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miércoles, 19 de abril de 2017

EMIGRANTES 8 (Conti.)

8
José Fuster comprendió muy pronto que si quería conocer a los suizos, tenía que aprender su idioma. El francés le servía muy poco en el cantón de Zúrich, donde se habla alemán; si acaso el italiano, que aprendió pronto, pero tampoco era una solución satisfactoria. Así que no dudó en meterse con el alemán.
Ardua tarea, porque en Suiza no se escucha alemán, sino dialecto. Más exacto, dialectos, algunos muy difícil de seguir.
No obstante, contra todo pronóstico de sus compañeros, en pocos meses José ya se entendía con la gente. Y tan seguro se sentía que en las primeras vacaciones decidió desplazarse a zonas germánicas.
Primero visitó Viena, donde quedó prendado de los grandes maestros de la música, presentes en todos los rincones; allá donde fuera, del aire pendía un ambiente melodioso, cantarín y versallesco; la música se respiraba en todos los lugares. El Danubio fue la decepción; no tenía nada de azul.
Pero los vieneses tenían algo que celebrar: la ocupación rusa tocaba a su fin.
De Viena viajó a Praga, donde se confirmó el encontronazo sufrido previamente en la embajada Checoeslovaca. Fue aquí donde comenzaron a desmoronarse sus convicciones acerca del comunismo.
De Praga se trasladó a Berlín, colofón inexcusable de su viaje.
En aquella época, el desconocimiento de lo que sucedía en los países de influencia soviética era total, y las opiniones al respecto contradictorias. Aunque para José, que desde casa le acompañaba la certeza de los adelantos y prosperidad del comunismo, no existían dudas. Por eso le sorprendió tanto que para conseguir un visado, la embajada checoeslovaca le hiciera esperar todo un día. Un día perdido en medio de una multitud descontenta, que veía cómo corrían las horas mientras los funcionarios, indolentes, miraban con indiferencia a los que esperaban sin importarles su desesperación.
José Fuster no era consciente todavía, pero el tiempo que llevaba en Suiza, donde la presteza es prioritaria, y más cuando de atención al público se trata, había calado en su espíritu. No era extraño, pues, que no entendiera esa parsimonia, esa burocracia lenta y desesperante. Y hacinado en aquella vetusta sala, viendo correr las horas recordó cuánto parecido guardaban estas vivencias con las ya casi olvidadas de Valencia.
 Tenía mucho interés en conocer de primera mano cómo se vivía en esos países comunistas. No dudaba que mucho mejor que en España, pero se olvidaba de su otro punto de referencia: Suiza, donde las condiciones de vida no tenían nada que ver con las de España. Nada extraño, pues, que el choque con sus convicciones fuera estrepitoso.
A las deprimentes sorpresas de la embajada, que José al principio intentó disculpar, se sumaron algunas más durante el trayecto hasta Praga. En las estaciones, militares patrullaban con el fusil al hombro, mientras las puertas de los vagones permanecían cerradas, excepto una, única entrada y salida del convoy. En la estación de Praga, las ratas, como conejos, pululaban a placer y, algunos vagones estaban equipados con rejas en las ventanillas.
Tanto exceso de control lastimaba su sensibilidad, pero José seguía buscando excusas; quería justificar su decepción y requería de disculpas inaceptables.
La ciudad le pareció oscura, triste, sin alegría. Tal vez, pensó, era debido al mal tiempo. Estuvo lloviendo los tres días que permaneció en Praga.
Pero las iglesias abundaban, y eso le extrañó sobremanera. Le habían explicado machaconamente que el comunismo era una escuela anticlerical, que perseguía a los católicos con saña, y como el estado checoeslovaco era comunista, él no tenía más que sumar dos más dos. Pero, si era así, ¿qué sentido tenían las iglesias?
No lo entendía. Más tarde comprendería que lo que le habían enseñado en su niñez, le hizo creer que Checoeslovaquia había sido siempre comunista.
Berlín era otra cosa. Era la ciudad de los contrastes. La ciudad, dividida en cuatro sectores, que en realidad se reducían a dos, era una ruina; los efectos de la guerra estaban vivos todavía, con un sinfín de edificios derruidos por todas partes, que mostraban la crudeza de las últimas semanas de la contienda. Y, al igual que en Valencia, también aquí José vio mucha gente mutilada.
Pero los clubs nocturnos, puntos de reunión de extranjeros, militares y aventureros de quienes poco se sabía, estaban en pleno auge.
Con ese afán casi enfermizo de conocer, el joven José Fuster no hacía más que observar las diferencias entre un sector y el otro, y con gran dolor de corazón tuvo que reconocer que en el occidental llevaban un ritmo de recuperación apreciable, mientras que en el soviético parecía que la guerra todavía no había terminado. Le dio pena ver a la gente caminar con la tristeza escrita en el rostro, siempre observada por los soldados que patrullaban las calles. Nada que ver con la vitalidad y alegría que mostraba la gente del sector occidental.
A José le resultó curioso llegar a la estación de metro del “Zoogarten” y topar con una barrera que impedía seguir adelante, mientras que a la otra parte de la barrera, otro convoy con otros colores continuaba el trayecto. Se percató, sin necesidad de leer los tantos carteles que lo anunciaban en diversos idiomas, que había llegado a la línea divisoria de la ciudad.
Tras el control, largo, concienzudo y tedioso, José pudo seguir el trayecto, lo que, naturalmente, no estaba permitido a los alemanes.
Cruzó la línea una sola vez, y fue tan exhaustivo y penoso el protocolo para entrar, y mucho más para salir –siempre bajo la atenta mirada de los soldados que vigilaban metralleta en ristre –que, con ganas de volver, desistió de repetir la experiencia.
Con un día de estancia en Berlín este, lo observado fue suficiente para calmar sus ansias de conocer. Y regresó a Berlín oeste muy confuso. Se negaba a aceptar lo que había visto; las vivencias chocaban de frente con lo que él esperó encontrar. ¿Cómo era posible tanta apatía? –se preguntaba. En el futuro sonreiría cada vez que recordara el nombre de la nueva nación: República Democrática de Alemania. Y, tras la irónica sonrisa, pensaría que a cualquier cosa le llaman democracia.
La indolencia, la dejadez, el descuido de las camareras en la cafetería, o los obreros poniendo las alambradas, siempre vigilados por los soldados, ya no le sorprendieron. Eran las mismas escenas de la embajada checoeslovaca en Viena y más tarde en Praga. Y para aumentar su desaliento, recordó que era lo que ya conocía de Valencia.
Emprendió el regreso nueve días más tarde, al anochecer, y a primeras horas de la mañana llegó a Núremberg. El viaje resultó incómodo, principalmente por los constantes controles que le impidieron conciliar el sueño mientras atravesaban la zona de Alemania oriental.
Entre el cansancio y el profundo desengaño del sistema comunista, deambuló pensativo por la ciudad sin retener nada de lo que miraba. Cuando por la noche se sentó en el tren que le conduciría a Zúrich, se durmió de inmediato, y por la mañana ya no recordaría haber estado en Núremberg.
Necesitó su tiempo hasta que asumió su experiencia. Después, pasó por el consulado español en Zúrich y denunció la pérdida del pasaporte. Los españoles, y bien que lo expresaba el documento, tenían prohibido viajar a países de influencia soviética, por lo que volver a España con él le habría podido acarrear alguna sorpresa ingrata.

