hace tiempo que
habrían abandonado la isla, pero reconocen que no sería una solución. Y, dime,
¿cual es la solución que tú propones?
-  Te va a extrañar, pero… bien, escucha – y Carlos, dispuesto a mostrar un gran
descubrimiento, añadió – He pensado que lo mejor sería que tus padres se
marcharan… y no me mires con esa cara, que estoy hablando en serio. Ahora
bien, tendrían que actuar con mucha prudencia y prepararlo con tiempo.
-  Me dejas de piedra. Y todavía no sé si hablas en serio. Pero, ¿a qué te refieres
cuando dices de prepararlo con tiempo?
-  Muy sencillo. Como se ha divulgado que la empresa tiene dificultades para
sobrevivir, tus padres deben descapitalizarla y traspasar el dinero al continente.
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Eso sí, con mucho tiento. Con ello las dificultades serán reales y tus padres se
asegurarán un confort de vida lejos de la isla.
Sara Díez, sorprendida, no terminaba de creer lo que escuchaba. E inmediatamente
surgieron las primeras dudas.
-  Creo que no será fácil convencer a mis padres, porque el inconveniente continúa
sin solución, a no ser que también yo me marchara con ellos. Y quiero suponer
que eso no es lo que tú quieres. Pero lo que me sorprende, y mucho, es que de
repente veas con buenos ojos, y hasta te atrevas a aconsejar lo que hasta ayer
criticabas. De veras, no lo entiendo.
-  Sí, creo que me he equivocado. Yo no quiero que te vayas, eso ya lo sabes. Pero
reconozco que, en contra de mi opinión que me costó lo suyo superar, solo me
centraba en una salida estimable para tus padres, sin tener en cuenta las
consecuencias.
A Sara Díez, emocionada, le rodaron unas lágrimas por las mejillas. Nunca había
visto a Carlos tan pesaroso, y en ese momento sintió por él profunda ternura. Y
abrazándolo comenzó a susurrar a su oído palabras de cariño.
-  No te aflijas, mi amor. Comprendo tu buena voluntad y te lo agradezco
infinitamente, porque eso vale mucho.
Así estuvieron un buen rato, acariciándose y susurrando palabras cariñosas, sin
deseos de cambiar. Los dos, tal vez por motivos distintos, habrían deseado que se
eternizara el instante, pero quedaban pendientes algunos retazos que, principalmente
Sara, deseaba aclarar.
-  Esta mañana me alarmó tu estado anímico. Me asusté, créeme. ¿Qué te ha pasado
para que en una sola noche tu semblante adquiriera aspecto de enfermo terminal?
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-  Es algo que no te he contado nunca, pero no quiero que te alarmes. Se trata de
una angustia que me ahoga cuando estoy solo y escenas de la muerte de mis
padres dan vueltas en mi cabeza y me perturban. Pero nunca fue tan acusado
como anoche que creía que me ahogaba.
-  Creo que deberías ir a un psicólogo. O mejor a un psiquiatra, porque si no lo
eliminas puede ir a peor.
-  Sí, siempre lo pienso, pero una vez superado me confío y ya no me parece
necesaria la visita al especialista.
-  Bien, pues yo me ocuparé de que no te confíes. Preguntaré en la Unión de
Víctimas, que me consta que algunos compañeros son tratados por reconocidos
facultativos, y buscaremos uno para que estudie tu caso.
Se había hecho tarde y Sara decidió quedarse a dormir en casa de Carlos. Habían
superado los disgustos y cenaron un par de huevos con patatas fritas, el plato preferido
de ambos; después siguieron charlando y jugando en la alcoba.
No serían todavía las doce cuando sonó el teléfono de Sara.
-  Es mi madre – dijo ésta extrañada al mirar la pantalla – Dime mamá.
La madre de Sara, muy alterada, solo dijo que todavía no había regresado su padre,
cosa inusual en él. No dijo nada más, pero no dejaba de repetirlo.
-  Cálmate, mamá. Ahora mismo voy a casa. Pero cálmate, que no será nada.
Carlos se dispuso a acompañarla, pero ella lo consideró innecesario.
-  Lo más seguro será que cuando llegue a casa encuentre a mi padre a punto de
meterse en la cama – dijo Sara mientras se vestía.
Pero no fue así. A las dos de la madrugada la inquietud había dejado paso a la
angustia. Sara Díez, que no recibía respuesta a las insistentes llamadas a su padre,
decidió presentar una denuncia en el juzgado de guardia.
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A las seis de la mañana, tramitada la documentación, regresaban a casa.
-  Acuéstate, mamá, y descansa. Yo intentaré descansar también, pero me
mantendré atenta por si suena el teléfono.
La madre no tenía intención alguna de descansar hasta no tener noticias de su
marido, pero el cansancio pudo más que su voluntad y se durmió casi de inmediato en el
sofá. Lo mismo que Sara, que vio cómo se dormía su madre, sin percatase que también
ella perdía la noción del entorno.
De pronto sonó el teléfono. Asustada, sin saber exactamente dónde estaba ni qué
sucedía, Sara se incorporó recuperándose a medias de su entumecimiento.
-  Son las nueve y media y estoy preocupado. ¿Qué ha pasado con tu padre, está en
casa? – oyó la voz alarmada de Carlos.
Con nerviosismo, Sara le contó las peripecias de la denuncia.
-  Hoy no iré a la oficina, y para que no cunda el recelo no comentes con nadie la
desaparición de mi padre.
No había expresado la palabra secuestro, pero en el aire revoloteó la idea de que los
asesinos tenían la llave de lo sucedido.
Carlos Gorbea no era precisamente el tipo para ocultar sentimientos, y su agitación,
junto a la ausencia primero del dueño y ahora su hija sin dar una explicación, desató los
más dispares rumores.
Hacia mediodía llamó Sara Díez. Su voz sonaba excitada.
-  No te exaltes por lo que te voy a contar, y procura que nadie advierta nada, pero
acabamos de recibir una nota de los asesinos en la que nos piden ciento cincuenta
mil escudos por el rescate de mi padre.
A pesar de la advertencia, Carlos Gorbea no pudo evitar un golpe de rabia, y la
respuesta fue un grito mezclado con un taco.
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-  ¿Pero, cómo es eso posible? – añadió a continuación – ¿No habíamos conseguido
hacerles creer que la empresa está en quiebra?
-  Al parecer no es así, pero cálmate, por favor. La nota es bastante extensa, ya la
leerás, pero te adelanto que, entre otras cosas dicen que se han enterado del
engaño, y por eso la suma ahora es mayor.
-  Voy a coger ahora mismo a ese Rubén y le retuerzo el pescuezo. Te lo aseguro.
Ya estoy harto de ir de bueno con esta gentuza.
-  ¡Ni se te ocurra! – gritó Sara alarmada.
Pero cuando bajó al almacén y se vio de frente con Rubén apenas pudo dominar el
deseo de emprenderla a golpes con él. Aun así, la cara roja de ira debió de llamar la
atención al chico que le miró con visos de preocupación.
-  ¿Te pasa algo? Te veo un poco alterado.
-  Estoy muy cabreado. Eso es lo que me pasa.
-  Yo también. Aunque lo mío es más asustado que otra cosa, porque igual me
despiden, y encontrar un nuevo trabajo ahora no creo que sea fácil. Y aunque lo
encuentre, seguro que ganaré menos.
Estas palabras y el gesto apesadumbrado de Rubén descolocaron a Carlos. O el chico
era un actor consumado o él estaba cometiendo un grave error. Dudó entre consolarle o
maldecirle, aunque no hizo ninguna de las dos cosas.
Y hecho un mar de dudas no esperó a estar en casa para llamar a Sara.
Ella escuchó hasta el final sin interrumpir una sola vez y, muy sorprendida por la
noticia, fue tajante en la respuesta.
-  Habrá que averiguar quién es en realidad el soplón. En primer lugar, no descartar
a Rubén, y en segundo lugar seguir los pasos de Maru Vidal.
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-  ¿Maru Vidal? ¿Por qué Maru, que todavía ayer habrías puesto la mano en el
fuego por ella?
-  Porque es la única persona que tiene acceso a la contabilidad. Por eso. ¡Ah!
averigua si Rubén habló también con Maru.
Agustín San José se había marchado al continente por la mañana e Irene León pensó
que era una buena ocasión de pasar un par de días en casa de sus padres. Éstos, un tanto
inseguros al principio, quisieron saber si Agustín se sintió molesto tras aquella visita
poco afortunada, pero Irene les aseguró que podían estar tranquilos.
Pasados los primeros minutos, la chica notó que sus padres seguían preocupados.
-  No tenéis que atormentaros – quiso tranquilizarles – Agustín es un buenazo que
no tiene en cuenta diferencias y discusiones.
Sus padres, con la mirada baja parecía como si no se atrevieran a pronunciarse,
actitud que inquietó a Irene. Su padre rompió el silencio.
-  No es tu amigo nuestra preocupación, sino Líber, tu hermana, que se comporta
como una desconocida.
Sorprendida, Irene quiso preguntar la causa, pero su madre, en tono ligeramente
agresivo se adelantó.
-  No es justo que digas eso. Eres tú y tus exigencias lo que incordia a Líber – y
dirigiéndose a Irene añadió – Desde que estuvo tu amigo aquí en casa, tu padre
no ha parado un solo momento de reprochar a tu hermana su comportamiento.
-  Eso tampoco es cierto – saltó Víctor León, muy enfadado.
Y para asombro de Irene, sus padres se enzarzaron en una acalorada discusión,
acusándose mutuamente de actos y gestos poco meritorios frente a Líber. Y cuando la
joven se percató que la discusión era un círculo vicioso de acusaciones, intentó
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calmarles y poner fin al disparate. Después, cuando parecía que volvía la calma,
preguntó por su hermana.
-  Líber se ha marchado de casa – apuntó la madre con miradas recriminatorias
hacia su marido.
-  ¿A dónde ha ido? Y si no trabaja, ¿cómo cubre sus gastos? – se interesó Irene.
-  Vive con un grupo de amigos – aclaró su padre, y añadió en un tono cínico y no
exento de veneno – y de vez en cuando viene por casa a empobrecer a tu madre.
De nuevo se sucedieron recriminaciones en las que no faltaban afeamientos y
miradas antipáticas. Irene pensó que no había sido un acierto la visita.
Víctor León y su mujer, tal vez por la costumbre de discutir en lugar de razonar, no
eran conscientes de su proceder, pero a Irene le resultó penoso, y, probablemente, fue
siempre así en casa, pero una temporada alejada del entorno familiar bastó para que
ahora le pareciera triste, casi patético.
Después de cenar, viendo las noticias, en la manifestación casi diaria de “Paz y
Trabajo”, a Irene le pareció reconocer a su hermana entre los alborotadores.
-  ¡Anda! ¿Habéis visto? Me ha parecido ver a Líber en la manifestación.
Sus padres, que ahora no discutían, siguieron callados como si no hubieran
escuchado nada. Irene, dudosa, repitió su observación, con el consiguiente silencio que
se tornó tenso por momentos. Por fin habló su padre.
-  Ese es otro tema que aquí en casa ha costado más de un disgusto, porque como
habrás observado, nunca estamos de acuerdo. A mí no me gustan las compañías
de tu hermana, y a tu madre sí. Así que mejor no entremos en la cuestión.
Irene estaba desmoralizada, y es que sus intentos de poner paz entre sus padres no
servían de nada. Apelaba a la comprensión de ambos para que la cordialidad se asentara
en la familia, pero era como hablar a un cántaro.
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Volvió a aparecer en pantalla la manifestación e Irene puso toda su atención en la
manifestación. Y allí estaba su hermana, en primera fila, portadora de la pancarta y más
alborotadora que nadie. Y a las puertas del Gran Palace, donde terminaba la
manifestación, se anunció la charla coloquio que dos días más tarde mantendría el fiscal
general Segura Centelles en las dependencias del hotel. El tema a debatir sería sobre las
ventajas y oportunidades de la independencia desde la óptica de la justicia.
Irene León se planteó asistir. Siempre anduvo ajena a todo lo que tuviera que ver con
la independencia, pero su actitud había cambiado últimamente. Las conversaciones con
Agustín y la lectura de algún libro sobre el tema habían despertado su curiosidad, pese a
que la presencia de su hermana en estos acontecimientos le creó una cierta agitación.
No lo comentó con sus padres, a quienes solo advirtió que esa noche se quedaría en
su apartamento. En cambio, quiso advertírselo a su hermana, pero no hubo forma de
localizarla. “El número solicitado está fuera de servicio” – fue la respuesta que recibió a
cada una de sus llamadas, lo que le causó un sentimiento de soledad que le hizo dudar
de asistir al coloquio.
Dos días más tarde, no obstante, al salir del trabajo se dirigió al Gran Palace. Iba
justa de tiempo, más bien con retraso, por lo que tomó un taxi. No le importaba perderse
el principio de la conferencia, pero le preocupaba no encontrar localidad y perdérsela
entera. La esperanza de encontrar a su hermana le animó a decidirse.
Mucho antes de llegar al destino, toparon con un gran atasco e Irene, nerviosa,
decidió caminar el resto del trayecto. Pronto se vio superada por algunos que corrían en
la misma dirección en medio de gran movimiento de coches de la policía y ambulancias.
Ella siguió corriendo hacia el hotel, hasta tropezar con la policía acordonando la
calle. Comentarios sobre un atentado, confusos y contradictorios, le hicieron temer que
su hermana pudiera estar entre las víctimas.
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Nadie sabía con certeza lo sucedido; lo que unos aseguraban lo desmentían otros,
hasta que todos coincidían que la víctima era un hombre. Irene se tranquilizó, al menos
en parte, y ante la imposibilidad de averiguar nada concreto, abandonó el lugar.
En casa, enseguida conectó la televisión. Irene descansó al oír que solo hubo una
víctima y que se trataba del fiscal general Segura Centelles.
A continuación el ritual de siempre, y por primera vez, Irene montó en cólera por la
inmoralidad de los comentarios y en un arrebato apagó el televisor.
Al recordar que Agustín estaba lejos se tranquilizó. Quiso llamarle para comunicarle
la noticia, pero al tomar el teléfono cambió de idea y llamó a sus padres.
-  ¿Sabéis algo de Líber?
-  No, ¿es que ha sucedido algo? – era la voz de su padre, un tanto impaciente.
-  Parece que no sabéis lo del atentado – se aventuró a insinuar Irene.
-  ¿De qué atentado hablas? No hemos oído decir nada. Pero, ¿es que le ha pasado
algo grave a Líber?
-  No, no. Solo quería saber si ella os había llamado.
Irene no entendía la actitud de su hermana. En casa no se hablaba sobre la autonomía
o soberanía; si acaso, después de un atentado, su padre solía decir frases como que están
locos, o que traerán la ruina, ¿cómo, pues, su hermana defendía con ese entusiasmo a
los independentistas?
Distraída con el proceder de su hermana, se olvidó de llamar a Agustín.
Con la vaga sensación de miedo ante los atentados, Irene, que acababa de adentrarse
en ese laberinto de reivindicaciones, no entendía por qué no dialogaban las partes y se
ponían de acuerdo. ¿Tan difícil es encontrar una solución medianamente satisfactoria
para todos? – se preguntaba. Y decidió discutir este punto con Agustín. Y tal vez
también con su hermana.
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Al día siguiente del atentado Juanjo Bernaola, convocó una asamblea de emergencia,
enfadando con ello a todos y cada uno de sus miembros. Comenzaban a sentirse
cansados por las tantas convocatorias a las que tenían que acudir últimamente. Y a ese
enfado se unía la decepción. La idea más extendida era que las reuniones solo servían
para discutir y enfadarse.
El rumbo que tomaban los acontecimientos causaba pavor, y eso se podía leer en los
semblantes de la gente. Todos coincidían en que el atentado al fiscal general era
excesivo; una provocación que los asesinos no tardarían en dar una dura respuesta.
En un ambiente tenso, algunos, con actitud agresiva parecían dispuestos a lanzarse
contra Carlos Gorbea si otra vez salía a defender sus teorías. Pero, el rebelde Carlos no
dijo esta boca es mía. Tampoco Sara Díez. Ellos, por la tarde habían tenido ya sus más y
sus menos sobre la conveniencia o no de asistir a la reunión.
-  Yo no pienso acudir hoy a la asamblea – había dicho Carlos muy convencido –
Me dan náuseas esos que por tratarse del fiscal general se acobardan, como si la
muerte de mis padres o de tu hermano fuera de rango inferior.
-  Sería una equivocación no asistir – apuntó Sara Díez – porque si no acudimos
nos criticarán de cobardes.
-  ¡Y qué importa; que piensen lo que quieran! Con sus letanías de monjas de
convento, no serán ellos los que vendrán a solucionar la complicación que
tenemos nosotros en casa.
-  Es cierto. Pero no asistir rompería la costumbre y podría levantar sospechas, y
eso es lo que no nos hace falta ahora. Sin embargo, sugiero que no nos
pronunciemos en ningún sentido.
-  ¡Eso ya es el colmo! ¡Cómo voy a oír sandeces y callarme!
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-  Porque es posible que exista algún soplón y tenga los ojos puestos en nosotros
dispuesto a examinar cada una de nuestros actos.
El razonamiento pareció convencer a Carlos Gorbea, y de muy mala gana aceptó
asistir a la asamblea y, además, no decir una sola palabra en toda la tarde.
Muy pocos se percataron de la ausencia de Agustín San José. Tal vez Carlos Gorbea
fue el único que lo tuvo en cuenta. Desde que Agustín saliera en su defensa lo miraba
con otros ojos, aunque siguiera pareciéndole un tipo raro.
-  Te lo decía. Estas asambleas no sirven para nada – se quejaba Carlos de regreso a
casa – Si acaso para romper la unión, porque lo que es ese Juanjo no tiene idea de
cómo usar la mano izquierda, y es que en mi opinión tendría que asistir a un
curso intensivo de relaciones públicas.
-  No lo discuto, pero asistir a las asambleas nos permite conocer los temas más
actuales, como por ejemplo eso de que la policía está averiguando los
movimientos de los miembros de las asociaciones de víctimas. Y algo que me
llamó hoy la atención. ¿Te has fijado? Sienten pavor ante las consecuencias que
puedan traer estos atentados. Pero un pavor exacerbado que raya en lo patético.
-  Ya te lo decía: son cobardes.
-  Es cierto. Porque eso de tener miedo, todos lo tenemos, yo la primera. Pero lo de
esta gente, parece que se han vuelto paranoicos.
-  Igual que los de “Paz y Trabajo” y sus simpatizantes. Era necesario que alguien
hiciera frente a los asesinos. ¡Cómo disfruto viéndoles temblar! Ya no salen a
escena con la chulería de antes. Les está bien empleado, y peor que se pondrá
para ellos si sigue la guerra.
-  No digas esas cosas. Si estos canallas se plantean tomar represalias la pueden
emprender con mi padre, y eso sería terrible.
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-  Según la última comunicación no creo que se atrevan.
La última noticia consistía en que tenían un plazo de treinta días para recopilar el
dinero del rescate. Un monto que posiblemente alteraría las cuentas de la empresa.
Aquella primera idea de vender la empresa y huir de incógnito quedó soterrada por la
precipitación de los acontecimientos, pero ahora resurgía de nuevo, aunque sin grandes
visos de llevar a cabo por el escaso margen de tiempo. Otra posibilidad sería una
negociación, pero ¿cómo llegar a los secuestradores?
-  Podemos pedirle a Maru Vidal que se lo diga a sus jefes – propuso Carlos.
-  Nadie nos asegura que ella tenga algo que ver con los asesinos – rechazó Sara de
inmediato.
Posteriormente, al reflexionar sobre la posibilidad de un intermediario, a ella no le
pareció mal la idea, pero jamás Maru Vidal.
-  ¿Por qué no quieres que sea ella? – se interesó Carlos Gorbea.
-  Porque si ella no es la soplona que sospechamos, mejor que se quede fuera del
asunto. Y si lo es, no quiero ni pensarlo. ¡Ah! No te puedes imaginar la angustia
que me produce la desconfianza en los que me rodean.
-  ¿Y qué conclusión sacas tú de ese acercamiento que mantienen últimamente
Rubén y Maru?
-  Preocupante, muy preocupante. Aunque me parece que es más él quien busca ese
contacto.
El viernes a media tarde regresaba Agustín con el buen humor escrito en la cara. Al
ver a Irene se fundieron en un abrazo.
-  Qué suerte la tuya – espetó Irene después de los arrumacos y cariños del primer
momento – siempre que sucede un atentado estás ausente.
-  ¿Es eso una suerte?
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-  Claro, porque evitas el caos que se forma en la ciudad. Y tampoco vives el miedo
reflejado en las caras de la gente.
Pero el tema no dio para más, porque las caricias y las muestras de cariño no suelen
ser compatibles con los desgarros que dejan tras de sí los atentados.
Durante el fin de semana no salieron de casa en ningún momento. Recluidos en su
intimidad no necesitaron de espectáculos o comidas exóticas en algún restaurante de
moda para sentirse en la gloria.
A media tarde del domingo, cuando la mente comenzaba a transportarles a la
realidad del inicio de semana, tras unos comentarios en las noticias sobre los atentados,
Irene tuvo la ocurrencia de expresar sus dudas respecto a esa falta de entendimiento
entre la sociedad y los asesinos. Agustín sonrió antes de responder.
-  Visto con esa ingenuidad, el proceder de los asesinos y parte de la sociedad, es
verdaderamente incomprensible.
-  Entonces, ¿qué motivos existen para que no se dialogue y se entiendan?
-  Las pasiones – respondió Agustín con una ligera sombra de tristeza en el
semblante – La avaricia de unos y la intolerancia de otros. El odio. La injusticia.
La venganza. Es muy complejo, ¿sabes? porque, ¿cómo se convence a alguien
que ha perdido a su familia para que perdone a los asesinos?
Agustín había caído en la pesadumbre. Su rostro se ensombreció e Irene se percató
de que su planteamiento no había sido un acierto.
-  Perdona, creo que mis preguntas te han entristecido. No quería…
-  No te preocupes. Es cierto, pero no tiene nada que ver contigo. Me entristezco
cuando hablo de estas cosas, pero me gusta hablarlo contigo. Quiero que sepas
cómo pienso. Y algún día te contaré cosas que te sorprenderán. Ya verás.
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Palabras enigmáticas que a Irene le parecieron una sentencia, y con ganas de
preguntar, prefirió no hurgar más en la herida. Muy a su pesar, porque en su mente
seguían la incertidumbre de si los independentistas luchaban verdaderamente por la
independencia o simplemente eran una banda de vulgares asesinos.
Se propuso hablar con su hermana mañana mismo sin falta.
Pero su hermana seguía ilocalizable. Lo intentó varias veces en el transcurso del
lunes, sin éxito.
Tres días más tarde consiguió hablar con Líber, y solo porque ésta se dignó a llamar.
-  ¿Por qué no coges nunca el teléfono? – regañó Irene como saludo; estaba
enfadada y no quería ocultarlo – Te he llamado tropecientas veces y ya no sabía
qué hacer para localizarte.
-  ¿Me has llamado? – rio Líber sin tomarse en serio el sermón – pero si no tengo
teléfono. Este es el de un amigo que me lo ha prestado.
-  Pues, menos mal que llamas porque quería preguntarte algunas cosas sobre todo
esto de los atentados…
-  ¡Ah! también yo quería comentarte algo en ese sentido – interrumpió Líber –
bueno, no exactamente, pero casi. Te cuento. El día del atentado del fiscal
general vi a Agustín cerca del hotel. Caminaba un tanto apresurado y no sé si él
me vio, aunque creo que no, porque había un bullicio descomunal. No te puedes
imaginar. Eran pocos minutos después del atentado. Al verle quise alcanzarle
pero con todo aquel lío, se mezcló entre la muchedumbre y ya no le vi más.
Al escuchar a su hermana afirmar con tanta rotundidad un hecho que en principio
era imposible, Irene no supo qué decir. Después se impuso la razón.
-  Estás confundida. Agustín estuvo toda la semana en el continente.
-  Ah, ¿sí? Hubiera jurado que era él. Pero, igual era su doble.
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Libertad rio su gracia. No hablaron mucho más, principalmente porque la noticia
alteró la trayectoria del pensamiento de Irene.
Más tarde, las dudas se convertirían en conflicto, y solamente deseaba oír del propio
Agustín que todo era un mal entendido, una confusión de su hermana, porque en su
mente comenzaba a formarse una imagen odiosa de su amigo. ¿Me estará engañando
Agustín? – se preguntó, y su pulso se aceleró.
Pero un nuevo atentado desvió sus intenciones. La gente en el autobús, visiblemente
nerviosa, hacía vagos comentarios. Nadie había visto nada, pero las descripciones
causaban espanto. E Irene, nada más entrar en casa conectó la televisión, y las imágenes
que vio, dantescas, terroríficas, eran mucho peor de lo que pudo imaginarse. Rostros
ensangrentados, lloros, desesperación.
Las personalidades requeridas por los medios abominaban de la barbarie. Eran los
primeros momentos, cuando la sensibilidad impide insinuar disculpas en favor de los
asesinos. Eran políticos que, como buenos conocedores de la mudable memoria de la
muchedumbre, sabían qué cosas decir en cada ocasión.
Y estaban los otros, esos miserables que, midiendo los tiempos, desaparecían de la
escena y así evitaban tener que pronunciarse, y solo cuando los ánimos de la
muchedumbre estuvieran menos exaltados, ellos asomarían de nuevo con sus
pretensiones de comprensión y perdón hacia los descarriados.
Irene era incapaz de separarse de la televisión. Las imágenes, espeluznantes, atraían
su atención con más fuerza que el imán atrae al hierro.
En eso sonó el teléfono.
-  Ven a casa enseguida – era la madre de Irene y hablaba muy alterada.
-  ¿Qué te pasa, mamá; qué ha sucedido?
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-  Papá… no sé, pero me temo… ¿No has visto la televisión? Un atentado en el
mismo centro comercial donde él suele ir a comprar…
A Irene le dio un vuelco el estómago.
-  Salgo enseguida para casa – dijo muy decidida al cabo de unos instantes.
El autobús, que llegó con mucho retraso, iba repleto que no cabía una aguja. Irene
rogaba al cielo para que a su padre no le hubiera pasado nada.
Encontró a su madre en estado deplorable, temblando e incapaz de razonar; solo
repetía que la desgracia le había caído encima.
-  Vamos a ver, mamá, serénate. En primer lugar, ¿has llamado a papá?
Mercedes Campos miró a su hija un tanto enajenada. Después, sorprendida por una
pregunta tan obvia, con signos de cabeza dio a entender que no había llamado.
Irene marcó el número de su padre, pero no obtuvo respuesta. No se desesperó. Diez
minutos más tarde volvió a llamar, y tras una larga espera sin respuesta, colgó y procuró
disimular su inquietud.
-  Que papá no responda no quiere decir nada – decía Irene simulando serenidad.
Con intención de llamar a Líber preguntó cómo se comunicaban con ella.
-  ¡No me digas que no sabéis cómo comunicaros con Líber, pero, en qué se ha
convertido esta familia!
Los nervios le jugaban una mala pasada a Irene que criticaba con dureza a su madre
cuando ella tampoco sabía cómo localizar a su hermana.
Sonó otra vez el teléfono, y cuando miró la pantalla lanzó un grito de alegría. Era su
padre.
-  Dime papá, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estás?
-  Perdone, ¿con quién hablo? – preguntó una voz extraña.
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La sorpresa dejó sin habla a Irene. ¿Qué era aquello? Y en un instante por su mente
pasaron infinidad de conjeturas. Ninguna tranquilizadora.
-  Soy Irene León, ¿quién es usted?
-  Soy el doctor Blanco, del hospital “La Cruz”. ¿Es usted familiar de Víctor León?
-  Sí, soy su hija – respondió Irene con el corazón desbocado.
-  Su padre ha sido trasladado a este hospital y será intervenido en unos instantes.
-  ¿Cómo está? ¿Es muy grave? ¿Corre peligro su vida? – inquirió Irene ávida por
conocer el estado de su padre.
-  Le aconsejo que se pase por el hospital y dentro de pocas horas podrá ver a su
padre.
Sin saber muy bien si alegrarse o llorar por esa noticia preocupante y esperanzadora
a la vez, las dos mujeres emprendieron el camino del hospital.
Era más de medianoche y a esas horas en el barrio era habitual el silencio, pero esa
noche era diferente. Algunos corrillos susurraban las incidencias del atentado.
En las cercanías del hospital el ajetreo era mucho mayor. Las ambulancias, con gran
actividad iban y venían mientras un constante rio de gente llegaba de todas partes,
preguntando a unos y a otros con el temor reflejado en sus rostros.
Por fin, tras mucho caminar por los pasillos preguntando aquí y allá, las dos mujeres
llegaron al lugar donde, sin mayores explicaciones les dijeron de esperar. El ajetreo era
enorme. Al rato apareció el doctor Blanco y, muy escueto, les informó que en breve
podrían pasar a ver a Víctor León.
-  Vamos a ver si ese en breve que dice el doctor, se convierte en dos horas más de
espera – insinuó Irene, irónica.
Al atardecer, Agustín San José no se alarmó al no encontrar a Irene en casa, sucedía
a menudo. Al poco rato llamó Sara Díez.
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-  Perdona que te llame a estas horas, pero quisiera hablar contigo, ¿te importaría
que nos encontráramos dentro de media hora?
Un tanto aturdido por la inesperada llamada, Agustín aceptó sin preguntar el motivo
del apremiante encuentro. En el restaurante se encontró con Sara y Carlos.
-  No habrás cenado, ¿verdad? – preguntó Sara tras un corto saludo.
-  No, todavía no.
-  Nosotros tampoco.
Pidieron la carta y unas cervezas.
Agustín San José seguía sin saber cómo interpretar este inesperado encuentro, y
expectante, esperó una explicación.
-  Acudir a ti ha sido iniciativa de Carlos – aclaró ella como preámbulo – porque
dice que eres la persona idónea para el asunto que nos trae aquí. Te advierto que
el asunto en cuestión es muy delicado, por lo que no te has de sentir obligado a
aceptar el compromiso.
Dicho esto, Sara, que había hablado con una seriedad extrema, miró a los ojos de
Agustín intentando averiguar cómo recogía el mensaje. Y Agustín, cada vez más
intrigado, hizo gestos que revelaban su voluntad de escucharles.
-  Han secuestrado a mi padre – dijo Sara con cara de circunstancias – y nos piden
un elevado rescate que deseamos negociar.
Sara Díez consideró innecesario añadir quién había secuestrado a su padre, y Agustín
San José no necesitó preguntar, mientras en su semblante aparecía un rictus de disgusto
que rápidamente se tornó en arrebato de cólera.
-  Hemos contado con tu ayuda para negociar – siguió Sara que no podía ocultar su
congoja – pero, ya digo, no nos molestaremos si no lo aceptas. No obstante,
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comprende que recurramos a ti, porque estamos que no sabemos cómo actuar,
qué hacer ni a quién dirigirnos.
-  No es que no quiera – respondió Agustín un tanto confuso – es que no sé por
dónde empezar. Nunca he hecho algo así.
-  Tampoco nosotros – saltó Carlos Gorbea – pero tú, cuando hablas, tienes la
templanza que yo no tengo, y puedes convencer. Solo es cuestión de voluntad.
-  Es cierto, Carlos – era Sara que intentaba tranquilizar a su amigo – pero deja que
sea Agustín quien decida.
Prendidos del tema, comían sin degustar. Así de movidos estaban.
Agustín San José, un tanto acongojado, antes de tomar una decisión quiso saber
algunos pormenores de lo sucedido, y Sara, con inoportunos incisos de su amigo Carlos,
explicó el desarrollo de los acontecimientos.
-  Y por varios motivos, entre ellos porque tal vez haya que tratar con compañeros
nuestros – concluyó Sara – consideramos que es más apropiado que la
negociación corra a cargo de un intermediario.
-  ¿Te refieres a ese Rubén del que habláis?
-  No lo sé. Posiblemente no, o sí; no lo sé. O con Maru Vidal.
Agustín no tuvo inconveniente en ofrecer su colaboración.
-  Naturalmente, correremos con todos los gastos – se apresuró a aclarar Sara.
-  Pensemos en un resultado provechoso y en nada más. Pero, ¿por qué no habéis
recurrido a la policía, o a algún profesional que sepa de estas cosas?
-  Porque los secuestradores nos exigen que no metamos en esto a la policía. Y en
cuanto a un profesional, como dices, ¿existe? Y si existe, ¿dónde está? No
tenemos tiempo para eso. Estamos esperando que en cualquier momento nos
digan el día y el punto de contacto.
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Terminaron de cenar sin saber qué habían comido. Y del atentado en el centro
comercial pasaron de puntillas. Agustín aceptó el cometido y se despidieron, tristes y
resignados ante los inciertos acontecimientos del futuro inmediato.
A Agustín San José se le presentaba un escenario complicado. Deducía que esta tarea
obstaculizaría sus planes. Más tarde reparó que tal vez no, que un contacto con los
asesinos podría reportarle conocimientos interesantes.
Al llegar a casa no le sorprendió la ausencia de Irene; le extrañó, no obstante, que no
dejara una nota o llamara por teléfono, pero se olvidó pronto. Su mente no se apartaba
de Sara y los apuros que estaría pasando por la incertidumbre de su padre.
A la mañana siguiente, al contrario que el día anterior, pensaba que el contacto con
los asesinos no le reportaría ventajas sino inconvenientes, y con el fin de evadirse de sus
especulaciones tomó el teléfono y marcó un número. Tuvo que esperar mucho rato. Por
fin sonó la voz medio dormida de Irene.
-  Sí, ¿quién es? ¡Ah, perdona Agustín! pero, ¿qué hora es?
-  Disculpa, pero, ¿estás bien?
-  Sí; bueno, no, mi padre está en el hospital. Hemos estado toda la noche con él.
-  ¿Qué le ha pasado?
-  Le pilló de lleno el atentado del centro comercial; el médico dice que tratarán de
salvarle las piernas.
*****
72
VI
La reunión tenía lugar otra vez en el palacio arzobispal. La urgencia de una toma de
posición ante los últimos acontecimientos, no dio tiempo para buscar un lugar externo.
Eran los mismos que la última vez, excepto la víctima, y todos ellos mostraban más
que intranquilidad, alarma, además de esa incómoda sensación que les deparaba el
lugar. El obispo Ambrosio los miraba con fingida misericordia.
-  La ausencia de Segura Centelles nos entristece. Oremos por su alma – dijo en
tono piadoso. Después, tras la corta oración y cambiando de registro, con voz
autoritaria añadió – Os veo acobardados, y me decepciona vuestra falta de coraje.
¿Acaso no sabíais que había que contar con inconvenientes?
A los presentes, al miedo se les unía ahora el profundo sentimiento de vergüenza que
les causaba las palabras del obispo. Y es que ese tono autoritario era como ponerles ante
un espejo, sin resquicio para que a nadie se le ocurriera disculpa alguna.
-  Y os aconsejo hacer mejor las cosas, y no como Segura – siguió el obispo – cuya
imprudencia le ha llevado a donde está. ¿No os he recomendado siempre cordura
y prudencia? ¿A quién se le ocurre montar un acto público como el que se le
ocurrió montar a él? Y eso, más que una imprudencia es un disparate. Y espero
que a ninguno de vosotros se os ocurra tomar ese camino de ir por libre.
Nadie osaba emitir un sonido, y el obispo Ambrosio los miraba de uno en uno, como
queriendo averiguar si sus palabras habían calado suficiente o todavía tendría que
repetir su discurso. El prelado consideró hurgar más en la herida.
-  No me cansaré de repetir – y al decir esto elevó el tono de su voz – que no
podemos permitirnos bajar la guardia. Nosotros, por voluntad propia, aceptamos
tomar el testigo de aquellos pioneros que iniciaron el camino de la
73
independencia, y eso nos obliga a ser consecuentes con nuestros actos, y si no
trabajamos unidos, estamos equivocando nuestra misión.
Los ojos del obispo despedían chispas, y sus rollizos mofletes vibraban cuando
hablaba con la energía de ahora. Y consciente de que su aspecto empequeñecía a sus
huéspedes, para mayor disfrute del espectáculo insistió con voz amenazadora.
-  Estamos perdiendo el control de la situación. Durante mucho tiempo íbamos muy
bien, pero de pronto, ¿qué ha pasado? – y clavando su mirada cortante en los ojos
de Juan Montes, planteó – Sí, ¿qué ha pasado, Juan? La desinformación de tus
activistas es total. ¿Quién está detrás de esos atentados? ¿Sabes decirnos algo?
¿Es posible que no tengáis ni remota idea de quiénes nos desafían?
El atemorizado Juan Montes no tenía respuesta, y mientras se frotaba las manos, sin
saber a dónde mirar, murmuraba sin que nadie entendiera nada.
-  Es imperdonable – gritó el obispo fuera de sí – tendrás que estimular a tu gente, y
si es necesario amenazar, para que consigan resultados. Y os digo lo mismo a los
demás. ¿Qué haces tú, Faustino, en el parlamento? ¿No corren rumores de que se
haya establecido una corriente, una sociedad, una organización en contra de la
independencia? ¿No acercas el oído a ver lo que se dice en los foros donde se
mueven nuestros enemigos? ¿Qué hacen tus contactos, duermen? Y tú, Daniel
Feliciano, ¿crees que es suficiente con incitar a tus verdugos a llenar las calles de
sangre? Pues, no. No es suficiente. Hay que estar alerta, saber lo que se habla,
conocer las tendencias de la gente, lo que dice, lo que piensa. Es decir, nos hace
falta mucha más información. Y eso, lo tenéis olvidado. Todos lo tenéis olvidado.
Y si seguimos así, a no tardar habremos perdido el control de nuestros pasos.
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Un silencio tenso se adueñó del ambiente, y el obispo, fatigado, respirando hondo, se
dio una tregua. Aun así, sus ojos no perdían detalle de las reacciones de cada uno de los
presentes. Se sintió satisfecho. Sabía que nadie se atrevería a poner objeciones.
-  No falta mucho tiempo para las próximas elecciones – decía el obispo Ambrosio
en tono más suave – y a todos y cada uno de nosotros nos incumbe cumplir con
nuestro cometido si queremos lograr nuestros fines. Y sobre vosotros dos – dijo
dirigiéndose a Faustino Flores, diputado en el parlamento, y a Sebastián Tena,
director de “La Gazeta” – recae el mayor esfuerzo si queremos conseguir
presencia suficiente en las cortes. Nuestro objetivo, ya lo sabéis, es alcanzar
mayoría absoluta. Y vosotros sois capaces de conseguirlo. Tenéis madera para
eso y mucho más, así que cuento con vosotros.
También en la Unión de Víctimas la gente andaba con los nervios desatados, aunque
por diferentes motivos; el miedo les había vencido, y algunos dejaron de acudir a las
asambleas. Y si alguna vez hubo alguien con simpatías hacia las teorías de Carlos
Gorbea, ahora declaraba bien alto que las aborrecía.
Ese estado de zozobra aumentó al presentarse en la asamblea dos policías indagando
sobre los miembros de la sociedad. Después se llevaron el listado de los afiliados.
Eso fue en la primera visita. En la segunda, una semana más tarde, los policías
quisieron saber más detalles.
-  Sospechamos que en las asociaciones de víctimas existen focos dispuestos a
iniciar una guerra contra los independentistas – decía el agente, un hombre de
unos cuarenta años, mientras su compañero observaba detenidamente los rostros
de los presentes. El agente añadió – y si en sus filas hay algún miembro con esa
tendencia les aseguramos que lo descubriremos.
75
-  Lo que quiere decir el inspector – terció su compañero – es que por su bien
denuncien a aquellos que se manifiestan con esas tendencias.
Siguió un ligero revuelo de sillas. Nadie quería pronunciarse, hasta que Sara Díez,
con voz firme anunció que en la asociación todos estaban en contra de los asesinos,
tanto de un lado como del otro. Pero Juanjo Bernaola, imprudente o tal vez
maliciosamente, puso a los agentes en guardia.
-  Sara, digamos mejor que la mayoría estamos en contra de esas acciones.
-  ¿Qué quiere decir? – preguntó el agente con interés.
-  No tiene importancia – se apresuró a justificar Juanjo – pero es cierto que en la
Unión de Víctimas todos repudiamos a los asesinos, lo que no quita para que
haya alguien que apruebe los golpes que están recibiendo los asesinos.
-  ¿Son muchos los que aprueban ese proceder? Nos gustaría conocer sus nombres.
-  Que alguien se exprese en esos términos no quiere decir que apruebe los delitos –
manifestó Sara antes de que Juanjo pronunciara el nombre de su amigo.
Pero los agentes sabían que el desacuerdo prometía información interesante. Y
siguieron con sus incómodas preguntas con el fin de enfrentar a los presentes hasta que
consiguieron un nombre.
Tras la marcha de los agentes lo que quedó en la asamblea fue discordia. Sara, que
no se acobardaba fácilmente, se enfrentó a Juanjo Bernaola con toda su furia.
-  Intuía que eras un mal compañero, Juanjo, pero no esperaba que acabaras siendo
un vil rastrero, miedoso y cobarde, como todos vosotros – añadió dirigiéndose al
resto de los presentes, que enseguida levantaron sus críticas – Sí, sí, podéis
justificaros, pero me dais pena.
-  No he dicho nada que no fuera cierto – respondió Juanjo Bernaola en tono cínico
y burlón – Y si Carlos quiere llevar su guerra, que no nos involucre a los demás.
76
Pero te advierto, pronto ya no tendremos que aguantar más sus impertinencias,
porque con este panorama que ves a tu alrededor puedes imaginar el resultado
cuando la semana próxima votemos para su expulsión.
-  Para mi satisfacción, no conseguirás expulsarle de la Unión de Víctimas,
porque…
-  Muy creída te sientes, pero ya ves los partidarios que le quedan a tu amigo.
-  Digo que no lo expulsarás, porque antes se marchará él voluntariamente. Igual
que yo, que desde este momento presento mi dimisión.
Más tarde, Sara le comentaba a Carlos Gorbea esta decisión, y éste tomó la noticia
con gran satisfacción. En cambio, ella no estaba tan convencida.
-  Creo que ha sido un error. Me enfadé tanto con ese inútil de Juanjo que no pude
resistir el impulso de humillarle, pero ahora dudo de que estar fuera de la
asociación nos reporte algún beneficio.
-  ¡Te parece poco beneficio no tener que sufrir más a esa caterva de cobardes! Yo
estoy contento y tú deberías estarlo también. Te doy mi más sincera enhorabuena
– y diciendo esto la abrazó y la besó repetidamente.
-  Piensa que ahora estamos solos – decía Sara entre arrumacos – En adelante,
¿quién nos apoyará ante las dificultades? ¿A quién recurrirás si la policía se mete
contigo? Son unas pocas de las muchas preguntas que me hago. Y lo peor es que
temo que ese Juanjo te denuncie cuando vuelva la policía.
-  Sí, tienes razón – convino Carlos en tono pensativo – no había tenido en cuenta
tantos inconvenientes, pero no te preocupes, nos apañaremos. Además, ¿qué
podíamos esperar de esos cobardes; y qué puede alegar en mi contra? Mejor
olvidarlos, y por el momento nos centraremos en el rescate de tu padre, que, por
cierto, me inquieta que tarden tanto en responder sus secuestradores.
77
-  Sí, a mí también me inquieta.
-  Y tu madre, ¿cómo lo lleva?
-  Mal, pero ya no tiene esos rebotes histéricos de los primeros días. Y como ya
tenemos el dinero del rescate preparado, parece que esté más tranquila.
-  Pero, ¿no habíamos acordado negociar? – objetó Carlos Gorbea
-  Por supuesto que vamos a negociar.
-  ¡Estos hijos de perra! – expresó Carlos colérico. Y acto seguido sondeó – ¿No
has vuelto a saber nada de Agustín?
-  No. Quedamos que le avisaríamos nada más tuviéramos noticias.
-  Es cierto, pero, ¿crees que debemos confiar en él?
-  ¿Por qué no deberíamos de confiar?
-  No sé. Han pasado dos semanas; tal vez haya recapacitado y encuentre difícil esta
misión, o demasiado peligrosa. No sé, son dudas que tengo.
-  Deja tus visiones pesimistas. Mientras no nos dé una rotunda negativa debemos
confiar en su palabra.
-  Eso es precisamente lo que me hace dudar, su palabra.
-  Mira a ver si te centras, porque un día dudas de él y dos días más tarde lo
encumbras.
A la mañana siguiente Sara Díez llegaba a la oficina visiblemente alterada. Los
empleados, tantos días sin ver al señor Díez en la empresa, temían algo desagradable.
Sara llamó a su despacho a Carlos Gorbea.
-  Tengo noticias de los secuestradores que después te explicaré, pero de momento
quiero reunir a todo el personal y anunciarles el cierre de la empresa.
-  Me asustas. ¿Qué ha pasado para que tomes una decisión tan contundente?
-  Lo comentaremos más tarde.
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Sara parecía que en un mes había envejecido un año. Visiblemente alterada, convocó
al personal en la sala de reuniones, y cinco minutos más tarde los rostros de todos los
empleados hervían de inquietud. Nadie esperaba nada bueno. Sara fue muy concisa.
-  Les he reunido para anunciarles el cierre de la empresa. Las dificultades
financieras nos impiden seguir la actividad; una actividad que hemos venido
ejerciendo en los últimos treinta años gracias a su colaboración, y que en un
plazo de tres meses nos será imposible mantener en activo.
Todos, incluido Carlos Gorbea, pusieron ojos de espanto. Temían una mala noticia,
pero no de tanto calado.
En silencio, sin que nadie osara levantar la mirada del suelo, seguramente con más de
una pregunta socavándoles el alma, solo Maru Vidal se atrevió a plantear lo que
probablemente rondaba por la cabeza de todos.
-  ¿Y el señor Díez, por qué no ha venido? Me sorprende su ausencia y, por
supuesto, que no sea él quien transmita la noticia del cierre de la empresa.
Roto el silencio, comenzaron a oírse voces en los más desiguales tonos. El más
ofensivo fue Julián, de la sección de reparaciones.
-  Era tu padre quien tenía que haber venido a dar la cara, está claro, y no
esconderse durante quince días para al final venir tú a darnos la puntilla.
-  Y además – apoyó Carmen en tono más comedido – yo no comprendo que tu
padre haya tomado estas medidas cuando el trabajo no falta sino abunda.
A éstas se unieron más voces, hasta que Sara Díez, con entereza y gran dominio de la
situación, dio la respuesta que vino a concluir la reunión.
-  Esta es una empresa familiar y las decisiones se toman en familia. Y creo que con
eso quedan aclaradas sus dudas. Les deseo suerte en el futuro, y éxito. Los
trámites legales se llevarán a cabo como ordena la ley.
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Sin que cesaran los murmullos y alguna que otra voz disonante, lentamente cada uno
se dirigió a su puesto de trabajo.
La entereza que Sara Díez había mostrado en la reunión se vino abajo nada más se
quedó sola en su despacho. Carlos Gorbea quiso entrar para apoyarla.
-  Ahora prefiero estar sola. Ya hablaremos más tarde – dijo ella de forma escueta.
Los comentarios que tuvo que escuchar Sara le retorcieron las entrañas, pero media
hora más tarde, haciendo de tripas corazón, estaba llamando a Agustín San José.
-  Estoy en el continente, pero mañana mismo, a primera hora, estaré con vosotros –
respondió tras escuchar a Sara las exigencias de los secuestradores.
Tras colgar el teléfono, Sara suspiró. Percibió en la voz de Agustín una
predisposición sincera a ayudarle, la única sensación grata en lo que iba de mañana.
Y con las palabras de Agustín todavía en sus oídos se sintió reconfortada, y con
mejor voluntad se propuso hablar con Carlos. Sería en la comida, que ya no faltaba
mucho para el descanso de mediodía.
El semblante de éste era todo un poema, mezcla de sorpresa, inquietud y enfado.
-  No entiendo nada tu proceder. Sin advertirme de nada me pones en medio de
todos como si yo fuera uno más, y vas y sueltas la bomba.
-  Perdona – respondió Sara, rechazando el tono exigente de Carlos – pero te lo
comenté antes que a nadie.
-  ¿De qué hablas? Me he llevado el mismo susto que todos los demás. Y cerrar el
negocio, ¿qué ha pasado para que tú solita lo hayas decidido como si ya no
contaras conmigo?
-  No seas sensiblero, que lo que está en juego es la vida de mi padre, y yo decido
lo que hay que hacer en su ausencia. Pero, dejémoslo estar, que no estoy de
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humor como para encima enfadarme contigo. Ayer recibimos un sobre con una
fotografía de mi padre leyendo el periódico del día anterior…
-  Bueno, eso no es una mala noticia – dijo Carlos; su voz sonó áspera. Se sentía
humillado por esas palabras de Sara.
-  Junto a la fotografía venían las exigencias – siguió Sara, sin percatarse del enfado
de su amigo – Dentro de una semana hemos de entregar el dinero a un individuo
de nombre Ramón en la pensión “El Ciervo”, en el pueblo El Barranco…
-  ¿Y cuándo se podrá negociar?
-  Espera y escucha, porque las exigencias no terminan ahí. En el futuro nos obligan
a pagar veinticinco mil escudos cada mes…
-  ¡Pero qué se han creído esos canallas! – interrumpió Carlos otra vez, enfurecido
como nunca – hay que eliminarlos. Esto no se puede permitir.
-  Mira, no vayas con esas expresiones por ahí, que ya ves las complicaciones que
te buscas.
-  Porque hay chivatos rencorosos. Y además, digo lo que me parece. Ya está bien
que siempre tenga que hacer como a ti te gusta.
-  Es mi padre quien está en peligro.
-  Y antes qué. No es de ahora, es de siempre.
La trifulca creció como pocas veces. Las palabras de Sara propiciaron resentimientos
que Carlos tardaría en superar, y el romanticismo, menguado desde hacía mucho
tiempo, ahora tomaba visos de alejarse por tiempo indefinido.
Tras el intervalo de la comida, Sara Díez, ajena a las tribulaciones de Carlos, se
dispuso a preparar la documentación para llevar a cabo el cierre del negocio. En ello
estaba cuando Maru Vidal llamó a la puerta del despacho.
-  ¿Tienes un momentito?
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-  Sí, claro. Pasa y siéntate. Dime, ¿de qué se trata?
-  Verás. No sé cómo explicarlo; todo es consecuencia de una cadena de sucesos
que me dan bastante que pensar. Y a lo mejor no tiene importancia, pero…
Sara, que no quería hacerle un feo a su secretaria, acuciada por sus preocupaciones y
sus dudas hacia ella, comenzó a ponerse nerviosa al ver que Maru no concretaba. Ésta
no dejaba de frotarse las manos con nerviosismo, y con rodeos siguió su explicación.
-  Hace cosa de un mes, quizás más de un mes, no lo sé, llamó alguien preguntando
por mí, alguien a quien yo no conocía, lo que me extrañó, pero enumeró ciertos
detalles que supuse que sí me conocía, y bastante bien… bueno, el caso es que
anteriormente, durante unos días tuve la sensación que me seguían. Fueron solo
tres días, y como no se repitió, me olvidé. Después, la ausencia de tu padre sin
haber anunciado un viaje, que como sabes él tenía por costumbre decir siempre
cuando iba a estar unos días fuera…
Llegado a este punto, a Sara no le quedaban uñas en los dedos, y ganas tuvo de dar
un golpe en la mesa. Maru siguió divagando.
-  El caso es que aquella voz al teléfono me planteó algunas preguntas, entre ellas si
estábamos en vías de reducir plantilla o cerrar, y yo, con autoridad, defendí todo
lo contrario, que el negocio iba muy bien y que éramos una empresa muy
saneada.
Para Sara fue como si se hubiera caído un velo de los ojos, y rápidamente se hizo una
composición de lugar de como se habían desarrollado los hechos. Entre tanto, Maru
Vidal esperaba una respuesta que aclarase sus dudas.
-  No te aflijas por tus declaraciones – tranquilizó Sara – y quédate tranquila,
porque tus respuestas fueron las correctas. Lo cierto es que somos víctimas de
unas exigencias a las que no podemos hacer frente.
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-  ¡Me lo figuraba! – exclamó Maru Vidal visiblemente afectada.
-  Por eso tenemos que cerrar, porque lo que nos piden nos impide mantener el
negocio en pie, y créeme, me duele mucho vuestro futuro que, tal como están los
tiempos, para muchos no será fácil abrirse un nuevo camino.
Cuando se quedó sola, Sara cerró los ojos y reflexionó. La versión de Maru le
pareció sincera, y enseguida las sospechas recayeron sobre Rubén. Aunque también
podría ser otro; incluso la misma Maru Vidal, quien con sus buenas artes teatrales le
podía estar confundiendo. No sabía qué pensar. Y en ese mar de dudas, se planteó: y a
estas alturas, ¿qué más da?
En el apartamento de Carlos Gorbea, Sara contaba la conversación con Maru Vidal.
-  Pero ahora ya no me importa – concluyó.
-  ¡Cómo que no importa; y tanto que importa! – saltó Carlos enfurecido – Yo me
encargaré de descubrir quién es ese cabrón que nos ha estado toreando. Y si al
final resulta que es tu amiga Maru, te aseguro que le daré su merecido.
-  No te precipites, porque es mejor que esas cosas las lleven a cabo los expertos.
-  Pero, ¿es que no te das cuenta? Les das de comer y te apuñalan.
-  ¿Por qué no lo olvidamos por un rato? ¿Te acuerdas cuándo fue la última vez que
estuvimos afectivos y cariñosos?
Súbitamente Carlos se olvidó de sus inquinas y rencores.
*****
83
VII
Eran las nueve cuando Agustín San José salía de su casa. Calculaba que iba con
tiempo suficiente. El trayecto no duraría más de media hora.
La zona le resultaba desconocida. No recordaba haber estado nunca por allí, y si
habían elegido ese lugar era precisamente para evitar encuentros no deseados.
Cuando entró en el vestíbulo de aquel hotel de barriada enseguida vio a Sara Díez.
Estaba sola, y visiblemente alterada. Tras el saludo, ella abordó directamente el tema.
-  Perdona, pero es que no hace quince minutos me ha llamado Carlos y me ha
dicho que está en comisaría.
-  ¿Qué ha pasado? – se extrañó Agustín.
-  No lo sé, dijo que esta mañana se presentó la policía en su apartamento y se lo
llevaron esposado. Y ha añadido que acuda yo a la comisaría con un abogado.
-  ¿Sabes de alguno?
-  Sí, el de la empresa.
-  No sirve – sentenció Agustín – ha de ser un experto; un penalista. Si quieres, yo
conozco a uno.
-  Bien, si lo consideras mejor, recurriremos a él. Pero, primero me gustaría
resolver la cuestión de mi padre, que no creo que nos lleve mucho tiempo. Ya
conoces los detalles. Tenemos el dinero, pero se trataría de reducir la cifra o
como mínimo pagarla en dos veces. En último término, si no hay otra salida,
tendrás que entregar la suma total.
-  Entiendo. Creo que esa posición facilita mi labor – explicó Agustín un tanto
pensativo – pero, ¿quedará tu padre libre en ese mismo momento?
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-  ¡Ah! perdona. No lo mencioné ayer. No, nosotros entregaremos el dinero y en
unos días mi padre quedará libre.
-  Me parece que no deberíamos aceptar esas condiciones – dijo Agustín tras unos
instantes de reflexión – yo no entregaría el dinero antes de ver a tu padre.
¡Qué había dicho! Sara se sobresaltó y, de repente, el pánico se sobrepuso a la razón;
la sola idea de que cualquier exigencia ante los secuestradores pudiera acarrearle a su
padre algún revés, con gestos y ademanes se negó rotundamente a salirse de las órdenes
recibidas de los carceleros.
Ante tal arrebato, Agustín no insistió, pero en su fuero íntimo creía que era un error.
Claro que, pensó, está en juego la vida de su padre.
-  ¿Cuándo quieres que te entregue el dinero? – preguntó Sara, más sosegada, con
lo que dejaba aclarado que se haría como exigía la nota.
-  Lo mejor será que lo recoja el día anterior de la entrega. ¿Te parece bien? –
propuso Agustín, aceptando las condiciones.
-  De acuerdo.
Allanado el tema del rescate, aunque con cierta tirantez, retomaron el caso de Carlos
Gorbea y Agustín propuso llamar al abogado. Poco después partían hacia la comisaría
central.
-  Jaime acudirá directamente allí – aclaró Agustín – es un amigo de estudios y
tengo mucha confianza en él.
Sara no tenía nada que objetar. Curiosamente, ahora ella parecía dejarse llevar sin
voluntad propia.
Durante el camino Agustín se interesó por las causas del arresto, y ella le contó la
presencia de la policía en la asamblea, y suponía que el arresto de Carlos era la
consecuencia de aquella más que mala intención de Juanjo Bernaola.
85
A Agustín no le agradó que hubieran abandonado la Unión de Víctimas. Seguía
manteniendo una opinión poco alentadora de Carlos Gorbea, y temerario como era e
incapaz de controlar sus palabras, y tal vez también sus actos, era como una bomba de
relojería. Y aunque no lo expresó con tanto dramatismo, lo dejó entrever.
-  Carlos no es como parece – aclaró Sara – Es cierto que tiene un pronto exaltado,
pero se ablanda muy pronto, y te puedo asegurar que es muy buena persona,
incapaz de hacer daño a nadie. Y si mal no recuerdo también tú lo has defendido
en alguna ocasión.
-  Es cierto, porque no tengo ninguna duda en cuanto a los atentados, pero otra cosa
es su pronto, que no domina.
-  ¿Por qué estás tan seguro en cuanto a los atentados?
-  Bueno, hoy no es el momento, pero algún día te contaré – y Agustín dejó la
incógnita en el aire.
Sara se quedó intrigada, pero estaban llegando a la comisaría y el tema de Carlos era
ahora más importante. Jaime, el abogado, estaba esperándoles, y tras los saludos, con
una sonrisa les comunicó que no había caso.
-  En unos minutos veremos salir a Carlos Gorbea.
Ante la sorpresa de los recién llegados, el abogado explicó que no había existido
detención alguna, sino invitación a un interrogatorio.
-  Eso de invitación suena sarcástico – saltó Sara enfadada.
-  Es que es sarcástico. Pero es el argot de la policía, que no tiene en cuenta el
temor y la ansiedad que su inesperada presencia produce en las personas.
Por el pasillo llegaba Carlos Gorbea. Venía sonriendo y perceptiblemente nervioso.
Sara lo abrazó y le dio un par de besos, y Carlos, alarmado a la vez por la presencia de
los otros dos, temió que hubiera sucedido algo grave.
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Hubo un intercambio de saludos y a continuación Jaime, el abogado, conocedor del
impacto de estas actuaciones de la policía, aclaró:
-  No te alarmes, que como ves, solo ha sido un susto. Y para tu conocimiento, por
el trato recibido estás en tu derecho de poner una querella contra la policía.
Carlos Gorbea, desorientado, no supo qué decir. Primero miró a Sara con gesto
interrogativo, y después a los otros dos requiriendo su opinión. Jaime vino a decir que
era una pérdida de tiempo, pero consideraba necesario decirlo.
Después, el abogado se despidió y Agustín hizo lo mismo.
Solos Carlos y Sara, ésta no perdió la ocasión para regañar a su amigo y recriminarle
su charlatanería.
-  En menudo lío me he metido sin darme cuenta – asumió él respirando hondo.
Agustín San José procuró olvidar el incidente con Sara, y, como había calculado
terminar mucho más tarde, decidió visitar a sus tíos. Era una hora que si se apresuraba
podrían comer juntos. Hablaba con ellos a menudo por teléfono, pero hacía mucho
tiempo que no les visitaba.
Se encontraron en el restaurante de siempre, y su tío, como de costumbre, pasó de
puntillas por ese tema tan actual como eran los atentados, y abordó el de la caza, su
pasión. Estaba orgulloso de haber contagiado la afición a su sobrino, pero éste parecía
haberla olvidado, y con buenas palabras se lo recriminó.
-  No lo creas – objetó Agustín jovialmente – lo que pasa es que estoy ocupado y
sin darme cuenta me he descuidado un poco. Pero todavía tengo las armas en el
apartamento, y no te preocupes que pronto retomaré el ritmo.
Pasaron un par de horas muy gratas, como siempre que se reunían, en armonía y
buen humor.
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Agustín sabía que su tío nunca deseaba hablar de atentados, y durante mucho tiempo
estuvo preguntándose por qué huía de la realidad. Su tía, en un viaje de vacaciones años
atrás, se lo explicó.
-  Tras el atentado en el que murieron tus padres y tu hermana, tu tío tuvo una larga
y profunda depresión. Le afectaron muchísimo aquellas pérdidas. Posteriormente
lo superó, pero solo aparentemente; todavía hoy le persiguen los recuerdos y a
veces observo que se aísla y se pone muy triste.
Desde entonces, en su presencia Agustín procuraba hacer los mínimos comentarios
sobre los asesinos, a pesar que para él significaba tanto como para su tío la caza.
El desvelo que calladamente le incitaba a interesarse por los movimientos de los
asesinos, tal vez era el magnetismo que emanaba de su persona. Si no, ¿cómo explicarse
que Sara Díez, de una forma tan natural recurriera a él para el rescate de su padre? Y,
¿cómo podía entenderse la desgracia acaecida a la familia de Irene? Tanta desdicha en
su entorno, para Agustín no era casualidad.
Cuando pensaba en estas coincidencias, su odio a los asesinos se disparaba, y
también a los hipócritas que pretendían justificarles.
Los atentados traían la desgracia a las víctimas, la parte más visible de esta sinrazón,
pero pocos pensaban en el entorno, como era el caso de sus tíos, o de Agustín e Irene
que desde el atentado en el que Víctor León perdió las dos piernas, su relación se
limitaba a fugaces encuentros y alguna llamada que otra de teléfono.
Y aunque no se pensara tanto en ello, la realidad era que víctimas eran todos, de una
forma u otra, todos sufrían las consecuencias del terrorismo.
Víctor, que pasó los primeros quince días en estado crítico, posteriormente estuvo
dos meses más en el hospital en observación, hasta que por fin le permitieron seguir la
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convalecencia en casa. Un trastorno para la familia, y para él se habían truncado de
cuajo sus ilusiones, con un amargo y confuso futuro.
Al principio, Irene y su madre andaban como si les hubiera abandonado el raciocinio.
Con nada encontraban alivio ni razón para el consuelo. Pero los motivos de su agobio
eran distintos.
Tras el cruel atentado, y con la adversidad a sus espaldas, la gente acudía al hospital
con el alma en vilo, con la ansiedad saliendo a borbotones por sus ojos mientras
esperaban el veredicto del médico, y a veces, sus palabras golpeaban sin piedad y los
gritos de dolor resonaban con estridencia por los pasillos del hospital.
Fueron días de angustia y desesperación. El doctor Blanco no aseguraba nada a las
dos mujeres. Víctor León podía quedar en coma para siempre, podía despertar en
cualquier momento o podía tener un fatal desenlace.
Mercedes Campos regañaba sin cesar, preocupada por su incierto futuro. Una hija
fuera de casa, la otra en paradero desconocido, y un marido impedido en casa.
-  ¡Qué perspectivas más negras las mías – clamaba.
Tras la terrible masacre del centro comercial los asesinos se dieron una larga tregua,
convencidos de que su acción serviría de advertencia a todos aquellos que osaran
enfrentarse a ellos.
Y pasado algún tiempo, como otras tantas veces, los afectados se quedaban con el
dolor y el resto olvidaba lo sucedido.
Agustín San José decidió ir a ver a Víctor León. Es decir, a quien quería ver era a
Irene, pero sabía que con quien más tiempo pasaría sería con su padre. El hombre tenía
gran necesidad de hablar, y las amistades, que al principio cumplieron con una o dos
visitas, después, poco a poco, dejaron de visitarle.
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Libertad, desentendida de la desgracia de su padre, se enteró de lo sucedido cuando
éste ya llevaba semanas en casa, y solo diez días más tarde encontró tiempo para
visitarle, y no había vuelto hasta hoy, coincidiendo con Agustín.
El aspecto de la joven dejaba mucho que desear, y más aún sus opiniones, según
Agustín. La madre no se privaba de regañar el aspecto de su hija.
-  Con esa pinta; con esos pelos y esa ropa, ¿no crees que sería hora de volver a
casa y dejar esas amistades que no te hacen ningún bien? – suplicaba.
Pero Libertad, insensible, miraba a su madre con pena. Y como Agustín llegó en ese
momento, se desentendió de su madre y, alborotada y risueña, abordó al recién llegado.
-  Hace tiempo te vi. Sí, me acuerdo muy bien porque fue el día que esos
contrarrevolucionarios atentaron contra Segura Centelles a las puertas del Gran
Palace. Pero no pude alcanzarte y te perdiste entre la multitud.
-  ¿Te refieres a cuando asesinaron a ese que siempre defendía a los que atentaban a
gente inocente como tu padre?
-  Lo de mi padre ha sido un accidente. Una coincidencia. Mala suerte, nada más,
porque nadie ha atentado contra él.
En ese momento salía Irene de la cocina con una bandeja con la merienda para su
padre, y al oír a su hermana arremetió contra ella sin miramiento alguno.
-  Vienes poco por casa, pero aún es demasiado; y para ofendernos mejor sería que
no vinieras más.
-  No digas eso – replicó la madre al instante – Todo lo contrario. Lo que debe de
hacer Líber es quedarse en casa y no estar más por la calle con gente de mala
procedencia.
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-  La gente que dices de mala procedencia es gente como yo – se defendió Libertad
– con familias como yo, que tampoco les quieren en sus casas porque se atreven a
decir la verdad.
-  ¿De qué verdad hablas? – arremetió Irene fuera de sí – ¿De los que amenazan y
atemorizan a la población? ¿De los que matan a inocentes? ¿De los peleles que
hacen el trabajo sucio de los manipuladores? ¿O quizás de los santurrones que
escondidos se frotan las manos ante los escándalos que organizáis vosotros?
Agustín, asombrado por el ímpetu de Irene, pensó con cierta vanidad que ese
planteamiento era fruto de las conversaciones que mantenían en casa antes del fatal
atentado, así como las lecturas sobre el origen y fines de los independentistas.
La disputa prometía tener cuerda para rato, y el chico, que no quería entrar en ese
juego de las ideas preconcebidas, pasó a la habitación donde reposaba Víctor León.
Éste, que oía la discusión de sus hijas, irritado pidió a Agustín que cerrara la puerta.
-  No quiero escuchar a mi hija, y créeme que me avergüenzo de haber engendrado
un monstruo como ese.
-  Vamos, vamos – le animó Agustín – ni lo digas ni lo pienses. Tú has dado a tus
hijas unos ejemplos sanos y una los ha entendido y la otra no. No hay más.
Víctor, fuerte como un roble apenas unos meses antes, se había reducido a la mitad.
Y el mismo bajón se acusaba en su estado de ánimo.
Ahora se recuperaba lentamente, pero los peores momentos fueron al recobrar el
conocimiento y percatarse de su estado. El hombre se hundió de tal forma que, como
trastornado, solo decía que no quería seguir viviendo. Después mejoraron sus ánimos, y
en ocasiones hasta sonreía, pero le costaba hacerse a la idea de ser para el resto de su
vida una carga para su familia.
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No era extraño, pues, que le angustiara escuchar las banalidades de su hija; y mucho
peor cuando oía sus argumentos sobre la finalidad de los asesinos.
-  ¿Qué mal trato ha recibido jamás Líber en casa, o qué opresión ha sufrido para
que vaya diciendo que los actos de los independentistas son para defenderse del
gobierno opresor?
-  Son las influencias de sus compañeros – intentaba calmarle Agustín.
Para Víctor las visitas de Agustín eran como un bálsamo; le ayudaban a soportar su
desgracia e influían favorablemente en su moral, y no se reprimía en manifestarlo.
Pero hoy, a causa de la visita de su hija Libertad, estaba de muy mal humor. Agustín
lo notaba en su tono de resignación.
-  Yo no he transmitido tan buenos ejemplos como dices – le contradecía Víctor –
porque no he tenido tan buena cuna como tú y no soy muy ilustrado, pero
tampoco me he comportado tan mal como para tener una hija que no se
compadece ante la desgracia que me ha tocado en suerte.
La presencia de Libertad había envenenado el ambiente en casa, y Agustín San José
que se esforzaba en soslayarlo, en su interior maldecía la coincidencia. Que esta
advenediza ignorante defendiera lo que él tanto odiaba, le incordiaba sobremanera; y
que además, fuera la hermana de Irene le partía el alma.
Pero, lo que en realidad alarmaba a Agustín era esa alusión al día del atentado.
La discusión entre las dos hermanas continuaba con furia; los gritos que llegaban
desde el salón, aunque amortiguados, ponían los pelos de punta, por la de cosas que se
decían. De vez en cuando se escuchaba la voz de su madre suplicándoles cordura.
El altercado, que no daba muestras de acabar, cada vez enfurecía más a los dos
hombres. Y Agustín apuntó que era hora de marcharse.
-  ¿Tan pronto?
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-  Sí, hoy tengo cosas que hacer. La próxima vez vendré con más tiempo y
podremos jugar una partida de ajedrez.
Las tres mujeres ya no vociferaban, pero en sus rostros se podía leer que las espadas
seguían en alto. Y para sorpresa de Agustín, Irene dijo que se iba con él.
-  Ahora está mi hermana en casa y yo puedo descansar un poco – explicó la joven
mirando a su hermana con malicia.
-  Yo también tengo que irme – replicó Libertad.
-  Tú te quedas unas horas más y ayudas a mamá. Y si vuelves a casa trae contigo la
predisposición de ayudar. Y el mal humor, tus teorías y tus insoportables modales
los dejas con tus amigos.
Libertad comenzó a maldecir, pero Irene, haciendo oídos sordos, recogió su bolso y
con unos retoques ante el espejo, se dirigió a su amigo: ¿Nos vamos?
Agustín se quedó gratamente sorprendido. El cambio que observaba en Irene le
agradaba. Ahora era más enérgica. Desde el atentado había perdido su conformidad.
Irene tampoco era la misma en la intimidad. Había perdido parte de su candor y esto
era menos grato para Agustín que. No obstante, bendijo que decidiera quedarse con él.
“Lástima que no se prodigaran noches como esta” – pensó.
A las tres de la madrugada le despertó el teléfono. Era Sara Díez, quien, muy
alarmada, le preguntó si había oído la noticia.
-  ¿De qué noticia hablas? – preguntó Agustín angustiado, imaginándose lo peor
con su padre.
-  Han detenido a Alberto Torres. ¿Sabes quién es?
-  No, no recuerdo, pero, ¿por qué lo han detenido? ¿Qué ha pasado?
-  Es un chico joven, compañero de la Unión de Víctimas, aunque venía poco a las
reuniones; al parecer ha cometido un atentado. Lo ha dicho la radio, no podía
93
dormir y… el caso es que me ha parecido escuchar que ha asesinado al famoso
Marcos o alguien que iba con él.
-  Mira, Sara, me has pillado medio dormido y no estoy en condiciones de valorar
la importancia del atentado, y si te parece, podemos hablarlo mañana, a no ser
que tenga algo que ver con tu padre.
Sara no puso objeción. A ella le preocupaba que estos atentados contra los
simpatizantes de los asesinos tuvieran repercusiones contra su padre, pero comprendió
que no era momento ni hora para sacar conclusiones.
Por la mañana, cuando se encontraron en el hotel, los dos estaban al corriente de lo
sucedido. A Agustín se le notaba más alterado de lo habitual.
-  El proceder de la gente – decía con enfado – a veces es de una irresponsabilidad
asombrosa. ¿Quién le mandó a este muchacho meterse en asuntos que no
entiende? ¡Intentar matar en un restaurante lleno de gente a un personaje famoso
con un cuchillo! Eso solo se le ocurre a un loco, o a un estúpido. Y claro, no
consiguió lo que quería, sino que asesinó al amigo de Marcos y a él, por lerdo, lo
apresaron en el acto.
A Sara Díez le llamó la atención la recriminación, no al acto sino al mal estilo para
llevarlo a cabo. Pero lo olvidó enseguida. Su desasosiego era que los secuestradores,
como venganza, pudieran acabar con la vida de su padre. Le desesperaba pensar en ello.
-  No temas – le reanimó Agustín – No se atreverán a hacer tal cosa, porque
acabarían con su fuente de ingresos.
Lo dijo con seguridad, pero en el fondo sin estar muy convencido de sus palabras.
-  Entonces, ¿por qué asesinan constantemente?
-  Fíjate, secuestran a quienes pueden pagar, y asesinan a gente sin fortuna…
-  ¡Oye, que nosotros no somos una familia acaudalada!
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-  Tienes razón, perdona, pero no quería decir eso. Lo que quiero decir es que su
oficio es sembrar el terror. Asesinan como advertencia para unos y amenaza para
otros. Con los secuestros engrosan sus finanzas, y con el terror hacen doblar la
rodilla a todo el mundo, porque saben que el miedo es el padre de la cobardía.
Estas palabras no tranquilizaron a Sara Díez, y sí le molestaron porque ella sentía
miedo pero no se consideraba cobarde. Además, ¿cómo podía estar él tan seguro de que
los separatistas lograrían en menos tiempo del deseable la independencia?
En ello estaban cuando llegó Carlos Gorbea. Traía malas noticias de la empresa.
-  Los clientes están anulando todos los pedidos.
-  No contaba con una respuesta tan precipitada – apuntó Sara pensativa.
-  ¿Vais a cerrar la empresa? – se extrañó Agustín San José.
-  No tenemos más remedio. El dinero del rescate y el impuesto que nos exigen
posteriormente nos impide mantener en pie el negocio.
-  Vamos a negociar, y es posible que consigamos pagar menos – advirtió Agustín –
y en cuanto a los pagos posteriores, también los podremos negociar.
-  Ojalá lo consigas, pero aun así, la decisión está tomada.
-  ¿Estará de acuerdo tu padre?
-  Totalmente. He tomado esa decisión porque sé que mi padre, aun a costa de su
vida, se habría negado en rotundo a pagar un solo céntimo a esos criminales.
Siguió un incómodo silencio que rompió Sara tras unos instantes de duda.
-  Antes de todo esto, la intención de mis padres era vender la empresa y marcharse
al continente, como hacen muchos.
-  Y ahora, en estas circunstancias, ¿qué crees que harán? – preguntó Agustín.
-  No lo sé. Ellos decidirán, pero creo que se marcharán.
-  ¿Y vosotros, qué pensáis hacer?
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Carlos y Sara se miraron sorprendidos y con claras muestras de no tener planificado
el día después. De pronto, Carlos Gorbea soltó una de sus genialidades.
-  A mí me gustaría quedarme en la isla y unirme a ese grupo que hace frente a los
asesinos.
-  No seas exaltado – amonestó Sara con una mirada cortante – Agustín pregunta
algo elemental, algo así como de qué vamos a vivir. Es eso lo que preguntas,
¿no? – planteó dirigiéndose a Agustín.
-  Sí, claro.
El incómodo silencio volvió a flotar en el ambiente, sin que nadie osara romperlo.
Las palabras de Carlos Gorbea habían sacudido el recuerdo de Alberto Torres y su
incoherente atentado.
Agustín no pudo evitar un pensamiento: “Está claro que este chico no aprende”. Y
con ganas de advertir a Carlos el peligro de ir prodigándose por ahí con expresiones
como esa, optó por ultimar los detalles de la entrega del dinero a los secuestradores.
Era un cometido al que de pronto puso algunas condiciones. Sara como Carlos no lo
notaron, pero Agustín estaba alterado.
-  El próximo martes me entregaréis el dinero, pero solamente la mitad.
-  ¿Por qué solo la mitad? – exclamó Sara muy extrañada.
-  Quiero negociar y no quisiera pagar más de setenta mil escudos.
-  Me da miedo – objetó Sara preocupada – no quiero arriesgar la vida de mi padre.
-  No me arriesgaré a tanto, pero si te quedas más tranquila, me llevo todo el dinero
y te explico mi plan. Defenderé que no tenéis más que la mitad, e intentaré que
renuncien a la otra mitad o a pagar más adelante. Y si no consigo ninguna de las
dos opciones, en ese caso siempre puedo entregar la suma entera.
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-  No sé, pero… en fin… – aceptó Sara, escéptica y preocupada – siempre que no
peligre la vida de mi padre.
*****
97
VIII
La relación entre padre e hija empeoraba.
-  Antes, cuando Líber venía poco vivíamos más tranquilos – se quejaba Víctor
León ante su mujer – al menos no ponía cizaña.
-  Pero yo prefiero que venga y que no esté tanto tiempo con esa gente sin oficio ni
beneficio, que Dios sabe de qué viven.
-  Viven de lo que quitan a sus mayores, como hace tu hija contigo. ¿O tú crees que
cuando viene lo hace por atención a nosotros?
-  Le ayudo porque está pasando mala época; pero tiene buenas relaciones, y dice
que después de las elecciones será otra cosa, ella obtendrá un buen puesto y
nosotros tendremos una ayuda segura.
-  Yo creo que te toma por ignorante diciéndote esas tonterías. Y si ella las cree es
que también lo es. Ayuda, mayoría, ¡qué imaginación la tuya!
-  Yo no soy una ignorante, y ella tampoco. Pero tú sufres de que Líber logre una
posición importante en la administración, lo que tú nunca conseguiste.
El más simple comentario servía para la provocación. Irene no comprendía cómo su
madre disculpaba constantemente el proceder de su hermana. Ésta, venía a casa cuando
le parecía, defendía a los separatistas, discutía con su padre y se marchaba tan contenta
después de haber saqueado a su madre.
-  No debes enfadarte con tu hermana – reclamaba la madre – Ella se relaciona con
gente famosa.
-  Con gente asesina, querrás decir.
-  No digas eso. Es gente que sale a menudo en televisión, gente bien colocada, y tu
hermana siempre va al lado de Jacinto Colín, ese tan famoso.
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-  Mamá, baja de las nubes. Esos que tú dices famosos son los que defienden a los
asesinos; los que han lisiado a papá, ¿no te das cuenta?
Mercedes no se daba cuenta. Tampoco de sus contradicciones. Y su marido, presente
en estas discusiones, con los puños crispados, solo observaba, porque si se le ocurría
añadir una coma, su mujer se encaraba duramente con él en furibundo arrebato, nada
que ver con la comprensión que mostraba con su hija la rebelde. ¡Con qué ferocidad
agredía a su marido cuando de disculpar a Libertad se trataba!
Irene, cuando sus padres comenzaban a discutir, con el corazón en un puño,
destrozada, recogía sus cosas y se marchaba, decidida a no volver más.
Con el ánimo abatido, contagiaba su pesadumbre a Agustín, que tampoco tenía sus
mejores momentos, lo que originaba frecuentes discusiones entre ellos.
A Agustín, estos desencuentros le sumían en grandes dudas, y comenzó a
preguntarse si su estrategia había sido acertada; no estaba seguro, y a veces hasta creía
que se había equivocado, pero era tarde para rectificar. Estaba también su carácter con
tendencia al silencio, y mantener el secreto le pesaba.
Pero no era siempre así. En otros momentos, cuando la sensatez iluminaba su mente,
hacía votos para compartir intimidades y hablar abiertamente con Irene.
Ahora, camino de El Barranco, pueblo que nunca había visitado, se preguntaba si
sería capaz de tanto dominio como para no emprenderla con ese tal Ramón.
No le fue difícil encontrar la pensión “El Ciervo”. El edificio, no muy grande, había
disfrutado de épocas mejores. En el interior, ésta observación aún se hizo más evidente.
Preguntó por Ramón.
-  Soy yo. ¿En qué puedo servirle? – se dio a conocer un hombre obeso que, al
parecer era quien se ocupaba de las tareas más diversas en la pensión.
-  Tenía una cita con usted.
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-  ¿Sí? – se extrañó el hombre – A ver – y hojeó un libro manoseado – ¡A, sí! –
reconoció al cabo de un rato – usted viene a entregar un paquete, ¿no es cierto? –
aventuró el llamado Ramón sin dar mayor importancia.
-  ¿No es usted el interesado? – preguntó Agustín un tanto desorientado.
-  ¿Interesado en qué? – preguntó a su vez el hombre, extrañado.
A Agustín se le planteaba una situación que no había contemplado. Lo comprendió
de pronto. Los secuestradores, muy elemental, actuaban con sigilo.