No podía olvidar que el gobierno de España también era de pensamiento único.

lunes, 10 de abril de 2017

EMIGRANTES 7 (Cont.)

7
Cuando José Fuster llegó a Zúrich a primeros de abril, con un frío que pelaba, por mucho que su amigo le dijera que el invierno tocaba a su fin, él lo dudaba. El clima polar que le recibió en Ginebra lo desmentía, y además, antes de finalizar el mes todavía vio nevar dos veces. Por lo tanto, de invierno concluido nada.
    ¡Cómo te atreves a decir que ha terminado el invierno con el frío que está haciendo! –clamaba José tiritando.
    ¡Ay, qué sabrás! Cuando llegue el invierno, ya verás que esto no es nada.
Su amigo no dio importancia a las quejas de José y siguieron caminando hacia los grandes almacenes EPA; el recién llegado necesitaba comprar urgentemente ropa más acorde con el clima de Suiza.
No hablaron más del frío, principalmente porque el clima era una más entre otras muchas sorpresas, y José saltaba de una a otra sin tener tiempo de asimilar ninguna. Tal vez influyera también que en esos días un tímido sol comenzaba a dejarse ver y lentamente empujaba al frío a su retiro.
No obstante, a José le quedó un oculto desasosiego del que no se liberó en muchos días: “Si en primavera hace tanto frío –era la pregunta que se hacía – ¿cómo será el invierno?”
Y con la llegada del buen tiempo, José se olvidó de que en invierno suele hacer frío. Lo que ahora le atraía era pasear por la orilla del lago, y no se cansaba de mirar, entusiasmado, aquella masa de agua.
A veces se paraba en el puente del hotel Storchen y, extasiado, miraba cómo corría el agua. Miles de litros por segundo, calculaba. Y con cierta tristeza recordaba su rio, el Turia, siempre seco, excepto en sus avalanchas, que venían con fuerza a arrasar sin clemencia lo que pillaban por delante.
Su asombro aumentó cuando supo que el lago tenía más de treinta kilómetros de largo por una media de kilómetro y medio de ancho. Y en tono de lamento, exclamó: “¡Lo que se podría hacer con tanto agua y el buen clima de Valencia!”
El invierno regresó mucho antes de lo que José esperaba. Finalizando septiembre ya se dejaron sentir los primeros zarpazos del frío y, en un rasgo de nostalgia, recordó que en esas mismas fechas del año anterior, él estaba merendando en la playa de Nazaret, en Valencia. Y se echó a temblar cuando especuló cómo sería en invierno.
Pero no era solamente el frío, sino la ausencia de sol lo que socavaba el humor de José. El ambiente era una densa y constante niebla que robaba el color de los paisajes, lo envolvía todo en un monótono y aburrido gris y entristecía a la gente.
A mediados de octubre, el frío ya era intenso. Él no sabía de grados y termómetros más allá del que poseía el médico, y no tenía necesidad de oír a la gente que, no exenta de ansiedad, hablaba de cómo bajaban los grados, puesto que bien que lo acusaba:  pocos minutos en la calle y comenzaban a dolerle las orejas.
En noviembre la gente hablaba de posible congelación del lago.
    Si se mantienen unos días más estos treinta grados centígrados bajo cero, pronto veremos el lago helado –oía decir a sus compañeros de trabajo.
Todavía no era capaz de entender muy bien lo que decían, pero lo repetían tantas veces que no cabían dudas. Aparte que, los gestos eran suficientemente significativos.
Y, efectivamente, antes de finalizar noviembre, siempre con esas temperaturas que cortaban la respiración, José vio que no quedaba ningún barco en los embarcaderos, mientras comenzaba a formarse una capa blanca sobre la superficie del lago.
Los comentarios se propagaron rápidamente, y la gente, alborotada, repetía que el lago se estaba helando. Y era cierto, José, que pasaba todos los días por Bürkliplatz veía cómo la capa de hielo era más firme cada día.
La temperatura seguía bajando, José oía decir de treinta y tantos grados bajo cero, y para su asombro, con ese frío capaz de paralizar el pensamiento, nadie alteraba su ritmo de vida; la gente asistía a sus obligaciones diarias como si tal cosa, y acudía al cine y demás centros de diversión, despreciando las bajas temperaturas. Pero a él no se le escapaba lo abrigados que iban, con gorros y abrigos de pieles, siempre caminando deprisa, sin pararse a charlar en la calle.
José Fuster estaba sorprendido de lo bien que soportaba el frío. En realidad era como decía su amigo: se pasa menos frío aquí en Suiza que en Valencia. La primera vez que se lo dijo pensó que Luis estaba de broma; pero era cierto. La calefacción, en los edificios como en los medios de transporte, proporcionaba temperaturas confortables.
El lago, definitivamente helado, se había convertido en la gran atracción; todo el mundo hablaba de ello, y todo el mundo quería verlo. José lo veía todos los días, pero desde el tranvía. Lo bonito, le decían los compañeros, es entrar en el lago. Intrigado, quiso hacer la experiencia. Un domingo por la mañana allá que se fueron José y su amigo, y, ¡vaya sorpresa! El lago era una pista de patinaje repleta de gente que se deslizaba sobre el hielo, y algunos hasta mostraban su habilidad haciendo graciosas piruetas que a ellos les parecían la mar de arriesgadas. Se quedó mirando el espectáculo y percibió que su mente se resistía a aceptar lo que estaba viendo: ayer una masa de agua separaba las dos orillas, las mismas que ahora las unía una plataforma sobre la que una multitud se divertía… y debajo, a pocos centímetros, seguía corriendo el agua.
Sintió como un chasquido, y el miedo recorrió su cuerpo. Por nada del mundo entraría él en el lago. Esa fue su primera impresión, pero…
    ¿Entramos? – tentó a su amigo, en un alarde de valor.
    No, no; nunca en la vida.
    Yo también siento miedo, pero mira cuánta gente se divierte sobre el hielo.
    Lo que tú quieras, pero yo tengo bastante con mirar. Además, hace mucho frío y lo mejor que podemos hacer es marcharnos.
El frío, ciertamente, era intenso, y aunque ellos creían que sus vestimentas eran adecuadas para el frío, no lo eran para temperaturas tan extremas. Pero José no quería perderse esa sensación de andar sobre el agua, así que insistió y, al final, con mucho miedo y como si de una arriesgada aventura se tratara, se adentraron sobre las aguas heladas, lentamente, como pisando huevos, procurando no resbalar.
La sensación que sintió José al pisar el hielo, mezcla de temor y acto heroico, consciente de la profundidad del lago, era grandiosa.
Parecía que ya no les importaba el frío; su atención se concentraba completamente en la aventura. Caminaban con tiento, cada vez más alejados de la orilla. El hielo se quejaba continuamente con crujidos que ellos interpretaban como amenazas de romperse y tragárselos al fondo. A su alrededor la gente seguía patinando y divirtiéndose. Eran pocos los que, como ellos, solo caminaban.
    Bueno, ahora ya sabemos lo que es estar y andar sobre el agua –decía Luis, su amigo, haciendo mención de regresar a la orilla –y como hemos hecho la experiencia, ya podemos marcharnos, que en cualquier momento esto se rompe y aquí termina la historia.
    Un ratito más –decía José entre risas, con las que trataba de ocultar sus miedos.