-  Entiendo que el paquete no es para usted, ¿para quién es, entonces?
El hombre volvió a mirar el libro. Hojeó detenidamente; pasó varias hojas atrás, se
detuvo en una, y tras leer una anotación, levantó la cabeza con una sonrisa.
-  ¡Ah, sí; aquí está! Era un matrimonio muy simpático. Amigos de usted, me
dijeron. Jóvenes, recién casados, del continente. Querían conocer la isla, y antes
de regresar a casa, hoy o tal vez mañana pasarían a recoger un regalo de boda que
traería usted.
La mente de Agustín trabajó con rapidez.
-  No, yo no les conozco. El amigo de los novios no ha podido venir, y en su lugar
he venido yo… y qué lástima. Me había hecho a la idea de conocerles. ¡Mi amigo
me ha hablado tanto de ellos!
-  Pues, nada más fácil. Quédese usted en la pensión y cuando lleguen, yo le aviso –
propuso el tal Ramón.
Rompía todos sus planes, pero no le pareció mala idea. Si quería negociar no tenía
más alternativa que esperarles. Lo consultó con Sara Díez; ésta mostró dudas.
-  Comprendo tu desazón – decía comprensivo Agustín – pero no se trata solo de
reducir el pago sino de exigir pruebas de que tu padre sigue con vida.
100
La eventualidad de que su padre pudiera haber sido víctima de los asesinos desató el
pánico y Sara ya no se atuvo a razones. Lo que hasta ahora solo era incertidumbre pasó
a ser pavor, y con un nudo en la garganta, ella no aceptó más riesgos.
-  Mira Agustín, tengo mucho miedo y lo mejor será cumplir sus exigencias.
Entregas el dinero y no esperes un minuto más.
-  No me gusta tu decisión, ya lo sabes; creo que es un gran error. Sin pruebas de
que tu padre sigue vivo, estos desaprensivos cogerán el dinero y desaparecerán
sin dejar rastro.
No logró convencer a Sara. En su lugar, lo que consiguió fue alterar sus ánimos y su
razón.
-  No digas una palabra más, Agustín. No quiero poner en peligro la vida de mi
padre, ya lo sabes, así que entregas el dinero y te vienes de regreso.
Y con gran dolor de corazón, Agustín entregó el dinero a Ramón, el hombre comodín
en la pensión, excusándose con buenas palabras de su repentino regreso.
Por la tarde se vio con Sara y Carlos. La tensión se reflejaba en sus caras, y Sara,
turbada por la incertidumbre y el desconcierto, lamentaba ahora no haber tomado
contacto con los secuestradores. Tras una larga temporada con los nervios a flor de piel,
no soportaba más la presión, actitud que se reflejaba en su incoherencia, sus objeciones
y argumentos contradictorios. No se atrevía a mirar a los ojos de Agustín; se
avergonzaba de no haberle escuchado, y desamparada, lloraba por desconocer cuándo
volvería a ver a su padre.
Carlos, con su impaciencia que tan a menudo se trocaba en imprudencia, no hacía
más que echar pestes contra los separatistas y asesinos, y tan impertinente se puso que
Agustín, molesto, no pudo callarse más.
101
-  Bien, yo me voy, y tú, Carlos, harías bien en callarte; con tus críticas solo te
pones en evidencia – y dirigiéndose a Sara, añadió – Dime algo cuando tengas
noticias de tu padre.
-  ¡Sí, sí, cómo no! – respondió ella sobreponiéndose – Y perdona mi conducta,
pero es que estoy que los nervios me dominan.
-  No tiene importancia – respondió Agustín resignado.
Estaba de mal humor; peor, estaba decepcionado. Las cosas no rodaban a su gusto, y
al llegar a casa, donde esperaba encontrar consuelo, encontró a Irene abatida. Con los
ánimos por el suelo, sacó fuerzas de flaqueza para animar a su amiga, y se dispuso a
recibir un nuevo golpe.
-  Se trata de mi hermana, que cada vez aparece con más frecuencia en primera fila
junto a ese pendenciero de Jacinto Colín.
-  No es una buena noticia, es cierto, pero tampoco es para desesperar. Temí que
pudiera ser algo peor.
-  ¡Te parece poco! Cualquier día la pueden asesinar como están asesinando a sus
compañeros.
Le sorprendió la actitud de Irene, no había calculado algo así. Después intentó
calmarla, al parecer con poco éxito.
-  No sé cómo dices que me tranquilice. ¿Y cómo puedes estar tan seguro de que a
ella no le va a pasar nada tan grave?
-  Quiero decir que no lo creo, porque la policía ya ha cogido al asesino.
El argumento no calmó a Irene, y Agustín, indeciso, luchaba por dar ese paso de
abrirse, contar sus intimidades y desprenderse de una vez por todas de esa losa que le
tenía oprimido, pero le faltaba valor. Además, ¿cómo se lo tomaría ella? Y convencido
de que no era el momento apropiado, decidió esperar.
102
Y esa indecisión le irritó aún más; y se excusaba diciéndose que eran demasiados
frentes abiertos los que mantenía. Tenía abandonado su trabajo, y esto le preocupaba; el
caso de Sara le indignaba, y Carlos, un imprudente y un charlatán; y lo peor era ese
sentimiento de venganza que no le dejaba. Y se angustiaba, precisamente porque veía
que los asesinos le iban ganando terreno. Y por si fuera poco, en el potro de la tortura
no faltaba Irene y su familia: Víctor León postrado de por vida; Libertad, como una
inconsciente más, atrapada en la maraña de esos desalmados.
O sea, mirara donde mirara, a su alrededor solo veía tragedia.
Tampoco la Unión de Víctimas era un consuelo. Ese Juanjo Bernaola y su hermana,
ahora que no se les enfrentaba nadie como hacía anteriormente Sara Díez, se habían
crecido y sus estupideces eran cada día más vergonzosas. Y en sus deliberaciones,
concluía: “La asociación, que debería fortalecer a las víctimas, ni para eso servía”.
En medio de ese mar de adversidad, tal vez como huida de solución, le anunció a
Irene:
-  La semana próxima iré al continente. No sé qué van a pensar los clientes; los
tengo abandonados por completo.
-  Temía que iba a llegar ese momento. ¡Qué lástima! – respondió ella resignada.
A Irene no le agradaban los desplazamientos que hacía Agustín, y se alteraba cuando
le venía en mente ese pensamiento retorcido de desconfianza y que nunca se atrevía a
exponer. Es cierto que en sus ausencias decidía hablar del tema nada más regresara,
pero después, cohibida, no se atrevía a mencionarlo.
Estaba también el otro aspecto: la soledad. Antes, cuando Agustín se ausentaba, ella
se iba unos días con sus padres, pero ahora, prefería estar sola antes que presenciar
cómo sus padres se empujaban al abismo.
103
-  La semana próxima iré a inscribirme en la Unión de Víctimas – apuntó Irene
esperando la aprobación de Agustín.
-  Es una buena idea, pero te prevengo, no esperes ayudas síquicas, espirituales o
morales, y mucho menos económicas.
-  Entonces, ¿para qué se unen las víctimas?
-  Porque esperan encontrar un poco de todo eso, y como no lo encuentran muchos
se decepcionan. Aun así, pertenecer a la asociación tiene aspectos positivos.
-  Por ejemplo.
-  ¿Por ejemplo? Pues, te puedo decir que cuando uno, destrozado por la tragedia,
decide formar parte del grupo, en esos momentos cree que nadie en el mundo
sufre tanto como él, y al encontrarse con gente con la misma desventura se da
cuenta que otros soportan la misma o peor desgracia, y aunque eso no es un
consuelo, en ocasiones despierta la comprensión y la humildad.
Esa misma tarde, Sara Díez, con voz apagada, sin aliento apenas para hacerse oír,
llamó a Agustín para explicarle que los asesinos habían ejecutado a su padre.
Agustín acudió rápidamente al instituto anatómico forense, y enseguida se encontró
con la mirada de Sara pidiendo perdón por no haber escuchado sus consejos. La joven,
abatida, se mostraba entre impotente y culpable. Agustín la abrazó y evitó hacer el
menor reproche. No era el momento; ni tampoco era necesario.
No era el caso de Carlos Gorbea, que se mostraba más alborotador que nunca.
Agustín consideró que este chico desafiaba inútilmente al viento, pero comprensivo no
hizo ninguna observación.
Dos individuos que a Sara Díez le parecieron conocidos, esperaban en el pasillo en
silencio, y cuando terminaron de cumplimentar el protocolo del reconocimiento, se les
acercaron para transmitirles su más dolorido pésame.
104
Fue entonces cuando ella recordó dónde los había visto antes. Eran los dos policías
que vinieron a la sede de la Unión de Víctimas indagando por posibles sospechosos.
Los malos augurios que presagió al reconocerles se disiparon nada más comenzaron
a hablar con palabras de condolencia. Después, con amabilidad exquisita, solicitaron
que les acompañaran a comisaría.
-  Se trata de simple rutina. Terminaremos pronto, no se preocupen.
-  Yo soy solo un amigo – apuntó Agustín, con intención de ausentarse.
-  No importa. Su opinión también será importante.
La insistencia de los policías inquietó a Agustín, que no pudo ocultar su disgusto.
En comisaría, y sin perder su compostura, los policías quisieron saber cómo se
habían desarrollado los acontecimientos; las preguntas iban dirigidas a Sara Díez. Ésta,
dolorida pero con una serenidad que sorprendió a los policías, respondía sin ocultar
ningún detalle, mientras Carlos Gorbea se mantenía a la expectativa. Agustín San José
también escuchaba, muy atento a las miradas y gestos de los policías.
En cuanto a la entrega del dinero, los policías no mostraron extrañeza que fuera
alguien ajeno a la familia, y desde ese momento dirigieron sus preguntas a Agustín. El
lugar y el sistema empleado por los asesinos sorprendió a los policías, y para asegurarse
de que no existía confusión alguna con El Barranco, “El Ciervo” y demás detalles,
insistieron varias veces hasta que, al parecer, quedaron convencidos del relato.
-  Comprenderán que no podamos aceptar sus métodos de aficionados – dijo el
policía que parecía llevar la voz cantante – Su deber era denunciar el secuestro en
el momento que se produjo, y sin demora alguna, porque con su torpe actuación,
hemos perdido toda posibilidad de seguir un rastro muy valioso.
El agente hablaba con enfado, y aun así se notaba que por miramiento no decía todo
lo que deseaba decir. Sara y Agustín, cabizbajos, sin atreverse a levantar la mirada,
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estaban avergonzados. Carlos intentó justificar ese proceder, pero se quedó en intento,
porque una mirada fulminante de Sara le impidió seguir.
Más tarde, lejos de las miradas de los agentes, Carlos Gorbea retomó su habitual
terminología. Colérico, se quejaba de la indiferencia de la gente, egoísta, e increpaba a
todo el mundo diciendo que nadie tenía en cuenta a los que sufrían.
A las víctimas las repudiaba por estar tan divididas. También a la policía, que parecía
que solo perseguía a las víctimas. Y naturalmente, a los asesinos, esos miserables sin
rostro que desde la sombra pretendían perpetuar el mal.
Sara tuvo que interrumpirle varias veces para que no vociferara, y Agustín añadió:
-  Sería preferible hablar menos y hacer algo.
Carlos no se dio por enterado, y siguió su discurso. Pero Sara, pese a que sus
pensamientos estaban con su madre y cómo tendría que consolarla, entendió que
reprochaba a Carlos por no hacer nada, pero enseguida rectificó. “Agustín no es persona
que se dedique a ofender a nadie – pensó – Pero, entonces, ¿qué ha querido decir?”
-  Nos veremos el día del entierro – dijo Agustín como despedida.
Tres días más tarde tenía lugar la ceremonia en la iglesia, muy concurrida, por cierto.
No faltó nadie de la empresa; muy discretamente, en un segundo plano, los dos policías.
Sara, junto a su madre, muy apenadas las dos, no se percató de la presencia de los
agentes; tampoco Carlos Gorbea, que con cara de enfado y desconfianza miraba a sus
compañeros intentando adivinar quién era el traidor.
Agustín San José sí vio a los agentes, y como él no tenía nada con la policía ni quería
tener, procuró alejarse de ellos para que tampoco ellos tuvieran algo con él.
Su discreción, sin embargo, le sirvió de poco. Un tanto extrañado notó que,
precisamente, los agentes buscaban su cercanía.
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-  Nos gustaría hablar con ustedes cuando termine la ceremonia. Será cuestión de
unos minutos – dijo el agente de la voz cantante.
Agustín asintió, y con ganas de preguntar si tenían alguna novedad, prefirió callar, no
fuera que una pregunta inocente abriera la puerta a deducciones complicadas. Con los
tiempos que corrían, cuantas menos relaciones con la autoridad, mejor.
Aun así, la curiosidad, o tal vez su conciencia comenzó a corroerle las entrañas.
En el cementerio esperaba la prensa en todas sus versiones; los fotógrafos sacaban
planos desde todos los ángulos; los reporteros, sin miramiento y hasta con agresividad,
acercaban los micrófonos a la faz de Sara al acecho de una palabra que les permitiera el
título para su artículo. Ante tanto acoso, a la comitiva le era difícil avanzar.
La ceremonia se alargó más de lo esperado, y cuando por fin la gente inició la
retirada, en pocos minutos solo quedaron algunos periodistas, los dos policías, el
hermano de Carlos Gorbea con su mujer, y poco más.
Los agentes se acercaron a Sara. Junto a ella, su madre, muy desmejorada.
-  Sabemos que no es el momento más adecuado, pero como se trata de información
importante relacionada con su padre, pensamos que podrían acompañarnos.
Nadie puso objeciones, pero en sus caras se pudo leer el desagrado. Sara, resignada,
les escuchaba, pero los policías comprendieron su error y se disculparon.
-  Les agradeceríamos – añadieron, ultimando así su corta entrevista – que mañana
por la mañana pasaran por comisaría.
Por la noche, Agustín le contaba a Irene sus opiniones sobre los detalles observados
durante la ceremonia. Hablaba con tristeza, y entre sus palabras se deslizaba la
amargura mezclada con la impotencia.
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-  Es desolador observar las diversas formas de acudir a un entierro – decía muy
apenado – Los entierros siempre son tristes, y se espera de la gente algo así como
conmoción y sentimiento.
Irene le escuchaba un tanto sorprendida. Acostumbrada a verlo siempre optimista y
contento, últimamente le resultaba patético ver a su ídolo tan decaído.
Agustín, dolorido, seguía hablando.
-  Muchos muestran tanta indiferencia que espanta; a otros les mueve el morbo, no
lo pueden ocultar. A la mayoría les notas indiferencia hacia los familiares, como
si estar allí fuera una obligación ingrata. Los de la prensa, con la excusa de que es
su trabajo, ni sentimiento ni respeto muestran, sino que entre corridas y
empujones parecen buitres disputándose la carroña.
Con palabras de consuelo y cariñosas caricias, Irene trataba de aliviar la pena de su
amigo, y poco a poco el semblante de Agustín tomó un aspecto más sereno.
-  ¿Has pasado por la Unión de Víctimas? – se interesó él de pronto.
-  No; todavía, no. He llamado por teléfono y alguien me ha dado una serie de
razones para que dejemos transcurrir un poco más de tiempo.
-  Pero, qué absurdo. ¿Sabes quién te ha atendido al teléfono?
-  No, no se ha identificado. Pero era una mujer.
Furioso, Agustín increpó a los Bernaola, e Irene, que no quería convertir la
conversación en un drama, cambió de tema.
-  Ya sé que no es cosa mía, pero me preocupa que desatiendas a tus clientes.
Podrías quedarte sin ingresos.
Agustín San José encontró conmovedora la observación y, pensativo, con una sonrisa
miró a Irene mientras reflexionaba. Nadie había mirado nunca por sus intereses. Años
atrás, sus tíos sabían muy bien que las finanzas del joven no se tambaleaban, por lo que
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le ayudaron y le mostraron el camino, y ahora, después de tanto tiempo, la preocupación
de Irene le pareció enternecedora. Por primera vez sintió cómo un manto protector se
cubría sobre él.
-  Te agradezco la observación, pero los ingresos no corren ningún peligro.
-  A mí, no obstante, me preocupa.
-  No debería. Pero la culpa es mía por no explicarte los detalles, como por ejemplo,
que convivir significa no tener secretos.
-  Perdona, pero no creo que deba mezclarme en tus asuntos, y menos los
económicos.
-  Es lo que intento decir. La convivencia compromete a ciertas cosas, y lo que
afecta a uno de los dos, compromete a ambos por igual. Y en cuanto a los
clientes, éstos tendrán que esperar un poco más, porque mañana estamos citados
en comisaría, y seguramente surgirán cuestiones que retrasarán más mi trabajo.
-  ¡Qué me dices! ¿Qué cuestiones te puede plantear a ti la policía?
-  No lo sé. Por eso, yo también estoy intrigado.
Más tarde, Agustín lamentaría no haber aprovechado la ocasión para hablar de ese
peso que arrastraba. Lo tenía decidido, y se le antojaba fácil cumplir con su decisión,
pero cuando se acercaba el momento se desinflaba como cuando se pincha un balón.
*****
109
IX
Con ansiedad, los empleados esperaban las palabras de Sara Díez. Estaban en la sala
de reuniones, como la última vez, pero con mayor expectación que entonces.
Carlos Gorbea ocupaba una posición discreta desde la que podía observar a sus
compañeros.
En el ambiente flotaba una remota esperanza de que la empresa no se cerrara, pero
era tan remota que nadie se decepcionó cuando con voz entrecortada Sara anunció que
la actividad finalizaría antes de lo previsto.
-  Siento mucho tener que comunicarles mi última decisión, pero como saben, los
clientes han buscado otros proveedores con mucha rapidez y ante la ausencia de
pedidos considero innecesario que vengan. Por supuesto, sus ingresos no sufrirán
ninguna merma por ello y todos ustedes recibirán los salarios acordados.
Llegado a este punto, Sara se mostró dudosa. Con sus ánimos por los suelos, hablaba
entrecortada, lo que extrañó a los empleados que sabían de su coraje para enfrentarse a
la adversidad. Los más sensibles deducían que la muerte de su padre podía más que ella,
y otros, más miserables, pensaban que era miedo a los asesinos.
Su abatimiento, no obstante, lo causaba la noticia que la policía le comunicó el día
anterior. Pero, aun sin fuerzas para seguir hablando, pensó en las personas que tenía
delante y consideró que les debía una aclaración.
-  Sé que algunos albergaban la esperanza de que no se culminase el cierre, y bien
que me hubiera gustado, pero la realidad es que no tengo otra opción.
-  Los que no tenemos otra opción somos nosotros, que nos quedamos con el culo al
aire – gritó Eusebio Mora de pronto, un joven de unos treinta y cinco años.
-  Es cierto – respondió Sara – y créanme que lo siento.
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-  Eso solo son excusas – saltó un tal Fernando en tono belicoso – porque como
dice Eusebio, nosotros nos quedamos con el culo al aire mientras que tú, forrada,
podrás seguir viviendo a todo tren.
-  Sois unos mostrencos, y no tenéis idea de lo que estáis diciendo – exclamó Carlos
Gorbea. Había prometido permanecer callado, pero, colérico, se lanzó contra sus
compañeros sin reparar en consecuencias – la empresa tiene que cerrar
precisamente porque los asesinos se han llevado todo el dinero, y aquí, entre
vosotros hay una traidor que ha ido con el chivatazo a esos extorsionadores.
La tensión acumulada en todos los presentes durante los últimos días, se desató de
pronto y un mar de voces hizo imposible entenderse. Gritos, insultos; unos llamaban a
la calma; otros, para hacerse entender, gritaban más alto.
Sara Díez pedía cordura. Tres o cuatro, entre ellos Eusebio y Fernando, empezaron a
zarandear a Carlos Gorbea, amenazándole y tildándole de enchufado y perro faldero.
Éste, acalorado como nunca, lanzaba puñetazos y patadas intentando defenderse, pero
no le servía de nada. De nada favorable, porque los otros se ensañaron a golpes con él
hasta que algunos se interpusieron y evitaron lo peor.
Cesaron los golpes, que no los ánimos, y Sara Díez concluyó con unas palabras que
heló la sangre de los presentes.
-  No pretendía crear un enfrentamiento, y lo siento mucho, de veras. Pero a
Eusebio y Fernando, y a quienes piensen como ellos, quiero aclarar que he
perdido a mi padre, y eso no tiene precio.
Durante unos segundos nadie respiró.
-  Hoy es el último día de trabajo. A todos les deseo mucha suerte en el futuro –
concluyó Sara Díez, conmovida que apenas se escucharon sus palabras.
Acto seguido, lentamente, comenzaron a desfilar.
111
Fuera de la sala hubo algún amago de rebeldía por parte de Fernando y algún otro,
pero las miradas de desprecio de los demás les hicieron desistir.
Maru Vidal buscó la cercanía de Rubén, pero éste la rehuyó como quien huye de la
quema. Ella no se inmutó, y pensó que tenía tiempo para aclarar cuentas con él.
-  Cómo te han dejado la cara, hijo – decía Sara mientras limpiaba a Carlos las
heridas con unos algodones – ¿Te duele?
-  Sí, pero no tanto como el alma. Estos tipos son unos hijos de perra, y en cuanto a
Rubén, ese traidor, se la tengo jurada, te lo aseguro. Cuando explicabas la
situación me ha parecido ver una expresión en su cara que no me ha gustado
nada. Es un malnacido. Y a él tendrían que pedirle explicaciones los compañeros;
a él, que es el culpable de esta desgracia.
-  Mantente tranquilo y no te muevas, si no, te haré más daño sin querer.
Los empleados, con el alma herida cual una derrota, tras recoger sus pertenencias
abandonaron para siempre la empresa. Para todos ellos significaba un gran fracaso.
Ahora, cuando Sara Díez recorría lentamente los mudos pasillos y miraba los restos
de lo que durante años fue su hogar y su ilusión, el silencio le golpeaba el ánimo. Sentía
cómo a cada paso la nostalgia oprimía un poco más su corazón hasta casi cortarle la
respiración. La infeliz visión de algunos empleados respecto a sus circunstancias; la
pérdida del negocio; y por encima de todo la pérdida de su padre, habrían sido
suficientes motivos como para no levantar el ánimo en muchos años.
Pero no era solamente eso.
El día anterior, en la comisaría, el caprichoso y a menudo malévolo destino le
propició el golpe más desolador que jamás habría podido imaginar.
112
Agustín San José también estuvo presente. Él, cuando se dirigía a la cita con la
policía, estaba extrañado, pero no preocupado. Al menos no más de lo que supone una
cita con la policía, que siempre suele ser un tanto turbador.
No temía represalias por lo de la entrega del dinero, desafortunado asunto, ya
censurado y aclarado por los agentes. El motivo de la citación debía ser otro, y eso de
no tener idea de qué se trataba era lo que le tenía inquieto.
Nada más llegar un agente requirió de seguirle, y antes de entrar en el despacho que
le indicó, muy de pasada pudo leer en la puerta: “inspector D. Hoyos”, sin llegar a leer
el segundo nombre. Sara y Carlos ya esperaban en el despacho.
A continuación, el supuesto inspector Hoyos se disculpó por su inoportuna irrupción
del día anterior, y acto seguido abordó el motivo de la cita.
-  Quise hablar con ustedes antes de hacerlo con los medios, de tal modo que he
retrasado veinticuatro horas la rueda de prensa – el agente hablaba como si
intentara ocultar sus sentimientos – Los resultados de la investigación y el
informe forense son dolorosos, y sin querer ahondar más en la herida, viene a
confirmar su error de aficionados cuando pretendieron jugar a policías.
Palabras que despertaron la alarma en los tres comparecientes.
-  El dinero lo recogió la pareja de recién casados en la tarde del mismo día de su
entrega – continuó el inspector Hoyos – que como supondrán, ni eran pareja ni
eran casados, sino dos ex miembros de esta banda de asesinos. Eso quiere decir
que la organización no se responsabiliza de la acción.
Sentimientos de culpa y remordimiento revoloteaban en el ambiente, que no
tardarían en oprimirles el corazón.
-  Esto en cuanto a nuestras investigaciones – siguió el agente – Respecto al
informe forense, el señor Díez hacía nueve días que había fallecido.
113
Hubo un revoloteo de sillas y claros gestos de desesperación.
Carlos Gorbea, sin poder reprimirse, lanzó algunas de sus acostumbradas bravatas;
Agustín San José no dijo nada, pero sus puños se crisparon, mientras sus pensamientos
le transportaban a la pensión “El Ciervo”, y se recriminaba no haber seguido su primer
impulso de no entregar el dinero sin tener pruebas de la vida del secuestrado.
Sara Díez, incapaz de emitir un sonido, se cubrió el rostro con las manos y lloró con
dolor, mientras su mente le castigaba duramente con severos reproches. Era el cruel
sentimiento de haber sido burlada cuando su padre ya estaba muerto. ¡Dios mío, qué
sentimiento de impotencia! – clamaba la atormentada Sara.
Carlos la arropó intentando consolarla con palabras de cariño que alternaba con
expresiones de venganza. Los dos policías parecían no escucharlas.
Pasados los primeros instantes y dominando la ira que le comía las entrañas, Agustín
se interesó por cómo era posible que los asesinos, no perteneciendo a la organización,
actuaran en su nombre.
-  No podemos confirmarlo, pero lo sospechamos. Creemos que es una treta de la
organización. Lo que sí sabemos es que estos grupos son asesinos a sueldo y
actúan con pactos previos con la organización. En esta ocasión sabemos quiénes
han perpetrado el atentado, y hubiera sido fácil atraparlos. Pero no se lo
recriminen; ustedes no son los únicos que no advierten a la policía. Las amenazas
y el miedo les asegura el éxito.
Los tres, abatidos, salieron de comisaría sin aparente rumbo fijo, como si el entorno
les fuera indiferente.
Entraron en una cafetería. Sara parecía que retomaba el pulso. Con voz apagada pidió
a Agustín que se hiciera cargo de la liquidación de su empresa.
-  Por supuesto, si tus obligaciones te lo permiten. Me quedaría tranquila.
114
-  Mi experiencia está más extendida en el continente. Si eso no te importa, acepto
el reto.
-  No me importa. Puedes comenzar mañana, si quieres, y Carlos que conoce la
empresa tan bien como yo, puede ayudarte en lo que necesites.
-  Mañana seguro que no, primero tengo que ir al continente. Pero, entretanto,
Carlos puede ir preparando la documentación de los últimos seis… no, mejor de
los últimos ocho años.
Siguieron unos segundos de silencio, cada uno de ellos sumido en sus propios
pensamientos. Y bajo el manto de la desgracia, la amistad se afianzaba.
Sara Díez, que defendía no actuar al margen de la ley, arrepentida de haber
infringido sus propios principios, se daba golpes de pecho y juraba que nunca más
tomaría decisiones por su cuenta.
En cambio, y más convencido que nunca, Carlos seguía con su idea de ir a por los
asesinos y darles de su propia medicina. Y Agustín veía crecer su sed de venganza.
-  Tengo los balances y las cuentas de resultados de los últimos seis años sobre la
mesa – precisó Carlos Gorbea – y preparar los otros dos años me costará muy
poco. Y cuando termine me pondré a averiguar las andanzas de Rubén.
-  No te metas donde no te llaman – exclamó Sara – Si sospechas de Rubén, lo
denuncias a la policía, pero nada de querer jugar a detectives. Ya has visto
nuestro fracaso y la bronca que nos ha caído encima.
Ante Agustín, Carlos no quiso discutir, pero su decisión de no seguir las advertencias
de Sara era firme. Y en el futuro ya no callaría como había hecho hasta ahora.
-  ¿Qué más daño nos puede hacer ya? – argumentó Sara – No merece la pena
prestarle más atención.
Antes de marcharse, Agustín pronunció unas palabras que estremeció a los dos.
115
-  Haciendo cálculos, creo que asesinaron a tu padre el mismo día que le
fotografiaron con el periódico.
Fue un pensamiento expresado en voz alta que cayó como una losa sobre ellos. Nadie
tuvo fuerzas para decir nada más.
Quince días más tarde, por unos u otros motivos, Agustín continuaba sin viajar.
-  El lunes iré al continente, ya no puedo demorarlo más – apuntó Agustín, y al ver
cómo se reflejaba la tristeza en el semblante de Irene, se apresuró a añadir – pero
tenemos dos días por delante para disfrutar.
Lo intentaron, pero sus sentimientos continuaban bajo la presión del entorno. Sin
pretenderlo, cualquier insinuación redirigía la conversación hacia el padre de Irene. O
hacia su hermana, cuya deriva iba de mal en peor. O hacia su madre que igual criticaba
a los asesinos como ensalzaba a Libertad viéndola entre los simpatizantes del terror.
La función de Libertad no era otra que hacer el trabajo sucio. Alborotar y alterar el
orden público. Disfrutaba con ello, y seguramente ese era el motivo de su eficacia.
Para Irene, su familia se había convertido en algo así como entrar en un terreno
escabroso, y lo malo era que, una vez dentro, no sabía salir.
Y Agustín, cada vez más dolorido por los comentarios de Irene, no veía el modo de
superar el desánimo; ni fuerzas tenía para consolar a Irene. Así que el fin de semana
transcurrió muy diferente a lo deseado.
El lunes a primera hora, como previsto, Agustín tomó el primer avión dirección al
continente. Se marchaba triste, y atrás quedaba Irene no menos decaída.
Al atardecer del día siguiente, un nuevo atentado conmovió los cimientos de la
ciudad; sucedió, como de costumbre, a las puertas del Gran Palace. Jacinto Colín, el
conocido alborotador y dirigente de masas fue la víctima en esta ocasión.
116
La conferencia anunciada con gran profusión por Jacinto Colín sobre las ventajas de
la independencia, obviamente, no llegó a pronunciarse.
Tras el atentado, lo de siempre: espectacular despliegue de la policía y discursos por
doquier. Y el hartazgo y el miedo de la muchedumbre. Solemnes declaraciones en el
parlamento. Y también desde algún púlpito, cuestión ésta que muchos no entendían.
La población, esa gran mayoría silenciosa que solo aspira a vivir tranquila y con
dignidad, cansada, ya no creía en promesas. Lo que temía era uno de esos atentados
indiscriminados que, seguro, llegaría en los próximos días. La gente, asustada, estaba
dispuesta a vender su alma al diablo con tal de terminar cuanto antes con ese rosario de
muertes.
Y ese debía de ser el motivo por el que cada vez más voces se unían a las que
defendían la independencia.
-  Si la autonomía nos ha de traer la paz, sea bienvenida – profería la muchedumbre
con muestras de hastío hacia ese no vivir.
Naturalmente, esos argumentos enfurecían a las víctimas, que notaban cómo perdían
el apoyo, no solo de las autoridades, sino también de los ciudadanos.
Muy distinto a lo que sucedía en los círculos afines a la independencia, que veían
cómo su estrategia les premiaba con esos frutos. El obispo Ambrosio se frotaba las
manos, y con descarada vanidad decía a los pocos que sinceramente le veneraban: Mi
teoría se está cumpliendo al pie de la letra, esa misma que esos simples no aceptaban.
Y esos tres o cuatro incondicionales, siempre alrededor de sus sotanas, asentían sin
saber a quién se refería el obispo. Pero les daba igual.
La respuesta de los asesinos no se hizo esperar. Sucedió dos días más tarde, y no fue
un atentado indiscriminado como muchos temían. La víctima fue Carlos Gorbea, cuya
trayectoria un tanto temeraria no había cesado de tentar a los asesinos.
117
Recibió dos disparos a la puerta de su apartamento, y cuando llegaron los primeros
auxilios lo encontraron todavía con vida. Un proyectil se incrustó cerca del corazón, y el
otro atravesó su cuello sin llegar a dañar órganos vitales.
Desde el hospital “La Cruz” avisaron a su hermano, que residía en el continente, y
éste se apresuró a llamar a Sara Díez para comunicarle la noticia.
-  Acaba de salir de quirófano – explicaba el médico a Sara, que nada más conoció
lo sucedido se desplazó al hospital – y hoy no será posible hablar con él.
-  Pero, ¿está muy grave, cómo ha sucedido? – insistía la chica deseando oír una
palabra de esperanza – ¿cree usted que lo superará?
-  Hemos de esperar veinticuatro horas, hasta entonces es difícil pronosticar un
desenlace. La operación ha salido bien y el paciente es joven, aspectos que le
favorecen, pero por el momento solo cabe no perder la esperanza.
En esos primeros momentos, desorientada, sin saber a quién recurrir y sin iniciativa
para tomar una decisión, habría querido gritar y clamar al cielo por el cúmulo de
desgracias acaecidas en su entorno en tan pocos días. Pero ni fuerzas tenía para ello.
Pasada la media noche, sentada en un pasillo del hospital y medio aturdida todavía,
sin nadie mejor para comentar sus desventuras, se le ocurrió llamar a Agustín San José.
Cuando escuchó que el número solicitado estaba fuera de servicio, ni se inmutó.
No reparó en la hora que era. Su mente vagaba sin rumbo. Tampoco sabía qué hacía
allí. Sentada en posición incómoda, se quedó medio dormida, y hacia la madrugada,
cuando el personal de limpieza, con sus murmullos y ruidos de sillas anunciaban la
actividad de un nuevo día, se incorporó y se dirigió al mostrador.
-  ¿Pueden decirme cómo se encuentra Carlos Gorbea? Es la víctima del atentado
de ayer – aclaró Sara ante la cara de sorpresa de la sanitaria.
118
-  Sigue estable – respondió la interpelada tras mirar unos datos en la pantalla del
ordenador – y hasta las cinco de la tarde no habrá otro parte médico, por lo que
sería recomendable que se marchara a casa y descansara. Si hubiera alguna
novedad le llamaríamos.
Cuando Sara Díez se disponía a abandonar el hospital la abordó el inspector Hoyos,
junto a su inseparable compañero. Éstos, al ver el estado deplorable de la joven le
propusieron tomar un café bien cargado.
-  ¿Tiene Carlos Gorbea algún enemigo que deseara deshacerse de él? – preguntó el
inspector sin tener en cuenta aspectos de delicadeza.
-  ¡Claro que no! – respondió Sara alborotada – ¿Por qué habría de tener enemigos?
El inspector, inquisidor, le miró a los ojos, lo que puso nerviosa a Sara, y sin saber a
dónde quería llegar el sabueso, con la mirada requirió una explicación.
-  El motivo de mi pregunta es que no estamos seguros de que en esta ocasión
fueran los separatistas los autores del atentado.
-  ¿Y, quién, si no, puede ser el asesino? – exclamó Sara más que sorprendida.
-  Eso es lo que esperábamos que nos dijera usted.
-  ¡Ah, no, no! Carlos no tiene enemigos. Él es un buen tipo, buena persona, que no
se mete con nadie.
De repente se apagó su voz y en su expresión pudo adivinarse alguna duda, lo que
despertó el interés del inspector. Su compañero, siempre en segundo plano, seguía sin
mostrar sus emociones.
-  Sí, es cierto que Carlos es una buena persona – se reafirmó Sara, y en tono menos
categórico añadió – pero es un tanto exaltado y a veces habla demasiado, ya sabe,
usted ya le conoce.
-  Ciertamente. Pero así opinan muchos, no solamente Carlos.
119
-  No entiendo.
-  Quiero decir que los asesinos no van ajustando cuentas con todos los que así se
expresan. Por eso pensábamos en posibles enemigos particulares. Aparte que
cuando los asesinos actúan, no suelen fallar.
Sara Díez, más despejada, comenzaba a comprender las intenciones del inspector, y
un temblor de piernas, junto a una cierta aversión hacia algunos protagonistas el día del
cierre de la empresa, turbó su entendimiento. Sin dudarlo más, contó al inspector las
escenas de aquel día; sus dudas respecto a su amiga Maru Vidal y las impresiones de
Carlos en cuanto al comportamiento de Rubén.
Al oír el nombre de Rubén, el inspector miró significativamente a su compañero,
pero no dijo nada, mientras una ráfaga de viento frío sacudía a Sara.
Casi en esos mismos instantes Agustín regresaba del continente. El avión acababa de
despegar y, contento con la marcha de sus objetivos, el joven leía el periódico más
centrado en sus pensamientos que en las noticias, cuando de pronto leyó que Carlos
Gorbea, víctima del último atentado, se encontraba en estado crítico. En un arrebato casi
estrujó el periódico. Su compañero de asiento le miró extrañado y casi con miedo.
Nada más abandonar la aeronave, antes de salir del aeropuerto, llamó a Sara para
conocer la evolución de Carlos.
-  Hasta esta tarde no sabré nada, pero estoy muy preocupada.
-  Entonces, ¿no has hablado con Carlos? Pero, y el médico, ¿qué dice?
-  No, qué va. Carlos está inconsciente, y el médico cree que hasta dentro de dos o
tres días, en el mejor de los casos, no estará en condiciones de hablar.
-  ¿Puedo hacer algo por ti?
-  Gracias, pero ya sabes que estos tragos los ha de pasar una misma.
120
La llamada de Agustín le pilló desprevenida y se olvidó de comentar la entrevista
con la policía. Le llamaría mañana; también para ver cómo llevaba la cuestión de la
empresa. Deseaba ver zanjado este asunto cuanto antes.
En la terminal del aeropuerto, Irene vio salir a Agustín; acababa de hablar por
teléfono. Cuando llegó a su altura lo abrazó con más fuerza que nunca. Él, impresionado
todavía por las palabras de Sara, no correspondió con el mismo cariño.
-  Te veo preocupado. ¿Qué te pasa? – preguntó ella con impaciencia.
-  Acabo de hablar con Sara Díez por lo del atentado. ¿Sabes quién es, no? Te he
hablado de ella en alguna ocasión, y es que la víctima es su amigo, y se encuentra
entre la vida y la muerte.
-  ¡Ay, no sabía que se trataba de un conocido tuyo! – exclamó Irene con pena, y
añadió como pensando en voz alta – qué semana tan trágica.
-  Y, tú, ¿cómo estás? – se interesó Agustín.
-  Ahora, contigo, muy bien. Pero he pasado una semana que no la deseo a nadie.
-  ¿Qué ha sucedido?
Agustín planteó la pregunta con naturalidad, sin revelar alarma, pero intuyó que
estaba a punto de caer otro mazazo sobre sus espaldas. Irene no se pronunciaba.
Llegados al apartamento, entre sollozos, Irene declaró que su madre se había ido de
casa.
-  Eso es una mala noticia – encajó Agustín. Y esperó a que ella aportara más
detalles.
-  Mis padres, ya sabes, discutían constantemente, y mi padre, alterado…
Irene, embargada por la tristeza, comenzó a llorar desconsoladamente. Después, más
sosegada y tras un profundo suspiro, continuó su relato.
121
-  Todo comenzó cuando llegó mi hermana a casa. Estaba muy furiosa por la
muerte de su amigo Jacinto Colín, en quien tenía puestas todas sus esperanzas de
progresar dentro del partido, y no hacía más que escupir veneno contra sus
asesinos. Mi padre, de pronto, sin poder soportar por más tiempo los desvaríos de
mi hermana, fuera de sí, le gritó que se marchara y que no volviera, que no la
quería ver más por casa. Puedes imaginarte la escena, ¿verdad?
Irene ya no lloraba, pero sus gestos denunciaban el dolor que le producía el recuerdo
de los hechos. Conmovido, Agustín la atrajo hacia sí y la arropó con palabras cariñosas.
Y así permanecieron unos instantes. E Irene, que si no expulsaba la ponzoña acumulada
probablemente tendría un ataque de nervios, continuó explicando lo sucedido con un
tono de voz en el que se entremezclaban la ira y la pena.
-  Mi madre, como siempre, arremetió contra mí padre en defensa de Líber, y él,
que daba pena verlo, se levantó de la cama como pudo, y arrastrándose, se encaró
a mi madre con palabras que a mí me rompieron el alma: “No tienes conciencia –
gritaba – eres igual que tu hija. Ni siquiera mi estado te apena. ¡Qué ayuda puedo
esperar de ti! Los amigos de tu hija me han dejado tullido para toda la vida, y
protegiéndola tú aun me haces más desgraciado. Estoy desengañado” – y mi
padre comenzó a llorar mientras mi hermana y mi madre le recriminaban su
carácter apocado. Todavía no sé cómo llegué a casa.