Al llegar a la orilla y desprendidos ya del miedo y demás prejuicios, se percataron de que el frío les estaba paralizando. Encogidos, querían hablar y los labios no obedecían; las orejas dolían con pinchazos agudos; las manos, enguantadas y embutidas en los bolsillos del abrigo, no obedecían sus órdenes. Urgentemente buscaron una cafetería, donde al calor del local revivieron sus cuerpos. Reían; la aventura mereció la pena.

jueves, 6 de abril de 2017

EMIGRANTES 6 (Cont.)

6
Meses después de su llegada a Suiza, a José seguían sorprendiéndole las costumbres de la gente. Claro que, ahora no se trataba de aquellos escenarios del principio que le daban en la cara brutalmente, como por ejemplo, la celeridad y eficacia de los obreros arreglando una fuga de agua o un desperfecto en la calle. Ahora se trataba de aspectos más íntimos: la relación entre personas de distintos entornos sociales. 
Para José Fuster, este proceder no era tan elemental como cabría pensar. Él estaba acostumbrado a otros comportamientos, por eso le extrañaban tanto los suizos; y por eso también, después del tiempo que llevaba en Suiza, todavía seguía creyendo que estos tipos eran muy raros.
Observaba conductas que le transportaban a los tiempos en Valencia; no porque le recordaran alguna anécdota de su juventud, que bien le habría gustado, sino al contrario.
Lo que veía aquí era lo opuesto a la jactancia tan habitual que, con gestos o de palabra, había visto tantas veces en Valencia. Y el joven se preguntaba: ¿tendrá que ver nuestra conducta con eso que dicen del orgullo español?
Era una pregunta entre otras muchas. También hacía comparaciones. Y en esas circunstancias se percató que observando a los suizos, estaba descubriendo facetas de los españoles nunca tenidas en cuenta.
El dueño de la tienda donde trabajaba, hombre entrado en años, tenía gestos que le sorprendían continuamente. La tienda se encontraba cerca de la catedral, en el casco antiguo de Zúrich, cerca de la Bodega, en una callejuela con pendiente pronunciada. José, que se enfrentaba al primer invierno en Suiza, temblaba de antemano por el frío que se avecinaba. Todavía era otoño, pero copiosas nevadas ya cubrían las calles, no de blanco, como él esperaba, sino de nieve oscura y grasienta. Su gran desilusión, por cierto. Nada que ver con lo que había visto en las películas, donde la nieve lo envolvía todo de blanco y los impolutos paisajes hacían soñar en paraísos, fríos, pero paraísos.
La sorpresa, y grande, fue cuando vio a su jefe coger una pala, que al parecer tenía en su despacho para esas ocasiones, y de la forma más natural, sin decir nada a nadie, se puso el sombrero, se abrigó y salió a la calle a quitar la nieve de la acera. Y esta operación la repetía cada vez que la nieve comenzaba a cubrir la acera.
A José le costó creer lo que estaba viendo; era éste un proceder que rompía su visión de la lógica. Ese tipo de actuaciones era precisamente lo que le descolocaba. Él había visto siempre que en la escala social, el superior nunca hacía un trabajo que debía hacer un inferior. Y lo había presenciado, y también experimentado en sus propias carnes tan a menudo que no podía entender que fuera de otra manera.
Tal era así que, al principio, estos ejemplos le creaban agresiones. Pensaba que ese proceder –lo había escuchado muchas veces en Valencia –era falta de categoría del propietario. Y es que en aquel entonces, José aún no había captado la personalidad de un pueblo, cuya dignidad reside, precisamente, en no mostrarse por encima del inferior.
Cuando estos ejemplos de sociabilidad se convirtieron en algo habitual, José Fuster vislumbró las diferencias. Las formas y el trato de los suizos no tenían nada que ver con lo que él conocía, y, en ese horizonte claro y diáfano que se abría ante él percibió un grado sumamente alto de tolerancia, al tiempo que advertía la vanidad que acompaña a los españoles constantemente, que siempre necesitan un inferior a su alrededor.
Y en esta introversión se vio como reflejado en un espejo. No se le escapaba que él formaba parte de esos acomplejados españoles. Y se ruborizaba solo de pensarlo.