Irene temblaba mientras lo contaba. Agustín seguía acariciándola y le recomendaba
que no pensara en esas cosas. Con mimos trataba de hacerle olvidar las penas.
Cierto que sentía deseos de preguntar por su padre, le intrigaba cómo se las arreglaba
solo en casa, pero prefirió no echar sal en la herida. Después, con un susurro
tranquilizador comenzó a hablar de sus viajes y de sus clientes en el continente.
122
-  ¿No te gustaría conocer mi actividad un poco más de cerca? – planteó él de
pronto – Podrías acompañarme en los viajes.
-  Ay, qué cosas tienes – respondió ella intentando mostrar una sonrisa.
Irene no tomó en serio la propuesta, y Agustín, sin tener en cuenta su indiferencia, se
sintió mejor; al menos había conseguido desviar su atención a temas menos tristes. Y
haciendo como si no se hubiera percatado de su desgana, continuó enumerando
posibilidades de lo que podría ser un viaje de trabajo.
Acto seguido, para mayor sorpresa de Irene, Agustín apuntó algo tan insólito como
tenerla de empleada.
-  Para comenzar podrías conocer mi despacho – y la miró expectante.
-  No sé – respondió Irene. No sabía cómo interpretar la propuesta de su amigo, y
muy insegura añadió – no sé si hablas en serio, ¿te refieres a tu despacho en el
continente?
-  No. Me refiero a mi despacho aquí en la ciudad.
-  ¿Quieres decir que tienes un despacho aquí? Nunca habías hablado de ello.
-  Pues, sí, tengo un despacho en la ciudad, y me gustaría que lo conocieras.
El gesto de Irene tomó un tinte agridulce. Ella, que no sabía cómo interpretar las
propuestas de su amigo, se refugió en el escepticismo. Pero Agustín siguió dando
pinceladas de cómo podría ser el futuro para ellos dos.
Los cantos de sirena sonaban seductores a los oídos de Irene, pero entre dudas e
inseguridades, un rasgo de sensatez vino a alumbrar su mente.
-  Te olvidas que no puedo faltar más días al trabajo, que bastantes he faltado desde
la desgracia de mi padre.
-  Te aseguro que no me olvido. Todo lo contrario. Lo que estoy proponiendo es
que trabajes conmigo, y lo cierto es que no sé cómo resolverlo, pero, vamos a
123
ver, por el mismo salario que cobras ahora, te ofrezco un puesto de trabajo en mi
despacho.
No le resultaba fácil a Agustín hablar de asuntos económicos con Irene, por lo que su
proposición resultó un tanto brusca, mientras que para ella, la oferta que acababa de
escuchar vino a incrementar su perplejidad.
La resistencia de Irene comenzó a perder fuerza tras los muchos argumentos que
presentaba Agustín, y una vez superado el primer obstáculo, ya no le fue difícil seguir
aportando ventajas que para Irene resultaban evidentes.
No obstante, el sí que pronunció no pareció muy convincente, y Agustín, que le
habría gustado escuchar un sí rotundo, no se quedó contento del todo.
*****
124
X
La prensa apenas hizo mención del suceso. Una muerte más o menos en los
suburbios de la ciudad no era noticia que llamara la atención. Y aunque para Sara Díez
no se trataba de un desconocido, si el inspector Hoyos no le hubiera notificado la
muerte de Rubén, tal vez ella no se habría enterado.
Rápidamente Sara llamó a Agustín.
-  El inspector me ha dicho que menos mal que Carlos yace inconsciente en el
hospital, si no, todas las sospechas habrían recaído sobre él. Aunque creo que se
ha permitido un rasgo de humor.
-  ¿Sospecha de alguien?
-  No lo sé; pero ya sabes que la policía no da explicaciones, solo pregunta. Eso sí,
me ha pedido un listado de todos los compañeros de trabajo, que ya he enviado
por correo electrónico.
-  Eso significa que todavía no saben por dónde les da el aire. Por cierto, mañana
empezaré con la contabilidad de la empresa. Iré con mi ayudante, y si no te
parece mal, llegaremos después de comer.
-  De acuerdo, pero no lleguéis antes de las cuatro, porque a las dos tengo cita con
el médico de Carlos y ya sabes lo que son estas cosas, es decir, si no se retrasa la
entrevista cuento que a esa hora podré estar de regreso.
Agustín, con el mejor talante, ultimaba con Irene cómo proceder en un caso como el
que emprenderían mañana mismo, y cuando quedaron aclarados los pormenores, se
permitió unos trazos de humor.
-  ¿Te das cuenta? Con tu incorporación comienzan a llover nuevos contratos y,
quién sabe, con tu ayuda todavía puedo llegar a ser más rico.
125
Pero Irene, muy insegura ante el nuevo compromiso, no captó la ironía.
-  ¿Y cuándo podré ir a tu despacho?
-  Nuestro despacho – rectificó Agustín sonriendo.
-  Sí, bien. Ya sabes lo que quiero decir. Pero piensa que tengo que hacerme una
composición de lugar, el tiempo que necesitaré para llegar, conocer a los
compañeros y todo eso que conlleva comenzar un nuevo puesto.
-  Ah, no te lo he explicado. En primer lugar, no hay ningún empleado en el
despacho, y tampoco es un despacho al uso. En realidad fue mi primer
apartamento, y desde que me vine a vivir aquí lo utilizo como almacén de
documentos, y como voy muy poco por allí, te advierto, prepárate para encontrar
un gran desorden.
A Irene toda esta historia del despacho y que al mismo tiempo no lo era, le parecía
bastante extraño. Y hasta tenía la impresión de que Agustín tampoco era el mismo de
siempre. Su mente, cada vez más confusa, la arrastraba por el camino de la indecisión y
la suspicacia.
-  ¿Y qué será de mi empleo, si un día, de pronto ya no seguimos juntos?
-  Espero que no estés pensando en dejarme – respondió Agustín risueño.
-  No, claro que no, pero puedes dejarme tú.
-  No es mi intención. Y como tampoco es la tuya, ¿por qué vamos a pensar en una
cosa así?
En ese momento Irene no encontró la respuesta adecuada, lo que no quería decir que
se hubieran disipado sus dudas. Se sentía como atrapada, y comenzó a plantearse si no
sería mejor no aceptar el empleo. De repente se le ocurrió una evidencia.
-  Hoy no es nuestra intención, es cierto, pero eso no garantiza que mañana sea
diferente. Las rupturas suceden a diario.
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-  Tienes toda la razón del mundo, pero mientras no llegue ese momento, ¿por qué
tenemos que hacernos pensamientos? Si no vemos ningún nubarrón, ¿por qué
vamos a temer que llueva? Es mucho mejor recrearse en los deseos atractivos,
sugestivos, y mantener alejados los adversos, broncos y desabridos.
Las palabras de Agustín sonaban bien, pero ella continuaba con la sensación de
incertidumbre. Y Agustín, que percibía las dudas de su amiga, para ahuyentarlas y
levantar sus ánimos, creyó conveniente dar un giro a la conversación.
-  Hace tiempo que no salimos, ¿te apetecería ir al cine?
En la calle se dieron cuenta que no era fácil evadirse de la realidad. Con las
votaciones a la vuelta de la esquina, toparon con grupos informativos, cuya información
consistía en vocear amenazas contra sus adversarios y pintar un futuro problemático si
“Paz y Trabajo” no lograba gobernar.
Irene se sorprendió de la pujanza de este partido que apenas meses antes era casi
desconocido.
-  Continúan siendo pocos, pero insistentes y muy pendencieros – aclaró Agustín.
-  Entonces, no tienen muchas posibilidades, ¿o me equivoco?
-  No sé, pero es posible que consigan mayoría.
-  Pues, no lo entiendo.
-  Sí, parece contradictorio, pero los separatistas han conseguido sus propósitos, y
no olvidemos que el miedo es muy convincente.
Habían llegado a las puertas del cine sin que a Irene se le hubieran disipado sus
dudas. A la salida no se le ocurrió más que retomar el tema.
-  Me perdonarás, pero hay algunos puntos que no termino de ver claro y me hago
preguntas. Por ejemplo, ¿cómo es posible que siendo nosotros mayoría, no
desterremos a los asesinos de la isla? ¿Por qué muchos están en contra de que nos
127
defendamos de los asesinos? ¿Y cómo se explica que este partido tan
insignificante que tolera a los asesinos pueda lograr mayoría?
-  Las respuestas a tus preguntas son muy complicadas – apuntó Agustín – En
primer lugar porque hemos olvidado el origen del conflicto. Con la extorsión y el
miedo, se nos quiso imponer la idea de que separados del gobierno continental
los isleños viviríamos mejor, y ahora, después de tantos años escuchando lo
mismo, muchos lo creen. Y además, la gente, cansada de atentados, prefiere
seguir el camino que le marquen si con ello vive la paz de los corderos.
-  Sí, pero admitiendo que el miedo vence muchas voluntades, como dices tú, yo
creo que no es suficiente para doblegar a toda una población.
-  Tienes razón, el miedo no es el único cauce, pero es el más importante, al menos
de efectos inmediatos. Hay otros que necesitan años, por ejemplo una historia
deformada; ensalzar gestas inexistentes; presentarse como víctimas del expolio al
que nos somete el estado. Y así, una serie de argumentos que, tras muchos años
de insistencia, unido a que el pueblo vive de espaldas a las tramas de los
políticos, gran parte de la gente ha acabado aceptando la ficción como realidad.
La conversación consiguió que Irene dejara de pensar en un futuro incierto. Ahora lo
importante era que se concentrara en el trabajo, mejor medio para olvidar los aspectos
negativos de su familia.
Al día siguiente, Agustín e Irene esperaban a la puerta del otrora “Manufacturas y
Servicios” cuando llegó Sara Díez con alegre semblante.
Al verla tan desenvuelta, Agustín supuso que traería buenas noticias y, tras las
presentaciones de rigor, enseguida quiso saber el dictamen del médico.
-  He podido hablar con Carlos; un ratito solo, y nada sobre el atentado. El médico
me advirtió que el tema ni tocarlo. Todavía no es consciente de lo sucedido.
128
-  Pero está fuera de peligro, ¿no? ¿Cómo lo has visto de ánimos?
Sara explicó que el médico parecía contento con la evolución de Carlos, y enseguida,
entre sonrisas contó algunas anécdotas de su carácter, con esos prontos rebeldes que se
apagaban de inmediato.
Agustín no terminaba de hacerse una idea de la relación que unía a esta pareja, y
pensó que seguramente también Sara tendría sus dudas en cuanto a la suya con Irene.
Dos horas más tarde, Agustín archivó toda la documentación en papel y guardó en su
cartera unos cuantos CDs.
-  Nuestro trabajo aquí ha terminado. Nos llevamos todo el material para trabajar y
si no surgen sorpresas, en unos quince días habremos terminado.
Sara se mostró conforme y, echando un vistazo de análisis integral a Irene, dijo que
ella estaba esperando a un posible comprador.
-  Hay una empresa interesada en lo poco que queda de existencias, estanterías y
demás aparejos, y esta tarde vamos a intentar llegar a un acuerdo en el precio – y
dirigiéndose a Irene, añadió – me encantaría charlar un rato contigo. A ver si
coincidimos un día.
Nada más estar solos, Agustín alabó el trabajo de Irene.
-  Es muy grato tenerte como colaboradora; me encanta la atención que pones en el
trabajo. Estás en todos los detalles.
-  Es muy guapa Sara – fue todo lo que respondió Irene.
*****
129
XI
Para sorpresa de muchos, “Paz y Trabajo” fue el partido más votado en las
elecciones.
Con estos resultados, Agustín San José asumió que su estrategia había sido un
fracaso. Todo se desarrollaba al contrario de como él se lo imaginó, pero ya era tarde
para rectificar. Ciertamente, él había pronosticado en más de una ocasión que este
partido conseguiría mayoría, pero en su fuero íntimo nunca lo creyó, por eso ahora
estaba tan sorprendido. Por su parte Irene, que no salía de su asombro, decía que no lo
entendía. Y su pasmo iba más allá.
-  Lo que no me explico es que el resultado extraña a todo el mundo. ¿Cómo es
posible? ¿Si todos están sorprendidos, quién diablos ha votado a favor de “Paz y
Trabajo?
El estado de ánimo de Agustín no era el más adecuado para manifestar su visión de
estos inexplicables resultados, y tentado estuvo de confesar de una vez por todas, su
error, pero los demonios de la incertidumbre le hicieron dudar otra vez y buscó el
camino más fácil: no dar el paso.
-  Mienten – decía Agustín desilusionado – la gente miente porque no se atreve a
decir que ha contribuido a la victoria de los amigos de los asesinos. Pero pronto
les veremos corriendo como siervos agradecidos a congratularse con el poder.
Tras las votaciones, el aire era espeso. La gente temía que los nuevos dueños del
parlamento pusieran la isla patas arriba en cualquier momento y de forma traumática
cambiara sus vidas.
Pero nada sucedía, y la muchedumbre, viendo que sus recelos parecían infundados,
comenzó a tomar confianza y aflojar el corsé de los prejuicios.
130
En el palacio arzobispal, el ajetreo era inmenso. Las visitas no cesaban, cada día en
mayor número. Personajes que nunca antes se les había visto por allí, ahora entraban y
salían con asiduidad y miraban desafiantes a los que se les acercaban. Otros, en actitud
servil, recorrían los pasillos preguntando por algún antiguo conocido.
El obispo Ambrosio, sonriente y con ficticia humildad, no hacía más que impartir
órdenes a todos aquellos que le pedían consejo. El prelado no podía disimular su
satisfacción, e instalado en el poder, redoblaba las exigencias con sus subordinados.
¡Y qué decir de Faustino Flores, el presidente de “Paz y Trabajo! El tono que
empleaba en sus apariciones en televisión era cada día más elevado, y como hombre
fuerte de la isla ya no ocultaba sus verdaderas tendencias.
Agustín San José decía que eran indicios de las medidas restrictivas que se
avecinaban.
“La Gazeta”, el único periódico cuya tirada crecía cada día, disparaba con bala contra
los que auguraron un fracaso de “Paz y Trabajo” sin perder ocasión de poner a los pies
de los caballos a sus adversarios políticos con artículos incendiarios.
Sara Díez, intrigada, llamó a Agustín.
-  Estoy sobre ascuas. Tres semanas desde las votaciones y a excepción de una
prensa exultante, todo sigue como antes. No existe desamparo ni destrucción.
¿Acaso nos habremos equivocado en nuestras valoraciones?
-  Creo que el motivo es que les cuesta superar la sorpresa. Pero los cambios ya han
comenzado. Un ejemplo: estuve en la Unión de Víctimas; no vas a creerlo: los
hermanos Bernaola abogan por apoyar al nuevo gobierno.
-  Seguramente habrán tomado una sobredosis. En fin, nunca demostraron
afinidades con las víctimas. Pero, ¿sabes qué te digo? Que estoy contenta de
haber salido del grupo.
131
-  Yo creo que fue un error, pero allá cada cual. Otra cosa, ¿cómo sigue Carlos?
-  Mejor. Se recupera poco a poco.
Carlos recibió el alta quince días antes, y se recuperaba muy bien físicamente, pero
su mente no corría la misma suerte. Sara notó los primeros síntomas cuando el médico,
en su presencia, intentó decirle que había sido víctima de un atentado. Para su sorpresa,
Carlos apenas se alteró.
-  No se sorprenda – aclaró enseguida el médico – su conciencia todavía no
reconoce el alcance de lo que significan las intenciones del agresor. Eso vendrá
poco a poco.
Pero pasaban los días y Carlos no mejoraba. Sara lo pasaba mal; y no era para
menos. Lo sucedido a su padre, que no se le iba de la mente; el estado vegetativo de
Carlos, que dudaba de su recuperación; y su madre, que se apagaba a pasos agigantados,
se reflejaba en su aspecto, muy desmejorado últimamente
El trabajo de liquidación de la empresa duró más de tres semanas. Agustín, tras
presentar la documentación en la delegación de trabajo, se reunió con Sara para
comentarle los pormenores del proceso. Ella asentía sin escucharle.
Agustín creyó conveniente advertirle que los demás también llevaban su cruz.
-  Comprendo tu pesadumbre, pero sabes que no eres la única que se enfrenta a la
desgracia. Si te parece te cuento la mía, que en realidad es la de Irene.
Y sin entretenerse mucho en detalles, contó cómo se habían desarrollado los
acontecimientos en casa de su amiga.
-  ¿Y en ese estado, cómo se las apaña ahora su padre?
-  Puedes imaginarte. Mal. Aunque no tanto por la dificultad de movimientos, que
con la silla de ruedas se maneja con suficiente soltura, sino por la tragedia en su
conjunto. Imagínate, su estado de invalidez, su mujer ausente y su hija...
132
-  Debe de ser terrible; ¿cómo lo lleva tu amiga?
-  Lo vamos soportando.
Pero Sara era de otra madera, y al contrario de lo que opinaba Agustín, conocer otras
tragedias no era un consuelo para ella, y así se lo dijo, lo que originó una larga
discusión. Lo peor para él fue cuando Sara dijo que esta deplorable situación a la que
habían llegado era causa de esos descerebrados que querían hacer frente a los asesinos
con sus mismas armas. Esta opinión fue para Agustín un golpe bajo.
Un mes había transcurrido desde las votaciones cuando se hicieron públicos los
nombres del nuevo gobierno. Desconocidos para muchos, esos que ahora decidirían el
futuro de sus vidas, eran los mismos que durante años defendieron la independencia sin
dejar de amenazar a todos los que se oponían a su doctrina.
Pero los siete ministros, con el presidente Faustino Flores a la cabeza, por cierto, tipo
enclenque y poco vistoso, eran solamente la punta de lanza. Les seguían sus afines, que
pronto pasaron a ocupar puestos importantes, y en un futuro inmediato, éstos elegirían a
sus preferidos, y así sucesivamente hasta formar la pirámide cuya base aguantaría la
estructura del estado. En suma, un gobierno que, según las primeras declaraciones, iba a
emprender muchos cambios que redundarían en beneficio del pueblo.
Cuando el presidente terminó su discurso Agustín San José, que lo había presenciado
junto a Irene por televisión, pronosticó tiempos revueltos y penosos. En cambio, ella
interpretó lo contrario; esa buena voluntad de beneficiar al pueblo la había cautivado.
-  Unos personajes que para conseguir el poder se valieron del terror, no pueden
tener sentimientos de buena voluntad para el pueblo – insistió Agustín.
Irene se quedó pensativa.
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El nuevo gobierno, que nunca había ocultado su finalidad, precipitó las sorpresas y
su primer acto institucional fue proclamar la independencia. Una independencia que era
irreal, porque económicamente seguían dependiendo del estado.
Pero el obispo Ambrosio, manipulador y amigo de la censura, defendía que no
siempre es bueno que las masas lo sepan todo.
En muy pocas semanas quedó tejida la tela de araña de un gobierno que no dejaba de
decir que todo su esfuerzo era para el bienestar del pueblo, discursos que emocionaban a
la población, y ésta, contenta, aplaudía entusiasmada.
Con el poder en sus manos que habrían podido efectuar los cambios de ciertas
estructuras sin apresuramientos, las autoridades ignoraron la prudencia y de forma
precipitada dejaron de circular algunos periódicos, se cerraron varios canales de
televisión y emisoras de radio, y no se dejaron esperar las dificultades para el uso de las
redes sociales.
Con esta ola de restricciones brotaron signos de decepción, aunque no fue igual para
todos. La ausencia de atentados, argumento manoseado por el gobierno hasta la
saciedad, junto al discurso del bienestar que no cesaba, iban calando en la población.
Hasta Irene León defendía esta versión.
-  O sea – advirtió un día Agustín – que hemos de estar agradecidos a los asesinos
porque ya no disparan contra los que discrepan de sus teorías.
Para ella, como para muchos, lo importante era vivir sin el constante miedo sobre sus
espaldas; caminar por la calle, subir al autobús o asistir a lugares públicos sin el temor
de ser víctima de una masacre.
-  Claro, visto así… tienes razón – intentó justificarse la chica – pero estaba
pensando en la inseguridad, el miedo.
-  Esos monstruosos atentados fue el camino para alcanzar el gobierno.
134
-  Sí, pero si con ello dejan de matar, viviremos mejor. O, al menos, más tranquilos.
-  Ni viviremos mejor ni viviremos más tranquilos. Esos tipos que nos gobiernan
son de corte totalitario. Ya lo estás viendo con los medios de comunicación;
después llegarán normas que limitarán nuestros movimientos, y posteriormente
controlarán nuestra forma de pensar.
-  ¿Tú crees que serán capaces de llegar a esos extremos?
-  Por supuesto que lo creo. La Historia está plagada de ejemplos y, no obstante, no
aprendemos. Los regímenes totalitarios no se cansan de repetir bondades, y a no
tardar, algunos nos preguntaremos qué bondades son esas, y otros, de tanto oír
siempre lo mismo, las creerán.
Estas observaciones a Irene le sonaban exageradas. Para ella, que tenía a su amigo
poco menos que en un pedestal, su opinión tenía mucho valor, pero en esta ocasión no
terminaba de aceptar su visión catastrófica. ¿Cómo podían atreverse a tanto?
No tardó en recibir el primer sobresalto, que sin ser motivo de disgusto, le pareció
fuera de lugar. Su hermana, de pronto, fue nombrada directora del nuevo departamento
“Bienestar del Pueblo”.
Se enteró por la televisión, y del pasmo del primer momento pasó a alegrarse por su
hermana, y posteriormente, cuando los recuerdos llegaron a su mente en tropel, casi
todos calamitosos, se sintió zarandeada. No entendía las incoherencias de la vida.
Lamentaba no poder comentarlo con Agustín, que estaba de viaje; le habría gustado
saber qué opinaba de la nueva posición de su hermana.
Visitó a su padre, con el mismo interés de conocer su opinión sobre esa nueva
posición de Líber, pero él solo hizo unos gestos desdeñosos.
-  Pero, ¿te alegra o te subleva que Líber haya alcanzado ese puesto? Porque, lo que
es yo, estoy hecha un laberinto.
135
-  No me alegra, ni tampoco me subleva, pero no me parece bien que esté al
servicio de unos políticos que son los responsables de la desgracia de nuestra
familia. Y en cuanto al puesto que ocupa creo que es injusto, ¿qué valores
profesionales puede aportar Líber que jamás ha trabajado? Un puesto con cierta
responsabilidad como ese es para una persona con experiencia.
-  Con mucha responsabilidad – rectificó Irene.
De regreso a casa se decía: en el fondo es lo que yo intuía desde el principio.
La respuesta de Agustín coincidió con la de su padre, aunque con un matiz que ella
no había calculado.
-  El ascenso de Libertad – afirmó Agustín – es el pago por los servicios prestados y
por los que todavía se esperan de ella. No tiene nada que ver con su capacidad o
su experiencia.
-  Pero, eso es un disparate. ¿No te parece?
-  Es mucho peor que un disparate. Las autoridades, agradecidas con sus
partidarios, les procuran la recompensa. Un error, porque pronto aflorará la
incapacidad de la impresentable Líber y a continuación llegará el descrédito.
Irene confiaba en el buen criterio de su amigo, pero por tratarse de su hermana, le
dolió escuchar esa opinión.
El rosario de sorpresas solo había comenzado. Otro golpe de efecto vino a remover el
estómago de Agustín San José, aunque fue Sara Díez quien puso el grito en el cielo
cuando se enteró. Los hermanos Bernaola eran presentados como director y secretaria
del “Departamento de Regulación con las Víctimas.”
¡Absurdo! Fue cuanto pudo expresar Sara.
136
La primera medida que tomaron los traidores hermanos, como ya se les conocía, fue
un castigo para sus compañeros de otros tiempos. Irene tuvo noticia de ello cuando
visitó a su padre, y era de tal despropósito que no lo podía creer.
-  Puedes leer el mensaje que me ha remitido ese nuevo departamento, – dijo el
hombre muy cabreado, mostrándole la carta – después de leerla más de mil veces
todavía dudo de que pueda ser cierto. ¡Qué ironía; perdí las piernas, también el
trabajo y ahora pierdo la subvención!
Efectivamente, el comunicado lo decía bien claro: “el nuevo orden de prioridades
obliga al gobierno a la reordenación de ayudas y socorros”.
Pocos días más tarde Agustín recibió un comunicado en los mismos términos. Y
también Sara. Y Carlos. Y pronto se enteraron que todos los de Unión de Víctimas
habían recibido la misma comunicación. Y también cada uno de los miembros de las
demás asociaciones de víctimas.
Irene lloraba, pensando en la desventura de su padre, y Agustín, con los puños
crispados, maldecía en silencio, soportando cada vez peor estos golpes adversos.
Las nuevas normas originaron discrepancias entre Sara Díez y Agustín San José;
mientras ella señalaba a los hermanos Bernaola como maquinadores de esta suspensión
de recursos económicos, Agustín acusaba al gobierno como causante de la tropelía.
Afortunadamente, unos días más tarde Sara anunciaba la notable mejoría de Carlos.
-  Me asustó ver cómo se exaltaba Carlos cuando le explicaba los detalles del
atentado – decía Sara recordando aquellos momentos – En ese momento temí que
una subida de tensión lo podía arrastrar otra vez al estado vegetativo.
-  Es comprensible – apuntó Agustín – y me alegro de esa mejoría. Tenemos que
reunirnos los cuatro en los próximos días.
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En la reunión de días más tarde, olvidadas las diferencias, Agustín y Sara hablaban
animadamente sobre la recuperación de Carlos. Quien no se mostraba animada era
Irene. Y tampoco Carlos que, sin sus furias de antes, no parecía el mismo.
Más tarde, intrigado, Agustín preguntó a Irene su actitud de no involucrarse en la
conversación.
-  Noto que vosotros estáis muy avenidos y yo me encuentro… ¿cómo diría? Sí,
como una extraña – y como dudando en continuar, en un arrebato añadió – ella
habla como si solo estuvierais vosotros dos.
-  No es así, pero comprendo lo que dices. No lo había tenido en cuenta, y si te
parece limitaré la relación al plano laboral.
-  No quieras echarme ahora a mí la culpa.
-  ¿Por qué tendría que hacerlo? Solo propongo una posibilidad.
-  Me estás tratando como asocial; como si no supiera estar a la altura de tus
amistades, y no te das cuenta que ella me ignora cuando habla.
La voz de Irene había subido de tono y ahora ya no hablaba sino gritaba.
Al día siguiente se disculpó. También lo hizo Agustín.
A él le habría disgustado perder esa amistad; con Carlos no tenía muchas afinidades,
pero no le caía mal. Y con Sara discrepaba en cuanto al trato a los asesinos, pero tenía la
esperanza que cambiara su actitud, visto las desafortunadas decisiones que tomaba el
nuevo gobierno. Unas medidas que, al parecer, no incordiaban a la muchedumbre, que
solo tenía ojos para ver la propaganda que le mostraba el gobierno, como era la
inexistencia de atentados y altercados callejeros.
Agustín decía que eso eran espejismos; publicidad para distraer la atención de la
gente de otros asuntos, importantes pero menos llamativos. Que solo accedían a un
138
canal de televisión, ¡para qué querían otro! – exclamaban. Que las noticias surgían de
una sola fuente, ¡y qué más da! – decían, contentos de vivir en paz.
De momento eran las víctimas quienes más acusaban las penurias que había traído el
nuevo régimen. Un ejemplo era Víctor León, que sin ingresos y sin ayudas se
desesperaba ante el negro futuro al que se enfrentaba.
-  No tienes que irritarte – decía Irene, que le visitaba casi a diario – mientras yo
tenga un salario no te faltará lo esencial.
-  Me consuelan tus palabras, pero me horroriza mi situación, impotente y
convertido en una carga para ti.
Irene insistía que confiara en ella y desechara esos pensamientos.
Ella no solía comentar con Agustín los malos tragos que pasaba. Él viajaba mucho
últimamente, y en los pocos ratos que estaban juntos no quería convertirse en una
insoportable plañidera.
Su puesto de trabajo, que no tenía razón de ser, le tenía intrigada y le provocaba
inseguridad, porque no le ocupaba más de tres días a la semana.
-  En cualquier momento me vas a despedir, porque no tengo nada que hacer – le
dijo un día a Agustín con una sonrisa un tanto apagada.
-  ¡Cómo que no! Lo que estás haciendo es algo que hay que hacer y yo nunca
tengo tiempo.
-  Ya terminé de ordenar la documentación, y hasta la habitación donde guardas tus
recuerdos, las armas de caza y todo lo demás.
-  Ves tú. Es que eres un sol. Estoy muy contento de que te ocupes de todas esas
cosas. Y ahora que hablas de caza. Quiero que conozcas a mis tíos; son muy
sencillos, ya verás.
139
-  También he visto billetes de avión recientes de ida y vuelta en el mismo día –
apuntó ella visiblemente extrañada.
-  Sí, a veces surgen imprevistos – respondió él un tanto confuso – algún día te
explicaré con detalle ciertas conductas de cuando el trabajo se mezcla con la vida
privada – y deseoso de salir del tema, añadió – Ah, ¿y cómo lo lleva tu padre?
Vas a verle a menudo, ¿no? Si quieres vamos mañana sábado a verle. O la
semana próxima, que no tengo que viajar.
El intento de Agustín de desviar la atención hacia otros temas no consiguió que ella
desalojara de su mente algunas de sus dudas. Los billetes, las armas, la cercanía del
Gran Palace, todo en su conjunto le daba vueltas en la cabeza. A la incertidumbre de si
Agustín le engañaba con otra, se unían ahora aspectos más inquietantes, y por razones
que Irene no supo definir, declinó la oferta, y a quienes visitaron fue a Carlos y Sara.
En apariencia, Carlos estaba recuperado, pero lejos de ser el que era. Sin aportar
opinión en ningún momento, resultaba el invitado de piedra. Por recomendación de Sara
no se hablaba del gobierno ni de los cambios que se sucedían; solo, y de puntillas,
comentaron el proyecto de un cuerpo de policía local que en pocos meses desplazaría a
la nacional. Y en una corta ausencia de Carlos, ella apuntó:
-  Me ha llamado el inspector Hoyos para decirme que tiene algunas novedades.
Con el regreso de Carlos, Sara calló de inmediato, y dejó flotando en el ambiente
aires de misterio.
Irene, que había acudido a la reunión bastante escéptica, durante el regreso hizo un
comentario que sorprendió a Agustín.
-  Me ha llamado la atención cómo se ocupa Sara de su amigo. Me había imaginado
otra cosa de ella.
140
Agustín, que no supo cómo interpretar la observación, no hizo ningún comentario. Y
es que su pensamiento no se apartada de Carlos Gorbea, y se preguntaba si Sara habría
tenido en cuenta visitar a un neurólogo.
El lunes, ante la insistencia de Agustín, Irene aceptó visitar a su padre, y a quien se
encontraron allí fue a Libertad.
Resultó una visita relámpago, en la que la responsable del bienestar del pueblo se
dedicó a ensalzar las buenas intenciones de su departamento; todas generosas. ¡La de
proyectos que se pondrían en marcha en el futuro para bien del pueblo!
No quiso escuchar una objeción o sugerencia. Mucho menos una queja.
Los tres, atónitos, escucharon un monólogo, que más bien les pareció una burla.
-  ¿Cuándo nos llegará a los tullidos un poco de esas mercedes que anuncias? –
planteó su padre, irónico, cuando Libertad se levantó para marcharse.
-  Ese no es mi departamento, pero los esfuerzos que está haciendo el gobierno
para lograr el bienestar general, pronto lo apreciarán todos los ciudadanos.
Sin decir nada más, se dirigió a la puerta y se marchó.
Todavía pudieron ver por la ventana cómo Libertad subía al coche que le esperaba a
la puerta de casa.
-  Comprendo que tu hermana – comentó Agustín – se sienta orgullosa de su
posición, pero miedo me da que el poder caiga en manos de alguien que no sabe
qué hacer con él. Aparte que ha aprendido la lección rápidamente: mentir
insistentemente sin dejar opinar a los demás.
*****
141
XII
El inspector Hoyos, por primera vez y para sorpresa de Sara Díez, acudió a la cita sin
su eterno acompañante.
-  No se extrañe por eso – explicó el inspector ante la confusión de la joven – no
vengo de servicio.
Esta declaración asombró todavía más a Sara, que se apresuró a mirarle con
expresión interrogadora.
-  He sido despedido del cuerpo.
Sara puso cara de circunstancias, y sorprendida, no sabía qué decir.
-  Es consecuencia de los tiempos que corren – aclaró enseguida el inspector con
naturalidad, sin resentimiento.
-  Lo siento – balbució Sara, y añadió como excusándose – Espero que su despido
no tenga nada que ver con nosotros.
El inspector pareció sorprendido.
-  No, no – respondió éste no muy convencido – bueno, ahora que lo menciona, tal
vez, sí. Pero no lo tenga en cuenta. Yo no lo había relacionado hasta ahora. En
realidad quería hablarle de Rubén, pero su pregunta me ha hecho recapacitar.
Perdone, pero es que estoy pensando en unas declaraciones que hizo su
compañero Bernaola, de la Unión de Víctimas, en el que denunciaba nuestra
negligencia en cuanto a las investigaciones sobre Carlos Gorbea.
Sara Díez casi saltó de su silla, mientras un arrebato de cólera comenzó a quemarle
las entrañas. Era inaudito. ¡Cómo se atrevía Bernaola a llevar tan lejos su mezquindad!
Y enfurecida comenzó a fraguar rencor con la única idea de hacerle pagar a esa rata de
Bernaola su traición. La voz del inspector le retornó a la realidad.
142
-  Preguntaba por Carlos Gorbea. ¿Cómo está? ¿Se encuentra ya restablecido?
-  Sí… no; bueno, está bien, pero se ha vuelto muy callado; se apagaron aquellos
golpes de ira que le caracterizaban.
-  Puedo imaginarme el infierno que bulle en su mente. He conocido algunos casos
como el suyo – dijo el inspector pensativo, y a continuación añadió – puedo
facilitarle una entrevista con un amigo, es psiquiatra. Tal vez pueda ayudarle.
A Sara Díez le extrañó la conducta del inspector, tan protector y dispuesto a sacarle
de apuros, y en su confusión no supo cómo interpretar su proceder.
Siguieron hablando, más bien él siguió contando sus experiencias de casos como el
de Carlos Gorbea, cuyos resultados tras la visita a su amigo el psiquiatra fueron
sumamente sorprendentes. Su tono de voz era persuasivo, y Sara, que nunca había
tenido en mente visitar a un psiquiatra, ante la insistencia del inspector, aceptó la idea.
Cuando el inspector Hoyos se disponía a marcharse, como si se le hubiera ocurrido
en ese momento, dijo:
-  Ah, por cierto, mi interés por este encuentro era comunicarle que Rubén fue
quien intentó asesinar a su amigo Carlos.
Y a Sara, que creía imposible recibir más sorpresas en ese día, se le heló la sangre. El
inspector seguía hablando, pero ella no escuchaba. En esos momentos en su mente solo
bailaba, como un sinsentido irónico, el reconcomio de culpabilidad.
-  ¡Cómo fue posible tener a un asesino en la empresa tanto tiempo sin advertir su
perversidad! – dijo al fin, ajena a los comentarios del inspector. Y aun añadió –
Carlos lo sabía y yo, torpe, nunca quise escucharle.
El inspector Hoyos esperó a que Sara se tranquilizara. Después dijo:
-  No tiene que reprocharse nada. Los asesinos se camuflan y nadie es capaz de
intuir sus andanzas criminales.
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Pero Sara no estaba en condiciones de escuchar palabras de consuelo. Solo quería
saber quién fue el asesino de Rubén.
-  Hubo sospechas sobre quién ajustó cuentas con Rubén, pero no se probaron los
hechos – respondió el inspector, un tanto esquivo – y como yo intuía que sería
relevado del caso en cualquier momento, intenté dejar las cosas bien apuntaladas
para que nadie supiera nunca quién fue el autor. A fin de cuentas, me dije: ¡qué
más da quién haya acabado con la vida de un asesino!
-  ¿Y no habría modo de averiguarlo?
-  Creo que no lo averiguarán. Lo que no impedirá que en cualquier momento
encuentren un culpable.
-  No le entiendo.
-  Piense que en esta ocasión, la víctima ha sido uno de sus filas, y para calmar a
los de su cuerda y al mismo tiempo como amenaza a los adversarios, tienen que
encontrar a un culpable.
-  Pero, ¿serán capaces de culpar a un inocente?
-  No importa. La sed de venganza tiene que ser saciada. E impartir miedo es el
principio de la nueva autoridad.
-  Pero, eso que dice me confunde. Hubo atentados contra miembros del gobierno
actual que quedaron impunes.
-  Eso fue en la otra época, y por eso nosotros hemos sido sustituidos.
Cuando el inspector Hoyos se marchó, a Sara Díez le quedó la mente repleta de
sensaciones nuevas. Ante ella se abría una ventana cuyo paisaje le mareaba de tal forma
que le costaba confrontar lo que el inspector había dado a entender.
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Aturdida y sin poder apartar su pensamiento de esa larga charla, Sara salió a dar un
paseo. Caminó largo rato por la orilla del río, reflexionando, hasta que, con los ánimos
más serenos, tomó una decisión.
-  Mañana iremos a ver al doctor Manzano – le dijo a Carlos con decisión nada
más entrar en casa – El inspector Hoyos me ha transmitido confianza, y ya veo
tu restablecimiento en pocas semanas.
-  Pero yo estoy bien, ¿por qué crees que todavía necesito ayuda?
-  Sí, claro que estás bien, pero yo quiero que vuelvas a ser el de antes. Quiero que
vuelvas a ser ese Carlos que tanto me enfadaba con sus ideas atrevidas y
extravagantes; quiero verte sonreír, con ilusión. ¿Verdad que lo harás por mí,
que iremos al especialista y que volveremos a tener proyectos en común?
Y Carlos, sin ganas de contradecir, aceptó la proposición.
Sara no se inmutó ante la actitud de su amigo, siempre apático frente a cualquier
novedad. Pero ella, recuperada la confianza, no dudaba que Carlos volvería a ser el de
antes. Optimista, llamó a Agustín San José; deseaba participarle las últimas novedades
sobre Rubén y la entrevista con el inspector Hoyos.
Pero la voz que respondió fue la de Irene, quien, nada más oír que Sara se interesaba
por Agustín, se puso en guardia.
-  Agustín está en el continente – respondió en tono cortante.
-  No importa. Solo quería comentarle un par de novedades.
-  Si quieres que le diga algo.
-  Se trata sobre el inspector Hoyos, pero son cosas sin importancia. Y tú, ¿qué tal
estás? Y tu padre, ¿cómo lo lleva?
145
Este interés repentino descolocó a Irene. ¿Qué sabía ella de su padre? Además, el
tono cálido y afectivo de Sara destruyó los brotes de antipatía que asomaron contra ella
y, con cierto rubor, se apresuró a preguntar por Carlos.
La charla duró un buen rato, y cuando terminaron de hablar, Irene estaba como
despojada de un gran peso. Siempre sintió complejo de inferioridad ante Sara, tal vez
porque la consideraba una rival, y ahora, después de la conversación interesándose por
su estado de ánimo y por el de su padre con ese candor y sinceridad, sentía vergüenza y
remordimiento por su pronto hostil hacia ella.
Los deseos de que Agustín regresara cuanto antes se incrementaron tras la
conversación con Sara. Quería contarle con todo detalle sus impresiones favorables
hacia ella, pero habría de tener paciencia porque todavía faltaban tres días hasta su
regreso, y no le gustaba hablar de sus emociones por teléfono.
Al día siguiente, Irene seguía reflexionando sobre la conversación con Sara y, algo
más objetiva ahora, comenzó a preguntarse, ¿qué era eso que tenía que contarle a
Agustín que no podía saber ella? Dejó correr la imaginación, y las secuencias que se
posponían una tras otra le mareaban, tal vez absurdas y sin sentido, pero mortificantes.
La incertidumbre pronto se adueñó de ella y la envolvió en un mar de dudas.
Por la tarde, de mal humor y enfadada, ya tenía decidido no contarle nada a Agustín
de la conversación con Sara.
*****
146
XIII
Los mismos que antaño acudían al palacio arzobispal a escondidas y con temor,
celebraban hoy en ese mismo lugar la primera reunión después de las votaciones, y era
en el mismo salón que el obispo Ambrosio, en aquel entonces, arengaba a sus pupilos
con exigencias que no pocas veces lindaban con la ofensa.
Pero ahora, la situación era otra; el hecho de haber alcanzado el poder les había
transformado. Se sentían orgullosos de haber conseguido lo que durante muchos años
no lograron sus antepasados, y esa gesta les otorgaba el derecho de la arrogancia.
Al contrario que en otros tiempos, ya no les imponían las hermosísimas y elegantes
dependencias del palacio arzobispal, y ese debía de ser el motivo por el que, mientras
esperaban al obispo, sus desenvueltos comentarios delataban proyectos que iban de los
beneficios de su nuevo estatus social a cómo acallar y perseguir a sus adversarios.
Sonaron unos pasos que se acercaban, y ante la inminente presencia del obispo
Ambrosio, todos callaron.
El prelado sonrió antes de aposentarse en su sillón, y con su mirada enigmática
repasó una por una las caras de los presentes. Un tenso silencio dominaba el ambiente.
Los cambios habidos en algunos de ellos no impedían que el obispo siguiera
ejerciendo su influencia dominante y que ante su presencia se desinflaran como cuando
se pincha un globo.
Sebastián Tena seguía como director de la Gazeta, el enclenque Faustino Flores
ascendió a primer ministro, Lucero Fuentes asumió la cartera de cultura, y Marcos
Yagüe la de deportes. Para el obispo no había cambiado nada, lo que quiere decir que
seguía ejerciendo de director de funciones.
147
-  Estáis contentos, y me alegro, pero os advierto, no os confundáis. No creáis que
habéis alcanzado la meta, sino pensad que habéis comenzado la travesía. Y ésta
no será fácil. Tenedlo presente.
El tono empleado por el obispo, ligeramente amenazador, sorprendió a los allí
reunidos que, en realidad, lo que esperaban eran palabras de elogio.
-  Sí, ya sé que no os gusta escuchar mis advertencias – insistió el obispo ante las
caras de disgusto de los presentes – pero parece que habéis olvidado que gracias
a mis recomendaciones hemos salido de la clandestinidad.
-  Entonces, ¿de qué nos sirve tener el poder si no podemos hacer lo que
deseamos? – apuntó el primer ministro Faustino Flores.
El tono empleado no fue provocador, pero el obispo no debió de entenderlo así.
-  Estás muy equivocado, Faustino. Crees que lo sabes todo y eres un ignorante. Y
si te imaginas que por ocupar el puesto que ocupas puedes hacer lo que te venga
en gana, te advierto de que te vas a estrellar antes de llegar a la esquina.
-  No he querido…
-  Déjame terminar y no me interrumpas, Faustino, porque no estoy nada contento
con la chusma que te rodea. Quiero, y eso os lo advierto a todos, que hagáis más
atención con la gente que ponéis al frente de las nuevas instituciones. Los
mismos que antes se manifestaban y vociferaban por las calles no son ahora los
más válidos. Ese populacho ha terminado su etapa.
-  Estamos en deuda con ellos – apuntó tímidamente Lucero Fuentes.
-  Dadles migajas; mantenedlos en activo porque es probable que vengan tiempos
que nos hagan falta de nuevo, y entretanto, apartadlos de responsabilidades.
-  ¿Qué quieres decir con eso de que esa chusma nos hará falta? – quiso saber
Sebastián Tena.
148
-  ¡Por Dios, Sebastián! ¿Es que no piensas? Se espera de ti que vayas por delante
de la noticia. Tú tienes en tus manos la herramienta para crear opinión y para
que las masas te sigan. ¿Cómo se te ocurre, pues, hacer esa pregunta? Hemos
ganado las elecciones, es cierto, pero la oposición sigue ahí, y no todos son
mansos, por lo que vendrán tiempos que tengamos que defender con sangre y
sudor lo que hemos conquistado.
Nadie se atrevió a contradecir al obispo, pero éste notaba que sus palabras no habían
conseguido convencerles. Juan Montes, tímidamente, se atrevió a dar su opinión.
-  Como responsable de la policía puedo dominar a la oposición.
-  Estás muy equivocado si crees que es suficiente con esa criba que has hecho en
la policía…
-  No solamente en la policía…
-  No me interrumpas. ¡Qué mal vicio! Digo que no se trata de limpiar la cúpula de
la policía, sino de los sicarios que antes tenías medianamente controlados y
ahora andan por libre. Y no te olvides de algo tan importante como que tenemos
algunos apreciados compañeros caídos, cuyos casos todavía están sin resolver,
¿tienes alguna pista? ¿Te has ocupado de ello?
-  Sí, claro. Estamos en ello, solo que con los cambios…
-  O sea, que no sabes nada, ¿no es así? Pues, os diré que esos que nos asestaron
esos golpes continúan ahí, dispuestos a golpear de nuevo, y por eso los voceros
de la calle todavía pueden sernos útiles. Y por eso también mis advertencias de
que habéis emprendido un camino plagado de trampas y no de rosas.
Obviamente, nadie de los presentes esperaba que la reunión de hoy pudiera resultar
una pesadilla. Sus semblantes lo decían bien claro: estaban desencantados. El obispo,
despiadadamente y sin contemplaciones, les había amargado la alegría con la que
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llegaron, y esta actitud satisfizo al prelado, contento de ver a sus huéspedes como a él le
gustaba verlos: amedrentados. Pero esta vez, al contrario que en otras ocasiones, una
vaga percepción le advertía de que no era lo que él creía.
El obispo Ambrosio, que parecía tener la facultad de leer el pensamiento de la gente,
interpretó que a estos advenedizos el poder se les había subido a la cabeza, con lo que se
propuso estar alerta. A pesar de todo, sus reflexiones no impidieron que, como era su
costumbre, las últimas palabras sonaran con humildad.
-  Solo intento advertiros de los peligros que os acechan. Nada me haría sufrir
tanto, y Dios no lo quiera, como que os sucediera una desgracia.
Bien sabía el prelado la importancia de una despedida con buenos deseos; contaba
que esa buena voluntad hiciera recapacitar a estos ignorantes.
Sin embargo, las palabras del obispo, para algunos sonaron a amenaza, lo que les
intranquilizó.
Aun así, no se equivocaba el obispo. De camino a sus respectivos hogares, y como
solía suceder siempre, las palabras de despedida dejaron soterrados los sinsabores
sufridos durante la tertulia.
Pero las condiciones eran ahora otras, y desde esa posición privilegiada que todos
ellos disfrutaban ahora, con un enjambre de serviles ayudantes prestos a abrirles las
puertas; cuando las reverencias se prodigaban por doquier y todo el mundo se afanaba
por agradarles, las bofetadas del obispo eran mucho más dolorosas que en otros
tiempos. Eran intolerables.
Y ese debió de ser el motivo por el que días más tarde, Lucero Fuentes, el actor
crecido a reformador de la cultura, tuviera los primeros brotes de malestar. Su mente,
cada día más atormentada, no dejaba de recriminarle su mediocridad. Él era alguien
150
importante ahora, ¿por qué, entonces, tenía que soportar el mal genio del arcaico
obispo?
Decidió hacer partícipe de sus tormentos a Marcos Yagüe y entre los dos tratar de
hacer frente al déspota. Y a punto de levantar el teléfono, un escalofrío recorrió su
cuerpo.
-  ¿Y si Marcos no está de acuerdo y va con el chivatazo al viejo? – pensó. Y no
quiso imaginarse las consecuencias de su atrevimiento.
*****
151
XIV
Habían terminado de comer y, superadas las tiranteces del principio, la tertulia
transcurría en un ambiente distendido. Al inicio y durante mucho rato, Irene León,
desconfiada, casi de uñas, se limitó a escuchar sin deseos de participar en la
conversación. Carlos Gorbea, apático, seguía sin aportar ideas; solo Agustín escuchaba,
con cierta alarma primero y con sosiego después, los comentarios de Sara Díez.
Por fin tenía lugar la iniciativa de reunirse. Habían transcurrido varias semanas desde
aquel primer intento de Sara. Ella tenía gran deseo de contar a sus amigos las novedades
del inspector Hoyos y sus impresiones del psiquiatra doctor Manzano.
El retraso fue debido a que cada vez que Agustín proponía acudir a la cita, Irene
fruncía el ceño y ponía alguna excusa.
Que Sara no era santo de devoción de Irene saltaba a la vista, y para acabar con ese
juego de absurdas excusas, Agustín forzó la situación.
-  Si te parece declinamos la invitación definitivamente – apuntó la tercera vez que
Irene puso objeciones.
-  No sería justo. Vosotros sois amigos y tenéis cosas de qué hablar – respondió
ella con cierto tufillo de segundas.
-  Yo no tengo más interés del que puedas tener tú, así que le diré a Sara que
desistimos porque tenemos otros compromisos, pero lo que no podemos es
aplazarlo una y otra vez sin un motivo justificado.
Tras ligeros forcejeos, Irene accedió por fin a reunirse con la enigmática Sara. Y el
día del encuentro se mostró amable, pero sin ese toque tan importante como es la
naturalidad, y eso se notaba. Al menos a Sara no le pasó desapercibido.
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Sin pérdida de tiempo, ésta abordó el relato del atentado de Rubén contra Carlos
Gorbea, acto que dejó boquiabierto a Agustín. Sara seguía contando detalles.
Por su parte, Irene, atenta a los gestos de los otros dos, recapacitó que tal vez ese era
el mensaje y no otro, que Sara quiso transmitir a Agustín aquel día por teléfono, y
comenzó a evaluar sus ridículas conclusiones. Sintió que se ruborizaba.
También Carlos Gorbea, consciente de ser la víctima protagonista, participó en la
conversación aportando sus puntos de vista que eran los de siempre, solo que ahora no
los exponía con sus enfurecidos prontos.
La participación de Carlos asombró a Agustín. Y no menos a Irene, quien, con una
tímida sonrisa, también aportó cortos comentarios.
Sara lo agradeció con miradas de gratitud, y explicó los motivos del cambio que se
apreciaba en Carlos.
-  Quiero confesar que cuando el inspector Hoyos me recomendó a su amigo
Manzano, no creí en sus poderes curativos, pero no estaba dispuesta a despreciar
cualquier oportunidad, así que decidí visitar al psiquiatra. Y ya veis el resultado.
Es fantástico. Y el médico me asegura que Carlos pronto será el que fue.
-  Oye, Sara – apuntó Agustín de pronto – antes has insinuado algo sobre el doctor
Manzano que no he entendido, ¿a qué te referías con eso de interesarse por la
vida privada de los pacientes?
-  Pues eso, que hace preguntas extrañas, no solamente a Carlos sino también a mí
que no soy su paciente. A lo mejor es propio de la profesión, pero a veces no sé
qué pensar, porque, por ejemplo, de pronto un día me preguntó, ¿cómo te afectó
el atentado de tu hermano? Yo era muy pequeña en aquel entonces – le contesté.
Y después de un rato recapacité y me pregunté, ¿qué tendrá que ver el atentado
de mi hermano con el tratamiento de Carlos?
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-  Sí, no parece que guarde relación con Carlos, pero sí contigo – apuntó Agustín
pensativo, y después, como siguiendo el hilo de sus pensamientos, añadió –
dices que es muy amigo del inspector Hoyos… ¿Qué hace ahora el inspector?
-  No sé, ¿por qué lo preguntas?
-  Porque tal como se han desarrollado los acontecimientos, me parece un tipo
peculiar. He sabido que antes, con el otro gobierno, él era muy eficaz en la lucha
contra los asesinos, y muchos de los que hoy todavía están entre rejas es el
resultado de su labor.
-  A lo mejor por eso lo han despedido.
-  Eso también, pero yo me pregunto, ¿por qué, si era tan eficaz, nunca consiguió
desenmascarar a la persona, o grupo, que perpetraba los atentados contra los
independentistas?
Siguió un largo silencio. Por lo visto, nadie tenía la respuesta. De repente, Sara, con
talante eufórico, cambió de tema.
-  Bueno, hablemos de otras cosas, si no, Irene y Carlos se van a aburrir.
Los aludidos respondieron rápidamente.
-  Que no, que no. Que es interesante todo lo que habláis.
-  No obstante. Otro día contaré más cosas del doctor Manzano, ¡ah!, y también de
los hermanos Bernaola, pero hoy creo que podemos dejarlo, porque será mejor
hablar de, por ejemplo, de cuándo pensáis casaros, si es que lo habéis pensado,
claro – y Sara rio con gestos picarescos.
Sorprendidos, Agustín e Irene se quedaron en blanco sin saber qué decir ni a dónde
mirar. Pero fue solo un instante, porque Agustín reaccionó enseguida, y, siguiendo el
mismo sentido de humor, planteó una pregunta como respuesta.
-  ¿Es necesario pasar por la iglesia?
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-  Nosotros sí lo haremos – respondió Sara muy decidida, al tiempo que cogía las
manos de Carlos y le miraba con cariño.
Irene se empequeñecía en presencia de Sara. No podía evitarlo; la veía capaz y
decidida, cualidades de las que ella carecía.
Carlos y Sara, todavía con las manos entrelazadas, se miraban y sonreían.
Agustín, siempre presto a superar las sorpresas, primero felicitó a la pareja y acto
seguido planteó más preguntas, esta vez sin ribetes irónicos.
-  Todavía no tenemos fecha – respondió Sara – pero es posible que se precipiten
los acontecimientos. Mi madre está muy mal y me gustaría que me viera casada.
Estas palabras ensombrecieron el desenfado durante unos minutos, pero fue la misma
Sara quien otra vez rompió el maleficio para hablar de sus proyectos con Carlos.
-  Finiquitada la empresa anterior, hemos decidido abrir una nueva, con nuevos
bríos y como proyecto de ambos. Solo pido a Dios que Carlos se recupere del
todo cuanto antes.
Con tantas novedades acompañadas de ilusiones y proyectos, Irene se sintió como
desvalida, y su pensamiento se quedó con esa imagen fija de felicidad de Sara, mientras
que a ella le faltaban las ganas de reír.
Camino a casa, Agustín no entendía qué le pasaba a Irene ahora; intentó romper ese
torturador silencio con preguntas cariñosas, pero solo obtuvieron la callada por
respuesta. En casa insistió otra vez.
-  ¿Podrías decirme al menos qué te ha molestado? ¿Acaso he dicho o he hecho
algo que te haya ofendido?
E Irene, compungida, con los ojos enrojecidos a punto de llorar, sin responder, se fue
corriendo al dormitorio donde se desató en fuertes llantos.
No discutieron, pero se fueron a la cama muy enfadados.
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A la mañana siguiente, todo era distinto, como si la noche, cautivada por las buenas
sensaciones hubiera alejado los malos espíritus.
-  Siento mi comportamiento de ayer – dijo Irene antes de desear los buenos días a
Agustín. Estaban todavía en la cama – pero creo que tuve un ataque de celos y
me puse muy triste. Me sentía la más desdichada del mundo; ella, que lo tiene
todo, se casa, y yo…
Los siguientes minutos fueron de silencio absoluto. E Irene, con semblante pesaroso
y voz de puro arrepentimiento, planteó:
-  Lo entiendes, ¿verdad?
-  Sí, lo comprendo.
-  Pero, ¿lo comprendes como para no estar enfadado conmigo?
-  Sí, tanto como eso. Y además, estoy orgulloso de tus virtudes. Yo no sé si sería
capaz de confesar mis bajezas con la naturalidad que lo haces tú.
Las palabras de Agustín alegraron a Irene, y no obstante, todavía seguía con dudas.
-  A menudo estoy intrigada con tu proceder. Nunca te he visto enfadado, y no me
explicó cómo es eso posible.
-  Me enfado y me cabreo muchas más veces de las que crees. Ayer, por ejemplo,
estaba enfadado.
-  ¿Conmigo? – interrumpió Irene con ligera preocupación.
-  Más conmigo que contigo.
Parecía que Agustín quería transmitir algo más, pero se quedó pensativo, como si
estuviera buscando la expresión correcta. A continuación, como sopesando cada
palabra, vino a decir lo poco que él valoraba la unión matrimonial.
156
-  Pero no me interpretes mal – se apresuró a aclarar ante el gesto torcido de Irene
– lo que quiero decir es que no veo diferencias en la convivencia por estar o no
casados.
-  Puede que tengas razón – convino Irene tras una corta reflexión – pero estar
como nosotros estamos, es como estar de paso. Yo me siento como si estuviera
en un hotel: cualquier día hago la maleta y desaparezco.
De nuevo el silencio. Los dos sabían que la palabra matrimonio gravitaba en el
ambiente, pero ninguno de los dos se atrevía a pronunciarla.
Muy al contrario que sus amigos que no podían ocultar ilusión y felicidad. La
mejoría de Carlos era innegable, y tanto era así que Sara consideró innecesario seguir el
tratamiento. Sin embargo, cada día eran mayores sus deseos de asistir a esos encuentros.
El motivo era que en esa consulta encontraba su onda.
La relación con el doctor Manzano se había convertido en algo familiar, y lo
fascinante era que allí acudía también y con bastante regularidad el inspector Hoyos,
persona que, cuanto más lo trataba, más aspectos positivos descubría en él.
Tanto el doctor como el inspector estaban muy en contra del régimen actual, aunque
nunca se expresaban con trazos burdos. Y los temas de conversación, muy variados,
cautivaban a Sara, agradecida de los progresos que hacía Carlos.
-  El próximo fin de semana – dijo el inspector Hoyos una tarde con una
enigmática sonrisa – inauguraremos una nueva fundación para el fomento y
desarrollo de la tolerancia en la convivencia. ¿No os gustaría venir? Será sábado
y domingo.
Sorprendida, Sara miró a Carlos, y como éste hiciera signos afirmativos no dudó en
aceptar la invitación. Y ante su interés por los detalles, el inspector desgranó
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pormenores, como que el número de asistentes sería reducido y que la reunión tendría
lugar en una finca apartada de la ciudad.
-  Quiero entender que no se trata de un partido político – quiso aclarar Sara.
-  No; no lo pretendemos – explicó el inspector Hoyos – pero sí seguir de cerca las
acciones del gobierno y censurar todo aquello que contradiga las elementales
normas de avenencia en la sociedad. El sábado recibiréis el programa completo,
ya veréis, os gustará. ¡Ah!, y si os parece bien, también puede venir esa pareja
de amigos de la que habláis a veces – concluyó.
De regreso, Carlos mostraba alguna incertidumbre sobre el éxito de la fundación, y
alegaba que si la finalidad no es oponerse abiertamente al gobierno, cundirá el
desinterés. Sara, en cambio, proponía no adelantarse a los acontecimientos y acudir a la
reunión con la mente en blanco y sin prejuicios.
Tenían sus dudas de si Agustín e Irene aceptarían la invitación. Sara percibía que
Agustín no aceptaría. Carlos, en cambio, creía que sí.
Cuando Sara llamó por teléfono, la respuesta vino de Irene; Agustín estaba en el
continente. Sara explicó de lo que se trataba e Irene solo pudo confirmar que se lo
transmitiría a Agustín, aunque en el tono dejó entrever una cierta curiosidad por asistir.
-  Nos haríais una gran alegría si vinierais; no estaríamos desamparados –
concluyó Sara.
Efectivamente, Agustín, que era bastante escéptico en cuanto a sociedades, grupos y
reuniones, no se entusiasmó cuando Irene le contó la propuesta de Sara, lo que causó
desencanto en ella. Agustín no lo entendió.
-  Me sorprendes; pensaba que no te gustaría ir – dijo él un tanto desorientado.
-  No soy partidaria de reuniones, es cierto, pero Sara hablaba tan convincente que
me contagió y reconozco que me ilusioné.
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-  Bien – aceptó Agustín – si te apetece, la llamo y confirmo que vamos.
La reunión fue un cúmulo de sorpresas. Las primeras observaciones confundieron no
poco a Agustín y acompañantes y crearon algunas dudas en ellos. Sara no lo expresó,
pero parecía preguntarse: ¿dónde nos hemos metido?
Sorprendía, por ejemplo, el lugar. Una mansión rodeada de una vasta extensión de
frondosa arboleda, con espacio suficiente para acoger a los veinticinco o treinta
asistentes con holgura. Sorprendían también los diversos personajes; los había, la
mayoría, que no podían ocultar su procedencia acomodada y tal vez más que eso, y
otros, muy pocos, cuyo origen era notoriamente modesto.
El inspector Hoyos, nada más les vio llegar vino a rescatarles de sus tribulaciones, y
tras los saludos de rigor se aprestó a acompañarles a las habitaciones que les tenían
preparadas.
-  Me hacéis una gran alegría con vuestra presencia – decía mientras se dirigían a
las estancias. Acto seguido, muy seguro en sus movimientos y tras mostrarles
los aposentos se despidió para esperarles abajo – Podéis dejar vuestras
pertenencias aquí y en unos minutos, cuando bajéis, haré las debidas
presentaciones.
Agustín, que conoció al inspector no en las mejores condiciones, al verle ahora como
anfitrión, pensó que estaba ante una persona de mil caras. Sin embargo, no debería de
sorprenderle, porque en aquella ocasión, tras su metedura de pata con la entrega del
dinero, fue muy benévolo con ellos, algo que ya entonces le llamó la atención.
Y cuando le comentaba a Irene en las circunstancias que conoció al inspector, ésta no
podía creer que hubiera sido policía. Este personaje – pensó – amable, servicial, con
modales de perfecto anfitrión, es lo contrario de lo que se supone de los policías.
Todavía quedaba alguna sorpresa más, principalmente para Carlos y Sara.
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-  Creo que a Maru Vidal no hace falta que os la presente – dijo el inspector,
expectante ante la reacción de aquellos.
La pareja no sabía qué pensar. La sorpresa no les permitía aflorar la alegría porque se
entremezclaba con muchas dudas.
Al parecer, y a juzgar por la cara que puso Maru, también para ella fue una sorpresa.
El inspector Hoyos se retiró discretamente.
Sara, un poco a borbotones, se dirigió a Agustín e Irene y les puso al corriente de la
personalidad de Maru.
Ésta, según ella misma comentó, también había sido invitada por el inspector Hoyos
y, como la mayoría, tampoco sabía qué iba a suceder en estos dos días.
Se sentaron en la terraza donde otros charlaban paseando o sentados a otras mesas.
Lentamente, repuestos de la sorpresa, se generalizaron los comentarios, que
mayoritariamente recaían sobre Sara y Maru. Esto permitía a Agustín observar con
discreción a los demás asistentes y le llamó la atención que casi todos eran
desconocidos entre sí.
En las presentaciones ya había notado que algunos eran de origen continental, y
ahora, en sus reflexiones, intentaba encontrar un por qué de la reunión, pero todo lo que
se le ocurría le parecía demasiado insustancial.
Antes del almuerzo tuvo lugar la presentación oficial. Las primeras palabras
estuvieron a cargo del doctor Manzano; fueron palabras de bienvenida que sirvieron
también para presentar al organizador de los actos, el abogado Daniel Hoyos.
Hubo un ligero rumor en la sala que se acalló enseguida.
-  Mi mayor agradecimiento a todos vosotros por haber respondido a la invitación
– dijo el inspector, ahora abogado, con voz clara y segura y su siempre
enigmática sonrisa en el semblante – y el motivo de estar aquí reunidos, como
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sabéis, es presentaros las bases de la fundación DESTO, cuyo cometido es el
desarrollo de la tolerancia en la convivencia – Daniel Hoyos hizo una pausa,
miró al público y notó que en el ambiente flotaba ansiedad, incógnita, y, sin
dejar de sonreír, continuó – Habréis notado que entre vosotros, la mayoría no os
conocéis, pero os aseguro que en todos existe un mismo sentir, que no es otro
que la unidad de nuestro país. Los presentes coincidimos también en que no
deseamos un estado pequeño que reduzca nuestra imagen en el mundo, y además
nos oponemos a que en la isla se imponga un gobierno de pensamiento único.
Sonaron unos tímidos aplausos.
A continuación, Daniel Hoyos siguió desbrozando con trazos gruesos los aspectos de
la fundación, para concluir poco después, con una cita.
-  Esta noche, cuando hayáis leído los estatutos que tenéis en vuestras manos,
podremos discutir opiniones y puntos de vista.
La ovación que siguió a sus palabras, lejos de ser apoteósica, fue no obstante, más
calurosa que la anterior, y acto seguido, mientras tres camareros se disponían a servir el
almuerzo, todos comenzaron a abrir y hojear el pequeño libro de los estatutos.
A la mesa se sentaban los cuatro amigos y Maru Vidal. Carraspeaban, sonreían, se
miraban, pero nadie osaba pronunciarse sobre la alocución de Daniel Hoyos.
-  Bueno, habrá que leerse los estatutos – dijo por fin Sara Díez.
-  No creo que digan mucho más de lo que ya nos ha contado el inspector – señaló
Agustín San José.
-  ¿Estabais al corriente de que fuera abogado también? – preguntó Irene.
-  Es necesario un título universitario para ser inspector, y la mayoría son abogados
– apuntó Maru Vidal.
161
Roto el hielo y mientras degustaban una comida sencilla pero sabrosa, se generalizó
la conversación pasando por los más diversos temas. Discutieron sobre la conveniencia
de inscribirse como miembros de la fundación. Agustín San José no se pronunció al
respecto, porque, además de no ser muy partidario de los grupos, decía que quería
esperar hasta la clausura del encuentro.
-  Pero, si no te gustan los grupos, ¿por qué te inscribiste en la Unión de Víctimas?
– exclamó Sara.
-  Porque en aquel entonces desconocía las envolturas – respondió Agustín con
cierto aire de tristeza – Todavía no sabía que el más deslenguado es quien
siempre consigue imponerse a los más prudentes.
Por la mente de Sara cruzaron ingratos recuerdos de los hermanos Bernaola.
Al terminar de comer decidieron seguir la charla en la terraza. Lo propuso Sara,
interesada como estaba en aclarar algunos puntos sobre su amiga Maru, y lo hizo como
ella solía hacer las cosas, directamente.
-  Me intriga cómo has llegado a relacionarte con el inspector Hoyos.
-  ¡Ah! ¿no te lo ha contado él? Pensé que estarías al corriente.
La pregunta de Sara despertó el interés de los demás que, expectantes, esperaban la
respuesta. Pero la interesada, con excusas pueriles, no parecía estar por la labor. Solo
tras la insistencia y súplicas de todos ellos, suspiró profundo y, no de muy buena gana,
comenzó un relato que jamás habrían sospechado de ella.
-  Tras la muerte de Rubén estuve detenida durante diez días como sospechosa de
su muerte, y gracias a la intervención del inspector Hoyos pude salir libre.
Lo dijo en voz baja y de carrerilla, como para terminar cuanto antes. No se atrevía a
levantar los ojos del suelo.
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Nadie se decidía a formular la pregunta que caminaba por sus mentes de todos ellos,
y Maru, visiblemente excitada, volvió a hablar con precipitación.
-  El chico se merecía lo que le pasó, y mucho más que eso. Era un canalla. Por su
culpa murió tu padre, – y al decir esto lanzó una fugaz mirada a Sara – después,
nos fuimos todos a la calle. Y como no le bastaba con eso, le faltó poco para
asesinar a Carlos.
-  Pero, ¿qué hiciste para que te detuvieran? Acaso fuiste tú…
Sara no terminó la pregunta porque Agustín, al ver los apuros que pasaba Maru,
quiso aligerar la tensión.
-  Y qué más da quién, cuándo o dónde; lo que cuenta es que Rubén tiene su
merecido y Maru está entre nosotros.
Todos, por diferentes motivos, se quedaron atónitos ante las palabras de Agustín. No
eran sus maneras. A Sara le pareció una salida de pata de banco; Maru, que no contaba
con la ayuda de nadie, miró a Agustín con ojos benditos; Carlos se levantó y le dio un
abrazo a Maru. A Irene no le sorprendieron tanto las palabras de Agustín como los
gestos de los demás.
Lo que quedó meridianamente claro fue que Agustín había decepcionado a Sara. Para
ella, sus palabras fueron de pervertido gusto y desde ese momento lo miró con otros
ojos. Sus opuestas posiciones en lo referente a los asesinos se dejaron sentir con fuerza
ahora que se trataba de saber qué implicación tuvo Maru en la muerte de Rubén.
Pero no fueron solo las palabras de Agustín las que provocaron dolor a Sara; también
la actitud de Carlos le pareció incomprensible. ¡Qué significaba eso de compensar a
Maru con un solemne abrazo! ¿Por qué, además?
Sara pasaba momentos críticos. Su semblante parecía desencajado, y a nadie habría
sorprendido verla desfallecer en un ataque de nervios allí mismo delante de todos.
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Daniel Hoyos que se acercaba en esos momentos, notó que algo estaba fallando en el
grupo. Esos rostros tensos y miradas hirientes hablaban por sí solos de la ausencia de
sintonía, y con sagacidad sorprendente el abogado supo plantear temas que pronto
convirtieron la amargura de sus semblantes en tímidas sonrisas.
Pero a él no se le escapó, o al menos fue lo que intuyó leyendo entre líneas durante la
conversación, el origen del malestar, y a su modo intentó poner luz en las conciencias.
-  De muy antiguo la sabiduría enseña que a veces es conveniente que la mano
derecha no sepa lo que hace la izquierda.
No miró a nadie en concreto, pero todos entendieron el mensaje, y más de uno se
sintió directamente aludido.
Agustín San José, sorprendido, no pudo evitar un pensamiento que sin darse cuenta
casi sonó en voz alta.
-  Cada vez me sorprende más este tipo.
Sara, cuyos ojos seguían despidiendo dardos envenenados, recordó la conversación
con el inspector Hoyos cuando dijo algo así como que había dejado el asunto de Rubén
atado y bien atado para que jamás se descubriera al autor, y este recuerdo le produjo
aversión profunda hacia el otrora apreciado inspector.
Daniel Hoyos siguió su ronda de contactos con los invitados.
En el grupo había menguado la hostilidad, pero no desaparecido, principalmente
porque Sara, que se había destapado como rencorosa, todavía no se atrevía a mirar de
frente a Agustín. Pero éste, a quien la escena le parecía una opereta de barrio, con el
mejor talante hizo alguna observación con humor que hasta Carlos tuvo que reír.
Se hacía la hora de la cena, y antes de ir a sus respectivas habitaciones para
acicalarse, Agustín planteó el tema de la afiliación.
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-  A mí me ha caído bien el inspector y voy a inscribirme como miembro de la
fundación.
-  ¿Así, sin más; sin preguntar, sin pedir explicaciones? – saltó de inmediato Sara
en un tono de pocos amigos.
-  Sí; lo considero innecesario. El inspector me ha caído bien y confío que no nos
llevará a ningún puerto indeseado. Y algo hay que aportar para que el país siga
siendo importante.
-  Pues yo, antes quiero preguntar si la fundación para la concordia piensa liquidar
a quien discrepe de sus estatutos.
-  Naturalmente estás en tu derecho, y para eso nos ofrecen la oportunidad de
plantear preguntas.
Pero Agustín sabía que ella no plantearía esa pregunta, y mucho menos en esos
términos. Sara estaba dolida probablemente con todos; con él con toda seguridad, pero
más con Carlos, y mucho más todavía con Maru, su amiga, de quien era posible se
sintiera incomprensiblemente defraudada, y lo único que hacía ahora era dejar rienda
suelta a su rabieta, en vez de agradecer el más que probable acto de Maru Vidal.
*****
165
XV
Víctor León hablaba poco, ni siquiera para quejarse, pero su mirada, perdida en el
vacío, delataba un profundo desánimo. Irene lo miraba y sufría. A veces, convencida de
que la falta de recursos era lo que atormentaba a su padre, le tranquilizaba diciéndole
que ella estaría siempre a su lado y que nunca le faltaría lo esencial.
A Irene no se lo ocurría pensar que las causas pudieran ser otras. Joven todavía y en
grata convivencia, ignoraba los estragos de la soledad. Y aunque sufría ante el temor de
quedarse sola, no conocer sus consecuencias, le impedía valorar en toda su extensión lo
que significa estar solo.
Cierto que a su padre la sola idea de depender de la caridad de su hija era como si un
cuchillo removiera sus entrañas. Pero la soledad era una espina mucho más dolorosa.
Y para mayor ofensa, ese departamento que dirigían los hermanos Bernaola solo
aportaba calamidades. Seguramente una pareja de resentidos – pensaba el hombre –
capaces de ensañarse cruelmente con sus acompañantes en el dolor.
Pero lo más trágico para Víctor León era el proceder de Líber, a quien en silencio
culpaba de todas sus desgracias. Y encima tenía que verla con frecuencia en la
televisión proclamando con frases exultantes las bondades del nuevo régimen. Aunque,
últimamente se prodigaban menos sus apariciones en la pequeña pantalla.
-  Corren rumores de posibles cambios en ciertos departamentos – comentó una
tarde Agustín – Al parecer alguien con más sesos se ha percatado del precario
bagaje que aportan algunos directores.
-  No me importaría que mi hija fuera una de las primeras víctimas de esa
remodelación; es más, me alegraría – sentenció Víctor León.
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Y el rumor pronto se convirtió en clamor. Se hacía evidente la incompetencia de
ciertos departamentos del gobierno, y las protestas se generalizaban por momentos.
Sobre el encarecimiento de los alimentos, cuando no escasez; del proceder de la policía;
de la nula diversidad de información; de las restricciones a las redes sociales.
Muchos comenzaban a percibir una tendencia clara a la dictadura. Y aquellos que al
principio se sentían felices por la ausencia de atentados, deploraban ahora no poder
zapear ante el televisor o leer el periódico de toda la vida. Y lo peor era que volvían las
manifestaciones callejeras, aunque disueltas rápidamente con brutales modales.
Un descontento que no tardó en llegar a oídos del obispo Ambrosio.
-  Estoy muy preocupado – comenzó a decir a Juan Montes, furioso – y tú deberías
estarlo también. Altercados en la calle, quejas por doquier, voces que levantan el
tono, ¿qué es eso, es que no sabes poner orden en la calle?
-  Estamos sancionando con elevadas sumas…
-  Me das pena, Juan Montes – interrumpió el prelado – Hace falta mano dura con
aquellos que quieren desestabilizar nuestro programa. ¡Hay que arrestar, con
días enteros de incomunicación si es necesario, a quien provoque el desaliento!
-  Se quejan de que no cumplimos lo que prometimos.
-  ¡Eres un lerdo, Juan Montes! Tu misión es parar ese movimiento antes de que se
convierta en avalancha. Y eso se consigue sin atender a razones, que es lo que tú
haces, y encima todavía te da pena la chusma.
-  No me da pena, que bien lo he demostrado en su momento, y estoy poniendo los
medios para contener manifestaciones, pero si no ofrecemos algunas mejoras…
-  ¡Me tienes harto, Juan Montes; o eres capaz de poner orden en la calle o tendrás
que dedicarte a otra cosa!
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El obispo, más furioso que nunca, tras la amenaza miró con desprecio al responsable
de la policía y se marchó cerrando la puerta con violencia.
Era cierto lo que clamaba Juan Montes, y el obispo lo sabía, por lo tanto no tenía
necesidad de escucharlo de este estúpido, cuya obligación era evitar a toda costa
manifestaciones que empañaran la imagen del gobierno.
Pero la ineptitud de sus colaboradores no era lo único que ponía de mal humor al
obispo Ambrosio. Ellos no eran un inconveniente para él, que sabía cómo dominarlos,
sino que las dificultades para él venían del gobierno continental, que se negaba por
activa y por pasiva a subvencionar la fiesta de los independentistas. El dinero no fluía y
la isla no generaba recursos suficientes para subsistir.
Ese era el fondo de la cuestión. Y así se lo explicaba Agustín San José a Irene
cuando ésta se alarmaba de las cada vez mayores dificultades que tenía gran parte de la
población para hacer frente a la carestía de la vida.
-  Los separatistas se olvidaron del capítulo de las finanzas cuando alegremente
prometían las cuantiosas ventajas que aportaría la independencia. Y lo que se ha
demostrado es que saben engañar, amedrentar y asesinar, pero desconocen lo
que es trabajar con orden y sistema.
Pero a Juan Montes, las amenazas del obispo Ambrosio no le atemorizaron; si acaso
lo envalentonaron. ¡Qué era eso de ir a él con bravatas! – se decía el otrora muñidor de
atentados. Y también pensó en buscar apoyos en el círculo de sus compañeros para
hacer frente a este déspota de obispo, pero la escasa confianza que le inspiraban todos
ellos le hizo desistir.
Y tanto Juan Montes como Lucero Fuentes hacían bien en ser precavidos, porque la
red de confidentes al servicio del prelado era extensa y eficaz; no era casualidad que se
sintiera tan seguro ante todos ellos.
168
Para su disgusto, el obispo también se sentía muy resentido con sus compañeros de
altas instancias, que con sus presiones habían conseguido asignar a esos inútiles en
puestos importantes.
-  ¡Que les conozco bien y puedo asegurar que solo sirven para el alboroto! – les
advirtió en más de una ocasión – ¡Que carecen de preparación para estar al
frente de puestos de responsabilidad!
Pero los tres banqueros y los dos magistrados que completaban el comité, desoyendo
los consejos del obispo, apostaron por los actuales ministros, y no precisamente porque
tuvieran fe ciega en ellos, sino porque conociendo las habilidades urdidoras del obispo,
temieron dejar en sus manos la plena disposición.
Esta decisión, que el obispo Ambrosio censuró como cortos de miras, le instó a
maquinar cómo deshacerse de sus incompetentes colaboradores a espaldas del comité. Y
para ello nada más fácil que dejar que estos aprendices de nada se estrellaran y después
podría levantar la voz ante esos engreídos banqueros y magistrados.
El inconveniente era que no podía excederse. Unos resultados nefastos podían
volverse contra él y señalarle causante directo del fracaso, y esta perspectiva le
provocaba desazón e incertidumbre.
Pero como el obispo Ambrosio era arriesgado, esos momentos de pesadumbre tenían
corto recorrido. Recuperado, maquinó estrategias cada una más atrevidas y también más
malévolas; y decía: “correr un pequeño riesgo hace bien al espíritu”, y frotándose las
manos emitía una sonrisita de pícaro que pocos conocían.
En ese dilema se encontraba cuando “el Mula”, uno de sus más fiables confidentes,
vino a anunciarle que se preparaba un atentado.
-  ¿De qué magnitud? – quiso saber el obispo.
-  Lo ignoro. Todo lo que conozco es que se está gestando un atentado.
169
El primer pensamiento del obispo fue alertar a Juan Montes y que tratara de
impedirlo, pero él no tomaba decisiones sin sopesar previamente las consecuencias. En
esta ocasión el análisis fue corto y la decisión rápida: no movería un dedo para alertar al
desagradecido director de la policía. ¡Que se estrelle!
Y con una sonrisa enigmática, haciendo alarde de paciencia, se dijo que era
preferible esperar hasta ver la magnitud del fracaso de este “Juan Nadie”.
*****
170
XVI
Irene saltaba de alegría. No era para menos. Sin mencionar fechas, y cuando menos
lo esperaba, Agustín había hablado de matrimonio.
-  Si te parece haremos una ceremonia discreta – dijo Agustín, y acto seguido miró
a Irene con atención, y sopesando cada palabra, añadió – y preferiría no pasar
por la iglesia.
A Irene sorprendió este detalle, pero lo olvidó enseguida, ¡qué significaba esa
bagatela frente al matrimonio! Eso era lo importante, el matrimonio. Y eso fue lo que
retuvo su mente.
Sería unos días más tarde cuando se preguntaría, ligeramente contrariada, ¿qué
tendrá Agustín contra la iglesia?
Pero en esos primeros instantes, Irene no sabía si reír o llorar, mientras él observaba
sus cambios de expresión, sus gestos, sus sonrojadas mejillas, hasta que de pronto, se
abrazó a él con tal fuerza que le zarandeó y casi cayeron al suelo.
Los dos reían; él la observaba mientras ella saltaba y giraba por la estancia.
-  ¿Lo has dicho en serio, no? – exclamó ella de repente, dejando de dar vueltas y
con expresión seria en el semblante.
-  Sí; con toda la seriedad que me caracteriza – respondió él, la mano izquierda
levantada y la derecha sobre el corazón en señal de juramento.
Acto seguido los dos soltaron una carcajada. Eran momentos para saborear.
-  Les vamos a dar una buena sorpresa a nuestros amigos – dijo Agustín.