Tuvo que sonreír ante los irónicos pensamientos que brotaban de lo más profundo: ¡Tener que venir a Suiza para conocer a los españoles, y de paso, entender cómo soy!

domingo, 2 de abril de 2017

EMIGRANTES 5 (cont.)

5
A José Fuster le imponía entrar en un banco. No lo había hecho nunca, y lo peor era su convicción de que a esas entidades acuden solo los que tienen mucho dinero, y ese no era su caso.
Pero cuando cobró el tercer salario se le juntó una cantidad de dinero como no había visto junto en su vida. Y en algún sitio tenía que guardarlo.
    Tendrás que abrir una libreta –le aconsejó su amigo.
    ¿Una libreta? ¿No crees que se burlarán cuando les muestre las cuatro perras que tengo?
No se burlaron, ni le miraron con desprecio, ¡qué va! Todo lo contrario. Y fueron tantas las atenciones y la amabilidad que le concedieron, que José se ruborizó. No estaba acostumbrado a tanto agasajo y le dio vergüenza el trato que recibió.
Es cierto que no fue tanto el dinero que depositó, pero fue tratado como cualquier otro cliente; la diferencia era que hasta llegar a Suiza pocas veces le habían dado las gracias por nada, o le habían pedido algo por favor. Y menos un desconocido.
Después, cuando salió del banco, miraba y remiraba con asombro y regocijo la libreta que le habían dado. Allí figuraba su nombre y la cantidad de francos que había depositado. De repente le asaltó una preocupante duda.
    Oye –le dijo a su amigo mostrándole la libreta – ¿seguro que si un día necesito el dinero me lo darán? Mira que en esto de los bancos he oído muchas cosas y ninguna buena.
    Sí, seguro. También yo tuve esas dudas, pero pregunté, y aquí todos tienen el dinero en el banco. Creo que podemos estar seguros.
José confiaba en la palabra de su amigo y su comentario le tranquilizó, pero si éste le hubiera dejado entrever alguna duda, inmediatamente habría ido corriendo al banco a sacar todo el dinero.
Él desconocía lo que es el ahorro, por la sencilla razón que siempre ganó menos de lo que necesitaba para vivir. Por eso, las cuatro perras, como él decía, depositadas en el banco cobraban una fuerza que no había conocido nunca antes. Era el fruto de su esfuerzo, y eso tenía mucho valor.
Las sensaciones que le produjeron este hecho las recordaría años más tarde como un antes y un después en su vida, y serían dos las vertientes: la incorporación a la rueda de la posesión, y la importancia de lo conseguido con el esfuerzo.
Eran los primeros pasos hacia el bienestar, eso que todavía estaba por venir y cuando llegó pocos se percataron de su llegada hasta que, muchos años más tarde, declinó aceleradamente. José pensaría que son los aspectos cíclicos de la vida.
José Fuster jamás soñó en poseer dinero; el ahorro nunca estuvo en sus cálculos. Él vivía feliz sin la libreta del banco; su única preocupación era su salud, y bien que rogaba a Dios que no le faltara, porque teniendo salud tendría trabajo, y teniendo trabajo tendría para comer. Con ello lo tenía todo, ¿qué más podía desear?
Eso era antes; ahora, cada vez que miraba la libreta de ahorros, de su instinto más primitivo surgía el afán de ver crecer la suma ahorrada. Y hacía cálculos… y se maravillaba de la cifra que podría alcanzar en tres meses más, en seis, en un año. Casi no lo podía creer.
No se daba cuenta, pero esta primera vertiente era el inicio del deseo de amasar. No le gustaba la palabra y la desechaba inmediatamente, pero reconocía que era así.

La segunda lectura era más meritoria: sentir satisfacción por el trabajo realizado y, en consecuencia, valorar en grado sumo lo que se posee como fruto del trabajo. 

domingo, 26 de marzo de 2017

EMIGRANTES 4 (Contin.)