-  A lo mejor todavía nos casamos nosotros antes – agregó Irene – Por cierto, no
hemos hablado de fechas.
-  No hace falta. Cuando tú quieras.
171
Y acto seguido Agustín llamó a Sara para concertar una reunión. Pareció extrañado,
casi preocupado, cuando colgó el teléfono.
-  Parece ser que Sara continúa enfadada. ¿Será posible que no haya olvidado el
incidente del otro día?
-  Si te sientes mal, retrasamos la visita.
-  No, no; todo lo contrario. Es ahora cuando hay que aclarar los malentendidos.
El sábado, Agustín e Irene acudían a la reunión con dudas de cómo serían recibidos,
y la primera impresión fue, al contrario de lo que esperaban, cordial. Al menos Sara no
mostró resentimiento alguno hacia Agustín. Y sin embargo, una extraña sensación
flotaba en el ambiente. Perspicaz, Agustín no tardó en darse cuenta que entre Carlos y
ella algo parecía ir mal. Carlos, entristecido, no decía nada y las forzadas expresiones de
Sara indicaban ausencia de naturalidad.
-  Nosotros queremos trasmitiros una buena noticia; una importante noticia – dijo
Agustín en tono campechano – pero si no estáis de humor para escucharla nos
ponemos todos con las caras largas y otro día que desperdiciamos.
-  Yo no estoy de mal humor – saltó Carlos raudo para sorpresa de todos – sino
Sara está enfadada conmigo.
-  No es cierto – replicó Sara de inmediato un tanto arrebolada – yo no estoy
enfadada, sino que no acepto la violencia, y me opongo a que se responda a los
asesinos con sus mismos métodos, que es lo que tú propones.
-  Siempre ha sido esa mi actitud, pero parece que ahora te sorprende.
-  Y la mía, que es la contraria, también ha sido siempre la misma.
Era la repetición de una discusión que ellos dos venían manteniendo Dios sabe desde
cuándo. Eso lo conocía Agustín, pero lo que él desconocía era que la entrada en escena
de Maru Vidal había elevado la eterna discusión a bronca.
172
Irene alzó la voz y, tal vez sin proponérselo, sorprendió a todos.
-  Nunca había visto yo a Carlos tan luchador. ¡Qué nervio!
Atónitos, miraron a Irene como si no creyeran lo que estaban viendo.
Agustín interpretó la intención de Irene con esta interrupción, y rompiendo el
silencio creado aprovechó para salir de ese círculo envenenado.
-  La buena noticia es que nos casamos.
Nada hubiera podido causar más sorpresa, y Agustín, que no quería dar un respiro,
siguió asombrándoles.
-  Y además, será pronto. Y vosotros, ¿cuándo os casáis?
A Sara no pareció gustarle nada la noticia. Su semblante se apagó ligeramente.
Carlos, en cambio, tras superar la sorpresa, dio vivas muestras de alegría.
-  Nosotros nos casaremos muy pronto también, porque la madre de Sara empeora
por días – dijo éste algo menos eufórico.
Tal vez el recuerdo de su madre fuera un motivo más del disgusto de Sara, pero era
evidente que había otros motivos que socavaban sus ánimos. Así lo juzgó Agustín, y no
sabía muy bien por qué, pero su intuición y pequeños indicios, como las miradas
penetrantes y poco amistosas que le dedicaba a Carlos, lo denunciaban.
Todo empeoró cuando Agustín preguntó por Maru Vidal, el punto delicado que,
naturalmente, él no podía saber. Las saetas de Sara volaban directamente hacia Carlos,
que tampoco se callaba. Agustín quiso poner sensatez, pero ellos dos estaban tan
acalorados que no les quedaba ni tiempo ni ganas de prestarle atención a él.
El motivo del altercado entre Sara y Carlos no era exactamente la persona de Maru
Vidal, sino sus principios; eso de ojo por ojo y diente por diente abrasaba el espíritu de
Sara, y Carlos, cuya recuperación no cabía dudar, defendía el proceder de Maru a sangre
y espada.
173
Agustín, calculando los riesgos, quiso poner paz argumentando a favor de Carlos, e
indirectamente de Maru. Pero, ¡qué había dicho!
-  Sí, ya sé que tú también estás a favor de la venganza, pero mira el resultado de
las muertes violentas de aquellos dirigentes separatistas: más votos para los
asesinos, ¿es eso la solución? ¡Estáis en un grave error y no os dais cuenta!
La mención de las muertes violentas dejó a Agustín sin palabras, y por un instante
pareció que no iba a responder. No fue así.
-  No te enfurezcas, porque aunque no te falte razón en lo que dices, por encima de
todo estamos hablando de Maru, que es tu amiga.
-  ¡Era mi amiga!
-  Es tu amiga, solo que sus actos no te gustan, pero, ¿te has parado a pensar la
pena que pudo pesar sobre su conciencia al percatarse que involuntariamente
alimentó a la bestia con su información, cuyas consecuencias fueron el secuestro
y posterior asesinato de tu padre, el despido de los empleados y el cierre de la
empresa?
No, a juzgar por su repentino silencio, Sara no había pensado en ello. Pero instantes
después, repetía que los actos de venganza no le parecían bien, y Carlos, apoyado por
Agustín, se creció y retomó la carga contra Sara, eso sí, con menos bríos ahora.
Irene, que generalmente se sentía incómoda cuando discutían, en esta ocasión, el
desacuerdo entre Agustín y Sara le produjo malsana satisfacción.
Comieron tarde. Entre novedades y discusiones se olvidaron de pedir las pizzas. Sin
embargo, durante la comida se redujo la tensión.
-  Entonces, ¿qué decís de la boda? – planteó Agustín un tanto desafiante.
-  Nos casaremos antes de inaugurar la empresa – respondió Sara en tono serio – la
boda es un proyecto común y la empresa queremos que también lo sea.
174
-  Eso significa que será muy pronto – apuntó Agustín pensativo, y, como si se le
hubiera ocurrido una idea fantástica, añadió – ¿por qué no nos casamos el
mismo día? Solo que nosotros no iremos a la iglesia.
Nadie estuvo de acuerdo, y tampoco nadie expresó en qué no estaba de acuerdo, si en
casarse el mismo día o en no ir a la iglesia. Pero no importaba, el revuelo que causó era
suficiente para abandonar la idea. Al menos así lo entendió Agustín.
*****
175
XVII
El ministro de cultura, Lucero Fuentes, intentaba convivir con el resentimiento, pero
se lo llevaban los demonios cada vez que recibía un toque de atención del obispo
Ambrosio. Y eso sucedía bastante a menudo.
Y el caso es que tenía motivos para estar contento: ocupaba un puesto envidiable; su
imagen era popular; impartía órdenes según le complacía. Pero, ay, la angustia que le
producía la china que llevaba en el zapato anulaba todos esos privilegios.
Lo peor era su propia conciencia que sin cesar le reprochaba su carácter débil e
indeciso. A veces pensaba que si se sincerara con Marcos Yagüe o Sebastián Tena
aligeraría su pena, pero no se atrevía; la desconfianza le atenazaba, y, cada vez más
pesaroso, llegó a urdir cómo pararle los pies al obispo.
Su paciencia se acabó cuando el prelado, sin demasiados miramientos, le pasó un
informe exigiéndole no demorar por más tiempo la reforma de educación, que consistía
en la prohibición de todas las religiones excepto “Historia de los Evangelios”, única
asignatura de ciencias sociales a impartir en el futuro.
No solamente el tono en el que estaba redactado el informe, sino la exigencia en sí
desesperó a Lucero Fuentes. Y la ira se desató cuando recapacitó sobre los efectos de
una medida tan improcedente y arbitraria. ¡Qué forma de irritar a la gente sin necesidad
alguna! – rechinó entre dientes.
Al día siguiente, tras una noche de insomnio, Lucero Fuentes se sentía abatido. Había
comprendido que una medida así, con su imagen por el suelo, sería su desprestigio para
el resto de sus días. “Este carcomido obispo quiere hundirme” – se decía una y otra vez.
Y se sentía el más desdichado del mundo.
176
Y de pronto, en un arrebato, se dispuso a poner en práctica lo que ya había ideado en
más de una ocasión. Lo tenía todo meditado: cogió el teléfono y marcó el número.
-  Oye Montes, quiero contactar con alguno de aquellos que tenías a tus órdenes en
tiempos pasados. ¿Puedes proporcionarme un teléfono?
Al jefe de la policía Juan Montes le extrañó esa solicitud de por sí poco habitual, y
quiso saber a qué obedecía el interés de su compañero.
-  Se trata de un pequeño arreglo de cuentas – respondió titubeante y esquivo
Lucero Fuentes.
La respuesta no agradó al de la policía que, picado y no de muy buena gana, le dio el
número de teléfono solicitado, pero maldiciendo para sus adentros a esos que piden un
favor con evidentes muestras de desconfianza.
Y malicioso como era dedujo que pronto se sabría de un atentado, lo que le puso
sobre ascuas, porque si eso sucedía el obispo le haría trizas. Y sin pérdida de tiempo
llamó al mismo número que dio a Lucero Fuentes.
Eusebio era conocido por “el Mula”, un soplón incondicional de Juan Montes. Era al
menos lo que él creía.
-  Escucha bien Mula, te van a llamar para un trabajito y antes de llevarlo a cabo
quiero que pases por aquí y me lo comentes. ¿Has entendido?
El tal “Mula”, un tipo vivo y falto de escrúpulos, lo entendió, y como era bruto pero
también pillo, pensaba que hay que estar a bien con todo el mundo, y tras la llamada de
su jefe Juan Montes, se dirigió a su otro jefe el obispo Ambrosio y le puso al corriente
de lo que se avecinaba.
Transcurrieron varios días y la esperada llamada no llegaba, pero ni el policía, ni “el
Mula” se inmutaron; por experiencia sabían que estas cosas a veces llevan su tiempo.
177
Que no era el caso del obispo, que con malsanos deseos esperaba oír cuanto antes el
macabro suceso e inmediatamente destrozar a Juan Montes.
Pero Lucero Fuentes, que en varias ocasiones a punto estuvo de levantar el teléfono,
en el último momento se desinflaba y volvía a colgarlo; el miedo le tenía secuestrado.
Y mientras los miembros del gobierno se debatían en sus rencillas particulares, el
descontento de la gente era mayor cada día; muchos se sentían abandonados, y ya no se
contenían cuando, de forma temeraria, gritaban haber sido traicionados.
El ambiente se enrarecía a gran velocidad. Los despidos eran cada vez más
numerosos y las ayudas sociales apenas ofrecían servicios. Y, tardía decisión de los
Bernaola, a las asociaciones de víctimas se las invitó a disolverse cuando ya hacía
mucho tiempo que no ejercían función alguna.
Ver a los hermanos Bernaola intentando justificar las austeras medidas, resultaba
patético. Agustín San José les vio solo una vez en televisión, y a punto estuvo de
vomitar ante tanto cinismo. No entendía cómo esta pareja, víctima también del atropello
nacionalista, podía estar ahora haciendo el caldo gordo a los mismos que en su día les
arrebataron a sus familiares.
Y el enfado de las víctimas con los hermanos Bernaola propició que de forma
espontánea corriera la voz de hacer una manifestación multitudinaria en su contra, cuya
consigna no dejó de repetirse durante la marcha. El estribillo que más se escuchó era un
canto directo a los dos hermanos: “Juanjo y su hermana, dos inútiles a la calzada.”
También se escucharon algunas voces deseando su muerte.
Al director de la policía, Juan Montes, la iniciativa le pilló con el pie cambiado, y sus
órdenes, tardías y confusas, resultaron calamitosas. El obispo se frotaba las manos.
178
La manifestación se disolvió como había empezado, sin que nadie se erigiera como
cabeza visible. La policía puso a unos cuantos en el calabozo que a los pocos días ya
estaban en sus casas sin cargo alguno.
Unos días más tarde, reunidos los cuatro como solían hacer muchos fines de semana,
la conversación derivó rápidamente hacia el malestar de la gente y la decadencia que se
les venía encima. Por motivos diversos, ninguno de ellos estuvo en la manifestación. A
Agustín le pilló en el continente; Carlos y Sara, atareados con los preparativos del
negocio se enteraron tarde; Irene, junto a su padre, vio el espectáculo por televisión.
Agustín, pesimista, en tono casi profético vino a decir que ahora comenzarían los
atentados contra el gobierno y sus simpatizantes.
No le creyeron. Solo Irene tuvo un sobresalto al recordar el apartamento y su entorno
cargado de coincidencias, pero no dijo nada, aunque ganas no le faltaron.
-  Es una ley natural – insistió Agustín ante la incredulidad de los demás – de los
decepcionados surgen los descontrolados, y siempre hay un loco entre ellos, o
un fanático, o un libertador que por su propia cuenta toma el camino de la
justicia.
Hubo discrepancias. Carlos aceptó la teoría; Irene lo ponía en tela de juicio y Sara
repudiaba enérgicamente esos principios.
-  Podéis aceptar o no lo que digo – siguió Agustín muy sosegado – Pero os digo
más. No faltarán voces incitando a esos locos a poner justicia en la calle.
Irene, temerosa ahora de posibles oscuras intenciones de su amigo, a punto estuvo de
plantearle un compromiso, pero se le adelantó Sara con evidencias de nerviosismo.
-  No me gusta nada lo que estás diciendo, así que si no queremos terminar la
reunión enfadados, será mejor que terminemos de jugar a las adivinanzas y
pasemos a hablar de otras cosas.
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Cayeron bien sus palabras que, como un suspiro, pareció relajar a todos.
Fue mucho rato después, cuando a punto de despedirse surgió la cuestión de la boda,
y en esta ocasión fue Carlos quien sorprendió a todos, incluso a Sara.
-  Mañana vamos a solicitar la documentación – dijo con solemne autoridad, y
mirando a Sara añadió – y en quince días estaremos casados.
-  La espera puede durar más de quince días – advirtió Agustín un tanto escéptico
– nosotros hace casi dos semanas que la solicitamos y todavía estamos
esperando.
-  Pues esperaremos lo que haga falta, y nada más tengamos los papeles, sin
esperar un día más, nos casaremos.
Sara, visiblemente incómoda, parecía querer decir algo, pero no lo hizo. Nadie lo
notó. Pero más tarde, al quedar solos, dejó rienda suelta a su malestar. Llevaban una
época que discutían por nada; no era una mala racha, más bien se trataba de una larga
época que cualquier opinión de Carlos hacía rechinar los dientes a Sara. También esta
vez se enfadaron, claro, y con reproches, que enseguida fueron ofensas personales.
-  Eso es lo que me jode de ti, que cuando nos enfadamos me echas en cara las
debilidades que te cuento en los momentos íntimos, y eso es una putada – se
lamentaba Carlos, tomando ahora, de pronto, el papel de víctima.
-  ¿Y qué crees que haces tú? Tú haces exactamente lo mismo. ¿O es que te crees
un santo?
Una vez iniciada la disputa, como otras veces, fue difícil pararla. Solo al cabo de un
rato, cansados y también avergonzados de haberse dicho las mismas ofensas repetidas
veces, con modales más serenos, intentaron disculparse y prometieron olvidarse de los
motivos de la bronca.
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Y a pesar de la promesa de olvidar, Sara todavía sintió punzadas de hostilidad por
haber sido Carlos quien diera la noticia de la boda y no ella, y para que quedaran claras
las cosas, todavía dijo que tenía que haberlo dicho ella. Carlos no respondió.
Víctor León acababa de conocer la fecha de la boda. Hacía un rato que Agustín e
Irene, como siempre, habían llegado cargados con bolsas de comestibles, y Víctor,
preocupado, comentaba el incierto futuro que les esperaba a los jóvenes con las pocas
oportunidades que ofrecía el mercado laboral, cuando, de repente, la televisión
interrumpió su programa para anunciar una noticia de alcance.
-  Acaba de cometerse un atentado a las puertas del Departamento de Regulación
con las Asociaciones de Víctimas.
Eso fue todo, y Víctor León, muy exaltado, exclamó:
-  Tienen el poder, ¿no? ¿Qué más quieren? ¿Por qué tienen que seguir asesinando
todavía?
-  Es prematuro para asegurar nada – terció Agustín – pero creo que esta vez los
asesinos han sido los otros, los que antes eran víctimas.
Víctor no terminaba de entender que también las víctimas pudieran asesinar.
Entretanto, por la mente de Irene corrían pensamientos tranquilizadores. Sus recelos de
que su amigo tuviera algo que ver con los atentados desaparecieron en un instante, y a
continuación, mientras su padre y él seguían con sus conjeturas e hipótesis, ella se sintió
contenta de desprenderse del peso de la sospecha.
Todavía antes de marcharse, Agustín aconsejó a Víctor que debería salir de vez en
cuando a la calle. Pero Víctor se excusó diciendo que le resultaba muy complicado.
-  Una vez tienes que empezar – insistió Irene – y cuanto antes mejor, que siempre
pones inconvenientes.
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En las noticias de la tarde la televisión mostró imágenes del atentado cuya víctima
era Juanjo Bernaola. Y a continuación el presentador resaltó aspectos de la trayectoria
de la víctima. Aspectos que, según decía Agustín, se alejaban bastante de la realidad.
El revuelo que se armó en los días siguientes fue enorme, especialmente entre los
antiguos miembros de la Unión de Víctimas, a quienes, uno por uno, todos fueron
requeridos por la policía a prestar declaración. No tardaron en recaer sospechas sobre
Carlos Gorbea. Los constantes enfrentamientos que mantenían Juanjo y Carlos en las
asambleas sirvieron ahora como motivo de cargo.
Carlos tenía una coartada clara y contundente, y aun así el abogado Daniel Hoyos,
representando a la fundación DESTO, tuvo que emplearse a fondo para sacarle de
apuros.
En ningún momento le faltaron apoyos a Carlos Gorbea; su amiga Sara, encolerizada
por la injusta acusación, removió los cimientos de los despachos de la policía. También
Agustín e Irene se ocuparon del caso. Y para sorpresa de todos, Maru Vidal, miembro
de la fundación, que puso todo su empeño en la defensa de Carlos.
Tras el atentado, en los círculos del gobierno también temblaron los cimientos.
Sospechas, precipitaciones, llamadas de teléfono e intrigas inquietaron a más de uno. El
obispo Ambrosio, a quien el atentado no le causó sorpresa, esta vez no se precipitó en
descargar su ira. Su venganza esperaba presentarla en frío.
El director de la policía andaba perdido. Agotadas las investigaciones entre los
grupos de víctimas sin que se hubiera avanzado un paso, sus sospechas recayeron sobre
el esquema que él mismo se había montado, aunque, desorientado, reconocía que nada
cuadraba. ¿Qué tenía que ver su compañero Lucero Fuentes con la víctima? Y decidió
llamar a “el Mula”.
-  ¡Te ordené que hablaras primero conmigo! – vociferó Juan Montes.
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-  ¿De qué me habla, jefe? No sé a qué se refiere.
-  Del trabajito, ¿de qué si no?
“El Mula” se defendió asegurando que él no tenía nada que ver con el último
atentado y que nadie le había llamado por teléfono. Pero su jefe no terminó de creérselo.
Ante la duda, intentó averiguar la otra parte.
-  Dime, Fuentes, ¿qué tenía que ver ese Bernaola contigo?
-  ¿De quién me hablas?
-  De la víctima, por supuesto.
-  ¿De la víctima? Nada. No lo había visto en mi vida.
Tampoco le creyó, entre otras cosas porque le parecía natural que tanto uno como el
otro, negaran los hechos. Él habría hecho lo mismo.
Y de nuevo, tal vez por instinto de supervivencia, comenzó a forjar su verdad de los
hechos como escudo ante las más que probables recriminaciones del obispo, que no
dudaba no tardarían en llegar. Pero se equivocó. O tal vez no tuvo suficiente paciencia,
porque un día más tarde, en vista de que el obispo no se dejaba oír, fue él quien solicitó
una entrevista.
Pero el obispo no estaba para perder el tiempo, y cuando su ayudante le anunció que
Juan Montes insistía en verle, hizo gestos para que no le molestara.
-  Su Eminencia está muy ocupado y no podrá verle antes de quince días.
-  Dígale a su Eminencia que se trata de un asunto muy importante que sería
conveniente no demorarlo por más tiempo.
Por aquello de quitárselo de encima, y también movido por la curiosidad, el obispo
accedió a recibirle esa misma tarde.
La historia que había urdido el director de la policía deslumbró al prelado.
183
-  ¿Y dices que solo quería arreglar cuentas y no te dijo con quién? Pero, ¿qué
cuentas tenía que arreglar con ese… con la víctima?
-  Lo ignoro, pero si lo arrestara, le aseguro que cantaría…
-  ¡Ni se te ocurra!... de momento. Sería un gran escándalo. Las cosas hay que
hacerlas con cabeza, no a golpe de arrebato. Ahora lo que debes hacer es
controlar los movimientos de Lucero Fuentes y más adelante decidiremos,
porque si la policía no encuentra al autor del atentado… – y el obispo,
significativamente, dejó la frase sin terminar.
El tono indulgente empleado por el obispo en la despedida fue bálsamo para Juan
Montes, quien salió convencido de que la entrevista había servido para encumbrarle
ante los ojos del obispo. Estaba contento; más todavía: estaba tranquilo.
Muy al contrario que Lucero Fuentes, a quien la llamada de su compañero Montes le
había dejado preocupado. Y se preguntó si no sería mejor contarle la verdad.
El obispo Ambrosio, enfadado con todos sus colaboradores, pero no tanto como para
cometer errores con precipitaciones innecesarias, aparte que su enfado contenía una
buena dosis teatral, dos días después de la última reunión en la que una vez más mostró
su carácter agrio, llamó a Eusebio, “el Mula”, para ordenarle, eso sí, en un tono mucho
más cordial, un cometido muy personal.
Después, al quedar solo, el obispo se acomodó en el sillón y recapacitó. Estaba
contento: su plan salía redondo.
Acto seguido llamó a Sebastián Tena para exigirle más ímpetu, más pasión en los
artículos de opinión.
-  Nos están asesinando y tu periódico no reacciona; los titulares tendrían que ser
incendiarios, y tu periódico se limita a transmitir el suceso como si se tratara de
una nota de sociedad.
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No era así, y Sebastián lo sabía, y también sabía que el obispo también lo sabía.
Había aprendido mucho en los últimos tiempos sobre el proceder de Su Eminencia y ya
no le tomaba en serio sus exaltaciones. Por eso, sin responder, se limitó a esperar que
terminara la perorata.
-  Sebastián – reanudó el tema el obispo, esta vez en tono delicado, lo que
sorprendió al gacetero – ya sabes que el periódico ha de ser el conductor de
masas, y tú sabes hacer eso muy bien, pero quizás tus colaboradores no estén a
la altura, y lo que ahora te pido es que vuelques todo tu potencial en transmitir a
las masas que los enemigos del pueblo, los antipatriotas, con sus atentados han
hecho una declaración de guerra al gobierno.
-  Lo podré hacer – replicó Sebastián casi en tono de excusa – cuando la policía
nos presente, al menos algún sospechoso.
-  ¡No seas berzotas, Sebastián! – gritó el obispo, y rápidamente bajó el tono – sí,
es cierto, pero ya he hablado con Montes y pronto habrá culpables, pero como te
decía antes, el periódico tiene que ir por delante y crear opinión; eso es lo que te
pido. Las masas han de tener muy claro quiénes son los culpables.
Cuando terminó la conversación, el obispo Ambrosio no las tenía todas consigo de
haber convencido al menguado Sebastián. En cambio, éste había captado perfectamente
las intenciones del prelado y ahora, con lo que acababa de oír, su desprecio hacia el
obispo creció notablemente. Su comportamiento, en opinión de Sebastián Tena, era el
propio de un tipo insaciable, que con tal de conseguir sus propósitos no repara en
arrollar lo que encuentra en el camino.
También Tena estaba desengañado. En otros tiempos, cuando peleaban por la
independencia, encontró justo el proceder del obispo, que era el de todos, pero ahora, el
codicioso Ambrosio le provocaba los más perversos sentimientos.
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En esta ocasión, no obstante, el tono empleado confundió a Sebastián; éste, dudoso,
se preguntó qué estaría tramando ahora el obispo.
Pero no era solo Sebastián Tena quien tomaba posiciones frente al prelado, a quien
los vientos parecían soplar en contra; Lucero Fuentes, uno de sus peores enemigos, si no
el que más, salió de la última reunión, en la que tuvo que escuchar los agravios de
siempre, además de soportar actos de desprecio e indiferencia que le sentaron como la
mayor humillación.
Pero le faltaba valor, último y determinante escollo que no podía vencer. “Si no fuera
por mi carácter indeciso – se lamentaba casi lloriqueando el ahora ministro de cultura –
a ese cura le enseñaría yo lo que es dignidad”. Y se le ocurrían muchas maneras de
hacerle pagar tanta ignominia; pero no se atrevía a poner en práctica ninguna.
*****
186
XVIII
Las bodas tuvieron lugar el mismo día, aunque por separado. Carlos y Sara
estuvieron en la iglesia, y Agustín e Irene en el ayuntamiento.
Lo celebraron en conjunto, en un restaurante no muy céntrico. Y algo sorprendente, a
pesar de ser dos bodas en una, los invitados no llegaron a diez. Los tíos de Agustín, el
padre de Irene, la madre de Sara, el hermano de Carlos con su mujer y Maru Vidal.
Sara e Irene no ocultaron que les habría gustado una boda más ostentosa, con traje
blanco y multitud de invitados, pero las dos tenían motivos para sentirse apenadas. La
madre de Sara, muy decaída y como ausente, ni consciente era del acto; Víctor León,
tullido y solo, era la pena viva, y la ausencia de su madre y su hermana sumía a Irene en
el mayor desconsuelo.
Los tíos de Agustín, a quienes Irene había conocido previamente, prudentes, tal vez
pensando en los familiares ausentes, no ayudaron a romper ese halo de tristeza, y el
hermano de Carlos y su mujer no podían ocultar la sensación de sentirse extraños. Maru
Vidal, contagiada del desánimo, dudaba de si había asistido a una boda o a un funeral.
Era un ambiente nada frecuente en un acto como el que celebraban. Agustín San
José, en la mayor de las ironías, contagiado del desánimo reinante cayó también en la
pesadumbre, precisamente él que había decidido celebrar el acto, en primer lugar para
alegría de Irene.
A la muerte de Juanjo Bernaola, su hermana, Maite, asumió su puesto, y los medios
de comunicación se apresuraron a ensalzar su trayectoria, y tal era la elocuencia que
algunos se preguntaban si hablaban de la misma Maite que ellos conocían.
187
Y la misma prensa, puesta a exagerar, se ensañaba con los intransigentes acusándoles
de que solo sabían poner obstáculos a este nuevo gobierno que solo pretendía la paz y el
bien para el pueblo.
“Se trata de esos aposentados casposos que durante décadas se dedicaron a dañar con
artimañas engañosas la voluntad de independencia y libertad de la sociedad.” – reseñaba
el periódico.
No tardaron en salir a la calle las huestes de antaño, aquellos que en tiempos pasados
amenazaban y amedrentaban a la muchedumbre convencidos de que la calle les
pertenecía. Pero se notaba, y cómo, que en tan poco tiempo muchos de ellos se habían
aburguesado. Un ejemplo muy evidente era Libertad León.
Agustín e Irene la vieron en las noticias en casa de Víctor. Líber ya no era aquella
joven con el cabello de varios colores, vestida con harapos y gritos a pleno pulmón, no;
Líber era ahora una señora que por su aspecto resultaba un postizo en aquel cuadro. Iba
al frente de la manifestación, eso sí, pero acicalada, moño de peluquería, vestimenta de
marca, y no gesticulaba, y tampoco vociferaba, y no se manchaba las manos portando la
pancarta, que llevaban otros.
Víctor apagó el televisor en un arrebato de ira.
Irene, que no soportaba ver a su padre sufrir, decidió hablar con su hermana y decirle
más de cuatro cosas. Y en cuanto a su madre no comprendía cómo era posible que desde
que se marchó de casa no hubiera contactado ni una sola vez con ella.
Pocos días más tarde hubo otro atentado, un colaborador de los Bernaola, y el obispo
Ambrosio se apresuró a comunicar a sus banqueros y magistrados que con la gente que
tenía en el gobierno no tardarían en hacer aguas, y exigió cambios drásticos. Los
magnates apenas le dedicaron atención. Tal vez en próximas reuniones abordarían esa
cuestión.
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Y el obispo, que todo lo que soportaba de los de arriba se desquitaba hiriendo a los
de abajo, no tardó en llamar al incondicional “el Mula”, para darle nuevas órdenes.
La brecha comenzaba a abrirse en la sociedad, como antaño, aunque con los signos
cambiados. Los que ahora no querían represalias contra el gobierno eran los que en
otros tiempos justificaban las masacres, y los que antes sufrieron persecuciones, ahora
salían a la calle a manifestarse.
Esas desavenencias empobrecían la convivencia. Volvían los tiempos de la
enemistad, la sensación de miedo y el ostracismo, aspectos que se percibían en el barrio,
en el autobús, en el trabajo; un deterioro, en suma, de la relación entre familias.
Y una vez más, la verdadera víctima era la gente humilde, ajena a las rencillas y mal
gobierno de las autoridades.
Los atentados volvían a ser noticia, no a diario, pero sí con mayor frecuencia de lo
deseado, y pronto surgieron rumores que señalaban a las fundaciones como foco de
subversión y nido del nuevo terrorismo.
-  Una insensatez – decía Agustín con pesimismo – pero comprensible en una
gente que no analiza y solo repite lo que dicta el gobierno.
Irene, cuya preocupación era cómo localizar a su hermana, no se percataba de la
inquietud de Agustín. Ella andaba ocupada en telefonear, y hasta se personó varias
veces en las oficinas del “Bienestar del Pueblo”, pero nunca le dieron una respuesta
concreta sobre su hermana y, apenada, interpretó que Líber había decidido romper
definitivamente con su familia.
Y, lo que son las cosas, fue su hermana quien la buscó a ella. Fue a través del
teléfono; por cierto, una llamada muy misteriosa, precisamente cuando ya no contaba en
encontrarla.
189
-  Solo quería saber si estabas en casa, espérame que llego enseguida – y Líber
colgó el teléfono sin posibilidad de más comentarios.
Irene, que no salía de su asombro, sintió una mezcla de intriga y alivio, sin saber cuál
de las dos emociones era la dominante.
Un consuelo le quedaba: Agustín estaba en el continente, lo que le evitaba tener que
dar explicaciones.
Y el rato que estuvo esperando sirvió para, cada vez más nerviosa, revivir un pasado
reciente con su hermana que no le auguraba un recibimiento grato.
*****
190
XIX
El disgusto que depararon los del comité al obispo Ambrosio tuvo sus consecuencias
respecto a sus subordinados. Necesitaba descargar las frustraciones que le ocasionaron
estos usureros, y nada mejor que emprenderla con quienes tenía por mediocres.
Quien más tuvo que soportar el enfado del obispo fue Juan Montes, el director de la
policía, a quien trató como el más inepto de los mortales por no saber quiénes dirigían
las fundaciones o cuántas de ellas existían.
Y Lucero Fuentes, puesto en el disparadero, quedó sentenciado como próximo chivo
expiatorio tras mostrarle la más humillante indiferencia.
Pocos días más tarde, lo que este indeciso artífice de la reforma, cargado de
miramientos no fue capaz de culminar, sus enemigos no tuvieron reparos en llevar a
cabo a través del eficaz Eusebio, “el Mula”. Y así, una mañana, al salir de casa el
apocado Fuentes, sonaron dos disparos y su cuerpo se vino al suelo. Los primeros en
acudir a socorrerle lo encontraron muerto, y en el barullo que se formó a su alrededor,
nadie se percató de la motocicleta que se alejaba del lugar.
La respuesta de “La Gazeta” fue tan inmediata que podía pensarse que los titulares
estaban redactados desde hacía días. Nada aclaratorios, por cierto, pero descargando
tintas calumniosas sobre las fundaciones, esos enemigos del gobierno.
Al obispo Ambrosio el atentado le serviría para presentarse una vez más como
víctima ante los banqueros y magistrados, y con este aval se permitía pensar que no se
negarían a sus exigencias. Craso error. Para sorpresa del obispo, los ánimos de sus
señorías estaban muy alterados, y tuvo que oírse descalificaciones como nunca, y para
terminar requirieron ser más exigente con sus colaboradores, que a su entender, echados
a la buena vida no cumplían con su deber.
191
“Encima tengo que soportar humillaciones de estos miserables usureros” –
disparataba el obispo camino de su residencia.
Este grupo de tecnócratas, desde su posición dominadora de las finanzas, era la
espina que mortificaba al obispo, quien, sin otras fuentes dónde financiarse, no se
atrevía a declararles la guerra. Sin más alternativa y muy a su pesar, el obispo tuvo que
recurrir al consuelo diciéndose que frente al inconveniente de los usureros contaba con
gran parte del clero, y también de la población, fruto de los años que llevaba trabajando
para ello, y su estrategia de atentados más pronto que tarde darían sus frutos, pese a la
terquedad de sus señorías.
Esas eran sus cuentas, y tal vez parte de razón tuviera, pero grupos como la
fundación DESTO tomaban pujanza, y sus críticas a las decisiones del gobierno caían
con fuerza en la mente de cada vez mayor número de gente.
La actividad del abogado Daniel Hoyos, siempre acompañado de Maru Vidal como
principal ayudante, el doctor Manzano y algunos colaboradores más, que viajaban por
los pueblos de la isla resaltando la conveniencia de permanecer unidos al gobierno
central, estaba dando sus frutos.
Y es que el mensaje, de talante moderado, era directo y convincente cuando les
mostraban blanco sobre negro que este gobierno había prometido bienestar y solo
ofrecía pobreza.
Cuando Daniel Hoyos propuso a Maru Vidal participar en esta actividad, ella tuvo
sus dudas, principalmente de tipo económico, pero el abogado le tranquilizó enseguida.
-  No te inquietes en lo más mínimo. Tendrás unos ingresos generosos y estarás
protegida en cada momento.
-  Sí, pero, yo no quiero ser una carga para vosotros.
192
-  No sufras por eso. Somos una organización con sede en el continente con miras
y ambiciones muy amplias, de la que forman parte personalidades muy
importantes del mundo empresarial y económico, así que no te sientas culpable
de nada, que nunca serás una carga para la fundación.
Parecía que las palabras de Daniel tranquilizaban a Maru Vidal, pero no del todo, y él
quiso averiguar la verdadera razón de sus dudas.
-  ¿Hay algo más que te preocupa?
Y Maru Vidal, insegura, lo miraba sin atreverse a decir lo que le oprimía el corazón.
Tuvo que ser él quien, imaginando sus recelos, se dispuso a zanjar sus dudas.
-  Lo sucedido en el pasado lo aclararemos ahora y nunca más volveremos a hablar
de ello. Solamente te pido que destierres de tu mente posibles cargos de
conciencia, y por supuesto, ningún atisbo de agradecimiento ni sentirte en deuda
conmigo. Aquello, que forma parte del pasado, fue una consecuencia de la
guerra sucia propia de la época que nos ha tocado vivir. Yo lo tengo olvidado, y
tú deberías olvidarlo también, como si no hubiera existido.
*****
193
XX
La prensa había emprendido una fuerte campaña en contra de las fundaciones,
acusándolas de obstaculizar el desarrollo de una vida próspera en la isla. Y ante esta
lucha tan desigual, la labor y el esfuerzo de Daniel hoyos y sus compañeros se diluía
casi en la nada. A menudo incluso les culpaban de incitar al asesinato; y lo triste era que
muchos lo creían.
Agustín San José se enfurecía cuando oía estas inculpaciones, porque él, que
mantenía asiduos contactos con Maru Vidal y Daniel Hoyos, sabía que eran acusaciones
infundadas, que ellos no tenían nada que ver con los atentados.
No obstante, los atentados eran una realidad, como no ha mucho había presagiado
Agustín, cuestión que daba para muchos comentarios cuando se reunían con sus amigos.
Y naturalmente, propio de una sociedad dividida, en las discusiones saltaban chispas.
-  Nosotros, los cuatro que estamos aquí, no hemos conocido otra cosa en nuestra
vida que atentados que, como sabéis, se acabaron cuando se instaló este
gobierno – decía Sara Díez ante el desacuerdo de sus compañeros – Bien,
comprendo que no estéis de acuerdo, pero aunque no me guste todo lo que hace
el gobierno, es bien cierto que durante mucho tiempo no tuvimos atentados ni
sobresaltos. Y para nuestra desgracia volvemos a desayunarnos con la muerte,
como si nuestro destino tuviera que estar en constante pugna y provocación,
como si no supiéramos vivir en paz y armonía.
-  Es lo que digo yo – convino Irene León – con tal de no vivir bajo el temor de los
atentados, cualquier cosa.
-  Eso que decís es una perversión – respondió Carlos visiblemente irritado.
-  La perversión es vivir en continua inseguridad – atajó Sara.
194
-  Vamos a ver – objetó Agustín – ¿os encontráis a gusto con este sistema que para
estar al corriente de lo que nos rodea tenemos que leer la prensa del continente?
-  Eso es otra cuestión – saltaron las dos mujeres casi al mismo tiempo.
-  ¿Qué os parece la imposición de ese dialecto casi olvidado y que pocos lo
hablan, como nueva lengua oficial de la isla?
-  Eso son aspectos con miras a dentro de muchos años – respondió Sara.
-  Yo creo que no, pero esas son unas de las tantas ridículas novedades que nos
están imponiendo. Pero, lo más importante, los atentados, ¿creéis que los autores
son siempre los de la oposición? Yo os adelanto que no lo creo.
-  ¿Quiénes, si no? – saltó Sara con furia – ¿Qué hacen esos de la fundación; lo has
pensado? Pues, yo creo que además de criticar, también se dedican a saldar
cuentas con el gobierno. Ellos y otros como ellos.
-  Estás equivocada, Sara; te aseguro que los atentados no son obra suya, y no me
discutas que sé de lo que hablo – concluyó Agustín visiblemente alterado.
Era un tema este de los atentados que nunca se ponían de acuerdo, y si Carlos
aportaba su opinión, más afín con Agustín, para Sara era como ver al diablo.
Pero no siempre hablaban de atentados, gobierno u oposición; la conversación
discurría a veces sobre la nueva empresa y sus posibilidades de éxito, y en esta cuestión
Carlos y Sara tenían pareceres más afines: los dos dudaban de salir adelante. Agustín les
hacía ver que aunque por ahora los ingresos fueran inferiores a los gastos, hasta que no
transcurrieran dos o tres años no podían hablar de pérdidas.
-  Tened paciencia – decía Agustín – Recuperar clientes es un proceso lento y,
aceptad que algunos de ellos se perderán para siempre.
-  Sí, todo eso ya lo teníamos calculado – convenía Sara – pero la recuperación se
retrasa más de lo que pensábamos.
195
-  No os debería extrañar; sabéis que el cliente es el rey, y solo con perseverancia y
buen servicio podéis aspirar a reconstruir una buena cartera de clientes.
-  Eso es cierto – convino Carlos – pero si no fuera porque este gobierno nos
asfixia con impuestos…
-  Este gobierno como el otro – interrumpió Sara muy alterada.
Agustín percibió que Sara era muy intransigente con Carlos. Éste, que no solía hablar
mucho, cuando lo hacía, pocas veces aprobaba ella su opinión.
Precisamente por las desavenencias con Sara, Agustín llevaba unos días de mal
humor. O tal vez fuera también que últimamente Irene apenas hablaba y se comportaba
como distante. Una tarde perdió la paciencia.
-  ¿Podrías decirme al menos por qué no me diriges la palabra?
-  No es nada; nada que tenga que ver contigo.
-  Pues, entonces tendrás que decirme qué te pasa, porque yo no deseo vivir con
alguien que no quiere comunicarse conmigo.
La amenaza inquietó a Irene, y con gestos de profundo pesar, con voz apagada, dijo:
-  A mi hermana la han destituido.
A Agustín no le pareció que significara el fin del mundo. Pero no se pronunció;
supuso que seguiría una explicación que daría sentido a su amargura.
-  Y tiene miedo – dijo al fin Irene – Tiene miedo de que le suceda lo mismo que a
sus compañeros.
Agustín no se alegró pero tampoco se entristeció; consideraba que Líber se lo había
ganado a pulso.
-  Pero lo que más se queja mi hermana – siguió Irene – es el desprecio que le
demuestran algunos de los que antes más la elogiaban.
196
-  Era de esperar que antes o después llegara algo así. Sucede siempre cuando te
mueves en círculos cuyos ascensos y despidos dependen de la voluntad arbitraria
de los que te rodean.
-  No creía yo que hubiera gente tan ingrata. Pero, ¿crees tú que ahora que Líber ha
dejado su puesto todavía corre peligro?
-  No estoy muy seguro – respondió Agustín tras una larga reflexión.
-  Según yo lo veo, ya no habría motivos para tener miedo, ¿no te parece?
-  Tal vez no, pero debería ser más prudente que nunca.
-  ¿Más que nunca, cómo es eso posible? – exclamó Irene alarmada.
-  Perdona, a lo mejor he exagerado, pero ya sabes mi parecer. Creo que no existe
organización alguna dedicada a asesinar con método y sistema, tampoco
DESTO, por mucho que Sara lo crea, por lo tanto, deduzco que muchos
atentados son perpetrados por alguien cuyo motivo es la venganza o por
organizaciones que quieren desacreditar a la oposición. En conclusión, ese
posible justiciero tanto puede ser un enemigo del gobierno como uno de sus
propias filas.
Esta teoría descolocó a Irene. No podía creer que existieran conductas tan retorcidas,
y hasta llegó a pensar fugazmente cuánta imaginación tenía su marido.
-  No puedo imaginar que alguien llegue a matar por venganza – esbozó en tono
escéptico – En un acaloramiento lo comprendería, pero quitarle la vida a una
persona así fríamente, y solo por venganza, me parece muy trágico.
-  Matar fríamente es la profesión de algunos, lo hemos visto desde niños –
sentenció Agustín, en tono resentido.
Para él, que la venganza era como alimento, a punto estuvo de hacer una confesión,
pero temió que Irene, en su estado de ánimo, no lo entendiera.
197
Él siempre consideró que entre la pareja no debían existir secretos, y lo cierto era que
hasta ahora le había contado a Irene sus actividades y forma de pensar, todo excepto un
brochazo de su existencia que todavía necesitaba reflexionar sobre la conveniencia o no
de seguir guardando el secreto.
Era la reflexión que más indecisión le deparaba, y cuando recordaba aquellas
palabras del inspector Hoyos y que tanto le impactaron: “a veces es conveniente que la
mano izquierda no sepa lo que hace la derecha”, comprendía que un secreto deja de
serlo en el momento que lo comparte con alguien.
De pronto, como sacudiéndose los pensamientos, retomó lo inacabado.
-  Creo que Líber debería temer más a sus compañeros, que a los que ella
considera sus enemigos.
*****
198
XXI
Tras los sobresaltos del inicio de legislatura, siguió un proceso de decadencia
constante. El gobierno, a pesar de los cambios habidos, nunca consiguió remontar su
incapacidad y mala gestión, y ahora, transcurridos más de tres años desde aquellas
nefastas votaciones, la gente parecía que había aceptado su situación con resignación.
De todo lo que prometió el gobierno, lo único que cumplió, y sin pérdida de tiempo,
fue la socialización de la isla. Porque en cuanto a la independencia era de general
conocimiento, por mucho que la autoridad lo callara, que existían sometimientos
económicos al estado que difícilmente podrían superar nunca.
El gobierno, ciego ante la realidad, seguía pregonando excelentes discursos llenos de
promesas y proyectos espectaculares. Pero ya pocos le creían.
No era extraño, pues, que ante las dificultades de conseguir algunos productos
básicos junto a mínimos en cuanto a libertad de expresión, la mayoría añorara tiempos
pasados.
Agustín San José, padre de un robusto niño, por los inconvenientes que le deparaban
las autoridades ya no viajaba al continente, o muy poco. Obtener un visado de salida era
complicado, y cumplimentarlo todavía más. Y lo peor el tiempo de demora. Ahora
trabajaba a través de las redes sociales, aunque se exasperaba a menudo por la
precariedad del servicio.
Irene León ayudaba a Agustín en las tareas administrativas, pero la mayor parte de su
tiempo lo empleaba atendiendo a Amadeo, que ya comenzaba a dar los primeros pasos
por la casa.
Algunos fines de semana el matrimonio seguía visitando a sus amigos Carlos Gorbea
y Sara Díez, pese a que sus desencuentros eran continuos y muchas veces acalorados.
199
Carlos y Sara habían aparcado sus diferencias y vivían como entre algodones. Tenían
motivos para estar contentos, Engracia, una preciosa niña que pronto cumpliría un año,
les había cambiado la vida. Y el negocio ya salía de los números rojos.
Engracia nació pocos días después de la muerte de la madre de Sara, penoso suceso
que en realidad fue un descanso, no solo para la anciana, que desde hacía mucho tiempo
su existencia era una angustia continua, sino también para los jóvenes, que se liberaron
del suplicio de tener que convivir con el sufrimiento.
En sus reuniones, las conversaciones que mantenían los dos matrimonios eran las de
siempre: la situación social y el estado calamitoso en el que tenía que vivir mucha gente.
A veces mencionaban la marcha del negocio, fuente de quejas de Carlos Gorbea.
-  Estamos contentos con la recuperación de clientes – decía Sara – pero los
elevados impuestos ralentizan el desarrollo de la empresa.
También hablaban de la fundación DESTO, pero mucho menos, porque siempre
discutían. En esto continuaban igual. El motivo era que la sola mención de la fundación,
Sara veía revolotear sobre su cabeza los personajes del doctor Manzano, el abogado
Hoyos y Maru Vidal, y eso la trastornaba.
Y cuando hablaban de los atentados, el cruce de opiniones era muy curioso. Nadie
sabía con certeza quién cometía los atentados, lo que no impedía que Sara acusara
siempre a la fundación de su autoría. Agustín, por supuesto, lo negaba, Carlos salía en
defensa de éste, e Irene más bien apoyaba las teorías de Sara.
Pero, como quienes se enzarzaban y discutían a cara de perro eran Agustín y Sara,
Irene temía que en cualquier momento se ofenderían en grado sumo y hasta ahí habría
llegado la amistad.
Agustín calmaba a Irene con argumentos.
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-  Sara no está tan enfadada conmigo como con los amigos de la fundación, a
quienes todavía no ha perdonado.
-  Sí, es lo que dices siempre, pero no entiendo qué tienen que ver ellos para que
Sara discuta y se enfade contigo.
-  Bueno, recuerda que yo también discuto. Pero, aparte de eso, yo creo que todo
empeoró cuando el gobierno, bajo la sospecha de que la fundación era un nido
de asesinos y la prohibió, y algunos de sus miembros pasaron a la
clandestinidad. Y Sara, que ya tenía sus antipatías, al dar pábulo a la sospecha
aumentó su ojeriza, y no soporta que se diga lo mínimo en su favor, porque ya
ves, enseguida saltan chispas.
-  Pero, ¿es cierto eso de que hay fundaciones que son asesinos?
-  Ellos no se consideran asesinos, claro que no. Son patriotas. Y así los ven en sus
círculos afines.
-  Valla cinismo; si mal no recuerdo, los que mataban antes también decían que
eran patriotas.
-  Es cierto, pero en cualquier caso, la policía jamás ha podido demostrar que los
miembros de la fundación DESTO sean asesinos.
-  Perdona, pero en varias ocasiones han detenido a algunos de ellos. Y además,
algo habrá de verdad cuando tienen que vivir huyendo y escondiéndose.
-  Sí, sí, pero nunca hubo pruebas concluyentes y por eso cada vez tuvieron que
dejarles en libertad enseguida.
-  Lo que tú quieras, pero comprendo que Sara se irrite cuando sales en defensa de
la fundación.
Agustín observó que tras sus palabras, Irene se quedó pensativa, y no sabía si
reflexionaba o no se atrevía a decir lo que pensaba. Después le sorprendió lo que dijo.
201
-  ¿Sabes una cosa? A mí me parece que discutir por estas cosas es una pérdida
inútil de energía. Y enfadarse peor todavía.
-  Tienes razón, pero no solamente sobre la fundación o los asesinos, sino sobre
cualquier cosa. Y es que no es fácil callar cuando escuchas desatinos. Y te digo
más, no creas que siempre es mejor callar. A veces, después de la discusión uno
aprende que no siempre tiene razón.
-  ¿Y por qué, tanto tú como Sara no lo veis también así?
-  ¡Ay, qué cosas dices! La discusión tiene lugar porque se enciende la sangre y se
apaga el entendimiento. Y en los momentos de acaloramiento nos domina la
intransigencia que todos llevamos dentro.
-  ¿Tú también?
-  Sí, claro.
-  Me sorprende que lo reconozcas.
-  Sería absurdo no reconocerlo.
-  Nunca lo habías reconocido.
-  Es posible, pero nos apartamos de la cuestión. Lo que yo quería decir es que en
cuanto a Sara, estoy intrigado y me desconcierta su actitud. Si recuerdas, cuando
se dejó entrever que su amiga Maru acabó con la vida de Rubén, aquel que quiso
asesinar a Carlos, en vez de agradecer la acción, Sara se posicionó en su contra y
ya nunca más bajó de ese pedestal. Y eso es un contrasentido que no puedo
entender.
-  Yo también estoy en contra de la violencia.
-  Es muy fácil decir eso, pero hay ocasiones que hay que emplear la violencia. Y si
en los tiempos del terror nadie hubiera comenzado a golpearles, probablemente
todavía estaríamos sufriendo atentados indiscriminados.
202
-  Ahora me parece que te contradices, porque creo entender que reconoces que
hemos mejorado.
-  No, no hemos mejorado, pero con aquellos actos reconozco que hubo un error de
cálculo. Con los golpes a los independentistas, me imagino que se intentaba
amedrentarlos, que sintieran miedo y abandonaran sus ansias de autonomía. Pero
los resultados, como pudimos comprobar, fueron los contrarios.
A Irene el tema le resultaba cansino, además de contradictorio. Notaba que Agustín
era tan terco como Sara en cuanto a los asesinos y patriotas, así que tomó una actitud
coqueta y miró a su marido con una sonrisa que él no supo descifrar. Y así estuvo un
rato, sonriendo y coqueteando a su alrededor, como jugando al gato y al ratón.
-  ¿Quieres que te confiese un pensamiento muy íntimo? – dijo ella al fin – En la
época anterior y durante bastante tiempo, yo creí que tú eras el autor de aquellos
primeros atentados contra los independentistas.
Un escalofrío recorrió la espalda de Agustín, al tiempo que una ola de calor le
sonrojaba el rostro.
-  ¡Qué cosas se te ocurren! – acertó a decir. Más tarde lamentaría la ocasión
perdida. Pero la ocurrencia de Irene le pilló desprevenido y no supo reaccionar.
Visiblemente turbado intentó salir del atolladero con la propuesta de visitar a su
padre, a quien hacía tiempo que no visitaban.
-  Podríamos ir a verle un día de estos. Por cierto, ¿sigue tu hermana en casa?
El semblante de Irene se entristeció. Su hermana le traía recuerdos muy ingratos, y
aunque últimamente las aguas bajaban más tranquilas, al principio, cuando los bruscos
cambios en la administración, bajaron sucias y muy turbulentas.
En aquel entonces, Irene, embarazada como estaba, tuvo que emplearse a fondo con
su hermana para sacarla de su profunda depresión. La ayudó en todo lo que pudo,
203
excepto en que permaneciera en su casa, que era lo que Líber deseaba; pero Irene no
quería provocar a su marido.
-  ¿Y adónde voy, si no puedo estar en tu casa? Tengo que esconderme en algún
sitio seguro – suplicaba Líber lloriqueando.
-  Ya te lo he dicho muchas veces. A ti no te persigue nadie, y si quieres
esconderte, ningún sitio mejor que en tu casa.
-  ¿Y cómo voy ahora a papá, que siempre me ha odiado?
-  Papá te ha odiado cuando te has hecho odiosa, pero si hablas con él con
humildad y no vuelves a las andadas, seguro que podrás vivir en casa mejor que
en ningún otro sitio. Así que te lo piensas y cuando estés dispuesta yo hablaré
con papá para que te escuche.
La humildad era algo que no encajaba con Líber, pero la necesidad acuciaba y pudo
más el miedo que el orgullo. Se instaló con su padre y los primeros tiempos la
convivencia fue como la de dos extraños, casi más bien como la de dos enemigos.
Y sin recursos ni mejor lugar a dónde acudir, Líber tragó sapos y lloró desconsolada
en sus largas noches de soledad, en las que añoraba esos tiempos que le abrían las
puertas y la gente la adulaba. Y solo pensar que esos tiempos no volverían le
desesperaba.
Irene seguía visitando a su padre regularmente, y algunas veces iba con ella Agustín.
Él, a excepción de una vez, nunca coincidió con Libertad, porque mientras él
permanecía de visita, ella se recluía en su habitación, tal era el grado de cobardía que la
oprimía.
Aquella vez que coincidieron, muy al principio, Libertad les abrió la puerta, y
cuando se vio frente a Agustín, como si hubiera visto al mismo diablo, turbada corrió a
204
su habitación a esconderse. Posteriormente exigió a su hermana que le advirtiera si
venía con Agustín, y así recluirse en su habitación hasta que se hubieran marchado.
Este comportamiento a él le pareció pueril. Al principio, por vergüenza o por la
conmoción del fracaso, tal vez, pero pasado algún tiempo, que Líber siguiera con ese
juego de niña consentida, lo consideró tan estúpido que decidió ignorarla.
El caso era que desde que Líber vivía con su padre lo hacía a costa de su hermana, o
sea, de Agustín, que eran quienes venían a llenar el frigorífico.
Transcurridos unos meses desde el regreso de Libertad, Irene planteó la cuestión.
-  Tendrás que buscarte un trabajo.
La observación de Irene avivó la mezquindad de su hermana.
-  ¿Por qué tengo que trabajar yo, acaso lo haces tú?
-  ¡Claro que trabajo! ¿O acaso crees que no colaboro para que mi marido tenga los
beneficios que tiene?
-  No me hagas reír. Lo que pasa es que tú te lo has montado muy bien al buscarte
uno que te mantenga.
-  Eso es injusto. Y no te permito que me insultes de ese modo.
Y tras un cruce de obscenidades, Irene, llorando, recogió sus cosas y se marchó de
casa con intención de no volver nunca jamás mientras estuviera su hermana en casa.
La relación entre Víctor León y su hija Líber, siendo mala, no contenía la tirantez de
los primeros días, y eso fue posible porque él, resignado, callaba ante los disparates de
ella. En esta ocasión, no obstante, cuando se marchó Irene, le recriminó sus modales, lo
que originó otra época de desafectos y miradas hoscas.
El hombre soportaba los sinsabores propios de un padre que ante el proceder
equivocado de su hija sabe que ni los consejos sirven ni las amenazas ayudan, y
disgustado sufre por su hija.
205
-  Si no fuera por mi estado que no me puedo valer, habría más orden en casa.
-  No digas tonterías; en casa nunca hubo orden.
Respuestas de esta índole aumentaban la sensación de impotencia de su padre, que
callaba en silencio.
Irene volvió, naturalmente; y sin demora.
-  Lo hago por papá – dijo nada más entrar en casa – y no por ti, que eres una
desagradecida.
-  Desde tu cómoda posición es fácil hablar en ese tono.
-  Cada uno tiene la posición que se merece.
La respuesta de Irene fue dura, sin piedad ni miramiento, y Líber, que se sintió
humillada, emprendió un altercado de escándalo mayor, y su padre, horrorizado, se
cogía la cabeza pidiendo a gritos que callaran y no se ofendieran más.
Y solo se callaron cuando, agotadas, ya no les quedó más repertorio de ofensas.
Después, durante mucho tiempo, no volvieron a discutir. Ni a saludarse.
Estas desavenencias con su hermana, Irene no las comentaba con Agustín, si acaso
ligeras insinuaciones de vez en cuando, y él, que intuía que había mucho más, aceptaba
las explicaciones sin comentarios.
Las dos hermanas, pasado algún tiempo aprendieron a soportarse, mas Irene jamás
volvió a insinuar que Líber tuviera que trabajar. No así su padre, quien, avergonzado del
descaro de su hija, arremetía continuamente contra ella, lo que envenenaba cada vez
más la convivencia.
*****
206
XXII
El obispo Ambrosio no ignoraba que la legislatura se le iba de las manos. Faltaba
menos de un año para las próximas votaciones y el descrédito del gobierno era notorio,
y en vez de preguntarse qué había hecho mal, achacaba la debacle a los incompetentes
colaboradores que le impusieron.
Era una torpe excusa, y así se lo manifestaron los miembros del comité. Y tenían
razón, porque de aquellos ministros que iniciaron la legislatura, los mismos de los que
el obispo se ayudó para alcanzar el poder, a los pocos meses no quedaba ninguno en sus
puestos. Uno fue víctima de un atentado; otro sufrió un accidente, cuyas causas fueron
objeto de muchas habladurías, y los demás, por incompetentes, tuvieron que dimitir.
-  Esas excusas, Ambrosio, son de niño llorón – dijo el magistrado Julián, tipo que
nunca simpatizó con el prelado – De aquel primer gobierno no hiciste más que
quejarte, y ante los cambios que propusiste te advertimos de algunas carencias, y
recuerda que fuiste tú quien garantizó su valía, que eran de tu plena confianza y
hasta que ponías la mano en el fuego por ellos. ¿Qué pretendes ahora con esas
ridículas quejas?
-  Es cierto, pero el cambio se hizo demasiado tarde, cuando el anterior gabinete ya
había cometido un sinfín de errores y reconducirlos era más que imposible.
-  ¡Ambrosio! – cortó con voz severa el magistrado Julián – ¿Cuándo aprenderás a
asumir tus decisiones? Utiliza tus lloriqueos con otros, no con nosotros.
El obispo Ambrosio recordaba esta reunión con resentimiento. Con las humillaciones
de estos prepotentes sentía su orgullo pisoteado; y si callaba era porque sin su apoyo
económico hacía tiempo que el estado habría caído en la banca rota.
207
¡Qué de sudores le provocaban los recuerdos de esta reunión! Claudicar ante estos
personajes fríos y egoístas era lo que más le indignaba. Y si le sublevaba tener que
recurrir a estos usureros no era solamente porque le trataban con humillación, sino
porque veía cómo aumentaban sus ya cuantiosas fortunas merced a los intereses que
cobraban, y entendía muy mal que el patriotismo de estos halcones se limitara a sus
beneficios.
Pero el golpe del que el obispo todavía no se había recuperado fue el requerimiento
de mejorar la intención de voto, o en caso contrario se agotarían las ayudas
económicas. Esta amenaza la interpretó como una traición. Algo extraño en alguien que
cada vez más aferrado a los bienes materiales, hacía tiempo que olvidó que,
precisamente, su presencia se sostiene de los bienes espirituales.
Tras aquella maldita reunión, el obispo pasó unos días decaído, solo unos días. No
era el tipo que renunciara fácilmente a sus fines, y con nuevos bríos se puso manos a la
obra para alcanzar lo que ya consiguió una vez. No disponía de aquellos que estuvieron
a su lado en tiempos de pujanza, de los que en un acto de soberbia se desprendió cuando
consideró que no volverían a serle necesarios. Pero no lo lamentaba, tenía a otros. Y
quien todavía se mantenía a sus órdenes era el siempre fiel Eusebio, “el Mula”.
No le quedaba mucho tiempo, mucho menos de un año, pero suficiente para que la
opinión pública diera el giro que necesitaba. Y, al igual que en otros tiempos, reunió en
el palacio arzobispal a los ejecutivos portadores de las carteras más importantes, y en
una alocución de la que posteriormente se sentiría muy satisfecho, arremetió para que
levantaran los ánimos, y también los culos de sus asientos, y se pusieran a trabajar con
el mayor entusiasmo.
-  Porque están en juego vuestros puestos – concluyó.
Al día siguiente solicitó la presencia de “el Mula”.
208
-  Vas a tener que prescindir de tus aficiones y dedicarte a sacar a la gente de su
apatía. Hay que transmitir ilusión, la misma que lograste hace cuatro años, para
que nuestro proyecto vuelva a triunfar. Y tú sabes hacer esas cosas mejor que
nadie, por eso pongo mi confianza en ti.
Y para que no quedaran dudas, el obispo continuó ensalzando las virtudes de “el
Mula” que alternaba con las pautas a seguir.
-  Hay que movilizar la calle, que la gente sepa que estamos ahí, y vas a necesitar
de tus contactos, aquellos que tú dirigías muy bien; tendrás que recuperar a
algunos que se han quedado dormidos, no como tú, que siempre te has entregado
para el bien de nuestro pueblo.
Y “el Mula” salió de la entrevista dispuesto a dejarse la vida por el obispo. Que Su
Eminencia le hubiera encomendado una misión tan importante desbordó su vanidad, y
enaltecido marchaba diciéndose:
-  Su Eminencia todavía no me conoce bien. Va a ver de lo que soy capaz.
Los medios de comunicación, siguiendo las pautas del obispo, ensalzaban las
ocurrencias del gobierno de forma tan grotesca que constantemente caían en el ridículo.
Lo deplorable, no obstante, eran los accesos a las redes sociales, por norma deficientes,
y ahora un suplicio para los pocos usuarios que todavía intentaban servirse de ellos.
En cuanto a “el Mula”, pronto advertiría que lo que él se prometió un paseo, no sería
un cometido fácil. En los círculos donde en su tiempo abundaban los pendencieros, solo
encontró aburguesados empleados de la administración que no aspiraban a más.
Y de pronto, “el Mula” sintió miedo, no tanto del fracaso como del obispo, que bien
sabía cómo las gastaba cuando alguien no cumplía perfectamente sus deseos. Tendría
que organizar gente nueva, pero eso llevaría un tiempo del que no disponía.
209
¡Si al menos encontrara a alguno de aquellos cabecillas! – imploraba. Y haciendo
memoria, en un rápido recorrido por los personajes de aquella época, vio de pronto a
aquella loca vocinglera. ¿Cómo se llamaba? – se preguntaba, convencido de que sería la
persona que necesitaba. Si tuviera la suerte de encontrarla – meditaba. ¿Líber? Sí, era
Líber, y “el Mula” se desvivió por encontrar su paradero.
Entretanto, la policía había incrementado los allanamientos de morada, así como las
redadas; de hábeas corpus ni señales. Las fundaciones eran los focos más asediados, y
bien que lo sabían los miembros de DESTO, sacados de sus casas constantemente.
También Carlos Gorbea fue zarandeado a media noche en un par de ocasiones. Como
víctima de un atentado, la policía le adjudicó enseguida el título de sospechoso,
privilegio que en épocas convulsas es una vía rápida para dejar de vivir en paz.
La muchedumbre apenas tenía noticia de lo que sucedía, como suele ocurrir en los
regímenes de corte policial.
Agustín San José lamentaba los inconvenientes, casi imposibilidad, de acceder a sus
clientes a través de las redes sociales, porque se hacía muy difícil ofrecer un servicio
adecuado.
-  Procura no enfadarte. Por suerte tu economía no depende de tu trabajo – decía su
mujer – Y como no está en tus manos la solución, si te enfadas solo se perjudica
tu salud, así que es mejor que aceptes las cosas tal cual vienen.
-  No es solo la pérdida de clientes, sino ofrecer un mal servicio. Y tampoco eso
sería motivo para enfadarme. Lo que me desespera es vivir encorsetado, no tener
acceso a información libre, no poder expresarme con libertad y desconfiar de los
que me rodean. ¿Recuerdas cuando me preguntabas qué podía suceder si un
gobierno de tendencia totalitaria alcanzaba el poder? Pues, todas estas
restricciones que tenemos ahora eran las que ya entonces me agobiaban.
210
-  Pero todavía hay oposición y posibilidades de alternativa.
-  Sí, hay oposición, pero, ¿la ves tú por alguna parte? Son mediocres, por eso el
gobierno los anula con facilidad. Y si en las próximas elecciones el gobierno
consigue mayoría, entonces abolirá la oposición. Es el manual de las dictaduras.
Discutían bastante últimamente; Irene había aprendido a tener su propio juicio de
valor y no aceptaba fácilmente la opinión de Agustín, a quien acusaba de pesimista.
En el caso de sus amigos no era mejor la relación. La insistencia de Sara para que
Carlos dejara de criticar al gobierno y la obsesión de éste en vomitar sapos en su contra,
era un manantial inagotable de disgustos. A veces, Carlos volvía a sus deseos de antaño
de afiliarse a esos grupos clandestinos de los que muchos hablaban y casi nadie conocía,
y en esos momentos, enfurecida, ella maldecía a su marido.
Estos altercados también tenían lugar en presencia de Agustín e Irene, a quienes
creaba incomodidad. En una ocasión, queriendo aportar cordura, entraron en la
discusión y la experiencia fue una lección para no entrometerse más.
-  Creo que sería mejor espaciar las visitas – dijo Irene de regreso a casa.
-  Parece lo aconsejable, y sin embargo, creo que me sentiría como un cobarde. Y
un mal amigo. Pero reconozco que en adelante habremos ser más prudentes.
El proceder de Agustín sorprendía una y otra vez a Irene; después de los desatinos
que tuvieron que oír de Sara, otro habría dicho adiós para siempre. Pero, no; Agustín se
enfrentaba a los desafíos con un temple que, siendo digno de admirar, por tratarse de
Sara, a Irene le costaba digerir.
Esa misma noche, casi de madrugada, sonó el teléfono y una voz apagada, casi
misteriosa, preguntó por Agustín, y mientras este escuchaba, Irene, intrigada, se
alarmaba al ver los cambios de expresión de su marido.
-  Tengo que salir, es Maru Vidal que al parecer está en apuros.
211
-  ¿A estas horas?
-  Está en apuros – repitió Agustín como motivo suficiente para acudir en su
ayuda.
La preocupación se apoderó de Irene. Suficiente había oído hablar ella de Maru
Vidal y su alterada relación con la policía como para que ahora su marido se involucrara
en sus turbios asuntos.
Agustín regresó cuando el sol comenzaba a despuntar e Irene, todavía despierta,
impaciente quiso saber cada detalle de lo sucedido. Él, parco en explicaciones, dijo lo
justo, y aun así para Irene fue demasiado.
-  ¡Qué locura, qué locura! – exclamaba ella muy excitada – ¿Y cómo se te ocurre
meter en tu casa a una fugitiva a quien la policía busca desesperadamente? ¿Lo
has pensado bien? ¿Has pensado en las consecuencias? No, seguro que no. ¡El
lío en que nos has metido!
-  No te lo tomes así, que no es para tanto. Además, piensa que Maru está en
apuros, y lo menos que podemos hacer es ayudar. Y será solo unos días.
Irene, escéptica, hacía muecas de incredulidad, y dejando correr su imaginación se
vio con el apartamento lleno de fugitivos y la policía aporreando la puerta; el mismo
apartamento que ella cuidaba con tanto esmero. Y después, ¡ay, después! Varios coches
de policía dirección de su casa para arrestarles también a ellos.
Agustín, viendo los gestos de dolor en el semblante de Irene, intentó tranquilizarla.
Sin éxito. Y ella, angustiada, reclamaba su privacidad; que estaba bien ayudar, pero sin
comprometer sus haberes o sus personas.
Era difícil unir criterios, y el matrimonio inició una travesía cargada de tempestades,
que aún se cargó más cuando pasada una semana, no solo no se marchó Maru Vidal del
212
apartamento, sino que se agregó otro personaje también buscado por la policía: el
abogado, antes inspector Hoyos.
Esta nueva incorporación hizo temblar de pavor a Irene, y las imágenes que bailaban
ante sus ojos le hacían estremecer. Y Agustín, ofuscado por la cerrazón de su mujer, no
entendía por qué ese rebelde empeño en negar la ayuda a unos amigos.
Los ánimos de Irene se complicaron todavía más cuando su padre le anunció que
Líber había vuelto con la gentuza de antes. ¡Qué habré hecho yo para que me caiga tanta
desgracia encima! – gemía la desdichada al escuchar la noticia.
-  ¿Por qué decidió volver con esos que no hace tanto denigraba con las peores
injurias? – se interesó Irene extrañada.
-  No lo sé – respondió su padre – Bueno, dijo que no eran los mismos y como la
casa le resultaba un infierno se iba a donde le atendían mejor.
Después de esta aclaración, Víctor León, triste, hizo gestos como disculpándose ante
Irene de no haber sabido hacerlo mejor. Y añadió con rabia contenida.
-  Y ahora que se ha ido por segunda vez, será la última, porque así venga de
rodillas implorando cobijo no permitiré que vuelva a entrar en casa.
Irene guardó silencio. Tal vez lo que había dicho su padre no era lo que pensaba.
Después, transcurridos unos instantes, abordó un tema que desde mucho tiempo
atormentaba su conciencia y nunca se había atrevido a mencionar.
-  En todo el tiempo que ha estado Líber en casa, ¿nombró en alguna ocasión qué
ha sido de mamá?
-  Sí, solo para decir que no sabía nada – respondió su padre con claras muestras
de no gustarle el tema.
-  ¡Que no sabía nada! ¿No se marchó con ella?
213
-  Bueno, estuvo viviendo a su costa… fueron las palabras de Líber – se apresuró a
aclarar Víctor León al ver la cara que ponía su hija – y cuando se torcieron las
cosas se marchó, creo que con alguien que conoció. Y ahora no sabe dónde está.
-  ¿Y no dijo por qué nunca se interesó por mí?
El semblante de Víctor León se ensombreció, y tras un largo silencio intentó cambiar
de conversación, pero Irene, más que nunca, quiso conocer la respuesta.
-  Yo mismo planteé varias veces esa pregunta – explicó su padre con voz trémula
ante la insistencia de Irene – y un día que había discutido contigo, cuando te
marchaste, muy enfadada me dijo que tu madre nos odiaba, a ti por estar con un
rico orgulloso, y a mí por aprobar esa unión. Pero yo nunca di crédito a esa
versión; más bien creo que era la propia frustración de Líber.
Irene no escuchó las últimas palabras, y durante un buen rato su mente vagó
incoherente. Se sentía como un trapo. No podía creer que su madre, o su hermana, o tal
vez las dos, pudieran odiar con tanta saña.
En casa, ignorante del recorrido de Líber, Agustín no entendía que el enfado de su
mujer, solo por acoger en su apartamento a sus amigos, durara tanto. Y es que Irene no
hablaba más que con Amadeo, el pequeño, que ya comenzaba a balbucear. Mientras
tanto, Agustín visitaba a sus acogidos para proveerles de lo más necesario, y
comentaban cómo endiabladamente se precipitaban los acontecimientos.
A Daniel Hoyos, que durante su época de inspector ya tuvo sus sospechas de
aquellos primeros atentados contra los independentistas, le bastaron unas pequeñas
deducciones para sacar una conclusión respecto a su anfitrión, pero solo hizo mención
del arsenal que guardaba en casa.
-  Excepto dos rifles de precisión, el resto es heredado de mi tío – aclaró Agustín
ligeramente nervioso, y añadió – Él sí era aficionado a las armas y a la caza.
214
-  Vuelven los alborotadores a adueñarse de la calle – terció Maru Vidal al notar la
incomodidad de Agustín.
-  Sí – respondió éste raudo, aliviado de salir cuanto antes del tema de las armas –
se nota que se acercan las votaciones, pero las manifestaciones son ahora una
sombra de lo que fueron.
-  Es que ahora viven bien – apuntó Daniel Hoyos – Pero no nos confiemos,
porque todavía harán mucho ruido, y aunque hay motivos para pensar en una
estrepitosa derrota del gobierno, éste, con tal de aferrarse al poder, a medida que
se acerquen las votaciones, más sucio se tornará su juego.
Agustín habría preferido escuchar palabras más optimistas.
-  El gobierno – añadió Daniel Hoyos sin atreverse a mirar a los ojos de Agustín –
hará lo mismo que hicimos nosotros cuando eran ellos los que asesinaban.
-  O sea – ajustó Maru Vidal – seguirán su tónica de hacer creer a la opinión
pública que los culpable son esos antipatriotas de la oposición y, por supuesto,
las fundaciones.
No fue necesario recordar las muertes de algunos ministros y colaboradores. Los tres
sabían que esos asesinatos no los cometieron la oposición ni las fundaciones, que era lo
que seguía creyendo la gente.
-  Con la censura que disfrutamos – apuntó Daniel Hoyos en tono irónico – no le
es difícil al gobierno mostrarnos como los autores de sus perversas fechorías.
-  Pero no nos debería de extrañar – añadió Agustín – Es el estilo de los regímenes
totalitarios, que no permiten que exista oposición, y no obstante, no dejan de
acusarla de todos los males.
Habían transcurridos casi cuatro años desde las últimas votaciones y Agustín solo
veía a su alrededor pobreza, y en sus lúgubres visiones de un futuro no muy lejano,
215
pensaba que si el gobierno obtuviera otra vez mayoría, como dejaba entrever Daniel
Hoyos, la gente iría encaminada directamente a la miseria.
En casa encontró a Irene llorando desconsoladamente, y sin mencionar sus
inquietudes, se interesó por las de ella.
-  He visto a mi hermana de nuevo al frente de una manifestación.
Así comenzó una larga explicación que Agustín, cada vez más tenso, casi no podía
creer. Todos los desengaños y contrariedades que durante años le deparó a Irene su
familia, salían ahora a borbotones sorprendiendo a Agustín y tranquilizándole a la vez.
Comprendió de pronto el verdadero motivo de su largo silencio mientras un rencor
áspero contra Libertad subía por su estómago.
Siempre aborreció ver a Líber al frente de las manifestaciones, pero ahora, que
aparecía casi a diario otra vez vociferando y con aquel aspecto indolente, le
desesperaba. Libertad se había convertido para Agustín en una maldición.
En las esferas superiores nada había mejorado. El nuevo director de la policía
andaba muy confuso, sin entender qué quería en realidad el obispo Ambrosio. En las
reuniones, al igual que los que le precedieron, sufría reprimendas que le hacían sonrojar,
pero en privado, el mismo obispo le recomendaba ser indulgente con esos chicos
descarriados.
-  Son cosas de jóvenes; hay que dejarles que se explayen y expresen sus
convicciones – decía el prelado.
Y lo mismo o parecido decía de los asesinos.
-  ¡Pero asesinan a nuestros compañeros! – reclamaba el de la policía.
-  Tal vez sea ese el designio del Señor por haberse apartado de la senda del bien.
Y como podrás comprobar, no solamente caen de los nuestros.
216
Y el obispo, como argumento de tolerancia anteponía el patriotismo de esos
descarriados a los crímenes que cometían.
-  Son patriotas que solo quieren el bien para su pueblo, y en esos casos hay que
restar importancia a los métodos.
Este vaivén de órdenes contrapuestas confundía al guardián del orden que no
entendía cómo el obispo no era consciente de que una estrategia como la suya conducía
al desprestigio de la policía y del gobierno ante los ojos de la gente.
En cierta ocasión se atrevió a insinuar esta visión al prelado.
-  No seas ingenuo – respondió éste – La gente acepta con mayor voluntad lo que
le dicen que lo que ve.
La policía seguía arrestando a los sospechosos y a miembros de las fundaciones, que
por falta de pruebas tenía que dejar libres a las pocas horas. Era el caso de Carlos
Gorbea, que sin ser miembro de fundación alguna, era arrestado cada tres días.
Estas detenciones provocaban mal humor en casa. Sara Díez, más obstinada que
nunca, increpaba a su marido constantemente por hablar demasiado en contra del
gobierno, causa, según decía ella, de que la policía estuviera siempre al acecho de sus
movimientos. Y Carlos, sin escuchar a su mujer, cada vez aborrecía más a las
autoridades, y cada vez lo decía más alto.
Para Agustín e Irene las discusiones de sus amigos eran un desagradable espectáculo,
pero con los amargos recuerdos del pasado, ninguno de los dos se atrevía a insinuar
nada. En su opinión, Sara siempre quiso gobernar la conducta de Carlos, y no soportaba
la actitud de su marido, quien, recuperado de los efectos del atentado, se había liberado
y ya no escuchaba sus consejos ni recomendaciones.
Al regreso de una de esas visitas de palabras gruesas, Irene, visiblemente molesta, no
pudo callar por más tiempo.
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-  Después de la escena de hoy no estoy dispuesta a volver a esa casa.
-  Sí, parece lo más razonable – convino Agustín sin fuerza para contradecir a su
mujer – pero será mejor dejar pasar unas semanas, porque ahora no es el
momento para tomar una decisión.
*****
218
XXIII
El nombre de “el Mula”, que tenía a orgullo que le trataran con el apodo, comenzaba
a ser popular. Sin saber cómo, de pronto era solicitado para entrevistas y tertulias. En
realidad parecía estar en todas las sopas. A este hombre, rudo y pillo a la vez, que jamás
nadie le había tratado con cortesía, al verse ahora requerido por los medios y aparecer su
nombre a menudo en la prensa, el pavo se le subió a la testa y comenzó a mirar a los de
su entorno de arriba abajo. A todos excepto a Líber, su mejor colaboradora, con quien
armonizaba en las manifestaciones a las mil maravillas.
Ella, siempre al lado de su compañero, aportaba opiniones que no eran otra cosa que
veneno dirigido a los ricos, intolerantes y contrarios a la independencia, que solo sabían
poner obstáculos al proceso de autonomía plena.
Exageradas declaraciones que más que beneficiar perjudicaban al obispo Ambrosio.
Éste llamó a “el Mula” para reprenderle por la torpe compañía que se había buscado, y
advertirle de que esa bocazas se limitara a hablar lo justo.
Pero “el Mula”, que en Líber había encontrado no solo alguien muy eficaz para el
alboroto, sino también para endulzar sus noches aciagas, hizo caso omiso de las
palabras del prelado.
Y en esas noches de intimidades, Líber deslizaba su resentimiento susurrando al oído
de su compañero las malas compañías de su hermana, su marido en primer lugar, y las
amistades que frecuentaban, peligrosas para el gobierno.
-  Si quieres los liquidamos a todos en dos noches – se ofreció “el Mula” muy
solícito.
-  ¡Oh, sería estupendo! Pero, no; mejor comenzar por los amigos de mi hermana,
para que sufra y salga de su paraíso.
219
-  Bien, dime por quién comenzamos y cosa hecha.
-  Sus amigos más cercanos. Creo que sería un buen comienzo.
Libertad disfrutaba como nunca de la felicidad que le proporcionaba su nuevo
acompañante, muy servicial y presto a cumplir sus deseos.
Ella no aspiraba a mucho más. Solo a que su hermana no lo tuviera todo y ella nada.
Pocos días más tarde, el destino quiso que Agustín olvidara sus intenciones de no
visitar a sus amigos durante una temporada. Tras ver las noticias en televisión,
inmediatamente telefoneó a Sara.
-  Tú quédate con Amadeo – dijo después a Irene – mientras yo voy al hospital.
Agustín ya conocía el camino, por lo que le resultó fácil llegar a quirófanos. A la
puerta encontró a Sara, llorosa y en profunda angustia.
-  ¿Qué sabes? – preguntó él muy inquieto nada más la vio.
Ella no respondió, pero su mirada presagiaba lo peor.
-  ¿Hay algún médico a quien se pueda consultar? – insistió Agustín.
-  Carlos ingresó clínicamente muerto. Es lo único que me han dicho.
Entre efímeras esperanzas, pasaron tres días de angustia temiendo que en cualquier
momento sucediera lo peor. Después, lo inevitable.
Durante los siguientes días Sara lloraba en silencio, sin fuerzas para nada más, y sin
oposición alguna asentía a todo lo que le decían Agustín e Irene, convertidos en sus
constantes acompañantes. Solo en algunos momentos le oían lamentarse de su suerte.
El dolor remitía en la misma cadencia que Sara recobraba la noción de lo sucedido.
Dos semanas más tarde, consciente plenamente de la tragedia, Sara comenzó a maldecir
con todas sus fuerzas a los causantes de tanto mal, y ante sus exclamaciones, mezcla de
dolor y de rabia, Agustín dedujo que el atentado contra Carlos podría ser el revulsivo
que la sacara de esa sempiterna actitud pacífica suya.