4
Para José Fuster los militares no eran santo de su devoción. Ser del bando que había perdido la guerra era motivo suficiente para que en casa nunca hubiera escuchado una palabra en su favor, y sí muchas en contra.
Y cuando llegó a Zúrich, como si le persiguiera el maleficio, topó con los uniformes. No durante los primeros días, cuando los contrastes le abrumaban tanto que no tenía tiempo de confrontarlos. Tuvo que transcurrir un cierto tiempo hasta comprender que lo que él esperaba encontrar y lo que encontró no guardaba ninguna relación.
Una de esas diferencias que tanto le sorprendieron, fue precisamente el ejército.
Lo que él traía aprendido acerca de Suiza es que era un país neutral, pacífico y que nunca había mantenido guerras con los vecinos. Y en su inocencia creía que eso era suficiente para no necesitar tropas para defenderse en caso de conflicto.
Y a medida que fue conociendo el sistema de defensa suizo, más crecía la alarma en su interior. Era increíble lo que escuchaba. ¡Imposible haber imaginado previamente algo parecido! Para comenzar, se quedaba atónito cuando oía que los suizos se sentían orgullosos, llegado el caso, de estar en condiciones de replegarse en los cuarteles y prestos a entrar en combate en menos de veinticuatro horas.
¿Cómo era posible –se preguntaba José Fuster, cada vez más excitado –que Suiza hubiera alcanzado la fama de país pacífico y neutral disponiendo de un ejército que, según todos los indicios, vivía en constante pie de guerra?
Porque ese era el escenario. Todo suizo guardaba en casa los pertrechos propios del militar profesional, desde el uniforme hasta el fusil. Y, como norma, el servicio militar duraba unos veinticinco años, desde los veinte hasta los cuarenta y cinco; por cierto, de forma bastante irregular. Los ejercicios de prácticas, unas veces duraban dos o tres semanas al año, y otras un par de meses.
A José comenzó a sorprenderle este movimiento de incorporación a filas a las pocas semanas de su llegada a Suiza, cuando ya diferenciaba los uniformes militares de los de la policía. Le parecía increíble ver a los soldados, cargados con sus aparejos de campaña y con el fusil al hombro, dirigirse a la estación donde se congregaban en grupos. Y lo más asombroso, lo que él no podía entender era que entre ellos los había que parecían demasiado mayores para esos juegos.
Para el chico, estas escenas de reclutamiento fue un impacto muy severo. No esperaba ver algo así en Suiza. Y aunque desconocía las reglas castrenses, entre otras cosas porque se marchó de España mucho antes de tener que incorporarse a filas, siempre consideró que eran muy rigurosas, por lo que descubrir ahora que los suizos también mantenían esas aficiones, no le agradó en absoluto.
Lo que nunca llegó a conocer fue el significado de las estrellas en las solapas de las guerreras de los militares; tampoco el rango de los mandos del ejército. Ni en España ni en Suiza.
Años más tarde sabría de ciertas curiosidades que se daban en los cuarteles suizos. Sucedía, por ejemplo, que el jefe de sección de una fábrica o de un banco, o el propietario de un pequeño negocio, en el cuartel tenían que plegarse a las órdenes de su subordinado en la vida privada, porque su rango en el ejército era superior.
Situaciones que José no concebía. Con ese pronto que caracteriza a los del sur, siempre dispuestos a rechazar una orden o ponerla en tela de juicio, éste aspecto de Suiza fue una de las pocas excepciones que nunca vio con buenos ojos. Y es que la supeditación al rango, a las estrellas o a los galones, le repelía.

Por eso, que un jefe en la vida privada, tuviera que aceptar en el cuartel las órdenes de su empleado, era demasiado complicado para entenderlo.