220
Y así pareció al principio cuando Sara se revolvía en el dolor, pero él pronto se
percató de que ella no distinguía unos asesinos de otros cuando los maldecía, casi más
bien, para su sorpresa, el odio que destilaban sus palabras no iba dirigido a aquellos que
amparaban la independencia de Ponsauda, sino a los que se oponían a la autonomía.
-  Sara, no te confundas, son los amigos del gobierno, los independentistas,
quienes han acabado con la vida de Carlos, los mismos que os hicieron chantaje,
los que secuestraron a tu padre. Esos son los culpables de tu sufrimiento – decía
Agustín, desorientado por la diatriba de su amiga.
-  Los independentistas jamás habrían alcanzado el gobierno si no hubiera habido
unos locos que quisieron hacer frente a los asesinos.
Esta respuesta le hizo mucho daño a Agustín, a quien descolocó por unos instantes.
¡Cómo podía Sara a estas alturas relacionar aquellos hechos con los actuales!
-  Era la teoría que defendía Carlos, y solo por respeto a él deberías reconsiderar
tus palabras – defendió Agustín visiblemente alterado.
-  ¿Por qué tengo que reconsiderar lo que digo, acaso no ha sido esa teoría la que le
ha llevado a su muerte?
-  Creo que no hablamos el mismo idioma – exclamó Agustín comenzando a
desesperarse.
-  Sí, ya sé que tú opinas igual, solo que él, más audaz, lo proclamaba a los cuatro
vientos y por eso está muerto, mientras que tú lo callabas.
-  No sabes lo que dices – atajó Agustín con voz temblorosa y, colérico, en un
arrebato exclamó – él hablaba y no hacía nada, mientras yo hacía el trabajo.
Se arrepintió de sus palabras antes de terminar de expresarlas. Después se
preguntaría cómo había sido posible perder el control de forma tan estúpida. Pero ya
221
era tarde, y cuando vio la cara de espanto de Sara comprendió que desde ese momento
sus vidas tomarían rumbos distintos.
Ella, con tensión contenida, sin levantar la voz y arrastrando cada palabra, dejó vía
libre al dolor acumulado en su alma.
-  Tú has matado a Carlos. Tú y tus amigos de la fundación sois unos criminales.
Vete y no vuelvas a poner los pies en esta casa. No quiero verte más.
Agustín, que desde hacía mucho tiempo luchaba con sus remordimientos, las
palabras y el tono cargado de odio de Sara le lastimaron muy profundamente, y apenado
se marchó sin levantar la mirada del suelo.
Los siguientes días no tuvo fuerzas para interesarse por nada, y este repentino
cambio intrigaba a Irene, y no entendía que se negara tan tercamente visitar a Sara.
Cuando por fin Agustín tuvo fuerzas para hablar, contó la pelea con Sara, cuidándose de
omitir el motivo de la misma.
Esa menguada aclaración desorientó aún más a Irene.
-  Pero, ¿qué ha sucedido para que Sara se expresara en esos términos y te
despidiera de casa? No termino de entenderlo.
Agustín percibió que había cometido otro error, y temió que Irene siguiera
presionándole hasta saber qué había pasado en realidad. Pero con excusas y
explicaciones, aunque poco convincentes, consiguió calmar a su mujer. Calmar, que no
convencer.
Lo último que él deseaba era confesar el origen de la discusión con Sara. Bien caro le
estaba costando su arrebato como para repetir la experiencia. Y temblaba solo de pensar
cómo podría tomarlo Irene.
222
Era la pesadilla que arrostró durante años, la misma que deseaba compartir con
alguien y el temor a las consecuencias siempre se lo impidió. Ahora que ya las conocía
no quería tentar otra vez al diablo.
En cuanto a su proceder de años atrás y recapitulando los resultados obtenidos,
reconocía que fueron un rotundo fracaso; no se desarrollaron como él esperaba, y bien
que lo lamentaba. Y no obstante, seguía pensando que su decisión fue un acierto. Era
necesario que alguien hiciera frente a los asesinos. Y si hubo una equivocación por su
parte, solo fue creer que él, con sus propios medios, podía hacer frente a toda una
organización.
En casa se había instalado de nuevo el silencio, e Irene, desconfiada, intuía que su
marido le ocultaba algo importante. ¿Qué pudo suceder para que Sara le despidiera de
su casa? Y no podía evitar el emponzoñado pensamiento de la duda: ¿Me habrán estado
engañando?
El único consuelo que le quedaba a Irene era su hijo Amadeo, y como esquivando el
regreso a casa, cuando el niño salía del colegio se iba con él a pasear por la orilla del
río.
Una inesperada llamada de Maru Vidal sirvió, de momento, como tabla de salvación
de un matrimonio que amenazaba irse al garete.
-  Tengo que hablar urgentemente contigo – dijo la joven en tono alterado.
-  ¿Qué ha pasado?
-  Te lo contará Daniel cuando llegues. Él ha salido para confirmar algunos datos y
está de regreso. Te adelanto que tenéis que hacer atención.
-  Me estás asustando. ¿Atención a qué? Y si es así, ¿por qué no viene Daniel a
casa y nos lo cuenta?
-  No. Primero queremos contrastar algunos puntos contigo.
223
Agustín, impresionado por las palabras de Maru, se dirigió a la habitación donde
Irene jugaba con Amadeo, y le contó la conversación que acababa de mantener con
Maru. Intentó hablar en un tono que no levantara la alarma, pero no lo consiguió, a
juzgar por la cara de susto que puso su mujer.
Al enfado y las dudas de Irene se añadía ahora el temor.
-  ¿Y no puedes ser más explícito? ¿Qué quiere decir tu amiga con eso de hacer
atención?
-  No lo sé, pero procura no salir de casa hasta que yo vuelva.
Cuando Agustín llegó al apartamento y vio las caras serias de Daniel y Maru, su
inquietud se tornó en ansiedad. Impaciente, esperó una aclaración.
-  ¿Qué relación mantiene tu mujer con su hermana? – abordó Daniel la cuestión
sin pérdida de tiempo.
La pregunta desorientó a Agustín. ¿Qué tenía que ver Irene y su hermana con este
misterioso asunto de hacer atención? Aparte que él esperaba respuestas, no preguntas.
-  En realidad podrían mantener mejor relación – respondió un tanto a la defensiva.
-  Tenemos noticias de que tu cuñada forma parte del grupo más duro de los
independentistas. Suponemos que eso ya lo sabes, ¿no es así?
-  No, no lo sabía – respondió Agustín bastante sorprendido, preguntándose todavía
qué relación tenía todo esto con la advertencia de hacer atención, y para precisar
su respuesta, añadió – Es decir, sé que anda metida en las manifestaciones, pero
ignoraba que fuera de las más intransigentes.
-  Pues, así es – afirmó Daniel, quien, antes de seguir miró a Agustín como
estudiando su semblante; tras un corto y tenso intervalo, se dispuso a dar una
mala noticia – pero, no solamente eso, sino que hemos averiguado que Libertad
es la instigadora del atentado de Carlos Gorbea.
224
-  ¡No, no, eso no puede ser! – exclamó Agustín presa de un ataque de incredulidad
– estáis equivocados, seguro. Líber es una inconsciente, y quizás también una
aprovechada, pero no una criminal – y mientras repetía que no podía creerlo, no
dejaba de gesticular y dar zancadas por la habitación.
¡La de escenas que pasaron en pocos segundos por la mente de Agustín! Daniel y
Maru lo miraban y, comprensivos, intentaban hacerle ver que tenía que aceptar la
realidad para evitar males peores.
Superada la sorpresa, en el rostro de Agustín aparecieron signos de resignación.
Cierto que se resistía a aceptar la noticia, pero recuerdos de las escenas familiares le
llevaban a reconocer que entraba en lo posible ese descontrolado comportamiento de
Libertad. Y además, ¿de qué males peores habla esta gente ahora?
Daniel observó cómo se recuperaba Agustín y, haciendo de tripas corazón, añadió:
-  Todavía hay algo más preocupante – y Daniel hizo una pausa para estudiar el
semblante de Agustín – En realidad no termino de entender a tu cuñada, que
según nos cuentas no os lleváis como la seda, pero tampoco os lleváis a matar.
Entonces, me pregunto: ¿por qué ha dispuesto también vuestra eliminación, la
tuya, la de tu mujer y la de tu hijo?
Eso fue demasiado para Agustín. Su rostro comenzó a alternar colores y expresiones;
igual reía que se tornaba serio con claros signos de rechazar todo lo que le estaban
contando.
-  No, no; os estáis equivocando – repetía Agustín jadeante – eso no es posible; os
equivocáis, seguro – e inconsciente de sus actos, como enajenado, se sentaba, se
cogía la cabeza, acto seguido se levantaba, agitaba las manos. No era miedo lo
que sentía; ¿pero, qué era? ¿Rabia, incredulidad, irritación? No lo sabía, pero
comenzó a sentir fuerte atracción a la violencia.
225
-  Por increíble que parezca, todo lo que te estamos diciendo es cierto, Agustín,
asúmelo – suplicó Maru Vidal en un momento que éste parecía más sosegado –
nuestras informaciones provienen de fuentes de plena confianza.
Pero Agustín no estaba en condiciones de asumir ni comprender nada, lo que no
impidió que Maru siguiera aportando razones.
-  Comprenderás por qué te pedimos que vinieras. No nos pareció correcto
presentarnos en tu casa y en presencia de tu mujer anunciaros los nefastos
proyectos que su hermana tiene para vosotros, sinceramente, nos pareció un
despropósito.
Agustín estaba ahora furioso y las explicaciones de Maru Vidal le sonaban allá a lo
lejos. Su mente la tenía ocupada en otras cosas. ¡Qué mal se desarrollaban los
acontecimientos! – pensaba. No quería reprocharse las decisiones tomadas años atrás
cuando él creía andar por el buen camino, pero la fulminante despedida de Sara, que
todavía seguía devorándole las entrañas, y ahora las intenciones de la descerebrada
Libertad, le habían dejado anonadado.
A los nubarrones que ofuscaban su mente llegaban efímeras ráfagas de cordura que
de pronto le hacían dudar de lo que estaba ocurriendo. Le costaba creer que Líber
tuviera intenciones criminales. ¿Por qué? se preguntaba. No tiene ningún sentido.
Las palabras de Daniel Hoyos le sacaron de su ensimismamiento.
-  Sabemos que el amigo de Libertad, ese matón que últimamente tanto se prodiga
con ella en los medios, fue el verdugo de Carlos Gorbea.
-  Puedo ocuparme de él – respondió Agustín en un pronto de ira.
-  No lo dudo – convino Daniel saliéndose elegantemente sin mencionar el pasado
de Agustín – pero es conveniente no precipitarse. Tenemos controlados a
226
Libertad y a “el Mula”, y sabemos cada paso que dan, pero queremos averiguar
de quién reciben órdenes y necesitamos un poco de tiempo todavía.
-  Pero yo no tengo ese tiempo, y no voy a esperar a que me liquide.
-  Déjalo en nuestras manos y cuando llegue el momento sabremos actuar con
rigor.
Agustín no discutió, estaba demasiado ofuscado para hacerlo, y en su lugar comenzó
a elaborar un plan con las mismas características de otros tiempos, como si los golpes
recibidos no le hubieran enseñado nada.
De momento, lo que le tenía inquieto era cómo explicarle a Irene el proceder de su
hermana. ¿Aceptaría de buen grado la ignominia de Libertad? No estaba seguro. ¡Cómo
lo iba a estar si él mismo todavía tenía sus dudas en cuanto a su cuñada! En cualquier
caso, no sería un cometido fácil.
Ajeno a lo que le rodeaba, conducía mecánicamente, sin prestar atención al tráfico,
cuando de pronto, una sacudida recorrió su cuerpo y le puso en alerta. Atento miró los
coches de su alrededor; por el espejo retrovisor miró si le seguían; observó las caras de
los conductores de otros vehículos. ¿Me estarán vigilando? se preguntó asustado, y notó
un ligero temblor de piernas.
Decidió no descuidarse, pero las preguntas manaban en su mente como burbujas, una
detrás de otra sin parar. Se centró en una de ellas que le pareció incomprensible: ¿por
qué decidió Libertad asesinar a Carlos si no le conocía? Es cierto que era un parlanchín,
y seguramente se habría ganado enemigos entre la gente del gobierno, posiblemente
también de Libertad, pero eso no era motivo para asesinarle. Debía de ser otra la causa.
Le dio vueltas al asunto, pero no pudo hallar respuesta.
227
Entre tanto se había olvidado de su plan; cuanto más se acercaba a casa más difícil le
parecía cómo explicar a Irene las intenciones de su hermana y su cómplice. ¿Cómo lo
tomaría? Mal, seguro. Y esta evidencia le causaba ansiedad.
Por otra parte, que Libertad fuera la instigadora de la muerte de Carlos Gorbea no
terminaba de convencerle, y aunque tampoco lo descartaba, le parecía improbable. Ante
la duda, y para no alarmar innecesariamente a Irene, decidió no decir nada.
Torpe decisión, porque su mujer, preocupada, y más desconfiada que nunca, quiso
saber de forma inquisitoria qué era eso de hacer atención y por qué.
Y Agustín se vio de pronto en un aprieto con el que no contaba. Tocado, primero por
las noticias recibidas y ahora por el acoso de su mujer, su mente se quedó como
bloqueada, y aunque se afanaba por encontrar una respuesta plausible sin tener que
mencionar a Libertad, con titubeos contó la verdad a medias.
-  Parece ser que como se acercan las votaciones, los partidarios del gobierno
pueden incrementar las algaradas y tal vez los atentados también.
-  ¿Tanto misterio para eso? – respondió Irene escéptica – Ya sabemos que se
acerca una época difícil.
La respuesta de Agustín en absoluto había convencido a su mujer. Era evidente que
sus titubeos solo habían transmitido incertidumbre y ahora no sabía cómo solucionar el
malentendido sin referirse a Libertad. Precisamente él, que siempre apeló al diálogo
para subsanar equivocaciones, se veía ahora atrapado en sus contradicciones.
En las siguientes horas tampoco Irene ayudó con su talante arisco cada vez que
Agustín intentó acercar posiciones, hasta que dos días más tarde él decidió zanjar la
cuestión.
228
-  Mira, yo no sé qué nos está pasando – comenzó a decir en tono lastimero – pero
necesito aclararlo o en caso contrario me volveré loco. ¿No sientes tú lo mismo?
¿No tienes la impresión de que nos envuelve un ambiente de cementerio?
E Irene, sorprendida, por un momento pensó seguir enfadada y no responder, pero
era cierto, ella tampoco se sentía a gusto, y, dispuesta a no callar por más tiempo, de sus
entrañas comenzaron a subir esos demonios que venía alimentando desde hacía tiempo,
y los expulsó con la peor saña que pudo, para concluir:
-  ¡Y cómo me voy a sentir a gusto cuando me estás mintiendo continuamente; que
haces tu vida sin consultar nada conmigo; que me tomas por tu criada y me
engañas con otras!
El tono había ido subiendo, el acaloramiento también, y cuando terminó, Irene tenía
la cara roja de ira y su cuerpo temblaba como un flan.
Agustín no podía creer lo que acababa de oír. ¿Qué barbaridades se le ocurrían a
Irene? Por un momento pensó que le había abandonado la razón.
-  ¿Sabes lo que estás diciendo? ¿Qué motivos te he dado para que digas cosas
como que te trato como una criada o que te engaño con otras? ¿Y quiénes son
esas otras?
-  ¿Quiénes? Te lo digo enseguida. Sara la primera, hasta que te despidió de su
casa, que por cierto, todavía no sé el motivo por el que te despidió. Y ahora con
esa otra, esa Maru Vidal, una asesina, que te llama y dos horas más tarde
vuelves y me tomas por tonta contando un cuento para niños.
-  ¡Basta, basta, no sigas! – gritó Agustín colérico como una fiera – todo eso que
dices es falso, fruto de una imaginación retorcida y maligna. ¿Cómo se te
ocurren esos disparates?
-  No son disparates. Son tus mentiras con las que quieres ocultarme la verdad.
229
Agustín no respondió. A pesar de su estado colérico intuía que si lo hacía empeoraría
el ambiente y Dios sabe cómo acabarían el día. Y es que el subconsciente le recriminaba
que sus breves y titubeantes explicaciones eran motivo suficiente para que Irene
desconfiara. Lo curioso del caso era, por contradictorio que pueda parecer, que no
comprendía cómo a Irene se le ocurrían esos desvaríos.
Tras un largo silencio, ella todavía se mostraba irritada, pero menos. Había
expulsado el dolor que pesaba sobre su alma y ahora parecía descansada. Al contrario
que Agustín, que seguía mortificado sin entender las ocurrencias de su mujer.
La resaca de la discusión duró un día; Irene, en tono humilde vino a decir que sí, que
a veces pensaba que él la engañaba, pero en el fondo no lo creía, y Agustín, contento de
que ella centrara sus dudas en el engaño, por doloroso que resultara, y no en otras
cuestiones, juraba y perjuraba que podía estar tranquila, que por su cabeza nunca
pasaron esa clase de fantasías. E Irene, en un rasgo de extrema sinceridad, confesó que
lamentaba mucho haber acusado a Maru Vidal de asesina.
-  Me siento muy mal, pero estaba tan colérica que no pude dominarme.
-  Olvidémoslo. En mejor no pensar en ello y así evitaremos que el rencor siga
corroyéndonos el alma.
Los siguientes días fueron sosegados, y el pequeño Amadeo, parlanchín como él
solo, volvía a ser motivo de alegrías para los padres.
Agustín ocultaba sus temores ante Irene con suficiente pericia, pero no sabía cuánto
tiempo más podría seguir jugando ese papel de hombre despreocupado antes de que ella
percibiera sus miedos.
Una ligera tranquilidad, no obstante, le deparaba que compañeros de Daniel Hoyos
tuvieran controlados a su cuñada y a su amigo, lo que no quitaba para que él siguiera
pensando en tomar la iniciativa y resolver el asunto a su manera. Pero de momento lo
230
que más le importaba era recuperar la armonía con su mujer, mientras lo otro podía
esperar.
-  Hace tiempo que no visitamos a tu padre – dijo una mañana Agustín –
podríamos comprar algunas cosas y pasar por su casa. ¿Qué te parece?
-  Me parece bien, aunque yo estuve la semana pasada con él.
-  Estupendo; supongo, pues, que no tendrá el frigorífico vacío – aprobó Agustín
con el mejor talante.
Pero allí se toparon con lo que menos podían imaginar. Mercedes Campos, la madre
de Irene, había regresado. Y ante la sorpresa de los recién llegados, Víctor se apresuró a
dar una explicación
-  Tu madre llegó hace dos días y me pidió por el amor de Dios que la acogiera de
nuevo en casa.
Las palabras de Víctor León no cambiaron la actitud de los recién llegados, y en el
semblante de Irene se adivinaba la indecisión de aprobar o rechazar el nuevo escenario.
Agustín, inmutable, era difícil saber qué opinaba. Pero le llamó la atención que madre e
hija, perplejas, se observaran sin saber cómo actuar.
-  No me corresponde a mí decir lo que debes hacer, papá – apuntó Irene con
resolución, para sorpresa de todos – pero antes de que yo acepte el nuevo
entorno, mamá tendrá que darme algunas explicaciones.
El silencio tenso que quedó flotando en el ambiente se hizo por momentos más
incómodo. A Agustín le pareció que su mujer fue demasiado dura con esas exigencias,
pero al mirar a su madre y recordar sus desprecios, pensó que ésta bien se merecía ese
trato.
Víctor, dirigiéndose a su hija, intentó aclarar malentendidos.
231
-  Tu madre me ha explicado cómo se desarrollaron los acontecimientos, y fueron
todo lo contrario a lo que contó tu hermana.
-  Es así, y no pretendo con ello disculparme – terció Mercedes en tono humilde –
porque mi confusión de aquellos días me llevó a actuar de forma indebida, y
caro lo he pagado deambulando sin rumbo y desatendida. Pero juro por Dios que
jamás pronuncié las palabras que Líber puso en mi boca. Reconozco que me
equivoqué acerca de su proceder al creer que en casa no la comprendíamos ni la
apoyábamos suficiente, mientras que a mí me parecía que ella se esforzaba por
hacer las cosas bien para salir adelante.
-  Pero te separaste de ella y te marchaste con otro olvidándote por completo de
nosotros. ¡Ni un signo de cariño, ni una llamada siquiera! ¿Cómo crees que me
he sentido yo durante todo ese tiempo? He sufrido mucho y me he sentido
despreciada. Así que no pretendas que te acoja ahora con los brazos abiertos.
-  Tienes motivos para pensar esas cosas – asumió Mercedes en el mismo tono de
humildad – y no trato de justificar mi comportamiento, porque sé que actué mal,
pero hay algunos errores que debo aclarar. Cuando comprendí que el camino de
Líber no era el que yo creía, me aparté de ella, es cierto, pero no me marché con
nadie, y si no volví a casa, que era lo que deseaba, fue por vergüenza. No
obstante, estuve rondando mucho tiempo en la cercanía y te veía llegar con
paquetes, y si nunca me atreví a decirte nada fue por mis remordimientos, los
mismos que me impedían subir las escaleras. Después, vencida mi cobardía,
cuando decidí hacerlo me percaté de que Líber había regresado a casa, y lo
último que yo deseaba era encontrarme con ella. No repetiré las obscenidades
que me decía, solo me limitaré a decir que me trató muy mal y que la
convivencia con ella fue un infierno. Y yo no quería enfrentarme a ese pasado.
232
Los ánimos de Irene quedaron medianamente calmados tras la explicación de su
madre, mientras que a Agustín se le notaba sobrecogido. Nadie dijo nada, tal vez porque
la confesión de Mercedes, más que a moralizar invitaba a la reflexión.
De camino a casa, Agustín apuntó:
-  Tu madre me ha causado pena.
Irene no respondió, y aunque no le agradó que su madre se hubiera granjeado tan
pronto la simpatía de su marido, dedujo que más le habría molestado lo contrario. Ella
todavía tenía dudas acerca de aceptar o rechazar la versión de su madre. Sería cuestión
de tiempo, pero de momento le tranquilizaba que su padre estuviera atendido.
Faltaban dos semanas para las votaciones cuando un sobresalto vino a alterar la
tranquilidad del matrimonio. La noticia cayó sobre ellos como una losa que, al levantar
la polvareda asentada durante algún tiempo, agitó bruscamente los recuerdos dormidos.
Sara Díez había sido víctima de un atentado.
Agustín lo supo por Maru Vidal horas antes de que se hiciera pública la noticia. A
través del teléfono su voz sonaba muy apenada y sus palabras eran una constante
disculpa.
-  Pero, ¿cómo ha sido posible? – clamaba Agustín – ¿No teníais controlados a mi
cuñada y a su amigo?
-  Sí, pero cambiamos de estrategia; una equivocación que sentimos mucho, pero
“el Mula” comenzó a sospechar que le seguíamos y pasamos a proteger a Sara.
-  ¡Vaya protección! – exclamó Agustín que apenas podía contenerse.
-  Ha sido una desgracia que lamentamos profundamente. Una coincidencia de
hechos que Juan, el compañero encargado de proteger a Sara, sorprendido, no
pudo evitar que fuera abatida a la puerta de su casa.
-  ¡Tanta torpeza es inexplicable! ¡E imperdonable! – gritó Agustín.
233
-  No tengo palabras para el consuelo – respondió Maru Vidal apenada – y lo
siento, lo siento mucho, pero sucedió algo inesperado que Juan no puede
explicar. Sara le había dicho que se iba a casa y que no saldría hasta mañana,
pero media hora más tarde, para su sorpresa, la vio salir en el mismo momento
que aparecía “el Mula” montado en una motocicleta y casi sin detenerse, disparó
tres tiros.
A Agustín le dio que pensar esta explicación. En primer lugar dedujo que esta bestia
de “el Mula” podía tener la imagen de un patán, pero a juzgar por los hechos estaba
lejos de serlo, y ante un perfil de criminal frío y calculador nada mejor que cuidarse de
él… y poner solución. Estando en juego su vida y la de su familia, no iba a darle la
menor oportunidad. Ni tampoco a Líber.
-  Pero tranquilízate – oyó que decía Maru – pondremos los medios para que no se
repita. Hemos decidido eliminar al asesino.
-  Eso si antes no nos liquida él a nosotros – respondió Agustín sarcástico.
A pesar de la ruptura con Sara y que sus palabras le causaran tanto dolor, Agustín
lamentaba muy profundamente que su vida hubiera acabado violentamente, un
principio, ironías del destino, al que ella siempre se opuso con tanto empeño.
Cuando Agustín comenzó a contar a Irene los detalles del atentado, ésta, nada más
oír el nombre de Sara se puso en guardia y una secuencia de escenas, la mayoría poco
gratas, pasaron fugazmente por su mente. Pero la noticia de su muerte transformó su
semblante, y apenada, lo primero que se le ocurrió fue interesarse por Engracia.
-  ¿Y la niña, está bien?
-  ¡Ah, no sé! No he preguntado.
-  Pues tendrías que hacerlo, y si todavía no tiene un hogar asignado podríamos
tenerla nosotros.
234
Al oír estas palabras, en un impulso de emoción, Agustín abrazó a su mujer.
-  Piensas en los detalles más elementales a los que yo, con la mejor de las
intenciones, no alcanzo.
Por unos instantes se habían olvidado de la tragedia de Sara. Agustín, que ahora ya
no dudaba de las advertencias de sus amigos acerca de las intenciones de Libertad,
quiso alertar a Irene del peligro que se cernía sobre ellos, y por no romper el encanto del
momento, pensó que mejor dejarlo para más adelante. Curiosamente, también Irene, y
por el mismo motivo, se privó de comentar que esa misma mañana le había llamado su
hermana.
La llamada sorprendió a Irene, y mucho, y como últimamente la opinión respecto a
su hermana andaba peor que nunca, los primeros minutos los empleó para descargar
todo su aborrecimiento hacia ella.
-  No deberías guardarme rencor – dijo Libertad en tono meloso cuando Irene hubo
acabado con su regaño – a fin de cuentas somos hermanas.
Irene creyó no oír bien. ¿Qué le pasaba a Líber? En medio de su turbación oyó de
nuevo la voz de su hermana.
-  Mira, Irene, siempre hemos tenido diferencias, ya lo sabes, pero me gustaría
acabar con ellas cuanto antes, y he pensado que podría reunirme con vosotros y
aclarar malentendidos. ¿Nos podríamos ver esta tarde?
Largo silencio. Irene continuaba desorientada y no sabía muy bien si todo esto era un
sueño. Respondió casi mecánicamente.
-  Agustín no está.
-  ¡Ah, qué pena! Pero, no importa. Si te parece nos podríamos ver nosotras y
recordar los tiempos cuando éramos pequeñas y esas cosas.
-  Hoy me viene mal – respondió Irene titubeando.
235
-  ¿Mañana? – se apresuró a plantear Libertad – me gustaría mucho. Ah, y te pido
encarecidamente que venga también Agustín, y tu hijo que casi no le conozco.
Quiero hacer las paces con vosotros, limpiar conciencias y no seguir viviendo
con resentimiento.
-  No sé. Tendré que consultarlo con Agustín.
-  Bien, yo creo que no se opondrá; podemos quedar mañana a las cuatro en los
jardines junto al río, donde íbamos a jugar de pequeñas, ¿te parece? ¡Ah! Tengo
ilusión de verte, y también a Agustín y a Amadeo.
Tras la conversación, Irene se sentó en el sofá; la cabeza le daba vueltas. No entendía
qué había pasado. El tono empleado por su hermana y sus intenciones de reconciliación
eran aspectos que no podía enmarcar en el carácter de Líber, pero poco a poco rompió el
miedo a alegrarse y asumió que por fin su hermana entraba en razón y mañana, lo
primero que le preguntaría sería a qué era debido ese cambio. Porque tenía que existir
un motivo; un cambio así no se produce sin causa alguna.
De momento, ella notaba que una aureola de sosiego comenzaba a envolverla, y llena
de satisfacción se decía: Por fin vuelve la concordia a la familia: mamá en casa y Líber
dispuesta a vivir en paz. Quiso llamar a su padre y contárselo, pero pensó que primero
se lo diría a Agustín.
Y cuando reparó que tal vez Agustín no aceptaría de buena gana el encuentro, sus
ilusiones se desinflaron y en su semblante se dibujó un rictus de preocupación. En
cuestiones acerca de su hermana, Agustín era imprevisible.
La incertidumbre le llevó a pensar que tal vez fuera preferible no decir nada, ni a su
padre ni a Agustín, e ir ella sola a la cita; sopesó esta posibilidad, que le pareció
acertada, y si él no quería acompañarla, ella actuaría en consecuencia.
236
Así pasó un par de horas, alternando posibilidades y estados de ánimo, hasta que
llegó Agustín a casa con la macabra noticia de la muerte de Sara, duro golpe que por
unos momentos le hizo olvidar la conversación con su hermana.
Después le pareció frívolo hacer el comentario. Pero su silencio pronto se tornó
contra ella; la cita era mañana y la angustia comenzó a oprimirle el corazón. No podía
demorarlo mucho más, pero recelos y prejuicios le impedían abordar el tema.
Durmió muy mal esa noche; las pesadillas la despertaron una y otra vez bañada en
sudor, y, alarmada, dudaba acerca de la pelea entre Líber y Agustín, ¿había tenido lugar
o solo era un sueño? En una ocasión se despertó asustada porque tras una violenta
discusión entre sus padres, en tono autoritario, su padre despidió a su madre de casa.
Por la mañana decidió hablar con Agustín.
-  Ayer me llamó mi hermana – dijo mientras preparaba el desayuno. Afectada, no
se atrevió a mirarle a los ojos, y eso le impidió ver los gestos de alarma que
asomaron al semblante de su marido; acto seguido, añadió – Quiere que nos
encontremos esta tarde.
Agustín tuvo ganas de gritar: ¡No, jamás; aléjate de ella como de la peste! Pero no
dijo nada. Su mente trabajaba a destajo. ¿Cómo decirle el peligro que corre sin que lo
tome como un desaire hacia Libertad?
-  Estaba muy cariñosa – apuntó Irene de nuevo – Con deseos de reconciliarse con
nosotros. Lo repitió varias veces. Ah, e insistió mucho en que fuéramos juntos.
Estas palabras enmarañaron la mente de Agustín, quien, de pronto notó que ciertas
dudas cruzaban fugazmente por su cabeza. ¿Quién sabe? a lo mejor, lúcida por una vez,
Libertad se ha dado cuenta de sus errores.
Fueron solo unos cortísimos instantes; rápidamente comprendió que Líber era
incapaz de actuar con sensatez. Pero, entonces, ¿qué pretende?
237
-  ¿A qué hora has quedado con tu hermana?
La pregunta no tenía ninguna intención, aparte de ganar tiempo. Su mente trataba de
encontrar una respuesta a sus dudas, pero no se le ocurría nada. Nada bueno, porque la
preocupación aumentaba con cada minuto que pasaba.
-  A las cuatro – respondió Irene – e iremos juntos, ¿verdad?
-  No sé. La verdad es que había pensado gestionar la custodia de Engracia, la hija
de Sara, ¿sabes? Y el caso es que imaginé que vendrías conmigo. ¿No puedes
hablar con tu hermana y aplazar la cita?
La respuesta de Agustín fue una ocurrencia de última hora para ganar más tiempo,
casi cuando ya sonaba la campana, pero los gestos de decepción de Irene revelaban que
su propuesta no era bienvenida. Una contrariedad que le obligó a seguir afanándose para
encontrar una excusa más convincente; el caso era no asistir a la cita bajo ningún
concepto.
El dilema que se le planteaba a Agustín era decir abiertamente a su mujer que su
hermana era el peligro, lo cual podría ocasionar el gran desencuentro, o no decir nada y
asistir a la cita pertrechado y dispuesto a enfrentarse con lo peor.
Las dos opciones le horrorizaban, pero la primera podía desencadenar un enfado con
Irene y en un arrebato decidir ir ella sola, y eso no lo quería él en ningún caso.
-  ¿Y dónde es la cita con Líber?
-  En los jardines, junto al río.
-  Eso queda alejado. Tendremos que ir en coche, entonces.
-  ¡Ay, qué bueno eres! – exclamó Irene al tiempo que lo abrazaba y le daba dos
besos.
Agustín sabía que su decisión era una locura, pero pondría los medios para que la
situación quedara medianamente controlada.
238
-  Antes de las tres estaré en casa para comer – dijo al despedirse de Irene.
Se dirigió a su apartamento, rebuscó entre sus armas y eligió la semiautomática
Heckler und Koch USP, de fabricación alemana. Solo la había usado en pruebas, y de
eso hacía muchos años, pero el hecho de no ir desnudo al encuentro le transmitía una
cierta confianza.
Durante la comida habló poco, al contrario que Irene, que emocionada no dejaba de
repetir las palabras de su hermana al tiempo que forjaba un futuro familiar armonioso y
bien avenido. Y tal era su agitación que no se percataba del estado tenso de su marido.
-  Ella quería que lleváramos también a Amadeo, pero eso será en otra ocasión. Por
ahora lo dejaré en el colegio que me han dicho que lo puedo recoger hasta las
seis – decía Irene muy ilusionada – Líber me contaba lo contenta que estaba de
poder recordar cuando éramos pequeñas y jugábamos en ese mismo jardín.
Bajaron en el ascensor y… a partir de ese momento los acontecimientos se
precipitaron de tal forma que más tarde Agustín no recordaría con exactitud cómo se
sucedieron las escenas.
Irene se adelantó, y al abrir el portal se oyó el rugir de una motocicleta, y en ese
mismo instante se hizo la luz en la mente de Agustín, que rápidamente se abalanzó para
proteger a Irene; los dos cayeron al suelo en el momento que se oían unos disparos.
El ruido de la motocicleta; el portal de casa; la reciente muerte de Sara. Fueron
demasiadas coincidencias para Agustín, quien inmediatamente comprendió que a
excepción de ellos dos nadie más tenía intención de mantener una reunión en el jardín
junto al río.
Un tanto magullados se levantaron del suelo, él interesado por saber si ella estaba
bien, y ella, turbada, sin comprender qué estaba pasando, miraba en todas direcciones
239
preguntando qué había sucedido. Agustín todavía pudo ver cómo se alejaba un coche en
cuyo interior juraría haber reconocido a Maru Vidal.
En el centro de la calle quedó una motocicleta tumbada en el suelo, y, no muy
alejados del vehículo humeante, yacían también en el suelo dos cuerpos en posición
grotesca.
Todo se había desarrollado muy rápidamente. De los pocos transeúntes nadie sabría
decir más tarde qué había sucedido. Agustín se acercó a los cuerpos, un hombre y una
mujer: reconoció a Libertad. El hombre, a quien solo había visto en fotografías y en la
televisión, parecía ser “el Mula”. Estaba muerto.
Irene, sin saber qué hacer, siguió a su marido y al ver los cuerpos y reconocer a su
hermana sufrió un ligero mareo; Agustín evitó que se desplomara al suelo. Se rehízo
enseguida y vio cómo su marido atendía a Líber y le acomodaba una chaqueta debajo de
la cabeza. Irene se acercó y cogió las manos de su hermana con palabras cariñosas y de
consuelo, pero la respuesta, con las pocas fuerzas que le quedaban a Libertad, fue
aterradora.
-  Te odio… siempre has sido la afortunada… lo has tenido todo… y yo nada…
tú… tenías que… estar abatida… no yo… te odio… más… que… nunca…
El semblante de Irene, mezcla de terror y estupor, se quedó blanco, sin sangre, y sin
decir una palabra su cuerpo se desplomó.
*****
240
XXIV
El resultado de las votaciones aligeró el ánimo de muchos que, con caras risueñas
respiraban con alivio.
La ciudadanía, ante el deterioro de su calidad de vida, hizo caso omiso de las
amenazas y decidió darle la espalda a ese ensayo de cuatro años de vida socializada.
Hubo muchas irregularidades en el recuento de papeletas antes de que el gobierno,
tres días más tarde, hiciera públicas las cifras definitivas. Pero ante la abrumadora
respuesta contra el gobierno, las tretas de maquillar el resultado no tuvieron ningún
éxito.
El obispo Ambrosio fue uno de los primeros que salió a felicitar a los que ahora
tocaba formar el gobierno.
-  El pueblo ha tomado la palabra y ha decidido lo más inteligente; respetémoslo y
pidamos al Señor que conceda a los nuevos gobernantes la sabiduría para
guiarnos por el buen camino.
Aquellos que le conocían de cerca, pasmados ante el atrevimiento del prelado, les
costaba creer lo que oían.
Nada más conocerse el resultado, emocionado como pocas veces, Agustín San José
llamó a Daniel Hoyos.
-  Estamos de enhorabuena – decía Agustín – y hemos de celebrarlo, aunque ahora
sería muy precipitado.
-  Sí, por supuesto; dejemos correr primero un poco de tiempo. Por cierto, ¿cómo
está tu mujer?
-  Sigue bastante abatida, pero lo superará.
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-  Ojalá sea pronto. Nosotros dejaremos el apartamento en un par de días, y
queremos darte las gracias por tu acogida, sin la cual, seguro que habríamos
acabado en la cárcel o algo peor.
-  Soy yo quien os da las gracias, porque sin vuestra ayuda nuestro destino…
bueno, ya sabéis. Y, otra cosa, no olvidéis de llamar alguna vez; lamentaría
perder el contacto.
-  ¿Cómo se nos podría olvidar? Eso no ocurrirá.
Agustín apreciaba a esta pareja mucho más de lo que hubiera podido imaginar, y no
había sido necesario conocerse muchos años ni intercambiar largas y profundas
meditaciones para ello, pero su parecido sentir les unió como almas gemelas desde el
principio. Tal vez, para el inspector Hoyos quedara evidenciada esta relación antes de
conocerse, cuando él todavía perseguía a los malhechores.
Pero Agustín no solo sentía sincera amistad por Daniel y Maru, sino también
profundo agradecimiento por la ayuda que le prestaron en los momentos difíciles. Para
él, ésta era una cuestión muy difícil de expresar, y más difícil todavía de olvidar, por eso
sabía que el sentimiento de gratitud y reconocimiento lo llevaría consigo hasta el último
de sus días.
Irene se recuperaba muy lentamente, y Agustín, comprensivo, asumía el difícil trance
por el que estaba pasando ella, cual era tener que superar el impacto de ver morir a su
hermana, y, peor todavía, confrontar el grado de perversidad que anidó en su corazón.
Por las noches, ante los largos silencios de Irene, Agustín reflexionaba, menos sobre
el pasado y mucho más sobre el futuro. En su entorno familiar veía ante sí un camino
tranquilo, sin sobresaltos y esperanzador. Con sus amigos Daniel y Maru, sus
expectativas eran fomentar las charlas, profundizar en la amistad y ver cómo se
242
desarrollaba Engracia, la hija de Carlos y Sara, adoptada por ellos desde el primer
instante.
En cambio, en el plano nacional, Agustín tenía sus dudas. De momento, en la isla de
San Juan de Oria las aguas bajaban tranquilas, pero los independentistas seguían ahí,
agazapados, a la espera de tiempos mejores, y esa amenaza le intranquilizaba.
Pocas semanas más tarde, reunido el matrimonio con sus amigos Daniel y Maru y
mientras los niños Amadeo y Engracia se entretenían jugando en la habitación, la
conversación derivó hacia las nuevas tendencias políticas. Irene, restablecida de su
profunda depresión, trataba de olvidar el pasado interesándose activamente por el curso
de los acontecimientos.
-  Creo que tus temores son infundados – aclaraba Maru Vidal ante los recelos de
Agustín – nosotros creemos firmemente que los separatistas han aprendido de
los colosales errores cometidos durante los cuatro años de gobierno y en el
futuro desistirán de repetir la aventura, al menos en las mismas circunstancias,
convencidos de que para dirigir un pueblo tienen que prevalecer los valores
humanos, porque las amenazas y la represión, aparte que no son argumentos
para convencer a nadie, es que solo conducen a la corrupción.
-  Me parece que eres muy optimista – replicó Irene en tono retador – Al contrario
que tú, yo creo que la ambición de poder está presente en los individuos y
aquellos que sufren de ese mal, persiguen alcanzarlo sin reparar en medios,
aunque para ello tengan que causar víctimas.
Se armó un guirigay. Todos querían decir algo. Todos querían añadir algún matiz a
esas palabras, porque, sí era cierto, pero…
*****
Salvador Moret
Diciembre 2013
243