lunes, 20 de marzo de 2017

3 Emigrantes - (contin)

3
Aquellos primeros días en Zúrich fueron un cúmulo de sorpresas para José Fuster. La inexplicable retención de diez horas en Ginebra le dio muy mala espina, es cierto, y hasta llegó a pensar que los tentáculos del régimen militar del que huía se alargaban hasta los Alpes.
Fue una falsa alarma; y no le costó mucho comprender la explicación que le dieron llegado a su destino. En Suiza solo entraban aquellos que venían a trabajar y traían un contrato consigo.
Un tanto rígido, pensó José al principio, pero eran ellos quienes marcaban las condiciones y a él no le quedaba más que aceptarlas o regresar. Y no tardó en comprender que era una forma de autoprotección, cuando observó que en Suiza no existían mendigos. Las viviendas solían tener puertas de cristal; en las estaciones de tren de las pequeñas localidades la gente dejaba la bicicleta por la mañana, sin cadena ni candado, y la recogía por la tarde al regreso del trabajo; los periódicos, apilados sobre un taburete en puntos estratégicos de la ciudad y sin vendedor a la vista, la gente los tomaba y dejaba el dinero en una cajita. ¡Inaudito! – exclamaba José Fuster, que no salía de su asombro. Eran muchos los detalles que observaba, y muchos también los que no veía. Por ejemplo, no veía policía a la puerta de las sucursales bancarias; no veía escupideras en las salas públicas, como tampoco gente escupiendo en la calle; no veía a la gente discutir a voz en grito con palabras soeces; nadie tiraba papeles al suelo.
Pese a su juventud, José estaba acostumbrado a actitudes y comportamientos muy distintos a los de aquí, y eso le desorientaba. Y como no entendía el proceder de los suizos, juzgó que eran unos tipos muy raros.
Más adelante, un español que voluntariamente también había emigrado a Suiza, se quejaría de que este país era de corte totalmente policial.
    Aquí todo el mundo está controlado por la policía, pero a los extranjeros es que nos miran con lupa –decía el inconformista.
Tal vez no le faltara razón a este renegón, pero nadie le había llamado; solo le quedaba aceptar las reglas. El invitado no suele marcar las normas en casa del anfitrión.
Otro aspecto que sorprendió a José Fuster fue el clima. Se imaginó que en el país de las nieves perpetuas, tal cual había aprendido en la escuela, el frío sería una constante, más o menos como el día de su llegada, pero las temperaturas que se alcanzaban en verano, sin ser de bochorno, invitaban a meterse en las frías aguas del lago, cuyas playas rebosaban de bañistas.
A pesar de todo, una reseña más bien pueril le llamó fuertemente la atención. Su lugar de trabajo lindaba con un instituto, y cada día veía pasar a los chicos y chicas cargados con sus libros. Para su sorpresa, las chicas, mayorcitas y atractivas, seguían yendo a escuela. Y pensó con tristeza: ¡Cuántas de su entorno en Valencia habrían deseado asistir a la escuela, por lo menos, hasta los doce o trece años!
Eran muchas las diferencias, no cabía duda. E importantes. En algunas llegó a sentir punzadas en el corazón. Había dejado atrás una España meciéndose en las costumbres previas a la Restauración, y ahora se hallaba en el futuro; un futuro al que todavía no había llegado a imaginar, y que le mareaba.
Lo curioso era que dos o tres españoles que había conocido, no comentaban nada de lo que él observaba, hasta que descubrió que a ninguno de ellos les interesaban esos detalles. Ellos habían venido a trabajar y ganar dinero. Cada franco que ahorraban eran siete pesetas, casi una fortuna.
Efectivamente, durante los primeros meses fueron muchas las novedades con las que topaba. Casi a diario le sorprendía algún que otro detalle. Lógico, pensaría más tarde. El clima marca formas de vida, y las temperaturas de Valencia no tienen nada que ver con las de Zúrich. Pero muchas novedades no tenían nada que ver con los fenómenos atmosféricos, como pudo comprobar una mañana de mediados de junio, apenas dos meses desde su llegada. En La Bodega encontró al señor José preparando las mesas de la sala, un hombre mayor, a punto de jubilarse, que llevaba trabajando allí toda la vida, según él mismo decía.
El joven José Fuster se sentó a una de esas mesas.
    Esa es la mesa de los clientes asiduos y no debería sentarse usted ahí –dijo el hombre sin resentimiento alguno, y añadió –pero como no hay nadie todavía, no importa, puede quedarse.
El chico, un tanto azorado, se disculpó enseguida, diciendo que no sabía de qué le hablaba y que no tenía noción de lo que significaba la mesa de los clientes asiduos.
    No tiene importancia –le tranquilizó el señor José –pero ese letrero de “stammtisch” –y el hombre señaló el anuncio que colgaba de la pared –advierte de que la mesa está reservada para los clientes asiduos.
Tras la explicación, José Fuster seguía sin entender nada, pero no rechistó. En ese momento solo alcanzó a pensar otra vez lo raros que eran los suizos. El incidente permitió abrir un diálogo que acabó siendo la mar de interesante. Tantos años trabajando en aquel ambiente bohemio, centro de reunión de gente del cine y de la música, al señor José le permitió acumular gran cantidad de sabrosas anécdotas.
    Esta casa la compró un catalán hace más de cien años, –contaba el señor José, para asombro del joven –se llamaba Gorgot, que es como la conocen todavía los mayores, y cuando hace unos diez años la adquirió el señor Winistörfer, un suizo entusiasta de lo español, pasó a llamarse La Bodega.
A José Fuster le pareció muy curioso que un suizo sintiera atracción hacia lo español cuando él estaba contento de haberse distanciado de España; y una vez más pensó lo raros que son esta gente. Pero tanto o más le sorprendió el personaje Gorgot, un catalán que allá por los años mil ochocientos y tantos arribó a Zúrich y abrió un establecimiento típico español. Debía de sentirse muy español, pensó José Fuster guiado por la decoración con aires moriscos y los escudos de las provincias españolas, donde montó su negocio de importación de vinos, Alicante, Málaga y Valdepeñas principalmente, y que pronto serían muy apreciados por los suizos.
Pero el señor José aún tenía reservada otra sorpresa para su joven interlocutor.
    En esa misma mesa donde está usted sentado ahora, solía sentarse Lenin.
    ¿Lenin; se refiere usted a Lenin, el ruso, el de la revolución? –exclamó el chico con un sobresalto, e incrédulo, miró al viejo esperando una afirmación.
Lenin fue un personaje muy ensalzado en casa de José Fuster, y por el que siempre sintió devoción. Nunca se cuestionó su simpatía hacia él. Todo lo contrario: que nadie se atreviera a menospreciarlo. Y ahora, arrebolado por una alegría inmensa, no salía de su asombro. No podía creer estar sentado en el mismo lugar que su ídolo.
    Sí, sí, claro –oyó que decía el señor José –el mismo de la revolución. Por las tardes venía a tomar unos vasitos de vino de Alicante, siempre rodeado de mucha gente. Tenía un don de palabra que embaucaba a quien le escuchaba. Vivía muy cerca; al lado del Turm. Hay una placa en recuerdo de los años que vivió en Zúrich.
    ¿Usted le conoció? –inquirió el chico, presa de la emoción, y enseguida se percató de su error.
    No, pero cuando comencé a trabajar aquí, su recuerdo estaba aún vivo.
José Fuster flipaba escuchando al señor José, y muy contento decía: ¡la de cosas que se aprenden en un nuevo entorno!


lunes, 6 de marzo de 2017

EMIGRANTES

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Los últimos tramos fueron de gran expectación para el joven. En Lyon, todavía era oscuro cuando partía el tren, y a medida que se acercaban a Ginebra una luz tenue comenzó a marcar siluetas en el paisaje.
Había amanecido. A través de la ventanilla se veían casas, prados, algún que otro bosque, todo envuelto en una neblina y, por la cantidad de verde que adivinaba, el chico supuso que al salir el sol disfrutarían de un paisaje maravilloso.
Pero el sol que esperaba ver muy pronto tardaría algunos días en aparecer, y no sería tan luminoso como el de Valencia. Aunque eso, él no lo sabía todavía.
Lo que sí supo de inmediato fue el frío que hacía en Ginebra. Antes de poner los pies en el suelo, su cuerpo comenzó a tiritar. Lloviznaba, y la ligera brisa que les recibió cortaba como cuchillas. Él no lo comprendía. Dos días antes, el siete de abril, había salido de Valencia con un sol radiante y temperatura casi veraniega.
Los viajeros iban pasando sin mayor dificultad la frontera; pero a él, cuando mostró su pasaporte español, se lo retuvieron y le hicieron esperar en una sala contigua. Allí encontró a tres españoles más en circunstancias parecidas.
En la sala, bien climatizada, dejó de tiritar de frío, pero la incertidumbre seguía haciéndole temblar. ¿Qué era aquello? –se preguntaba. Él traía una carta de la empresa que le garantizaba un puesto de trabajo.
Tras él todavía entraron cuatro españoles más en la sala. Todos se preguntaban lo mismo, ¿qué hacemos aquí? ¿Por qué nos retienen? Y en todos se apreciaba la misma perplejidad. El que más y el que menos temía que allí terminaría el trayecto y comenzaba el regreso.
Nadie les daba una explicación y el recelo no tardó en convertirse en desconfianza.
Una hora más tarde entró una joven en la sala y les pidió que le acompañaran. Cargados con sus maletas, salieron a una gran plaza, y una ráfaga de viento helado les recordó que el invierno seguía allí. ¡Qué fría bofetada les dio en la cara! Su cuerpo volvió a temblar, pero ahora no sabía si era por incertidumbre, por miedo a que no le permitieran seguir el trayecto o por el viento frío que cortaba la respiración.
Llovía con insistencia, y las gotas de agua caían sobre su rostro como alfileres.
El frío y el tiritar desaparecieron nada más entraron en un edificio de despachos al otro extremo de la plaza. La chica les dijo que esperasen en una pequeña sala, y allí, aislados del mundo, sin que nadie se dignara darles una explicación, solo les llegaba el murmullo de apagadas conversaciones y el teclear de las máquinas de escribir.
Es cierto que en la sala se sentían cobijados a resguardo de la lluvia y el frío, pero la incertidumbre seguía martirizando sus conciencias.
Les permitieron salir a tomar un bocadillo. Era medio día, pero negros nubarrones cubrían la ciudad y el ambiente parecía de media noche. El joven, que tenía conocimientos de francés, se defendió y todavía ayudó a alguno de sus compañeros de desventura. Sus comentarios eran de desánimo, casi de derrota. A esas horas ya nadie confiaba en una solución feliz.
Pero no hay mal que cien años dure.
Hacia las tres de la tarde, la misma chica de antes llegó con unos papeles en la mano, preguntó por José Fuster. El joven, con el alma en vilo, esperó el veredicto.
    Le llamo el primero –dijo la joven en un buen español –porque todavía tiene un largo viaje hasta Zúrich.

No prestó atención a los comentarios que vinieron a continuación, era innecesario. Al joven, con el primero era suficiente: le sonó a gloria.